Читать книгу «Odisea» онлайн полностью📖 — Homero — MyBook.
image

PRINCIPALES RASGOS PROCEDENTES DE LA TRADICIÓN ORAL EN LA ODISEA

Las fórmulas

Hay dos aspectos que se pueden resaltar en el campo de las fórmulas. Por un lado, que la repetición no es exacta ni mecánica. Las fórmulas se organizan en sistemas, el conjunto de fórmulas utilizadas para cada necesidad, que se rigen por los principios de la economía —para cada significado solo hay una expresión para ser usada en una misma porción del verso— y de la extensión —existe una fórmula para cada condición métrica y para cada idea esencial.

Para acabar, las fórmulas, en la crítica más actual, son consideradas no solo indicadores del componente oral del poema, importantes únicamente en su utilidad y en relación con el metro, sino que también se tiene en cuenta su función desde el punto de vista temático; como señala Nagy (1990: 23): «Un epíteto distintivo es como un pequeño tema musical que evoca la asociación del pensamiento con la esencia tradicional de una figura, cosa o concepto épico» [traducción nuestra].

Las escenas

En resumen, las fórmulas y las escenas típicas se explican en el marco de la composición oral, ya que son ayudas para la improvisación del aedo, para enlazar episodios o rellenar espacios entre contenidos nuevos. Y no solo tienen sentido para el aedo, también son relevantes para su auditorio, que las siente como las guías por las que rueda la narración, siempre hacia delante. Nada que ver con la impresión de esas mismas fórmulas tal y como llegan a nosotros, lectores, que podemos volver cuantas veces queramos a ellas y que vacilamos entre buscarles un sentido único o desestimar su valor por reiterativo. Algo similar nos sucede ante una canción de estribillo pegadizo y repetitivo: nos agrada cuando la oímos, pero no soportaríamos leerla como un poema.

En ambos casos estamos ignorando el universo literario creado por estos recursos mnemotécnicos, que hacen gala de un lenguaje estilizado para describir el escenario donde actúan héroes y dioses. Así, la cualidad ideal de una mujer son «sus blancos brazos», y un palacio maravilloso se describe como «un brillo de sol o de luna cerníase en la casa de elevadas techumbres, morada del gran Menelao» (IV 45-46 = VII 84-85, del «magnánimo Alcínoo»); también las escenas son las ideales, como la de hospitalidad, con los elementos que «deben ser»: recibir al huésped, preparar el banquete, etc. Todo ello forma parte de la tradición, del material del que parte el poeta en su composición y sobre el que la elabora.

Símiles

Los símiles son pequeñas piezas retóricas en las que el poeta narrador compara la realidad que está describiendo con un elemento de la naturaleza, de las costumbres, etc., más próximo a la realidad cotidiana de su auditorio (Moulton 1977 y Buxton 2004).

Los símiles se pueden estudiar desde diversos ángulos. Un posible acercamiento es el retórico-temático, que busca la función de un símil en su contexto inmediato y también dentro del poema en su conjunto. Otro enfoque es considerar su fecha: en general, y por los rasgos lingüísticos presentes en ellos, se consideran más tardíos que el resto del material, al menos el tradicional (fórmulas, escenas típicas), y, por tanto, para algunos críticos, es posible que reflejen la contemporaneidad del poeta. Otra perspectiva es la de la «representación», en la que se subraya la ralentización de la acción, a menudo como transición entre escenas.

Los símiles basados en animales de toda condición son los más frecuentes y sirven para ilustrar el mundo humano en todas sus vertientes, física, colectiva, emocional: «Cuanto alcanza al arar en barbecho yugada de mulas / les sacó de ventaja al volver donde estaba la gente» (IV 124-125). También las actividades artesanales sirven para la comparación: «Cual gime con fuerza en tonel de agua fría / la gran hacha o la azuela que baña el broncista tratando / de dejarlas curadas (que es esa la fuerza del hierro), / tal silbaba aquel ojo en redor de la estaca de olivo» (IX 391-394).

Nos hemos detenido en los símiles, porque quizá sea uno de los elementos más ricos desde el punto de vista estilístico y también narrativo, ya sean considerados individualmente o como parte de un conjunto temático, y también porque proporcionan un cimiento a la acción principal y a su significado.

Una categoría especial de símiles son los llamados «símiles inversos» (Foley 1978), en los que a un personaje se le asigna un papel social que es el reverso de su verdadero estatus: al de hombres el de mujeres (XIX 108-14), al de padres el de hijos (V 394-398) y viceversa (XVI 17-20), o al de vencedores el de vencidos. A dicha categoría pertenece este último ejemplo, una comparación estremecedora —«la más poderosa comparación de toda la obra», según Buxton (2004: 148)— en la que se identifican las lágrimas de Ulises con las de la mujer que ha sufrido el ataque que podría ser el del propio Ulises, ya que el contexto es el canto de Demódoco de la guerra de Troya: «Tales cosas contaba aquel ínclito aedo y Ulises / consumíase dejando ir el llanto por ambas mejillas. / Como llora la esposa estrechando en el suelo al esposo / que en la lucha cayó ante los muros a vista del pueblo / por salvar de ruina a su patria y sus hijos; le mira / que se agita perdiendo el respiro con bascas de muerte / y abrazada con él grita y gime; la hueste contraria / le golpea por detrás con las lanzas los hombros y, al cabo, / se la lleva cautiva a vivir en miseria y en pena / con el rostro marchito de tanto dolor; así Ulises / de sus ojos dejaba caer un misérrimo llanto» (VIII 521-531). Este símil no presenta una situación paralela y externa a la que se compara, sino que se obtiene de la inversión «irónica» de la propia narrativa principal: sitúa a Ulises héroe frente a (más bien contra) su propia condición de hombre, un contraste sobre el que gravita todo el poema; al mismo tiempo, trae a la mente la situación de las mujeres de la guerra, como Andrómaca en la Ilíada, o incluso Penélope, indefensa ante los pretendientes. Quizás el poeta narrador nos está insinuando su comprensión de que «el llanto de los vencidos es el mismo que el de los vencedores» (Citati 2008: 166).

1
...
...
16