Maceo Fiorenti torció el gesto.
–¿Cree que me molesta tener que compartir ese dinero con usted?
–Desde luego, no parece que le haga mucha gracia.
–Tal vez porque usted no lo merece. No ha hecho nada para ganárselo, ¿no?
–¿Y usted sí? Corríjame si me equivoco, ¿pero no está disfrutando de la fortuna que amasó Luigi?
–Se equivoca –respondió él–. Mi abuelo abrió una tienda en Nápoles de la que mi padre se hizo cargo cuando tenía veintiún años. Él convirtió la tienda en una empresa que vendía por toda Europa. La contribución de Luigi fue inconmensurable, por supuesto, pero él no apareció hasta mucho más tarde. Y si cree que yo me he limitado a heredar el dinero de mis antepasados, pronto descubrirá lo equivocada que está. ¿Quiere que hablemos de su herencia o piensa seguir perdiendo el tiempo dispensando insultos?
Faye se dio cuenta de que había herido su orgullo, tal vez porque él era el responsable de la meteórica expansión de Casa di Fiorenti. En cualquier caso, no era asunto suyo.
–Muy bien. ¿Qué tengo que hacer?
Él se acercó al enorme escritorio de cristal y el movimiento llamó su atención hacia los poderosos muslos, recordándole que estaba en compañía de uno de los multimillonarios más jóvenes del mundo. Uno que, además, la miraba como si estuviese haciéndole un gran favor.
Podría echarla del despacho. ¿Por qué no lo hacía? ¿Porque le había hecho una promesa a Carlotta, su esposa?
–¿Señorita Bishop?
Faye dio un respingo. Esos labios tan sensuales y firmes evocaban pensamientos prohibidos, pero tenía que concentrarse.
–Perdone, ¿qué decía?
–Le he pedido que se siente –respondió Maceo, señalando un sofá.
Faye se sentó y fingió estudiar el cuadro que había tras el escritorio mientras intentaba controlar los nervios, pero se vio obligada a mirarlo cuando Maceo Fiorenti se sentó frente a ella. Aunque no era difícil porque aquel hombre era como una llama ardiente en una noche fría y oscura… atrayendo a una polilla hacia la muerte.
La vibrante piel morena, la pronunciada nuez, el firme pulso que latía en su garganta y que, absurdamente, deseaba tocar.
Faye no sabía cuánto tiempo habían estado mirándose el uno al otro, pero el sonido de su móvil la sobresaltó, liberándola del extraño hechizo.
Mientras apagaba el móvil, Maceo la miró con gesto helado.
–Para que no haya malos entendidos le enviaremos una copia del testamento de Carlotta, pero recibirá su herencia cuando yo lo decida. Y he decidido, señorita Bishop, que antes de recibir el dinero debe apreciar de dónde viene. Tal vez una vez que haya experimentado el duro trabajo y los sacrificios que exige una empresa como esta dejará de mostrarse tan frívola.
Faye frunció el ceño.
–Ya le he dicho que todo esto ha sido una sorpresa. No era mi intención ofenderlo.
–Entonces, demuéstrelo. No voy a darle el dinero así como así. Carlotta no quería que lo hiciese y, después de conocerla, estoy de acuerdo con ella.
–¡Pero si no me conoce!
–No la conozco y, por eso, quiero que demuestre que esta herencia es algo más que dinero para usted.
–¿Cómo? ¿Quiere que encargue una placa en honor de Luigi y Carlotta? ¿Que firme los documentos con mi propia sangre? ¿Que me haga un tatuaje con sus nombres?
Maceo se encogió de hombros, como si estuviesen hablando del tiempo.
–No, nada tan dramático. Mi petición es simple: se quedará en Italia y trabajará en Casa di Fiorenti como muestra de agradecimiento. Cuando esté satisfecho, recibirá su herencia.
¿Quedarse en Italia? No podía hablar en serio.
–Tengo obligaciones. No puedo dejarlo todo y venir aquí solo para que usted me ponga a prueba.
–Entonces, márchese. Carlotta me dio un plazo de cinco años, así que tiene tiempo para pensarlo.
–No, lo siento, pero es imposible.
–Entonces estamos en punto muerto, señorita…
–Me llamo Faye y prefiero que me llame así en lugar de usar ese tono helado para ponerme en mi sitio… o el sitio que usted cree que debo ocupar. Créame, soy muy consciente de las diferencias entre usted y yo, y si decide bajar de su pedestal prometo no contárselo a nadie.
Maceo se relajó en el asiento, mirándola fijamente.
–¿Qué haces para ganarte la vida, Faye?
El modo en que pronunciaba su nombre fue lo bastante turbador como para que su pulso se acelerase.
–¿Por qué creo que ya sabes la respuesta a esa pregunta?
