Maceo observó a la extraña criatura de labios generosos y luego se maldijo a sí mismo por tan inoportuna observación.
Esos labios podrían rivalizar con los de Cupido. ¿Y qué?
¡Per l’amor di Dio, tenía el pelo de varios colores! Iba vestida como una hippy y llevaba flores de henna tatuadas en un brazo. Con esos labios gruesos y esa figura llamativa, debería estar en el teatro, no en las oficinas de un imperio multimillonario.
¿Y qué si tenía una piel de porcelana y los ojos de color índigo más seductores que había visto nunca?
Había enterrado a Carlotta unos días antes y, aunque su matrimonio no había sido convencional, al menos le debía el respeto de no enumerar adjetivos para describir a otra mujer.
–¡Lo dirá de broma! –exclamó Faye Bishop entonces.
Maceo la miró de nuevo con helada gravedad.
–Sí, claro, porque tras la muerte de mi esposa no tengo nada mejor que hacer que gastar una broma de mal gusto sobre su último deseo –replicó, sarcástico.
Ella tuvo la decencia de ponerse colorada, pero la contrición duró solo unos segundos.
–No era mi intención ofenderle. Es que esto es algo completamente inesperado para mí.
–¿De verdad, señorita Bishop?
Maceo no se molestaba en disimular su escepticismo. No pensaba esconder nada porque los secretos habían erosionado los cimientos de su familia.
–De verdad, señor Fiorenti –replicó ella.
–Entonces, haga lo que ha dicho antes. Rechace la herencia y márchese.
Curiosamente fascinado, observó su pelo multicolor… y tuvo que hacer un esfuerzo para controlar el extraño efecto que aquella mujer ejercía en él.
Se había quedado helado al verla al otro lado de la pared de cristal, pensando que debía ser una alucinación. No sabía por qué, pero no era capaz de apartar la mirada.
Faye Bishop lo hacía experimentar una tórrida punzada de deseo, un recordatorio de que era un hombre de sangre caliente, aunque se lo había negado a sí mismo durante una década porque no merecía satisfacer sus deseos.
Maceo solo tenía un objetivo: conservar la empresa a la que sus padres habían dedicado toda su vida.
Y no había sobrevivido a un infierno para caer preso de la fascinación por aquella extraña criatura.
–A sus abogados no parece gustarles la idea. ¿Por qué, señor Fiorenti? No, espere, no responda. Voy a adivinarlo. Ellos saben que no tiene derecho a decirme eso. ¿Estoy en lo cierto? –preguntó Faye, mirando alrededor.
Uno de los abogados, maldito fuera, asintió con la cabeza.
–Bueno, eso está abierto a interpretaciones, pero en general… así es.
Ella lo miró, esbozando una sonrisa retadora, y Maceo experimentó una mezcla de excitación y rabia.
No sabía por qué aquella mujer lo turbaba tanto, pero intentó relajarse y terminar con aquella reunión de una vez por todas. Tenía otras cosas de las que preocuparse.
Faye Bishop no era el único inconveniente que Carlotta había dejado atrás. Además, estaban sus hermanos.
–El legado es suyo, pero con condiciones. Yo tengo el poder de añadir mis propias estipulaciones.
La sonrisa de Faye se evaporó del todo.
–¿Qué?
–Después de conocerla, Carlotta me dio el poder de convertirla en una mujer muy rica o…
–¿O ponerme a prueba por algo de lo que yo no tenía ni idea y no he querido nunca?
Maceo esbozó una sonrisa desdeñosa.
–Muy bien, entonces márchese. Demuestre que de verdad piensa rechazar la herencia.
Estaba convencido de que no lo haría. Nadie en su sano juicio rechazaría tal cantidad de dinero.
Pero Faye Bishop se levantó de la silla y lo miró en silencio con esos ojos de color índigo hasta que Maceo dejó de respirar.
No sabía si levantarse de un salto para evitar que se fuera o permanecer sentado.
Lo último. Desde luego, no iba a detenerla.
Faye Bishop se dirigió hacia la puerta de la sala de juntas. A pesar de su ropa vulgar tenía una gracia innegable y el movimiento de sus caderas bajo la falda de flores irradiaba tal sensualidad que Maceo tuvo que moverse en la silla, incómodo.
Antes de salir, Faye se dio la vuelta para lanzar sobre él una mirada reprobadora que habría empequeñecido a cualquier otro hombre. Un hombre que no tuviese que luchar contra los demonios contra los que él luchaba cada día.
