Dionisio, Pirro, Agatocles y los generales de Alejandro, ¿no habían dado el ejemplo de maravillosas fortunas? El ideal de Hércules, que los cananeos confundían con el Sol, resplandecía en el horizonte de los ejércitos. Se sabía que simples soldados habían llevado diademas, y el ruido de los imperios que se desmoronaban hacía soñar a los galos en su bosque de encinas, y al etíope, en sus arenales. Había siempre un pueblo dispuesto a utilizar los valientes; y el ladrón arrojado de su tribu, el parricida errante en los caminos, el sacrílego perseguido por los dioses, todos los hambrientos, todos los desesperados procuraban llegar al puerto donde el agente de Cartago reclutaba soldados. En general, esta cumplía sus promesas; pero esta vez, el exceso de su avaricia la había llevado a una infamia peligrosa. Los númidas, los libios, el África entera iban a caer sobre Cartago. Solo el mar estaba libre; pero aquí se hallaban los romanos; como un hombre asaltado por asesinos, la República sentía la muerte rondar en torno de ella.
Convenía, pues, recurrir a Giscón; los bárbaros aceptaron su intervención; una mañana vieron bajarse las cadenas del puerto y entrar en el lago tres barcos planos, pasando por el canal de la Tania.
A proa del primero se veía a Giscón. Detrás de este, y a más altura que un catafalco, se levantaba una caja enorme, con anillos parecidos a coronas. Aparecía en seguida la legión de intérpretes, peinados como esfinges y con un lorito tatuado en el pecho. Seguían amigos y esclavos, todos sin armas, y tan numerosos que se tocaban los hombros. Las tres barcazas, llenas hasta flor de agua, avanzaban entre las aclamaciones de los soldados, que las estaban mirando.
Así que Giscón desembarcó, los soldados corrieron a su encuentro. Con sacos hizo arreglar una especie de tribuna, y declaró que no se iría sin haberles pagado íntegramente.
Estallaron aplausos, y por largo rato no pudo hablar.
Luego censuró las faltas de la República y las de los bárbaros, que con sus violentos motines tenían asustada a Cartago. La mejor prueba de las buenas intenciones de la ciudad era que le enviaban a él, el constante adversario del Sufeta Hannón. No debían los mercenarios suponer en el pueblo la tontería de querer irritar a los valientes, ni la ingratitud de desconocer sus servicios. Giscón empezó a pagar por los libios. Como estos habían declarado equivocadas las listas, no se sirvió de ellas.
Iban desfilando todos por naciones y abriendo los dedos para significar el número de años; se les marcaba sucesivamente en el brazo izquierdo con pintura verde; unos escribientes introducían la mano en el cofre abierto, y otros, con un estilete, agujereaban una lámina de plomo.
Pasó un hombre que andaba pesadamente, con la pesadez de un buey.
—Sube a mi lado —le dijo el Sufeta, sospechando algún fraude—. ¿Cuántos años has servido?
—Doce —respondió el libio.
Giscón le pasó los dedos por debajo de la mandíbula, porque el barboquejo del casco producía a la larga callosidades. «Tener callos» era tanto como acreditarse de veterano.
—¡Ladrón! —exclamó el Sufeta—, lo que te falta en la cara debes tenerlo eh las espaldas.
Y rasgándole la túnica descubrió un dorso cubierto de llagas sangrientas. Era un labrador de Hippo-Zarita. Le silbaron y fue decapitado.
En cuanto se hizo de noche, Espendio fue a despertar a los libios, y les dijo:
—Cuando los ligures, los griegos, los baleares y los hombres de Italia sean pagados, se despedirán; pero vosotros quedaréis en África, esparcidos en vuestras tribus y sin ninguna defensa. Entonces se vengará la República. ¡Desconfiad del viaje! ¿Creéis en palabras? Los dos Sufetas están de acuerdo. Acordaos de la Isla de los Huesos y de Xantippo, al que enviaron a Esparta en una galera podrida...
—¿Qué haremos? —le preguntaban.
—¡Reflexionad! —contestaba Espendio.
Los dos días siguientes se invirtieron en pagar a la gente de Magdala, de Leptís, de Hecatompila. Espendio visitó a los galos.
—Se paga a los libios; se pagará a los griegos, a los baleares, a los asiáticos, a todos; pero a vosotros, como sois pocos, no se os dará nada. No volveréis a ver vuestra patria. No tendréis barcos. Os matarán para ahorrar la comida.