Él esbozó una sonrisa.
–Carlotta mencionó que vivías en una granja. ¿Dónde exactamente?
–En Devon, en el Suroeste de Inglaterra.
–Una comuna hippy, imagino.
–Es algo más que eso.
Mucho más, en realidad. Era un sitio que ofrecía apoyo a mujeres necesitadas, pero no iba a contárselo para que él la menospreciase. O, peor aún, para que descubriese por qué su madre vivía allí y ella dedicaba todo su tiempo a la granja.
–¿Y qué haces allí?
–Soy asistente social, pero estoy allí como voluntaria hasta que encuentre otro trabajo.
El centro Nuevos Caminos no tenía fondos para contratarla, de modo que había ofrecido sus servicios de modo gratuito mientras buscaba otro empleo.
Aunque odiaba admitirlo, el legado de Carlotta sería un regalo del cielo para Nuevos Caminos y para otros proyectos en los que había puesto toda su energía desde que dejó la universidad.
–Si estás buscando trabajo, ¿por qué tienes tanta prisa por volver a esa granja?
La pregunta estaba cargada de desdén, como si pensase que no tenía intención de trabajar, pero Faye no perdió el tiempo mostrándose ofendida.
–Eso es asunto mío.
–Tal vez estarías más dispuesta a quedarte si te dijese que tu trabajo aquí no sería voluntario. Casa di Fiorenti tiene fama de pagar bien a sus empleados.
Cuando mencionó la cantidad Faye lo miró, sorprendida.
–¿En serio?
Con un mes de sueldo casi podría pagar el alojamiento de su madre en Nuevos Caminos durante un año.
–Eso es para un empleado de nivel medio. Como hijastra de Luigi…
–No quiero limosna –lo interrumpió ella.
–Te aseguro que tendrás que trabajar. No me gustan los aprovechados –se apresuró a decir Maceo–. Lo que quería decir es que, como hijastra de Luigi, tendrás que empezar desde abajo. Lo mejor sería que pasaras un año en una plantación de cacao, como hice yo, pero como no tienes tiempo que perder, te quedarás aquí en Nápoles, donde yo podré supervisarte.
–Ah, ya veo.
–El sitio más apropiado para empezar será el departamento de Investigación y Desarrollo, pero me reservo el derecho de cambiarte de puesto.
Faye quería protestar, pero no iba a rechazar la proposición. No iba a desaprovechar la oportunidad de recibir un dinero con el que podría ayudar a tanta gente. Además, su madre estaba bien atendida en la granja y, aunque le dolía reconocerlo, ni siquiera se percataría de su ausencia.
–No debes preocuparte, Faye. Un duro día de trabajo nunca ha matado a nadie –dijo Maceo, burlón.
Ella levantó la barbilla.
–No me da miedo el trabajo, así que ahórrate los insultos. De hecho, puedo ponerme a trabajar inmediatamente. Cuanto antes haya terminado aquí, antes dejaremos de vernos.
El brillo de triunfo en los ojos de color ámbar hizo que se le erizase el vello de la nuca.
–No vas a ponerte a trabajar ahora mismo. Casa di Fiorenti tiene una reputación profesional que salvaguardar. Eso incluye un código estricto de vestimenta y ahora mismo… en fin, como no tenías pensado quedarte en Nápoles más que un par de días, supongo que no has traído ropa adecuada, pero en Recursos Humanos se encargarán de darte lo que necesites cuando hayas firmado el formulario de empleo y todo lo demás.
–¿Qué formulario?
–El habitual formulario en el que cuentas cosas sobre tu vida antes de firmar un contrato como becaria.
–¿Eso es necesario?
Maceo la miró con gesto de sorpresa.
–Esa pregunta suena un poco sospechosa. ¿Tienes muchos secretos?
–¿Y tú? –replicó ella–. Eres tú quien insiste en esta innecesaria evaluación antes de darme lo que es mío legalmente.
Maceo la miró, imperturbable.
–Debes darme tu palabra de que nada en tu pasado podría abochornar a la empresa.
Lo único que quería Faye era salir corriendo, alejarse de esos ojos que parecían hundirse bajo su piel y desnudar los oscuros secretos con los que se había visto obligada a vivir desde que nació.
–Prometo hacer el trabajo que se me asigne. No tienes derecho a hacer ninguna otra demanda –respondió ella–. O lo aceptas o no, pero te lo advierto: no voy a desaparecer así como así hasta que tú decidas respetar los deseos de Luigi y Carlotta. Yo también puedo ponerme en contacto con un abogado.
Se estaba tirando un farol y contuvo el aliento, esperando que Maceo no la descubriese. Él era el presidente de una compañía multimillonaria, con el poder que daba ese puesto, y sus abogados serían capaces de destruirla si les pedía que lo hicieran.
