Al fin, en el séptimo día, después de haber seguido largo rato la base de una montaña, esta torció bruscamente a la derecha y apareció una línea de murallas sobre blancas rocas, confundiéndose con ellas. No tardó en verse toda la ciudad; unos rasos blancos, azules y amarillos se agitaban sobre las murallas en la rojiza tarde: eran las sacerdotisas de Tanit que acudían a recibir a los hombres. Estaban alineadas a lo largo del baluarte, tocando tamboriles, pulsando liras, agitando crótalos; y los rayos del sol poniente, por las montañas de Numidia, pasaban por entre las cuerdas de las arpas que recorrían los brazos desnudos de las vírgenes. A intervalos, cesaba la música y estallaba un grito estridente, precipitado, furioso, continuado; especie de ladrido que las mujeres hacían azotando con la lengua los dos ángulos de la boca. Otras se quedaban acodadas, con la barbilla en la mano, más inmóviles que esfinges, asaetando con sus negros ojos al ejército que iba subiendo.
Por más que Sicca era una ciudad sagrada, no podía contener tanta multitud; solo el templo con sus dependencias ocupaba la mitad. Los bárbaros se establecieron en la llanada; unos disciplinados como tropas regulares, otros por naciones o según su capricho.
Los griegos plantaron en líneas paralelas sus tiendas de pieles; los iberos dispusieron en círculo sus pabellones de tela; los galos construyeron barracas de tablas; los libios cabañas con piedras; los negros cavaron en la arena, con las uñas, fosos para dormir. Muchos, no sabiendo dónde meterse, ambulaban entre los bagajes, y llegada la noche se acostaban en tierra envueltos en sus mantos.
La llanura se extendía alrededor de ellos, bordeada de montañas. Aquí y allá, una palmera se cimbreaba sobre una colina de arena; abetos y encinas manchaban los flancos de los precipicios; la lluvia caía, como una larga banda que la tempestad colgaba, del cielo, en tanto que en el resto de la campiña el cielo seguía azul y sereno; después, un viento tibio lanzaba torbellinos de polvo y un arroyo bajaba en cascadas de las alturas de Sicca, en las que se levantaba, con su tejado de oro sobre columnas de cobre, el templo de Venus cartaginesa, dominadora de la comarca, a la que parecía infundir su alma. Por estas convulsiones de la tierra, por estas alternativas de la temperatura y por esos juegos de luz, la diosa manifestaba la extravagancia de la fuerza junto con la belleza de su eterna sonrisa. Las cimas de las montañas tenían unas la forma de una luna creciente; otras parecían pechos de mujer mostrando sus senos hinchados. Los bárbaros sentían pasar sobre sus fatigas un abatimiento lleno de delicias.
Espendio, con el dinero de su dromedario se había comprado un esclavo. La mayor parte del día lo pasaba durmiendo tendido ante la tienda de Matho. A menudo se despertaba creyendo, en su sueño, oír silbar las correas; entonces, sonriéndose, se pasaba las manos por las cicatrices de sus piernas en el sitio que habían lacerado los grilletes y luego se dormía.
Matho aceptaba su compañía. Siempre que salía, Espendio le escoltaba como un lictor, armado con un espadón; o bien Matho se apoyaba en su espalda, porque Espendio era de baja estatura.
Una tarde que atravesaban juntos las calles del campamento, vieron unos hombres cubiertos con mantos blancos, y entre ellos a Narr-Habas, el príncipe de los númidas. Matho se estremeció.
—¡Dame tu espada! —exclamó—; ¡Quiero matarle!
—Todavía no —contestó Espendio, conteniéndole, porque ya Narr-Habas venía a su encuentro.
Besó el númida sus dos pulgares en señal de alianza, acallando la cólera que tuvo en la embriaguez del festín; luego habló extensamente contra Cartago, pero sin decir lo que le había traído entre los bárbaros.
¿Era para traicionarlos, o en bien de la República?, se preguntaba Espendio; y como esperaba aprovecharse de todos los desórdenes, suponía también a Narr-Habas capaz de todas las perfidias.
El jefe de los númidas se quedó con los mercenarios. Parecía querer intimar con Matho. Enviaba a este cabras gordas, polvo de oro y plumas de avestruz. El libio, desconcertado con estos halagos, no sabía si corresponder a ellas o exasperarse. Espendio le apaciguaba y Matho se dejaba gobernar por el esclavo, pues era un irresoluto, lleno de invencible sopor, como aquel que ha bebido un brebaje que le ha de ocasionar la muerte.
Una mañana que salieron los tres a caza de un león, Narr-Habas ocultó un puñal en su manto. Espendio iba siempre detrás de él y volvieron sin que el númida sacara el arma.