Los galos fueron a ver al Sufeta, y Autharita, aquel a quien Giscón golpeara en el palacio de Amílcar, le interpeló. Fue rechazado por los esclavos y desapareció, jurando vengarse.
Las reclamaciones, las quejas se multiplicaban. Los más obstinados entraban en la tienda del Sufeta. Para enternecerle le tomaban las manos, le hacían palpar sus bocas sin dientes, sus brazos flacos y las cicatrices de sus heridas. Aquellos que no estaban pagados, y aun los que lo habían sido, pedían otra paga por sus caballos; los vagabundos, los desterrados, tomando las armas de los soldados, decían que se les olvidaba. A cada minuto llegaban torbellinos de hombres; las tiendas crujían, se plegaban; oprimida la multitud entre los fortines del campamento oscilaba, con grandes gritos, desde las puertas hasta el centro. Cuando el tumulto era muy fuerte, Giscón apoyaba un codo en su cetro de marfil y, mirando al mar, permanecía inmóvil, con los dedos hundidos en la barba.
Con frecuencia, Matho se apartaba para conversar con Espendio; luego se ponía frente al Sufeta, y Giscón sentía perpetuamente sus pupilas como dos dardos inflamados asestados hacia él. Desde la multitud se le lanzaban muchas veces injurias; pero no las comprendía. El reparto continuaba y el Sufeta vencía todos los obstáculos.
Los griegos quisieron armar camorra por la diferencia de las monedas; Giscón les dio tales explicaciones que se retiraron conformes. Los negros reclamaron esas conchas blancas usadas para el comercio en el interior de África; les ofreció enviar por ellas a Cartago, y como los demás, aceptaron moneda.
A los baleares se les había prometido algo mejor: mujeres. El Sufeta les dijo que esperaba para todos ellos una caravana de vírgenes; el camino era largo y aún faltaban seis lunas (o meses). Así que estas doncellas estuvieran gordas, limpias y frotadas con benjuí, se las enviaría embarcadas a los puertos de las Baleares.
De repente, Zarxas, hermoso y vigoroso ahora, saltó como un batelero sobre las espaldas de sus amigos, y gritó:
—¿Has reservado algo para los muertos? —y señalaba la puerta de Kamón, en Cartago, que a los rayos del sol poniente resplandecía con sus placas de cobre, de arriba abajo.
A los bárbaros les pareció ver en ella un rastro sangriento. Cada vez que Giscón quería hablar, ellos gritaban. Por fin bajó lentamente y se encerró en su tienda.
Cuando al amanecer volvió a salir, no se movieron sus intérpretes, que dormían al exterior, y a los que se veía de espaldas, fijos los ojos, azulado el rostro y con la lengua fuera de la boca. Salían de sus narices blancas mucosidades y tenían rígidos los miembros, como si les hubiese helado el frío de la noche. Todos llevaban alrededor del cuello una lazada de juncos.
Con esto, la rebelión tomó incremento. Esta matanza de baleares, contada por Zarxas, confirmó las desconfianzas vertidas por Espendio. Se persuadieron de que la República trataba de engañarlos. ¡Era forzoso concluir! Dejarían los intérpretes a un lado. Zarxas, con una honda ceñida en torno a la cabeza, cantaba himnos guerreros; Autharita blandía su recia espada; Espendio hablaba a unos y entregaba a otros puñales. Los más fuertes procuraban pagarse ellos mismos; los menos iracundos pedían que continuara la distribución. Nadie abandonaba las armas, y todas las iras se concentraban en Giscón, con odio tumultuoso.
Algunos se pusieron a su lado. Mientras vociferaban injurias, se les escuchaba con paciencia; pero a la menor palabra en favor suyo, eran apedreados, o por la espalda, de un sablazo, se les cortaba la cabeza. El montón de sacos estaba más rojo que un altar.
Después de la comida, cuando habían bebido vino, se volvían terribles. Era una alegría prohibida bajo pena de muerte en los ejércitos púnicos, y por esto levantaban las copas mirando a Cartago, como burlándose de su disciplina. Luego se volvían contra los esclavos que traían el dinero, y seguía la matanza. La palabra ¡mata!, aunque distinta en cada idioma, era comprendida de todos.
Giscón sabía muy bien que la patria le abandonaba; pero, a pesar de su ingratitud, no quería deshonrarla. Cuando le recordaron que se les había prometido barcos, juró por Moloch proporcionárselos él mismo, a sus expensas, y quitándose su collar de perlas azules, lo arrojó a la multitud en señal de juramento.
