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La Biblioteca Clásica Gredos, fundada en 1977 y sin duda una de las más ambiciosas empresas culturales de nuestro país, surgió con el objetivo de poner a disposición de los lectores hispanohablantes el rico legado de la literatura grecolatina, bajo la atenta dirección de Carlos García Gual, para la sección griega, y de José Luis Moralejo y José Javier Iso, para la sección latina. Con 415 títulos publicados, constituye, con diferencia, la más extensa colección de versiones castellanas de autores clásicos.

Publicado originalmente en la BCG con el número 48, este volumen presenta la traducción de la Odisea de Homero realizada por José Manuel Pabón. Begoña Ortega Villaro (Universidad de Burgos) ha redactado una nueva introducción para este volumen.

Asesor de la colección: Luis Unceta Gómez.

La traducción de este volumen ha sido revisada

por Manuel Fernández-Galiano.

© de la introducción: Begoña Ortega Villaro, 2019.

© de la traducción: José Manuel Pabón.

© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2019.

Avda. Diagonal 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

Primera edición en la Biblioteca Clásica Gredos: 1982.

Primera edición en este formato: septiembre de 2019.

RBA • GREDOS

REF.: GEBO104

ISBN: 978-84-249-2989-3

Realización de la versión digital: El Taller del Llibre, S. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

Todos los derechos reservados.

INTRODUCCIÓN
I.
PRESENTACIÓN

ODISEA, LIBRO VIGÉSIMO TERCERO

Ya la espada de hierro ha ejecutado

la debida labor de la venganza;

ya los ásperos dardos y la lanza

la sangre del perverso han prodigado.

A despecho de un dios y de sus mares

a su reino y su reina ha vuelto Ulises,

a despecho de un dios y de los grises

vientos y del estrépito de Ares.

Ya en el amor del compartido lecho

duerme la clara reina sobre el pecho

de su rey pero ¿dónde está aquel hombre

que en los días y noches del destierro

erraba por el mundo como un perro

y decía que Nadie era su nombre?

(J. L. Borges, El Otro, el Mismo, 1964)

Sirva de pórtico a la presente introducción este eco borgiano que, como genial palimpsesto, se superpone a la esencia del extraordinario relato de la Odisea. La Ilíada y la Odisea son el origen de la literatura occidental, causa de que toda guerra en el tiempo sea la de Troya y todo viaje en el espacio sea el regreso de Ulises. La importancia de la Odisea, sin embargo, no radica solo en la incesante y fructífera huella que ha dejado en la literatura posterior. Es una obra magnífica, en extensión y complejidad, cuyas claves intentamos presentar en las líneas que siguen.

BREVE RESUMEN DE LA ODISEA

Como el poema dice en sus primeros versos, el asunto de la Odisea es el «hábil varón [...] y su largo extravío [...] por ciudades y gentes y rutas marinas, y su vida y la vuelta a su hogar» (I 1-5). Pero el poema no narra cronológicamente este regreso (nóstos, en griego), sino que empieza in medias res, en un momento del décimo año desde la salida de Troya en el que los dioses se reúnen y deciden permitir que Ulises salga de la isla de Ogigia, donde lo retiene la diosa Calipso, y llegue por fin a casa. Mientras, en Ítaca, patria de Ulises, un gran número de pretendientes aspiran a la mano de la reina Penélope, su esposa, a la que creen ya viuda, mientras devoran su despensa en banquetes sin fin. La reina demora su decisión con la promesa de tomarla cuando acabe de tejer el sudario de su suegro, que desteje por la noche. Cuando es descubierta, la situación se vuelve tan insostenible que su hijo Telémaco, movido por la diosa Atenea, decide emprender un viaje para conseguir noticias de su padre. Visita a Néstor y a Menelao en sus respectivos reinos, Pilos y Esparta, mientras en Ítaca los pretendientes traman su asesinato a su regreso. Esta sección es conocida como la Telemaquia.