Había algo duro en su mirada, como si hubiera vivido cien vidas y pudiese contar mil historias. ¿Esas historias tendrían algo que ver con la razón por la que se casó con Carlotta? ¿Explicarían a los paparazis que esperaban en la calle?
Faye sentía curiosidad. Quería saber más sobre aquel hombre, descubrir sus secretos. Pero eso era peligroso cuando ella misma tenía tantos.
–No me gustan las amenazas, señorita Bishop –dijo él entonces.
–Solo estoy diciendo la verdad, signor Fiorenti.
–Yo he descubierto que la «verdad» significa cosas distintas para cada uno, pero estoy seguro de que descubriré tu auténtica valía en los próximos seis meses.
Faye dio un respingo.
–¿Seis meses? No puedes forzarme a estar aquí tanto tiempo.
–Yo no voy a forzarte a nada, no eres mi prisionera. Puedes volver a despedirte dramáticamente, se te da muy bien.
–Tres meses –dijo ella entonces–. Te doy tres meses.
–Cuatro –replicó Maceo–. Y tu relación de parentesco con Luigi solo será divulgada con mi permiso.
¿Cuatro meses de sacrifico a cambio de una fortuna que ayudaría a tanta gente? Si invertía sensatamente, el dinero de la herencia podría durar años, tal vez décadas. Y, aunque le horrorizaba tener que pasar tiempo con Maceo Fiorenti, sería absurdo rechazar tal oportunidad.
Tal vez viviendo en Italia descubriría por qué Luigi les había dado la espalda. Matt había resucitado esos fantasmas y tenía que enfrentarse con ellos de una vez por todas.
–Muy bien, de acuerdo. Cuatro meses –anunció.
La expresión de triunfo de Maceo casi hizo que se echase atrás.
–Al final de esos cuatro meses, me venderás tu parte de la acción.
–O estudiaré las opciones que más me convengan.
–Venderme tu parte será lo mejor para ti, te lo aseguro. Nadie te ofrecerá lo que yo puedo darte.
Esas palabras provocaron un escalofrío por su espalda, pero Faye no quería preguntarse por qué.
–¿Hemos terminado? –le preguntó, sin aliento.
–Una última cosa. Durante el tiempo que estés aquí te alojarás en mi villa, en Capri.
–No, gracias. Encontraré un apartamento.
Se le encogió el corazón al pensar que tendría que echar mano de los pocos ahorros que le quedaban.
«Mantén la mirada en el premio».
–¿No has visto a los paparazis en la puerta?
–¿Qué tiene eso que ver?
–Me siguen a todas horas y alguien como tú llamará su atención.
–¿Por qué iba a interesarles?
–Tu legado no es un secreto y tú no pasas desapercibida, ¿verdad, arcobaleno?
Faye había aprendido algo de italiano gracias a ese breve e idílico tiempo con Luigi, antes de que todo se derrumbase.
Arcobaleno. Arcoíris.
De repente, se sintió acalorada, excitada. Aunque no entendía por qué.
–Que yo sepa, ese tipo de atención se reserva para los actores de cine o la gente famosa. ¿Tú eres famoso?
–No estoy aquí para satisfacer tu curiosidad, arcobaleno –replicó él, irónico–. Sencillamente, te estoy dando opciones. Puedes ir a algún hotel barato con seguridad limitada o alojarte en mi casa, donde las intrusiones en tu vida serían mínimas.
–¿Por qué no dices la verdad? Me quieres en tu casa para poder vigilarme.
–Lo haré estés donde estés porque no me fío de nadie. Depende de ti si quieres alojarte en un hotel, con la prensa persiguiéndote, o en mi casa.
Faye estaba a punto de protestar, pero se mordió la lengua porque sabía que a Maceo Fiorenti le encantaría que perdiese el control. Además, de ese modo se ahorraría un dinero que podría usar para cosas mejores, pero le molestaba tener que aguantar las exigencias de aquel extraño cuando la herencia era suya por derecho.
Faye clavó las uñas en el brazo del sofá, intentado tranquilizarse, pero apartó la mano al ver que él la miraba con gesto irónico.
–Muy bien, si tanto insistes me alojaré en tu villa.
–La directora de Recursos Humanos se encargará de todo. Mi ayudante te acompañará a su despacho.
Encantada de librarse de él, Faye se levantó y se dirigió a la puerta, haciendo un esfuerzo para no darse la vuelta y confirmar que Maceo tenía los ojos clavados en su espalda.
Ese pequeño triunfo era esencial porque el instinto le decía que iba a necesitar toda su fuerza de voluntad para lidiar con Maceo Fiorenti.
La batalla acababa de empezar.
О проекте
О подписке
Другие проекты
