BAJO LAS MURALLAS DECARTAGO
Huyendo del ejército iban llegando a la ciudad los aldeanos montados en asnos o corriendo a pie despavoridos y sin aliento. La soldadesca había hecho en tres días la jornada de Sicca a Cartago, con propósito de exterminarlo todo.
Se cerraron las puertas casi al tiempo que llegaban los bárbaros, quienes hicieron alto en medio del istmo, a orillas del lago.
Por de pronto, no se manifestaron hostiles. Muchos se acercaban con palmas en la mano; pero fueron rechazados a flechazos: ¡tal era el terror que inspiraban!
Por la mañana y a la caída de la tarde, los merodeadores vagaban algunas veces a lo largo de los muros. Sobresalía entre ellos un hombre pequeño, envuelto cuidadosamente en su manto y con la cara tapada por una visera muy baja. Pasaba horas enteras mirando el acueducto, con tal persistencia, que sin duda quería engañar a los cartagineses acerca de sus verdaderos designios. Le acompañaba otro hombre, especie de gigante, con la cabeza destocada.
Cartago estaba defendida en toda la longitud del istmo; en primer lugar, por un foso, luego por un glacis de césped, y en último término por una muralla, de treinta codos de alto, con piedras de sillería y doble piso. Tenía cuadras para trescientos elefantes, con almacenes para sus caparazones, maniotas y alimentos; más otras cuadras para cuatro mil caballos con las provisiones de cebada y los arneses; y cuarteles para veinte mil soldados con las armaduras y todo el material de guerra. Las torres se levantaban en el segundo piso, provistas de almenas, y a la parte de afuera había escudos de bronce, colgados de garitos.
Esta primera línea de murallas defendía en primer lugar a Malqua, barrio de la gente de la marina y de los tintoreros. Veíanse los mástiles en que se secaban las velas de púrpura; y sobre las últimas azoteas los hornos de arcilla para cocer la salmuera.
Hacia atrás, la ciudad desplegaba en anfiteatro sus altas casas de forma cúbica. Eran de piedra, o de tablas, de guijarros, de cañas, de conchas y de barro apisonado. Los bosques de los templos formaban como lagos de verdura en esta montaña de bloques diversamente coloreados. Las plazas públicas estaban niveladas a distancias desiguales; innumerables callejuelas se entrecruzaban, cortándolas en sentido longitudinal. Se veían los recintos de tres viejos barrios, ahora confundidos, destacándose como grandes escollos, en los que se alargaban enormes lienzos, medio cubiertos de flores, ennegrecidos, anchamente rayados por el arrojo de las inmundicias, pasando las calles por sus amplias aberturas, como ríos bajo puentes.
La colina de la Acrópolis, en el centro de Byrsa, desaparecía bajo un desorden de monumentos: templos de columnas en espiral, con capiteles de bronce y cadenas de metal, conos de piedra con franjas de azur, cúpulas de cobre, arquitrabes de mármol, contrafuertes babilónicos y obeliscos en punta, como antorchas invertidas. Los peristilos llegaban a los frontispicios; las volutas se desplegaban entre las columnatas; las murallas de granito soportaban tejados de ladrillo; todo esto, encima una cosa de otra, ocultándose a medias, de un modo maravilloso e incomprensible. Se sentía la sucesión de las edades y como el recuerdo de patrias olvidadas.
Detrás de la Acrópolis, en tierras rojizas, el camino de los Mapales, cercado de tumbas, se alargaba en línea recta, desde la ribera a las catacumbas; seguían luego anchas quintas entre jardines; y este tercer barrio, Megara, la ciudad nueva, llegaba hasta los cantiles de la costa, en la que se erguía un faro gigante que resplandecía todas las noches.
Así se desplegaba Cartago ante los soldados acampados en la llanura.
De lejos divisaban los mercados, las esquinas de las calles, y discutían sobre el emplazamiento de los templos. El de Kamón, enfrente de los Sisitas, con tejas de oro; Melkart, a la izquierda de Eschmún, tenía en su techumbre ramas de coral; más allá, Tanit redondeaba entre palmeras su cúpula de cobre; el negro Moloch estaba debajo de las cisternas del lado del faro. En el ángulo de los frontispicios, encima de las murallas, en los rincones de las plazas, en todas partes, se veían divinidades de cabeza horrible, colosales o ventrudas, con vientres enormes o desmesuradamente aplanados, con las fauces abiertas, separados los brazos y en las manos horcas, cadenas o jabalinas. El azul del mar, destacándose en el fondo de las calles, parecía hacer a estas, por un efecto de perspectiva, más escarpadas.