En el canto V aparece por primera vez Ulises, al que Calipso, a instancias del dios Hermes enviado por Zeus, permite abandonar la isla en una balsa. Tras una terrible tormenta naufraga en la costa del país de los feacios. Allí lo encuentra la princesa Nausícaa. Es acogido en la corte de sus padres, los soberanos Alcínoo y Arete. En el banquete que se celebra como signo de hospitalidad escuchan al aedo Demódoco cantar, entre otros relatos, el final de la guerra de Troya. Ulises, por su parte, les relata sus aventuras desde la salida de Troya hasta llegar a sus playas, a lo largo de los cantos IX-XII: cícones, lotófagos, cíclopes y Polifemo, Eolo, lestrigones, Circe, Hades, sirenas, Escila y Caribdis, isla del Sol. Esta sección es conocida como los Apólogos. Tras ese largo relato, los feacios le hacen llegar en un barco a las costas de Ítaca.

Desde el canto XIII, el escenario es esta isla, a la que Telémaco consigue también regresar, burlando la trampa tendida por los pretendientes. Ulises, disfrazado de mendigo y con la constante ayuda de Atenea, busca aliados y diseña un plan para acabar con los pretendientes. Penélope concibe un certamen con el arco de Ulises para decidir con quién se casará. Ulises, cuya identidad desconocen tanto la reina como los pretendientes, gana el certamen y, junto con Telémaco, el porquero Eumeo y el vaquerizo Filetio, acaba con todos los pretendientes y mata también a las esclavas que habían tenido tratos con ellos. Se produce el reconocimiento o anagnórisis de los esposos. Al día siguiente Ulises visita a su padre y comienza una batalla con los padres de los pretendientes, pero Atenea la detiene, imponiendo la paz en Ítaca.

FORMA DEL POEMA

La lengua en la que está escrita la Odisea es el griego, pero un griego que nunca se habló, mezcla de variantes de distintos momentos, porque los poemas se transmitieron oralmente, incorporando formas de diferentes épocas y también de los distintos lugares en los que se cantaba y, al mismo tiempo, se reelaboraba. Predomina el dialecto jónico, pero hay elementos dialectales eolios, micénicos, arcadio-chipriotas y también rasgos áticos.

II.
LA ODISEA EN SU CONTEXTO
LA POESÍA ÉPICA. EL TESTIMONIO DE LA ODISEA 4

La propia obra no nos dice prácticamente nada de quién la compuso. El poeta narrador apenas se transparenta en la Odisea, salvo en los versos iniciales, en los que ruega a la Musa que le permita cantar «al hombre» (ándra). Ni siquiera es él quien organiza la narración, ya que le pide «Principio da a contar donde quieras» (I 9-10). A cambio, la Odisea ofrece muchos detalles de cómo eran los poetas que actuaban en el tiempo del relato.

En la Odisea aparecen dos aedos: Demódoco, en el palacio de Alcínoo (VIII 42-82; 266-369; 477-536) y Femio en Ítaca (I 153-155; 325-353; XXII 330-356). Su tratamiento es muy distinto —conocemos directamente lo que canta el primero, un personaje muy apreciado, solo indirecta y resumidamente el relato del segundo, que está a expensas del maltrato de los pretendientes—, quizá por remarcar la oposición entre los dos escenarios en los que se encuentran: el primero en el mundo feliz de Esqueria, tierra de los feacios, el segundo en la cruda realidad de Ítaca. No obstante esta diferencia, ambos cantan de memoria, sirviéndose de un instrumento de cuerda, la cítara o forminge. Son profesionales al servicio de los señores del palacio y actúan de acuerdo con las peticiones que estos o sus invitados les hacen, en el contexto de un banquete. No es una actividad de aficionado, como la de Aquiles en la Ilíada (IX 186-187).

Los temas pertenecen al repertorio mítico (como los amores de Ares y Afrodita) y también al pasado «real» —dentro de la ficción— de los personajes: el aedo canta las aventuras del mismo Ulises que las está escuchando, sucedidas solo diez años antes. Todas ellas, por tanto, están situadas en el mismo plano para el cantor y también para el auditorio: «la gente celebra entre todos los cantos / el postrero, el más nuevo que viene a halagar sus oídos» (II 346-350), dice Telémaco.

