Читать книгу «Tragedias I» онлайн полностью📖 — Euripides — MyBook.


El año 466 fue efebo, es decir, tuvo que cumplir dos años de servicio militar, a fin de adquirir la preparación necesaria para poder empuñar las armas cuando Atenas lo requiriese. Parece también seguro que, durante su juventud, tomó parte en numerosos certámenes atléticos y gimnásticos, que eran una parte fundamental en la educación integral del ciudadano ateniense, sobre todo si era de familia acomodada. Una serie de testimonios afirman que obtuvo algunos triunfos importantes en Atenas y Eleusis. Una afición especial sintió Eurípides por la pintura y acaso se dedicó a ella durante un cierto tiempo, coincidiendo con la magnífica labor que desarrollaba Polignoto en Atenas en esa época; pero muy pronto sus intereses giraron hacia el teatro, el estudio y la especulación sobre todas las cuestiones que acuciaban a espíritus inquietos como el suyo, como lo demuestra el hecho de que conociera con detalle las doctrinas filosóficas de Anaxágoras, Protágoras, Pródico y tuviese, al parecer, una relación estrecha con Sócrates, de quien la tradición cuenta que sólo asistía a las representaciones teatrales cuando se ponían en escena dramas de Eurípides, dado lo aficionado que fue siempre el poeta a reflejar en sus obras toda la problemática intelectual del momento.

Otra circunstancia muy notable de su trayectoria vital es la total indiferencia que sintió el trágico por la participación activa en la política de su ciudad. En éste, como en otros muchos aspectos, preludia ya al hombre helenístico que está por venir y su afán por la vida solitaria y retirada, en busca sólo de la felicidad individual que la participación en la cosa pública no puede proporcionarle. Todos los testimonios nos hablan de un Eurípides solitario y retraído, encerrado en el mundo de sus estudios y en la creación de sus tragedias. Respecto a su vida afectiva sabemos exclusivamente que tuvo dos esposas, Melito y Quérile o Quérine. Hacia el año 408, quizá desengañado por el rumbo que tomaban los acontecimientos en su patria, se retiró a Macedonia, a la corte del rey Arquelao. Murió el año 406 en Pella, lejos de la tierra que había amado tanto y, en compensación, le había procurado tan amargos sinsabores, pero que, en las honras fúnebres, supo brindarle su postrer reconocimiento: «Es posible que hubiera abandonado su patria lleno de amargura. Pero a su muerte se comprendió que acababa de fallecer uno de los grandes atenienses. En la presentación de los coreutas y de los actores que se hacía antes de las Grandes Dionisias, Sófocles hizo aparecer a aquéllos sin corona e incluso él mismo apareció con vestiduras de luto. Atenas erigió un cenotafio al difunto y concedió el premio del certamen a las piezas representadas póstumamente de aquel poeta con el cual en vida se había mostrado tan poco amable» 6 .

Antes de acometer el estudio de la producción trágica de Eurípides y su posible evolución, creemos conveniente concluir el análisis de la vida del poeta con unas breves consideraciones sobre las tendencias culturales e ideológicas que predominan en Atenas durante el siglo V 7 . Si tuviéramos que caracterizar con una sola palabra el rasgo esencial de la Atenas que alimentó espiritualmente al poeta, es indudable que optaríamos por la siguiente: racionalismo. En el siglo V y coincidiendo con la denominada tradicionalmente época de Pericles alcanza su culminación el proceso que, surgiendo en Jonia en el siglo VII , había ido imponiendo trabajosa y paulatinamente el predominio de la reflexión racional, en cuanto instrumento específicamente humano de desentrañar todos los problemas que conciernen a la naturaleza y al hombre. Toda esta riqueza especulativa confluyó en la Atenas de Pericles, ciudad que se mostró siempre accesible a los estímulos exteriores. Ahora bien, en estos dos siglos de avance de la reflexión se produjo un hecho capital que merece la pena resaltar. Se trata de una progresiva mutación del centro de interés filosófico desde los problemas relativos a la naturaleza a aquellos que afectan al hombre. De una etapa física de explicación de la naturaleza y sus cambios se accedió a un período antropocéntrico en el cual, en frase del sofista Protágoras, el hombre tenía que ser la medida de todas las cosas.

El racionalismo al que acabamos de aludir se refleja en el ámbito del estudio de la naturaleza, que no se abandonó por completo, así como en los campos de la investigación médica, histórica y política. Empecemos por la física. En este punto destaca sobremanera la figura de Anaxágoras de Clazomene, amigo personal de Pericles. Este pensador naturalista afirmaba que el orden del mundo y sus continuos cambios no pueden originarse ni por el azar ni por la arbitraria decisión de unos dioses caprichosos, sino que sólo un noûs o inteligencia divina puede gobernar y ordenar la naturaleza.

