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2.ª parte. Ulises en Ítaca (XIII 93-XXIV 548):

En la segunda parte, la interior, ayudado ya por Atenea, Ulises procederá activamente para recuperar su oîkos como rey y su papel como señor de su casa. Es la parte más sencilla en cuanto a estructura y distribución espacio-temporal. Solo hay dos tipos de espacios, en tierra firme, humanos y civilizados ambos: el campo, con las cabañas de Laertes y Eumeo, y el palacio. El tiempo, por su parte, es lineal. Todo lo que sucederá está trazado en el encuentro entre Ulises y Atenea, que diseñan el plan como una suerte de prolepsis y en el que la astucia, el engaño, reciben la validación divina. A partir de aquí, el personaje dominante es Atenea, que va a llevar adelante su plan y que, en ese sentido, triunfa sobre Poseidón, como ya lo hizo en el certamen sobre el patronazgo de Atenas.

Los disfraces y el engaño que los acompaña articulan esta parte, ya que Ulises adopta cuatro personalidades distintas en función de su interlocutor:

a) Para el pastor, armado (= Atenea), adopta el papel de un guerrero cretense (XIII 251-286).

b) Para Eumeo, el de un cretense hijo de una esclava (XIV 191-359).

c) Para Antínoo, un hombre rico caído en desgracia (XVII 415-444).

d) Para Penélope, un aristócrata, nieto de Minos (XIX 165-203).

e) Para su padre Laertes, un aristócrata de Alibante que conoció a Ulises (XXIV 244-297 y 303-314).

El otro eje sobre el que gravita esta parte, y que nace en esta larga conversación entre Atenea y Ulises, es la venganza sobre los pretendientes (XIII 372-439). Ya antes había sido anunciada (I 113-118; XI 118-120), pero sin detalles. A partir de este momento, los datos se irán descubriendo hasta llegar al desenlace, un ejemplo magistral de paralipsis o revelación gradual. La última anticipación es la más dramática: «Disponíase [Penélope ante los pretendientes] entre risas al grato y sabroso banquete, / que eran muchas las reses allí degolladas, mas nunca / se vio cena en el mundo más llena de horrores que aquella, / que bien pronto a adobarla vendrían la diosa y el héroe / contra el cual sin motivo tramaban inicuos ultrajes» (XX 390-394).

A esta estructura espacio-temporal se le suman las distintas voces narrativas. ¿Hay diferencia entre la principal —extradiégetica— y las secundarias, las de los personajes que narran, las intradiegéticas? El relato de los personajes se refiere fundamentalmente al pasado. Puede ser al pasado interno —un personaje vuelve a contar sucesos que han sido ya narrados—: son las analepsis internas o «relatos-espejo», como Ulises contando en la corte de los feacios (VII 261-297) sobre su salida de Ogigia, la tormenta y su encuentro con Nausícaa, sucedido en los cantos V y VI, que permiten comprobar la veracidad y el impacto que esos hechos han tenido en ese narrador secundario.

Aún más complejo es el procedimiento llamado myse en abîme, la técnica de insertar un relato en otro con el que presenta similitudes; en el caso de la Odisea, este recurso aparece cuando en el relato secundario de un personaje se incluye, a su vez, otro relato narrado por él mismo o por otro personaje; por tanto, aparecen más de dos niveles de narradores. Así ocurre en el episodio de las sirenas (XII 166-200), que Esteban (2015: 24) resume: «Así pues, en triplicidad una vez más, hay tres discursos uno dentro de otro: Odiseo dice a los feacios (en pasado) que él dijo a sus hombres (en presente) lo que Circe le había dicho a él (en futuro).»

También la voz narrativa secundaria puede referirse a un pasado externo al relato (analepsis externas). Estas narraciones tienen una función principal paradigmática, como modelos de comportamiento con los que comparar lo que sucede en la acción. El caso más notable es el del relato de la vuelta de Agamenón, la infidelidad de su esposa con Egisto, que funciona como exemplum in malo para el comportamiento de la fiel Penélope, y la venganza de Orestes, exemplum in bono para el arrojado Telémaco.

Por otro lado, desde el punto de vista de la omnisciencia, el narrador primario la posee (porque está inspirado por la Musa), mientras que los personajes, en concreto Ulises, han de ofrecer excusas para justificarla: sabe lo que sucede en el Olimpo porque Calipso le transmite lo que Hermes le ha contado (aunque no hay testimonio de ello en el poema: XII 389-390), o sabe lo que piensan sus compañeros porque ellos, después, se lo dicen (X 419-421).

En cuanto al estilo, De Jong (1992) ha descrito lo que ha llamado el estilo subjetivo, basado en comentarios personales y en el uso de un vocabulario emotivo, como en los muy frecuentes preámbulos emocionales a sus relatos, por ejemplo, antes de narrar a Arete el episodio de Calipso: «Es difícil, ¡oh reina!, contar por menudo los duelos que por miles me han dado los dioses olimpios» (VII 240-241).

Un gran juego narrativo, con función patética, irónica o de suspense, lo tenemos también en lo que se denomina focalización incrustada, es decir, aquellos casos en los que se representan las percepciones, pensamientos, emociones o interpretaciones de los personajes, en especial cuando se dan a conocer a los narratarios, pero no al resto de personajes presentes en la escena. Por ejemplo, en XVIII 90-94, somos testigos de las cavilaciones de Ulises, bajo su disfraz de mendigo, ante la pelea con Iro propuesta por Antínoo: «pero Ulises divino, el de heroica paciencia, pensaba / si le habría de infligir golpe tal que cayese sin vida / o con menos vigor forzaríale a tenderse por tierra. / Meditando entre sí comprendió que mejor le estaría / golpear menos recio y no dar que pensar a los otros» (XVIII 90-94).

Se informa a los narratarios del triunfo de la contención en Ulises, mientras que el desconocimiento de esta por parte de los pretendientes les llevará al desastre.

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