El general Iván Fedorovich Epanchin, de pie en medio del despacho, miraba con gran curiosidad al joven que entraba en él. Incluso adelantó dos pasos hacia Michkin. Éste se aproximó al general y se presentó.
–Muy bien —dijo el general—. ¿En qué puedo servirle?
–No me trae ningún asunto urgente. Sólo deseaba conocerle a usted. No quisiera molestarle, pero como no conozco sus días ni horas de visita… En cuanto a mí, llego ahora de la estación. Vengo de Suiza.
El general iba a sonreír, pero reflexionó y reprimióse. Permaneció un momento pensativo, guiñó los ojos y examinó de nuevo a su visitante de pies a cabeza. Luego, con rápido ademán, le señaló una silla, y acomodóse junto a él, un poco de lado, en impaciente espera. Gania, de pie en un ángulo del despacho, examinaba papeles sobre una mesa.
–En principio y como regla —dijo Iván Fedorovich— no tengo tiempo para entablar nuevos conocimientos, pero como usted, al decidirse a visitarnos, persigue sin duda algún fin, yo…
–Yo esperaba precisamente —interrumpió Michkin— que usted no dejara de atribuir a mi visita algún fin particular. Pero le aseguro que, aparte el placer de conocerle, no me guía ningún otro interés concreto.
–El placer no es menor para mí; mas, como usted sabe, no siempre puede uno entregarse a lo que le agrada. Hay que trabajar también… Además, hasta el momento, yo no he descubierto nada de común entre nosotros, algo que, por decirlo así…
–No hay nada, con certeza, que justifique nuestro trato, y sin duda existe muy poco de común entre los dos. Porque si bien yo soy el príncipe Michkin y la esposa de usted procede de mi familia, esto, evidentemente, no es razón, y yo lo comprendo muy bien, para entablar relaciones. Pero no tengo otro motivo para visitarle. Acabo de pasar cuatro años en el extranjero… ¡y no sabe usted en qué estado me hallaba cuando, abandoné Rusia! Estaba casi loco. Y si entonces no conocía a nadie, ahora menos aún. Necesito, pues, conocer y tratar personas amables… Incluso tengo que pedir consejo sobre cierto asunto y no sé a quién recurrir. Por eso, estando en Berlín, me dije: «Los Epanchin son casi parientes. Me dirigiré primero a ellos: quizá podarnos sernos mutuamente útiles, si son buena gente». He oído decir que usted lo es.
–Gracias —repuso el general, sorprendido—. Permítame preguntarle dónde se hospeda.
–Hasta ahora en ningún sitio.
–¿Así que ha venido directamente desde el tren a casa?… ¿Y con… con sus equipajes?
–No traigo más equipaje que un paquetito con ropa blanca, que suelo llevar a mano. Pero de aquí a la noche me queda tiempo de encontrar donde alojarme.
–¿Tiene usted, pues, la intención de buscar dónde hospedarse?
–¡Oh, sí, desde luego!
–Juzgando por sus palabras, creí que contaba usted instalarse en nuestra casa.
–Para eso habría hecho falta ante todo que usted me lo propusiera y debo confesarle que aun en ese caso no hubiera accedido. No por razón alguna, sino, sencillamente… porque soy así.
–Entonces he acertado no invitándole, y no le invitaré. Permítame, príncipe, llegar a una conclusión definitiva: hemos convenido los dos en que no cabe hablar de relaciones de parentesco entre ambos, por muy halagador que ello fuese para mí. Por tanto, no queda nada sino…
–Sino marcharme, ¿verdad? —acabó el visitante, levantándose y sonriendo jovialmente, pese a la notoria dificultad de su situación—. En realidad, general, aunque mi inexperiencia de la vida petersburguesa es absoluta, ya presentía que nuestra entrevista no podría terminar de otro modo. Bien: quizá valga más así. Ya antes no contestaron ustedes a mi carta… Ea, adiós, y dispense que le haya molestado…
La faz de Michkin expresaba en aquel momento tal cordialidad, su sonrisa carecía tan en absoluto de la menor sombra de oculta malevolencia o rencor, que el general interrumpió en el acto el curso de sus palabras, y comenzó a mirar al visitante de manera totalmente distinta. Aquel cambio se produjo en menos de un minuto.