Un pueblo tumultuoso las llenaba de día y noche; los mancebos, agitando campanillas, gritaban a la puerta de los baños; humeaban las tiendas de bebidas calientes; el aire resonaba con la batahola de los yunques; los gallos blancos, consagrados al sol, cantaban en los terrados; mugían en los templos los bueyes destinados al sacrificio; corrían los esclavos con canastillos en la cabeza; y en el atrio de los pórticos aparecía alguno que otro sacerdote vestido con sombrío manto, desnudos los pies, con el gorro puntiagudo.
Este espectáculo de Cartago irritaba a los bárbaros. La admiraban y la execraban; querían a un tiempo destruirla y vivir en ella. Pero ¿qué había en el puerto militar, defendido por una triple muralla? Detrás de la ciudad, en el fondo de Megara, a mayor altura que la Acrópolis, aparecía el palacio de Amílcar.
A cada instante, los ojos de Matho miraban a él. Se subía a los olivos y se doblaba con la mano extendida sobre las cejas. Los jardines se hallaban dentro y la puerta roja, de cruz negra, estaba siempre cerrada.
Más de veinte veces dio la vuelta a las fortificaciones, buscando alguna brecha para entrar. Una noche se echó al golfo y durante tres horas nadó sin descansar. Llegó al final de los Mapales y quiso trepar por el acantilado. Se ensangrentó las rodillas, se rompió las uñas y luego cayó en el agua y se volvió.
Le exasperaba su impotencia. Tenía celos de esa Cartago que guardada a Salambó, como de alguien que la hubiera poseído. A su enervamiento sucedió una acción loca y continuada. Con las mejillas encendidas, los ojos irritados y ronca la voz, se paseaba con paso rápido, a campo traviesa; o bien, sentado en la ribera, frotaba con arena su espadón. Tiraba flechas a los buitres. Su corazón se desbordaba en palabras furiosas.
—Deja correr tu cólera como un carro que rueda —le decía Espendio—. Grita, blasfema, destruye y mata. El dolor se aplaca con sangre, y, ya que no puedes saciar tu amor, alimenta tu odio; este te sostendrá.
Matho volvió a tomar el mando de sus soldados. Les hacía maniobrar implacablemente. Se le respetaba por su valor y, sobre todo, por su fuerza. Además, inspiraba como un temor místico; se creía que de noche hablaba con fantasmas. Los demás capitanes se animaron con su ejemplo, y pronto el ejército se disciplinó. Los cartagineses oían desde sus casas la música de las bocinas que dirigían las maniobras. Por fin, los bárbaros se acercaron.
Para aplastarlos en el istmo se habrían necesitado dos ejércitos que pudieran atacarlos a la vez por atrás y por delante, uno desembarcando en el golfo de Útica y el segundo bajando por la montaña de las Aguas Calientes. ¿Pero qué hacer con solo la Legión sagrada, fuerte, a lo más, de seis mil hombres? Del lado de Oriente, los sitiadores podían juntarse con los númidas e interceptar el camino de Cirene y el comercio del desierto; si se replegaban al Occidente, se levantaría la Numidia. Finalmente, la falta de víveres les haría devastar, tarde o temprano, como la langosta, las campiñas vecinas. Los ricos temblaban por sus hermosas granjas, por sus viñedos y sus cultivos.
Hannón propuso medidas atroces e impracticables, tal como prometer una fuerte suma por cada cabeza de bárbaro, o que con barcos y con máquinas se incendiara su campamento. Por el contrario, su colega Giscón quería que se les pagara; pero a causa de su popularidad, los Ancianos le detestaban, porque temían que el azar les diera un amo, y por temor a la monarquía se esforzaban en atenuar lo que subsistía de ella o la podía restablecer.