Entonces los africanos reclamaron el trigo prometido por el Gran Consejo. Giscón extendió las cuentas de los Sisitas, hechas con pintura violeta sobre pieles de cordero, y leyó todo el que había entrado en Cartago, mes por mes y día por día.
A menudo hacía una pausa, y abría los ojos, como si entre los números leyera su sentencia de muerte.
En efecto, los Ancianos las habían fraudulentamente reducido, y el trigo vendido en la época más calamitosa de la guerra estaba a una tasa tan baja que, a menos de estar ciego, ninguno podía creerlo.
—¡Habla! —le dijeron—. ¡Más alto! ¡Ah! ¡Es que trata de engañarnos! ¡Desconfiemos del cobarde!
Giscón vaciló unos instantes, pero al fin continuó su tarea. Los soldados, aun convencidos de que se les engañaba, dieron por buenas las cuentas de los Sisitas; pero la abundancia que habían encontrado en Cartago les inspiró unos celos furiosos. Rompieron la caja de sicomoro y vieron que estaba vacía en sus tres cuartas partes. Habían visto salir de ella tales sumas que la creían inagotable; Giscón, sin duda, las había escondido en su tienda. Escalaron los sacos, guiados por Matho, y como gritaran «¡El dinero, el dinero!», Giscón respondió al fin: «Que os lo dé vuestro general.»
Los miraba sin pestañear, sin hablar, con sus grandes ojos amarillos y su larga cara, más pálida que su barba. Una flecha, detenida por las plumas, vibraba en el ancho anillo de oro que pendía de su oreja, y un hilo de sangre corría de la tiara por su hombro.
A una señal de Matho adelantaron todos. Espendio, con un nudo corredizo, ató por los puños a Giscón; otro le derribó, y el Sufeta desapareció entre el desorden de la turba que se echaba sobre los sacos.
Saquearon su tienda y en ella encontraron las cosas más indispensables para la vida; y buscando mejor, tres imágenes de Tanit, y en una piel de mono, una piedra negra caída de la luna.
Muchos cartagineses habían querido acompañarle; eran personajes partidarios de la guerra.
Los sacaron de sus tiendas y fueron precipitados en el foso de las inmundicias. Con cadenas de hierro fueron atados por el vientre a sólidas estacas, y dábanles el alimento en la punta de una azagaya.
Autharita, que les vigilaba, los abrumaba con invectivas; como ellos no las entendían, nada contestaban. El galo se entretenía en tirarles guijarros a la cara para hacerles gritar.
Una especie de inquietud se apoderó del ejército al siguiente día. Ahora que la cólera estaba satisfecha, empezaban las inquietudes. Matho sufría una vaga tristeza, pareciéndole que indirectamente había ultrajado a Salambó, porque estos ricos eran como una prolongación de su persona. Matho se sentaba de noche al borde de la fosa, y en los gemidos de los prisioneros encontraba él algo de la voz de la que su corazón estaba lleno.
Los libios eran los únicos pagados, y todos se lo echaban en cara. Al mismo tiempo que se avivaban las antipatías nacionales con los odios particulares, sentíase el peligro de desunirse, porque después de tal atentado, las represalias habían de ser formidables. Había que precaverse de la venganza de Cartago. Eran interminables los conciliábulos, las arengas; hablaban todos y nadie era escuchado; Espendio, locuaz de ordinario, se encogía de hombros ante todas las proposiciones.
Una tarde preguntó a Matho si había fuentes en el interior de la ciudad.
—Ninguna —contestó Matho.
Al otro día, Espendio le llevó al ribazo del lago.
—¡Amo! —dijo el antiguo esclavo—, si tu corazón es intrépido, yo te guiaré a Cartago.
—¿Cómo?
—Jura ejecutar todas mis órdenes y seguirme como una sombra.
Matho, levantando el brazo hacia el planeta de Chabar, dijo;
—¡Lo juro, por Tanit!
—Mañana —repuso Espendio—, al ponerse el sol, me esperarás al pie del acueducto, entre el noveno y el décimo arco. Provéete de un pico de hierro, de un casco sin cimera y de sandalias de cuero.
El acueducto a que aludía atravesaba oblicuamente todo el istmo y era una obra enorme, agrandada más tarde por los romanos. No obstante su desdén a otros pueblos, Cartago les había tomado ese nuevo invento, lo mismo que hizo con la galera púnica; cinco hileras de arcos superpuestos, de abultada arquitectura, con contrafuertes en la base y cabezas de león en las cimas, extendiéndose por la parte occidental de la Acrópolis, iban a hundirse debajo de la ciudad, para derramar casi un río en las cisternas de Megara.