Ni en la Odisea ni en los cantos contenidos en ella hay contextualización alguna de ese contenido. Los personajes principales aparecen sin ser introducidos, porque se suponen conocidos por el auditorio: «El divino Telémaco viola el primero; se hallaba / recostado entre aquellos galanes penando en su alma y soñando entre sí con el héroe su padre» (I 113-115); nótese que ni siquiera se da el nombre «Ulises» hasta el v. 21.

La Odisea también nos habla del efecto contradictorio de la poesía en el auditorio. Siempre es calificada de «bella», «que hechiza», pero puede causar pesar, como a Penélope oír a Femio cantar sobre el desastroso regreso de Ilión, otra denominación de Troya que da título a la Ilíada. La reina le pide que elija otra «leyenda de guerreros y dioses»; Telémaco le reprocha «no disfrutar» con el canto: «¿Por qué, oh madre, le impides al hábil aedo que trate / de agradar como quiera su genio le inspire? La culpa / no la tiene el cantor, sino Zeus, que reparte sus dones / y los da a cada cual de los hombres según su talante» (I 346-350). Está encerrada aquí una paradoja: el canto, única recompensa para los sufrimientos del héroe, es precisamente lo que hace revivir ese dolor, y Ulises le pide a Demódoco que relate el ardid del caballo, aunque no puede evitar llorar al oírlo.

En la Odisea hay muchos cantores de historias, el principal el propio Ulises. Pero no es un aedo, ya que no utiliza la cítara. Tampoco está inspirado y desconoce qué pasa fuera de su vista o qué hacen los dioses; por eso su relato está lleno de vacíos y suposiciones. Es el relato de un narrador «humano», frente al de un aedo inspirado por la divinidad.

Hay otro aspecto nuclear en la poesía griega —no solo épica— que se refleja bien en estos testimonios: la creencia de que la memoria ayuda a perpetuar e inmortalizar a los hombres admirables, a los héroes, que lo son por sus hazañas, pero, sobre todo, por convertirse en materia para los aedos. Su kléos, su fama, es el objetivo fundamental para ellos. Femio le promete, a cambio de que no le ejecute: «y aun creo poder celebrarte / como a un dios a ti mismo: no quieras segar mi garganta» (XXIII 348-349).

Pero es en la corte de Alcínoo, en las escenas con Demódoco, donde se ve mejor la trascendencia de este concepto. Cuando el aedo acaba el relato del caballo de Troya, Ulises, después de haberlo pospuesto en al menos dos ocasiones, puede orgullosamente dar su nombre, que ahora ya está cubierto de kléos: «Soy Ulises Laertiada, famoso entre todas las gentes / por mis muchos ardides; mi gloria ha subido hasta el cielo» (IX 19-21). Es un caso único en la épica, pues la fama de un héroe siempre se enuncia en tercera persona, o por la primera en futuro, como Héctor en la Ilíada VII 91: «Así dirá alguien alguna vez, y mi gloria nunca perecerá.» A diferencia de la Ilíada, sin embargo, donde esta gloria se consigue solo a través del triunfo en la guerra, en la Odisea la variedad de hazañas es enorme: viajes, hospitalidad, fidelidad, belleza y, como en este ejemplo, astucia. Las dos vías para preservarla son la sepultura en la que se haga público homenaje del fallecido (I 239-240, XI 72-76, etc.) y especialmente el canto, como hemos visto.

No obstante, la conversación entre Aquiles y Ulises en el Hades parece contradecir esta creencia, al menos en parte. Ulises le saluda: «“¡Oh el mejor de los hombres; argivos, Aquiles Pelida! [...] Tú, Aquiles, / fuiste, en cambio, feliz entre todos y lo eres ahora. / Los argivos te honramos un tiempo al igual de los dioses / y aquí tienes también el imperio en los muertos: por ello / no te debe, ¡oh Aquiles!, doler la existencia perdida.”». A lo que Aquiles responde: «“No pretendas, Ulises preclaro, buscarme consuelos de la muerte, que yo más querría ser siervo en el campo / de cualquier labrador sin caudal y de corta despensa /que reinar sobre todos los muertos que allá fenecieron”» (XI 478-491).

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