Fuera de las fortificaciones había gente de otra raza y de origen desconocido: cazadores de puercoespines, comedores de moluscos y de serpientes. Iban a las cavernas a coger hienas vivas, con las que se divertían haciéndolas correr por la tarde por las arenas de Megara, por entre las ringleras de sepulcros. Sus cabañas de barro y algas estaban junto a los cantiles de la costa, como nidos de golondrinas. Allí vivían sin Gobiernos y sin dioses, todos mezclados, completamente desnudos; a un tiempo débiles y feroces, y desde muchos siglos execrados por el pueblo a causa de sus inmundos alimentos. Una mañana advirtieron los centinelas que todos se habían ido.
Por fin, los miembros del Gran Consejo tomaron una resolución. Fueron al campamento sin collares ni cinturones y en sandalias, como particulares. Andaban con paso tranquilo, saludando a los capitanes o bien parándose a hablar con los soldados, asegurando que todo estaba arreglado y que harían justicia a sus reclamaciones.
Muchos de estos consejeros visitaban por primera vez un campo de mercenarios. En vez de la confusión que se imaginaban, admiraron en todas partes un orden y un silencio espantosos. Un fortín de tierra encerraba al ejército en una alta muralla, inquebrantable al choque de las catapultas. El suelo de las calles estaba rociado con agua fresca; por los agujeros de las tiendas se advertían pupilas salvajes que brillaban en la sombra. Los haces de picas y las panoplias suspendidas los deslumbraban como espejos. Se hablaba en voz baja; temían volcar algo con sus largas togas.
Los soldados pidieron víveres, comprometiéndose a pagarlos con el dinero que se les debía.
Se les envió bueyes, carneros, gallinas, frutas secas y altramuces, más cohombros ahumados; esos excelentes cohombros que Cartago exportaba al extranjero; pero giraban desdeñosamente alrededor de los magníficos animales, y denigrando lo que deseaban, ofrecían por un carnero el valor de un pichón, por tres cabras el precio de una granada. Los comedores de cosas inmundas, haciendo de árbitros, les decían que los engañaban. Entonces echaban mano a la espada y amenazaban con matar.
Los comisarios del Gran Consejo escribieron el número de años que se debía a cada soldado; pero era imposible saber ahora cuántos mercenarios se habían contratado, y los Ancianos se asustaron de la suma exorbitante que habría que pagar. Sería menester vender la reserva de silfio; los mercenarios se impacientarían. Túnez estaba ya con ellos; y los ricos, aturdidos por los furores de Hannón y los reproches de su colega, encargaron a los conciudadanos que si alguien conocía a algún bárbaro fuera a verlo inmediatamente para ganárselo y entretenerlo con buenas palabras. Esta confianza les calmaría.
Mercaderes, escribas, obreros del arsenal, familias enteras se trasladaron al campamento bárbaro.
Los soldados dejaban entrar a los cartagineses, pero por un solo paso, tan estrecho, que no cabían por él más que cuatro hombres en fila. Espendio, de pie, junto a la barrera, les hacía registrar cuidadosamente. Frente a él, Matho examinaba a la multitud, pensando encontrar alguien que hubiese visto en casa de Salambó.
El campamento parecía una ciudad: tal era el gentío y la animación. Las dos muchedumbres distintas se mezclaban sin confundirse; la una vestida de tela o de lana, con gorros de fieltro parecidos a piñas; la otra vestida de hierro y con cascos. Entre criados y vendedores ambulantes, circulaban mujeres de todas las naciones; morenas como dátiles maduros, verdosas como aceitunas, amarillas como naranjas, vendidas por marineros, escogidas en los tabucos, robadas a las caravanas, tomadas en el saqueo de las ciudades; hembras que cuando jóvenes se las abrumaba de amor y cuando llegaban a viejas se las tundía a golpes, y que morían en los viajes, al borde de los caminos, entre los bagajes, con las acémilas abandonadas. Las mujeres númidas se balanceaban sobre sus talones, vestidas de túnicas de pelo de dromedario, cuadradas y de color rabioso; las músicas de la Cirenaica, envueltas en gasas violetas y con las cejas pintadas, cantaban agachadas en las esteras; negras viejas, de pechos colgantes, juntaban, para hacer fuego, estiércol de animal que se secaba al sol; las siracusanas llevaban placas de oro en la cabellera; las lusitanas, collares de conchas; las galas, pieles de lobo; niños robustos, cubiertos de sabandijas, desnudos, incircuncisos, daban a los transeúntes golpes en el vientre con su cabeza, o llegando por detrás, como pequeños tigres, les mordían las manos.
