Llevaba botas de fieltro negro, sembradas de lunas de plata. Envolvían sus piernas unas vendas, como de momia, viéndose la carne entre los lienzos cruzados. Desbordaba su vientre en el sayo escarlata que le cubría los muslos; los pliegues de su cuello le llegaban al pecho, como papada de buey; su túnica, pintada de flores, parecía estallar bajo los sobacos; llevaba banda, cinturón y amplio manto negro con dobles mangas enlazadas. La profusión de vestidos, el gran collar de piedras azules, los broches de oro y los pesados pendientes servían solo para hacer más horrible su deformidad. Se le hubiera tomado por un ídolo ventrudo tallado en un bloque de piedra; porque una lepra pálida, extendida por todo su cuerpo, le daba la apariencia de una cosa inerte. Con todo, su nariz, ganchuda como pico de buitre, se dilataba con violencia, respirando el aire; y sus ojuelos, de cejas pegadas, brillaban con brillo duro y metálico. Tenía en la mano una espátula de áloe, para rascarse los pies.
Dos heraldos sonaron sus cuernos de plata, se apaciguó el tumulto y Hannón empezó a hablar.
Empezó haciendo el elogio de los dioses y de la República; los bárbaros debían felicitarse de haberla servido. Pero había que mostrarse más razonables; los tiempos eran duros «y si un amo no tiene más que tres olivos, ¿no es justo que guarde dos para él?»
De este modo, el viejo Sufeta entreveraba su discurso con apólogos y proverbios, haciendo signos con la cabeza para solicitar aprobación.
Hablaba en púnico, y los que le rodeaban —los más alertas a tomar las armas— eran los campanios, los griegos y los galos, y ninguno de ellos entendía nada. Comprendiéndolo así Hannón, dejó de hablar, y balanceándose pesadamente, sobre una y otra pierna, reflexionó.
Se le ocurrió la idea de convocar a los capitanes. Los heraldos gritaron esta orden en griego, lengua que desde Xantippo servía para el mando en los ejércitos cartagineses.
Los guardias apartaron a latigazos la turba de soldados, y pronto llegaron los capitanes de las falanges a la espartana y los jefes de las cohortes, con las insignias de su grado y la armadura de su nación. Se había hecho de noche y un gran rumor llenaba el campo; brillaban hogueras aquí y acullá; se iba de un lado a otro, y todos se preguntaban:
—¿Qué pasa? ¿Por qué el Sufeta no reparte el dinero?
Hannón exponía a los capitanes las infinitas cargas de la República. Su tesoro estaba vacío; el tributo de los romanos la abrumaba:
—¡No sabemos qué hacer!... ¡Es lamentable!...
A ratos se frotaba los miembros con la espátula de áloe, o bien se interrumpía para beber en una copa de plata que le alargaba un esclavo, una tisana hecha con ceniza de comadreja y espárragos hervidos en vinagre; luego se enjugaba los labios con una servilleta de escarlata, y continuaba diciendo:
—Lo que valía un siclo de plata, vale hoy tres sekels de oro, y los cultivos, abandonados durante la guerra, no producen nada. Nuestras pesquerías de púrpura están casi perdidas; las perlas mismas resultan exorbitantes; apenas si tenemos ungüentos bastantes para el servicio de los dioses. En cuanto a cosas de comer, no quiero hablar: es una calamidad. Faltos de galeras, carecemos de especias, y cuesta proveerse de silfio, a causa de las rebeliones en la frontera de Cirene. La Sicilia, de la que se sacaban tantos esclavos, nos está cerrada ahora. Todavía ayer, por un bañero y cuatro pinches de cocina, he dado más dinero que antes por dos elefantes.
Desarrolló un largo pedazo de papiro y leyó, sin pasarse un número, todos los gastos hechos por la República para reparaciones de templos, enlosado de calles, construcción de naves, para las pesquerías de coral, para el engrandecimiento de los Sisitas y para los ingenios de las minas en el país de los cántabros.
Pero los capitanes, así como los soldados, no entendían el púnico, aunque los mercenarios se saludaban en este idioma. Se acostumbraba poner en los ejércitos de los bárbaros algunos oficiales cartagineses que sirvieran de intérpretes; después de la guerra, estos se habían ocultado por miedo a las venganzas, y Hannón no pensó llevarlos consigo. Su voz, además, era demasiado sorda y se la llevaba el viento.
Los griegos, apretados con su cinturón de hierro, aguzaban el oído, esforzándose en adivinar sus palabras, en tanto que los montañeses, cubiertos de pieles como osos, le miraban con desconfianza o bostezaban, apoyados en sus mazas con clavos de cobre. Los galos, distraídos, sacudían bromeando su alta cabellera, y los hombres del desierto escuchaban inmóviles, encapuchados en sus vestimentas de lana gris. Llegaban otros por detrás: los guardias, empujados por la turba, vacilaban en sus monturas; los negros tenían en las manos teas de abeto ardiendo, y el gordo cartaginés continuaba su arenga, subido en un cerrillo de césped.