–He venido porque pensé que tal vez aquí encontraría respuestas a las preguntas que me he hecho durante todos estos años sobre Luigi. Pero ahora veo que ha sido una pérdida de tiempo.
Maceo lanzó una mirada de advertencia sobre los abogados. El otro deseo de Carlotta había sido igualmente específico: la entrega de una carta dirigida a Faye Bishop.
No sabía si en esa carta estarían las respuestas que ella buscaba, pero no se la daría hasta que estuviese completamente seguro de sus motivos.
–¿De verdad esto le parece una pérdida de tiempo?
Ella lo fulminó con la mirada.
–Lamento la muerte de Carlotta, señor Fiorenti, pero espero no volver a verlo en toda mi vida.
Después de decir eso, Faye salió de la sala de juntas, dejando atrás un silencio cargado de asombro.
–¿Se ha ido? ¿De verdad? –murmuró uno de los abogados.
Tenía que ser un juego, pensó Maceo. Lo que Faye no sabía era que él era un experto en juegos. Había estado jugando durante una década con los paparazis, distrayéndolos para que no descubriesen los secretos de su familia. Los mismos juegos con los que había manipulado a los miembros del consejo de administración que querían aprovecharse de él.
Como si los hubiera conjurado, dos de sus oponentes entraron en la sala de juntas en ese momento.
Stefano y Francesco Castella, los hermanos de Carlotta.
La vida de Maceo había dado un fatídico giro la noche que sus padres y su padrino fallecieron, pero aquellos dos eran un recuerdo constante de que, aparte de los secretos que habían fragmentado a su familia, las mentiras y la avaricia eran amenazas con las que también tenía que lidiar.
Los saludó con indiferencia mientras miraba la puerta de reojo. ¿Qué había querido decir Faye Bishop? ¿Qué le había hecho su padrino, Luigi?
¿Y por qué no había sabido que Luigi tenía una hijastra hasta que Carlotta murió?
Maceo intentó dejar de pensar en la etérea Faye Bishop.
–No sabía que ahora dejábamos entrar a cualquiera que viniese de la calle. ¿Quién era esa mujer tan rara? –preguntó Stefano.
–No es asunto tuyo –respondió él, cortante.
Stefano esbozó una untuosa sonrisa.
–Soy miembro del consejo de administración, de modo que todo lo que pase aquí es asunto mío.
Maceo se mordió la lengua. Otra razón por la que tenía que soportar a Faye Bishop. Su herencia era lo único que evitaba que tuviese poder absoluto sobre el consejo de administración. Por insignificante que fuese, era la diferencia entre librarse de Stefano y Francesco o tener que soportar su exasperante presencia.
–Estáis aquí para discutir los asuntos personales de vuestra hermana. Esa mujer no tiene nada que ver.
Stefano se encogió de hombros.
–Solo intentaba ser amable…
–Tú no sabes lo que es ser amable.
Francesco lo fulminó con la mirada.
–Cuidado con el tono, figlio. Nosotros llevamos esta empresa mientras tú estabas incapacitado en el hospital. Nosotros permitimos que te casaras con nuestra hermana…
–Tenía la impresión de que eso fue decisión nuestra –lo interrumpió Maceo–. Por eso nos casamos sin deciros una palabra.
Stefano golpeó la mesa con la palma de la mano.
–Ascoltami…
–No, escúchame tú –volvió a interrumpir Maceo, impaciente–. Carlotta era demasiado buena como para deciros la verdad, pero yo no lo soy. Le hicisteis la vida imposible hasta que os metió en el consejo, pero ahora ella ya no está y yo no tengo intención de seguir soportando tonterías. Vuestro puesto en la empresa es seguro por el momento, pero no me presionéis o podríais llevaros una sorpresa.
Maceo se levantó abruptamente y se dirigió a la puerta. Se decía a sí mismo que era por los insoportables hermanos de Carlotta, no porque quisiera verificar que de verdad Faye Bishop había salido del edificio.
Lanzando una última mirada desdeñosa sobre los Castella, añadió:
–Vuestra hermana dejó algunos efectos personales para vosotros. El signor Abruzzo os informará de todo.
Después de cerrar la puerta sacó el móvil del bolsillo para llamar a su ayudante.
–Llama a Seguridad para que localicen a la mujer que estaba con nosotros en la sala de juntas. Se llama Faye Bishop y quiero que vuelva aquí cuanto antes.
–No es necesario. La señorita Bishop está esperando en su despacho.
Maceo volvió a guardar el móvil en el bolsillo, diciéndose a sí mismo que la absurda emoción que sentía de repente no tenía nada que ver con la señorita Bishop. No, en absoluto. Lidiaría con ella como había lidiado con los hermanos de Carlotta.