–Vamos, príncipe —dijo con voz que difería mucho de la de unos momentos atrás—, yo no le conocía, es verdad; pero Lisaveta Prokofievna, tendrá probablemente interés en ver a una persona que lleva su apellido. Sírvase esperar un poco, si no tiene mucha prisa.
–¡Oh, yo soy dueño absoluto de mi tiempo! —dijo Michkin, colocando otra vez sobre la mesa su sombrero flexible de alas redondas—. Reconozco que esperaba que acaso Lisaveta Prokofievna se acordase de haber recibido una carta mía. Antes, mientras yo aguardaba en la antecámara, su criado ha creído recibir a un pedigüeño en demanda de dinero, y he comprendido bien que tiene usted dadas al respecto instrucciones precisas y rigurosas. Pero le aseguro que ha existido un equívoco sobre el objeto de mi visita. Mi solo fin al venir ha sido conocerle. Por desgracia, temo haberle importunado.
–Escuche, príncipe —dijo el general con jovial sonrisa—; si es usted lo que parece ser, celebraré estrechar mi relación con usted. Sólo que —ya se hará usted cargo—, soy un hombre muy ocupado. Ahora mismo tengo todavía que leer y firmar algunos documentos; luego debo visitar a Su Gracia y después acudir a mi despacho oficial. Así que, por muy agradable que me sea tratar a la gente…, a la gente distinguida, claro… Por otra parte, veo que es usted un hombre de excelente educación y… ¿qué edad tiene usted, príncipe?
–Veintiséis años.
–¡Yo le suponía mucho más joven!
–Todos dicen que no represento mi edad. Esté seguro de que procuraré no estorbarle; no me gusta molestar a la gente. Imagino, además, que los dos somos caracteres bastante distintos y, a través de diversos detalles sospecho que no debemos tener muchos puntos de contacto. Sin embargo, esto no acabo de creerlo, porque a menudo sucede que cuando entre dos personas se supone que no hay punto alguno común, existen muchos en realidad. Es la indolencia humana la que hace que la gente tienda a clasificarse en virtud de las apariencias y no encuentre nada común entre sí… Pero temo empezar a cansarle. Me parece notar que…
–Dos palabras: ¿tiene usted algún recurso? ¿O se propone buscar ocupación? Perdone mi pregunta, pero…
–No hay nada que perdonar. Me hago cargo de su pregunta y la encuentro justificada. Por el momento no tengo recurso alguno ni ocupación, y me haría falta al menos tener lo último. Hasta ahora sólo personas extrañas se han ocupado en mantenerme. Cuando he salido de Suiza, Schneider, el médico que me atendía, me dio el dinero justo para el viaje, y en consecuencia sólo me quedan unos kopecs. Tengo entre manos, es cierto, un asunto sobre el que necesitaría consejo; pero…
–Dígame —interrumpió el general—: ¿de qué cuenta vivir entre tanto y cuáles son sus proyectos?
–Quisiera trabajar en lo que fuese.