Los cartagineses se paseaban por el campamento, sorprendidos de la multitud de cosas que allí veían. Los más pobres estaban tristes, y los otros disimulaban su inquietud.
Los soldados les golpeaban en el hombro, excitándolos a la alegría. No bien veían un personaje, le invitaban a sus diversiones. Cuando jugaban al disco, se alineaban para aplastarle los pies, y en el pugilato, al primer envite, le rompían una mandíbula. Los honderos asustaban a los cartagineses con sus hondas; los psilos, con sus víboras; los jinetes, con sus caballos. Esta gente, de ocupaciones pacíficas, se esforzaba en sonreír y bajar la cabeza a todos estos ultrajes. Algunos, mostrándose valientes, hacían signos de que querían ser soldados. Se les daba hachas para rajar madera y se les hacía almohazar los animales; se les encerraba en una armadura y los hacían rodar como toneles por las calles del campamento. Y cuando se disponían a marcharse, los mercenarios se tiraban de los pelos con contorsiones grotescas.
Muchos de estos, por necedad o prejuicio, creían a todos los cartagineses muy ricos, y los seguían suplicando que les dieran alguna cosa. Pedían, sobre todo, lo que les parecía bonito: un anillo, un cinturón, sandalias, la franja de una túnica, y cuando el cartaginés, despojado, exclamaba «No tengo nada más. ¿Qué quieres?», ellos contestaban: «Tu mujer.» Otros decían: «Tu vida.»
Fueron remitidas a los capitanes las cuentas militares, leídas a los soldados y aprobadas definitivamente. Entonces reclamaron tiendas, y se las dieron. Después los polemarcas de los griegos pidieron algunas de las hermosas armaduras que se fabricaban en Cartago, y el Gran Consejo votó un presupuesto para esta adquisición. Pero los jinetes entendían que era justo que la República les indemnizara de sus caballos: uno afirmaba haber perdido tres en tal sitio, otro cinco en tal marcha, otro catorce en los precipicios. Se les ofreció garañones de Hecatompila; pero ellos prefirieron dinero.
A continuación pidieron que se les pagara en plata, no en moneda de cuero, todo el trigo que se les debía y al precio más alto que se hubiera vendido durante la guerra, si bien exigían por una medida de harina cuatrocientas veces más de lo que dieron por un saco. Tal injusticia exasperó, pero hubo que pasar por ella.
Entonces los delegados de los soldados y los del Gran Consejo se reconciliaron, jurando por el Genio de Cartago y por los dioses de los bárbaros. Con demostraciones y verbosidad orientales, se dieron excusas y se hicieron caricias. Luego, los soldados reclamaron, como una prueba de amistad, el castigo de los traidores que les habían indispuesto con la República.
Hízose como que no se les comprendía, y se explicaron más claramente, pidiendo la cabeza de Amílcar.
Muchas veces al día salían de su campamento para pasearse al pie de las murallas. Gritaban que se les diera la cabeza del Sufeta y extendían los sayos para recibirla.
Hubiera cedido, sin duda, el Gran Consejo, a no ser por una última exigencia, más injuriosa que las anteriores: pidieron en matrimonio para sus jefes, vírgenes escogidas en las principales familias. Fue una idea de Espendio, y muchos la encontraron sencilla y fácil de ejecutar. Pero esta pretensión de querer mezclarse con la sangre púnica irritó al pueblo: se les significó rotundamente que no les darían ninguna. Entonces gritaron que se les había engañado y que si antes de tres días no llegaba su paga, irían ellos mismos a tomarla en Cartago.
La mala fe de los mercenarios no era tan completa como pensaban sus enemigos. Amílcar les había hecho promesas exorbitantes, vagas, es verdad, pero solemnes y reiteradas. Pudieron creer al desembarcar en Cartago que se les entregaría la ciudad y que se les repartirían sus tesoros; y cuando vieron que apenas se les pagaba su soldada, la desilusión hirió su orgullo tanto como su codicia.
О проекте
О подписке
Другие проекты