Ya los bárbaros se impacientaban; se oían murmullos y apóstrofes. Hannón gesticulaba con su espátula; los que querían imponer silencio gritaban más que los demás y aumentaban la confusión.
De pronto, un hombre de pobre apariencia saltó a los pies del Sufeta, arrancó la trompeta a un heraldo, sopló en ella, y Espendio —pues era él— anunció que iba a decir algo importante. Ante esta declaración, rápidamente hecha en cinco lenguas distintas, griega, latina, gala, libia y balear, los capitanes, entre sorprendidos y regocijados, contestaron:
—¡Habla, habla!
Dudó Espendio; tembló; al fin, dirigiéndose a los libios, que eran los más, les dijo:
—¿Habéis oído las horribles amenazas de este hombre?
Hannón no rectificó, porque no entendía el libio, y continuando Espendio, repitió la misma frase en los otros idiomas de los bárbaros.
Estos se miraron asombrados; todos, en seguida, como por tácito acuerdo, creyendo quizás haber entendido, bajaron la cabeza en señal de asentimiento.
Entonces Espendio dijo con voz robusta:
—Ha empezado diciendo que los dioses de los otros pueblos no eran sino quimeras al lado de los dioses de Cartago; os ha llamado cobardes, ladrones, mentirosos, perros e hijos de perras. Sin vosotros, la República no se vería obligada a pagar el tributo a los romanos; por vuestros excesos la habéis privado de perfumes, de aromas, de esclavos y de silfio, porque vosotros os entendéis con los nómadas de la frontera de Cirene. Pero los culpables serán castigados. Ha leído la enumeración de sus suplicios: se les hará trabajar en el empedrado de las calles, en el armamento de los bajeles, en el ornato de los Sisitas; y a otros se les enviará a arañar la tierra en las minas del país de los cántabros.
Lo mismo dijo a los galos, a los griegos, a los campanios y a los baleares. Oyendo los mercenarios los mismos nombres que habían herido sus oídos, se convencieron de que esto era lo que había dicho el Sufeta. Algunos le gritaron: «¡Mientes!» Sus voces se perdieron en el tumulto de los demás. Espendio añadió:
—¿No habéis visto que ha dejado fuera del campamento una reserva de sus jinetes? A una señal acudirán a degollaros a todos.
Volviéronse los bárbaros hacia ese lado, y como entonces se separó la turba, apareció en medio de ellos, avanzando con lentitud de fantasma, un ser humano encorvado, flaco, enteramente desnudo y tapado hasta las caderas por largos cabellos erizados de hojas secas, de polvo y de espinas. Llevaba alrededor de los riñones y de las rodillas manojos de paja, harapos de tela; su piel, blanda y terrosa, colgaba de sus miembros descarnados como andrajos de las ramas secas; sus manos temblaban con un estremecimiento continuo, y andaba apoyado en un bastón de olivo.
Al llegar junto a los negros que llevaban las antorchas, una especie de risa idiota descubrió sus pálidas encías, mientras con ojos asustados contemplaba la multitud de bárbaros alrededor de él.
Pero lanzando un grito de horror, se echó detrás de ellos, escudándose en sus cuerpos y balbuceando; «¡Aquí están! ¡Aquí están!» Señalando a los guardias del Sufeta, inmóviles bajo sus lúcidas armaduras. Piafaban los caballos, deslumbrados por el resplandor de las antorchas que chispeaban en las tinieblas; el espectro humano se debatía ululando:
—¡Los han matado!
A estas palabras, dichas en balear, los baleares se acercaron y le reconocieron. Él repitió:
—¡Sí, muertos todos! ¡Aplastados como uvas! ¡Los hermosos jóvenes, los honderos, mis compañeros, los vuestros!
Se le hizo beber vino y él lloró. Luego se desahogó hablando.
Espendio no podía reprimir su alegría mientras explicaba a griegos y libios las cosas horribles que contaba Zarxas, y que venían tan a propósito. Palidecían los baleares oyendo cómo habían perecido sus compatriotas.
Era una tropa de trescientos honderos, desembarcados en la víspera, y que habiéndose dormido, cuando llegaron a la plaza de Kamón, como los bárbaros habían partido ya, se encontraron indefensos por haber puesto en los camellos sus balas de arcilla, con el resto de los bagajes. Se les dejó entrar en la calle de Sateb, hasta la puerta de encina forrada con placas de cobre, y el pueblo, impetuoso, se volvió contra ellos.
Los soldados recordaron ahora haber oído un gran grito, grito que Espendio no oyó porque iba en la vanguardia.