A la hora convenida, Espendio encontró a Matho. Ató una especie de arpón al extremo de una cuerda, la remolineó como una honda, y fijado que fue el hierro treparon uno tras otro por la pared.
Así que llegaron al primer piso, como se caía el arpón cada vez que lo echaban, tuvieron que andar por el borde de la cornisa para descubrir alguna hendidura. La cornisa se iba estrechando a cada hilera de arcos. La cuerda se iba gastando, y en ocasiones amenazaba romperse.
Llegaron finalmente a la plataforma superior. Espendio, de tiempo en tiempo, se doblaba para tantear las piedras con la mano.
—¡Allí es! —dijo—. Empecemos.
Y forcejeando con la palanca que trajo Matho, consiguieron apartar una de las losas.
Vieron a lo lejos un grupo de jinetes que galopaban en caballos sin bridas. Los brazaletes de oro saltaban entre las mangas de sus vestidos. Al frente de ellos iba un hombre coronado con plumas de avestruz y galopando con una lanza en cada mano.
—¡Narr-Habas! —exclamó Matho.
—¿Qué importa? —repuso Espendio.
Y saltó al agujero que había dejado la losa separada.
A una orden suya, Matho probó empujar uno de los bloques; pero por falta de espacio, no podía mover los codos.
—Volveremos —dijo Espendio—; ponte delante —y los dos se aventuraron en el conducto de las aguas.
Andaban mojados hasta la cintura, y pronto hubieron de nadar, tropezando a cada instante con las paredes del canal, que era muy estrecho. El agua corría casi tocando las losas de arriba; se laceraban el rostro. Luego, la corriente los arrastró. Un aire más pesado que el de un sepulcro les oprimía el pecho, y con los brazos altos para resguardar la cabeza y pegadas las piernas, que alargaban lo más que podían, pasaron como flechas en la obscuridad, jadeantes, casi muertos. De pronto, todo se hizo negro delante de ellos y se redobló la velocidad de las aguas. Cayeron.
Así que volvieron a la superficie se mantuvieron durante algunos minutos tendidos de espalda, para respirar deliciosamente el aire. Las arcadas, una tras otra, se abrían en medio de anchas murallas que separaban los depósitos. Todos estaban llenos y el agua caía en una especie de cascada a lo largo de las cisternas. Las cúpulas del techo dejaban pasar por un tragaluz una pálida claridad que se reflejaba en el agua como discos de luz, y las tinieblas del contorno se espesaban sobre las paredes indefinidamente. El más insignificante ruido producía un gran eco.
Espendio y Matho volvieron a nadar, y pasando por la abertura de los arcos, atravesaron muchos compartimentos seguidos. Otras series de depósitos más pequeños se extendían paralelamente a cada lado. Los dos hombres se perdían y volvían a encontrarse. Algo resistió bajo sus talones: era el pavimento de la galería que bordeaba las cisternas.
Entonces, avanzando con grandes precauciones, palparon la muralla en busca de una salida. Pero sus pies resbalaban y caían para volver a levantarse, presa de espantosa fatiga, como si sus miembros se disolvieran en el agua. Sus ojos se cerraron: agonizaban.
Espendio dio con la mano contra los barrotes de una reja. La sacudieron y cedió, dando paso a una escalera cerrada arriba por una puerta de bronce. Con la punta de un puñal apartaron la barra que la abría por fuera; y respiraron el aire libre.
La noche estaba silenciosa y el cielo parecía de una altura desmesurada. Veíanse hileras de árboles a lo largo de las murallas. La ciudad dormía, mientras los fuegos de los centinelas de las avanzadas brillaban como estrellas perdidas.
Espendio, que había pasado tres años en la ergástula, no conocía bien los barrios de la ciudad. Matho conjeturó que para ir al palacio de Amílcar debían tomar a la izquierda, atravesando los Mapales.
—No —dijo Espendio—; llévame al templo de Tanit.
Matho quiso objetar.
—Acuérdate —dijo el esclavo; y alzando el brazo, señaló al planeta de Chabar, que resplandecía.
Entonces Matho se volvió silenciosamente hacia la Acrópolis.
Se arrastraban a lo largo de las líneas de nopales que bordeaban los caminos. Corría el agua de sus cuerpos sobre el polvo de la tierra. Sus sandalias, mojadas, no hacían el menor ruido. Espendio, con los ojos más brillantes que antorchas, registraba a cada paso los matorrales; detrás de él andaba Matho, con las dos manos armadas de puñales, sujetos los brazos cerca de los sobacos por una banda de cuero.
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