Faye desearía haber tenido valor para salir del edificio, pero…
«El orgullo precede a la caída».
Y rechazar la herencia de Carlotta había sido un absurdo gesto de orgullo porque, en realidad, necesitaba ese dinero para ayudar a su madre y a tantas otras mujeres que querían rehacer sus vidas.
Había llegado al vestíbulo de acero, mármol y cristal antes de que el sentido común la hiciese parar. Le explicó a la recepcionista que había olvidado decirle algo importante al señor Fiorenti y la habían llevado al despacho del presidente en lugar de a la sala de juntas. Y allí estaba, esperando, ponderando las consecuencias de su apresurada decisión.
¿Habría perdido la oportunidad de ayudar a tantas mujeres necesitadas? ¿Aquel hombre formidable le daría la oportunidad de echarse atrás o todo se habría perdido?
Faye sintió un escalofrío al pensar en volver a verlo.
Maceo Fiorenti parecía de los que no perdonaban una ofensa. Tal vez disfrutaría riéndose de ella. Desde luego, se había mostrado increíblemente desagradable antes de que hubiesen intercambiado una sola palabra. Era evidente que no la creía merecedora de la herencia y eso significaba que tenía una pelea entre las manos.
Como conjurado por su frenética imaginación, la puerta se abrió en ese momento y Maceo Fiorenti entró en el despacho, pero apenas se molestó en mirarla mientras se quitaba la chaqueta y la dejaba sobre el respaldo de un sillón.
Los ojos de Faye estaban clavados en la espalda cuadrada, en el ancho torso y en unos abdominales que parecían duros como piedras.
Un cuerpo trabajado a la perfección, sin una onza de grasa, un rostro enormemente atractivo. En realidad, era un pecado lo apuesto que era aquel hombre.
Pero no estaba allí para admirar el físico de Maceo Fiorenti, por atractivo que fuese. Estaba allí para solucionar el error que había cometido unos minutos antes.
–No sé si sentirme decepcionado porque se ha echado atrás o alegrarme porque parece dispuesta a tragarse sus palabras.
Por supuesto, él no iba a dejarlo estar y Faye se encogió de hombros.
–Me da igual lo que sienta mientras esté dispuesto a escucharme.
–Bene. Oigamos otro apasionado discurso en el que en realidad, no cree en absoluto.
Faye tuvo que disimular su irritación.
–No me paré a pensar. No debería haber dicho eso.
Él esbozó una sonrisa.
–La cuestión es por qué lo ha dicho.
–Porque esperaba otra cosa cuando vine aquí.
Alguna indicación de que Luigi no pensaba en ella como una abominación, por ejemplo. O que la desgarradora tristeza que veía en los ojos de su madre, cuando estaba demasiado drogada como para esconder sus emociones, no era la razón por la que Luigi les había dado la espalda.
–¿Y qué esperaba de una mujer a la que había dado esquinazo durante semanas?
–Yo no esperaba nada de su… de Carlotta.
Faye no sabía por qué la palabra «esposa» se le había atragantado. Tal vez porque le resultaba difícil imaginar a aquel hombre casado con Carlotta Caprio. Aunque ese era un pensamiento sexista. Tal vez habían sido una pareja feliz, locamente enamorada.
–¿Entonces?
–Quería saber por qué Luigi, mi padrastro…
Faye no terminó la frase porque no quería contarle su vida a un extraño. Aunque el extraño hubiera estado casado con la viuda de su padrastro. En fin, todo aquello era tan confuso.
–Cuando los abogados me dijeron que Carlotta me había dejado algo en su testamento, no esperaba que fuesen acciones de la empresa de Luigi.
–Es un cuarto de una sola acción.
–Eso da igual.
Maceo suspiró.
–Otra vez fingiendo que no le importa la fortuna que ha caído en sus manos.
–Evidentemente, me importa la herencia o no habría vuelto, pero es que yo quería… algo más.
–¿Por qué ahora? Luigi murió hace más de diez años.
–Pensé que tal vez no había querido decirme a la cara lo que tuviese que decir.
Le pareció ver un brillo de comprensión en los ojos de Maceo Fiorenti, pero desapareció enseguida, llevándose con él una diminuta semilla de esperanza.
–Mi padrino no era un hombre que temiese a una cría. ¿Por qué cree que no podía decirle a la cara lo que tuviese que decirle?
–Eso es entre Luigi y yo. O no, ya que al parecer no hay nada más que la fracción de esa acción que tanto le molesta tener que compartir conmigo.
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