Los cadáveres fueron puestos en los brazos de los dioses Pateque, que rodeaban el templo de Kamón. Se les reprochó todos los crímenes de los mercenarios: su glotonería, sus robos, sus impiedades, sus desdenes y la matanza de los peces en el jardín de Salambó. Mutilaron horriblemente sus cuerpos; los sacerdotes quemaron sus cabellos, a fin de atormentar su alma; se les colgó en pedazos en las carnicerías; a algunos les arrancaron los dientes y, para concluir, de noche se encendieron hogueras en las esquinas.
Estas eran las llamas que brillaban de lejos sobre el lago. Habiéndose incendiado algunas casas, se tiró por encima de las murallas el resto de los cadáveres y agonizantes. Zarxas se había quedado oculto en los cañaverales del lago; salió luego al campo, siguiendo el rastro del ejército por las huellas del polvo. Por las mañanas se ocultaba en las cavernas; de noche se ponía en marcha, con sus llagas sangrientas, hambriento, enfermo, alimentándose de uvas o de lo que encontraba; hasta que un día vio unas lanzas en el horizonte y las siguió instintivamente, porque ya tenía turbado el juicio con tantos terrores y miserias.
La indignación de los soldados, contenida mientras él habló, estalló ahora como una tempestad; querían matar a los guardias y al Sufeta. Algunos se interpusieron, diciendo que había que oírles y saber si serían pagados. Entonces gritaron todos: «¡Nuestro dinero!» Hannón les contestó que lo traía consigo.
Corrieron a las avanzadas y, empujados por los bárbaros, llegaron los bagajes del Sufeta en medio de las tiendas. Sin esperar a los esclavos, desataron los cestos y encontraron ropas de jacinto, esponjas, raspadores, cepillos, perfumes y punzones de antimonio para pintar los ojos; todo esto de propiedad de los guardias, hombres ricos acostumbrados a estas delicadezas. En seguida se descubrió en un camello una gran cuba de bronce, perteneciente al Sufeta, para bañarse en el camino, porque había tomado toda suerte de precauciones, incluso la de llevar en jaulas comadrejas de Hecatompila, a las que se quemaba vivas para hacer la tisana. Como su enfermedad le aumentaba el apetito, traía además gran cantidad de comestibles y de víveres, de salmuera, de carnes y pescados con miel, en tiestecitos de Comagen y grasa de oca fundida, cubierta de nieve y de paja picada. La provisión era considerable. A medida que se iban destapando las cestas, aparecían más víveres, y las risas aumentaban como olas que se entrechocan.
El sueldo de los mercenarios llenaba unos dos serones de esparto. En uno de ellos se veían esos rodetes de cuero de que la República se servía para ahorrar numerario; y como los bárbaros se extrañaran, Hannón les declaró que las cuentas estaban tan enrevesadas que los Ancianos no habían tenido tiempo de examinarlas. Entretanto, se les enviaba esto.
Entonces lo volcaron todo; mulas, criados, litera, provisiones y bagajes. Los soldados cogieron las monedas de los sacos para apedrear a Hannón. A duras penas pudo este montar en un asno; huyó cogiéndose de las crines, llorando, gimoteando y llamando sobre el ejército la maldición de los dioses. Su largo collar de pedrería le saltaba hasta las orejas. Sostenía con los dientes el manto demasiado largo que llevaba, y de lejos, gritábanle los bárbaros: «¡Vete, cobarde, cerdo, cloaca de Moloch; suda tu oro y tu peste! ¡Más aprisa, más aprisa!» La escolta, en desorden, galopaba a sus lados.
Pero el furor de los bárbaros no se aplacó con esto. Se acordaron de que muchos de ellos que fueron a Cartago, no habían vuelto; sin duda, se les había asesinado. Tanta injusticia, les exasperó; arrancaron las estacas de las tiendas, arrollaron sus mantos, embridaron los caballos: cada cual tomó su casco y su espada, y en un instante estuvo todo dispuesto. Los que no tenían armas, corrieron al bosque a cortar ramas.
Iba haciéndose de día, los moradores de Sicca se lanzaban a las calles. «Van a Cartago», decían, y este rumor se extendió pronto por la comarca.
Surgían hombres de cada camino, de cada barranco. Hasta los pastores bajaban corriendo de las montañas.
Cuando se marcharon los bárbaros, Espendio dio la vuelta a la llanada, montado en un semental púnico y seguido de un esclavo que llevaba un tercer caballo.
Quedaba en pie una sola tienda, Espendio entró en ella.
—¡Levántate, amo, levántate! ¡Nos vamos!
—¿Dónde? —preguntó Matho.
—A Cartago.
Matho saltó en el caballo que el esclavo tenía a la puerta.
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