Otra vez Narr-Habas los llevó muy lejos, hasta los confines de su reino. Llegaron a un desfiladero, y allí, sonriendo, declaró que había perdido el rumbo; Espendio lo halló.
Lo más frecuente era que Matho, melancólico como un augur, saliera, no bien aparecía el sol, a vagabundear por la campiña. Se echaba en la arena y permanecía inmóvil hasta la noche.
Consultó, uno tras otro, a todos los adivinos del ejército; a los que observan la marcha de las serpientes, a los que leen en las estrellas, a los que soplan en la ceniza de los muertos. Tragó gálbano, seselí y veneno de víbora que hiela el corazón; mujeres negras cantando, a la luz de la luna, bárbaras canciones, le picaron la frente con estiletes de oro; se cargaba de collares y de amuletos; invocaba, ora a Baal-Kamón, ora a Moloch o a los siete Kabiros, a Tanit y a la Venus de los griegos. Grabó un nombre en una placa de cobre y la hundió en la arena, en el dintel de su tienda. Espendio le oía gemir y hablar solo.
Una noche entró.
Matho, desnudo como un cadáver, estaba acostado boca abajo sobre una piel de león, con la cara entre las manos. Una lámpara suspendida alumbraba sus armas, colgadas sobre su cabeza en el mástil de la tienda.
—¿Sufres? —le preguntó el esclavo—. ¿Qué necesitas? Dímelo.
Y le tocaba en la espalda, llamándole muchas veces:
—¡Amo! ¡Amo!
Al fin, Matho le miró con ojos turbados.
—¡Escucha! —dijo en voz baja, con un dedo en los labios—. ¡Es una maldición de los dioses! ¡Me persigue la hija de Amílcar! Tengo miedo, Espendio —y se apretaba contra su pecho como niño asustado por un fantasma—. Háblame. ¡Quiero curarme! Lo he probado todo. ¿Sabes tú de algún dios más fuerte o de alguna otra invocación irresistible?
—¿Para qué? —preguntó Espendio.
Respondió Matho, golpeándose la cabeza con ambos puños:
—¡Para librarme del hechizo!
Luego decía, hablándose a sí mismo y a largos intervalos:
—Soy, sin duda, la víctima de algún holocausto que ella habrá prometido a los dioses... ¡Me tiene atado a una cadena invisible! Si ando, ella delante; si me detengo, ella también. Sus ojos me queman; oigo su voz. Ella me rodea, me penetra; creo que ha llegado a ser mi alma.
»Y, sin embargo, hay entre nosotros dos como las olas invisibles de un océano sin límites. Ella está lejana y es inaccesible. El esplendor de su hermosura forma a su alrededor un nimbo de luz; a veces creo que no la he visto jamás, que no existe... y que todo es un sueño...
Así lloraba Matho en las tinieblas. Los bárbaros dormían. Espendio, mirando a Matho, se acordaba de los jóvenes que con vasos de oro en las manos, le suplicaban antiguamente, cuando paseaba por las ciudades su tropa de cortesanas. Le tuvo compasión y le dijo:
—¡Sé fuerte, amo! ¡Recurre a tu voluntad y no implores más a los dioses, porque estos no se preocupan de los gritos de los hombres! ¡Lloras como un cobarde! ¿No te humilla que una mujer te haga sufrir tanto?
—¿Acaso soy un niño? —contestó Matho—. ¿Crees que me enternezco por la cara y por las canciones de las mujeres? Las he tenido en Drepanum, y para barrer mis cuadras; las he poseído en medio de los asaltos y cuando vibraba la catapulta... Pero esta, Espendio, esta...
El esclavo le interrumpió:
—Si no fuera la hija de Amílcar...
—No —repuso Matho—. Ella no se parece a las otras hijas de los hombres. ¿Has visto tú sus grandes ojos bajo sus grandes cejas, como soles bajo arcos de triunfo? Acuérdate; cuando apareció palidecieron todas las antorchas. Entre los diamantes de su collar, resplandecía su pecho desnudo; se sentía tras ella como el olor de un templo, y algo se escapaba de todo su ser que era más suave que el vino y más terrible que la muerte.
Quedó embebecido, baja la cabeza y con las pupilas fijas.
—¡Pero yo la quiero, la necesito! Me muero. Pensando que la estrecho en mis brazos, me arrebata una alegría furiosa y, sin embargo, la odio. Espendio, ¡quisiera maltratarla! ¿Qué hacer? Tengo deseos de venderme para ser su esclavo. ¡Tú lo fuiste! ¡Tú podías verla! ¡Háblame de ella! Todas las noches sube a la azotea de su palacio, ¿verdad? ¡Ah, las piedras deben estremecerse bajo sus sandalias, y las estrellas asomarse para verla!