–¡Oh, es usted un filósofo! Pero ¿tiene usted aptitudes o habilidades concretas? Quiero decir, de aquellas que sirven para ganar el pan de cada día… Le ruego, una vez más, que me perdone…
–No hay de qué. No, no creo tener aptitudes ni habilidades determinadas. Más bien al contrario, dado que, en consecuencia de mi mal estado de salud, mi instrucción ha sido muy incompleta. Pero, para ganarme simplemente el pan, me figuro…
Otra vez el general le interrumpió y comenzó a preguntarle. El príncipe tornó a relatar su vida. Resultó que Iván Fedorovich había oído hablar de Pavlichev y hasta le había conocido personalmente. Michkin no podía decir por qué aquel hombre resolvió encargarse de su educación, aunque probablemente se debía a haber sido amigo de su padre. Al quedar huérfano en edad muy temprana, el príncipe fue enviado al campo, ya que el aire puro era esencial para su salud. Pavlichev le puso a cargo de unas ancianas parientas suyas, propietarias en provincias, y buscó para el niño, primero, una institutriz y después un ayo. Michkin agregó que aunque recordaba toda su vida pasada, existían muchas cosas en ella que no podía explicar, ya que nunca había logrado comprenderlas bien. Los frecuentes ataques de su enfermedad habían acabado volviéndole casi idiota (tal fue la palabra que el mismo empleó). Dijo luego que Pavlichev le había enviado a Berlín y desde allí siguió el viaje a casa del doctor Schneider, un médico suizo, especialista en enfermedades mentales, que tenía una clínica psiquiátrica en el cantón suizo de Valais. En aquel sanatorio, los enfermos, dementes o idiotas, eran sometidos a un tratamiento personal del doctor a base de hidroterapia y gimnasia, educando y desarrollando a la vez su actividad mental. Pavlichev le había confiado a aquel doctor suizo unos cinco años antes y al morir, dos años atrás, no dejó nada dispuesto respecto a su protegido. Schneider, sin embargo, retuvo consigo a éste, sometiéndolo a tratamiento dos años más, y logrando que mejorase mucho, aunque sin curarlo del todo. Finalmente, por su propio deseo y en virtud de cierta novedad que se produjo en su vida, Michkin tornó a Rusia.
El general quedó muy sorprendido.
–¿Y no tiene usted en Rusia a nadie, absolutamente a nadie que le ayude? —preguntó.
–De momento, no; pero espero… He recibido una carta que…
–Al menos —interrumpió Iván Fedorovich sin atender las últimas palabras del príncipe—, ¿le han enseñado a hacer algo? ¿Le impediría su enfermedad desempeñar algún empleo fácil?
–No, no me lo impediría. E incluso deseo vivamente tener un empleo para ver lo que puedo dar de mí. Durante los cuatro años en Suiza he estudiado sin cesar, aunque de modo poco sistemático, según el método personal de Schneider. Además, he leído muchos libros rusos.
–¡Libros rusos! Entonces ¿lee y escribe usted correctamente?
–Sí; con toda perfección.
–Está bien. ¿Y cómo anda de caligrafía?
–Mi caligrafía es excelente. En ese sentido poseo verdadera habilidad. Puedo jactarme de ser un calígrafo. Déme recado de escribir y se lo probaré en el acto —dijo el príncipe con vehemencia.
–Celebraré que lo haga. Lo considero esencial. Me agrada su interés en demostrármelo, príncipe. Es usted muy amable.
–Tiene usted un magnífico material de escritorio. ¡Cuántas plumas y cuántos lápices y qué admirable papel, grueso y resistente! También su despacho es muy hermoso. Veo un cuadro que conozco: un paisaje suizo. Desde luego, tomado del natural. Estoy seguro de haber visto ese panorama en el cantón de Uri.
–Muy posible, aunque el lienzo haya sido comprado en Rusia. Da papel al príncipe, Gania. Ea, torne plumas y papel, y siéntese, si gusta, a esta mesita. ¿Qué es eso? —preguntó el general volviéndose a Gania, que acababa de sacar de su carpeta una fotografía de gran tamaño—. ¡Ah, Nastasia Filipovna! ¿Ha sido ella quien te la ha enviado? ¿Ella misma? —preguntó con viva curiosidad.
–Me la dio hace poco, cuando fui a felicitarla. Hace tiempo que se la había pedido. No sé —agregó Gania con desagradable sonrisa— si me la habrá dado como para insinuarme que me he presentado en su casa, en un día como hoy, llevando las manos vacías.
–¡No! —replicó el general, con convicción—. ¡Qué modo tienes de sacar las cosas de quicio! ¡Una insinuación de ese género en una mujer tan poco interesada! Además, ¿qué regalo ibas a hacerle? ¡Cómo no le dieras tu propio retrato! Y, a propósito, ¿no te lo ha pedido nunca?