Volvió a enfurecerse, bramando como un toro herido.
Luego, Matho cantó: «Él persiguió en el bosque el monstruo hembra, de cola que ondulaba sobre las hojas muertas como un arroyo de plata.» Y arrastrando la voz, imitaba el estilo de Salambó, y sus manos hacían como que pulsaban las cuerdas de una lira.
A todos los consuelos de Espendio contestaba con los mismos discursos: pasaba las noches entre gemidos y exhortaciones.
Quiso aturdirse con el vino, pero la embriaguez aumentaba su tristeza. Probó distraerse jugando a la taba, y perdió una a una las placas de oro de su collar. Se dejó llevar junto a las servidoras de la Diosa; pero bajó la colina sollozando como quien vuelve de un funeral.
Espendio, por el contrario, se volvía más atrevido y alegre. Veíasele en las cantinas de las enramadas, en medio de los soldados. Componía las corazas viejas, jugaba con puñales e iba a coger hierbas del campo para los enfermos. Era chistoso, sutil, lleno de inventiva y de verbo; los bárbaros se iban acostumbrando a sus servicios, y él se hacía querer de todos.
Se esperaba a un embajador de Cartago que había de traerles en mulas canastillos llenos de oro, y haciendo cálculos, todos dibujaban con los dedos números en la arena. Cada uno se trazaba por adelantado un nuevo plan de vida: unos querían concubinas, esclavos, tierras; otros, esconder su tesoro o arriesgarlo en empresas marítimas. Con esto, los caracteres se agriaban; había continuas disputas entre jinetes e infantes, bárbaros y griegos, y aturdía el oído la voz áspera de las mujeres.
Todos los días llegaban tropeles de hombres casi desnudos, con hierbas en la cabeza para resguardarse del sol; eran los deudores de los cartagineses ricos, obligados a trabajar sus tierras y que se declaraban en fuga. Afluían libios, campesinos arruinados por los impuestos, desterrados y malhechores. Luego venían mercaderes, vendedores de vino y de aceite, furiosos porque no se les pagaba y vociferando contra la República. Espendio les hacía coro. Muy pronto disminuyeron los víveres. Se hablaba de ir en masa sobre Cartago y de llamar a los romanos.
Una noche, a la hora de cenar, se oyeron sonidos lentos y sordos que se iban acercando, y a lo lejos se vio una cosa roja que aparecía y desaparecía en las ondulaciones del terreno.
Era una gran litera de púrpura, con penachos de plumas de avestruz en las cuatro esquinas. Encima de su toldo cerrado oscilaban sartas de cristal con guirnaldas de perlas. Seguían en pos camellos que hacían sonar unos cencerros colgados del pecho, y en torno suyo, jinetes con armadura de escamas de oro que les cubrían desde los hombros hasta los talones.
Detuviéronse a trescientos pasos del campamento, para sacar de la valija que llevaban a la grupa su escudo redondo, su ancha espada y su casco a la beocia. Unos quedaron con los camellos; otros siguieron adelante. Pronto se advirtieron las enseñas de la República: unos bastones de madera azul, terminados en cabezas de caballo o piñas de pino. Todos los bárbaros se levantaron y aplaudieron. Las mujeres se precipitaron a los guardias de la Legión, besándoles los pies.
Avanzaba la litera a hombros de doce negros, que andaban acompasados, a paso corto, pero rápido. Iban de derecha a izquierda, al acaso, embarazados con las cuerdas de las tiendas, por los animales sueltos y por las trébedes donde se cocían los condumios. De vez en cuando, una mano cargada de anillos entreabría la litera, y una voz ronca soltaba palabras injuriosas; entonces, los porteadores se paraban, y luego tomaban otro camino a través del campo.
Al fin se levantaron las cortinas de la litera y apareció sobre un ancho almohadón una cabeza humana, impasible y abotargada. Las cejas formaban como dos arcos de ébano que se unían por las puntas; lentejuelas de oro brillaban en los crespos cabellos, y la cara era tan descolorida, que parecía untada con raspadura de mármol. El resto del cuerpo desaparecía bajo los vellones que llevaban la litera.
Los soldados reconocieron en este hombre así acostado, al Sufeta Hannón, el mismo que había contribuido, con su lentitud, a hacer perder la batalla de las islas Egates. En cuanto a su victoria de Hecatompila sobre los libios, si se condujo con clemencia, fue por codicia —pensaban los bárbaros—, porque vendió por su cuenta todos los cautivos, declarando a la República que habían muerto.
Luego que encontró un sitio cómodo para arengar a los soldados, hizo una señal; se paró la litera, y Hannón, sostenido por dos esclavos, puso los pies en tierra, tambaleándose.
О проекте
О подписке
Другие проекты