–No, no me lo ha pedido, ni quizá me lo pida jamás. ¿Recuerda usted la reunión de hoy, Ivan Federovich? Es usted uno de los especialmente invitados.
–Me acuerdo, me acuerdo e iré con toda certeza. ¡Ya lo creo! ¡Un cumpleaños! Porque cumple los veinticinco… Hum… Voy a revelarte un secreto, Gania. Prepárate… Nastasia Filipovna nos ha prometido a Atanasio Ivanovich y a mí decir esta noche la última palabra: ser o no ser. ¿Comprendes?
Gania repentinamente se estremeció y se puso pálido.
–¿Lo ha dicho así de verdad? —preguntó con voz temblorosa.
–Nos ha hecho esa promesa anteayer, impelida por nuestras comunes instancias. Pero nos pidió que por el momento no te lo dijéramos.
El general clavaba los ojos en Gania, cuya turbación le causaba notorio disgusto.
–Recuerde, Iván Fedorovich —dijo el joven agitado— que Nastasia Filipovna me ha dejado en libertad de decidir hasta después de que ella haya decidido, y que aun entonces sigo siendo yo quien debe resolver.
–Así, pues, tú… tú… —balbució el general, súbitamente alarmado.
–Yo no digo nada.
–Pero, vamos a ver: ¿qué posición adoptas?
–No es que rehúse… No he querido decir eso…
–¡No faltaría más que rehusaras! —exclamó el general dando libre curso a su descontento—. Aquí, amigo mío, no se trata de que «no rehúses», sino de que aceptes la resolución de Nastasia Filipovna con entusiasmo, con alegría, sintiéndote dichoso… Dime: ¿qué sucede en tu casa?
–Eso no importa. En casa, todo depende de mi voluntad. Mi padre, como de costumbre, sigue haciendo disparates. ¡Ya sabe usted a qué punto ha llegado! Yo no le dirijo la palabra, pero le refreno y, de no ser por mi madre, le habría echado de casa. Mi madre, naturalmente, se pasa el día llorando y mi hermana disgustadísima, desde que les he declarado francamente que sólo yo tengo derecho a decidir de mi futuro, que el amo en casa soy yo y que deseo ser obedecido. Todo eso se lo dije a mi hermana delante de mi madre.
–Pues yo, amigo mío, continúo sin comprender nada —manifestó Iván Fedorovich encogiéndose de hombros y haciendo un movimiento con las manos—. Nina Alejandrovna estaba desolada, y lloraba y sollozaba de un modo tremendo cuando vino el otro día, ¿recuerdas? Le pregunté qué le pasaba y supe por su contestación que considera tu enlace como un deshonor para la familia. ¿Qué deshonor puede haber en eso, si me permite preguntárselo? —dije yo—. ¿Quién puede reprochar nada a Nastasia Filipovna ni afear su conducta? ¿Que ha tenido intimidad con Totsky? Hablar de ello es absurdo, sobre todo teniendo en cuenta las circunstancias. «¡Pero usted no toleraría que tratase con sus hijas!», dijo ella. ¡Figúrate! Verdaderamente esta Nina Alejandrovna no sabe comprender, no sabe hacerse cargo de…
–¿De su posición? —insinuó Gania, concluyendo la frase del general—. No se disguste contra ella: la comprende muy bien. Además, ya le he dicho lo que convenía para que aprenda a no intervenir en los asuntos de los demás. Sin embargo, si en casa las cosas no se han puesto peor es porque no se ha dicho aún la última palabra; pero la tempestad se cierne en el aire. Si hoy se dice la última palabra, en casa se desencadenará la tormenta.
El príncipe oyó toda aquella conversación desde el rincón en que se entregaba a su trabajo caligráfico. Cuando lo hubo terminado se aproximó a la mesa para entregarlo al general.
–¿Así que ésta es Nastasia Filipovna? —preguntó, examinando el retrato con curiosidad—. ¡Es maravillosamente bella! —añadió fervorosamente.
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