Especialmente significativo resulta también el hecho de que la investigación en el campo de la medicina adquiera un desarrollo sin precedentes, fruto del racionalismo imperante. Semejante progreso va indisolublemente unido a la personalidad de Hipócrates de Cos (468-399) y su escuela, que practicaba una medicina basada fundamentalmente en el diagnóstico acertado de las enfermedades en cuanto deficiencias naturales y que tanto influiría en historiadores como Tucídides y su impresionante diagnóstico del fracaso de la democracia en Atenas. Las corrientes de la medicina científica contribuirían a desarraigar la superstición sobre algunas enfermedades, consideradas tradicionalmente de origen sagrado, como la locuŕa, y que poetas tan atrevidos como Eurípides osaron presentar en escena con toda su crudeza.

El racionalismo de los nuevos tiempos originó igualmente que la historia diera con Tucídides un giro verdaderamente copernicano en el espacio de unos pocos años. El genial creador de la Historia de la guerra del Peloponeso abandonó por completo la explicación del devenir histórico en cuanto impulsado por fuerzas divinas, al modo de Heródoto, y fundó un método histórico enraizado en el análisis crítico de los acontecimientos y en la profundización en el estudio de los procesos psicológicos que impulsan a obrar de un modo determinado, tanto a los hombres como a las comunidades.

La política no podía quedar al margen de esta oleada de racionalismo que se iba extendiendo con mayores ímpetus. El nuevo interés por lo científico crea una ciencia de la vida pública con sus normas y directrices peculiares, basada en el análisis frío de toda clase de acontecimientos y situaciones. La creciente participación de los ciudadanos en los diversos ámbitos políticos hizo que surgiera un arte retórica sujeta a leyes estrictas y enseñada por unos maestros especializados, los sofistas, entre los que destacan Protágoras y Gorgias. Pero el movimiento sofístico, al situar al hombre como medida de todas las cosas, engendró un peligroso relativismo sobre la base de la famosa antítesis Naturaleza/Ley convencional. Una de las cuestiones capitales que se planteará la especulación del siglo V es saber si el criterio de valoración que ha de regir las acciones humanas reside en la naturaleza o en la ley. Los primeros sofistas de talante moderado, como Protágoras, consiguieron establecer una armonía entre ambos conceptos objeto de discusión, a fin de no comprometer la estabilidad del estado y de las leyes que lo sustentaban, pero la realidad es que se había abierto ya una fisura muy peligrosa que conduciría, en la Sofística avanzada y radical, representada por pensadores como Trasímaco, Calicles y Critias, a un divorcio total de la armonía existente entre naturaleza y convención y a la afirmación de que lo natural equivale al bien y, por lo tanto, el naturalmente fuerte debe imponerse sobre el débil. Puesto que toda convención y ley son rechazadas, no puede extrañar que se llegara a un escepticismo total en materia religiosa y que la existencia de un estado legal, con sus valores tradicionales, fuera puesto en entredicho. Platón, en Las Leyes (X 889 y sigs.), nos ofrece un documento exacto de la nueva situación 8 : «En primer lugar, querido amigo, esa gente diría que los dioses existen no por naturaleza, sino por artificio, y que hay diferentes dioses en diferentes lugares, según las convenciones de los legisladores; y que lo honorable es una cosa por naturaleza y otra por ley, y que los principios de justicia no tienen ninguna existencia en absoluto en la naturaleza, sino que la humanidad siempre está discutiendo sobre ellos y alterándolos; y que las alteraciones hechas por el arte y por la ley no tienen ninguna base en la naturaleza, sino que son de autoridad en el momento y en la época en que se hacen».

Sólo nos restan unas breves consideraciones en torno a la figura de Sócrates, hijo de los nuevos tiempos racionalistas e ilustrados, pero con un sello tan genuino que admite un difícil encasillamiento en una corriente concreta. En los tiempos actuales no se ha resuelto aún la polémica relativa a si el sistema moral de Sócrates apunta a una ética comunitaria y defensora de los valores políticos o tiene por objetivo, contrariamente, una moralidad estrictamente individual, con la finalidad de garantizar la independencia del hombre y con ello su felicidad. Nosotros no terciaremos en la discusión de tan espinoso problema, pero sí queremos resaltar un hecho indiscutible, la consideración de que gozó Sócrates entre sus contemporáneos. Es innegable que la sociedad ateniense de la época vio en Sócrates y en su postulado de la autonomía de la razón del individuo un peligro para la estabilidad de una comunidad que se basaba en el consenso general de la mayoría de los que formaban parte de ella. Un espíritu independiente como era el del filósofo y la aguda crítica racionalista que ejerció sobre todas las cuestiones candentes del momento propició que las mentes tradicionales lo considerasen el representante más conspicuo de la nueva generación sofística, sin discernir con claridad la diversidad de intenciones que movían a los sofistas y a Sócrates. Ésta es la causa de que fuese elegido como víctima propiciatoria y pagara con una condena absurda semejante error de apreciación. Mas, como quiera que sea, certera o equivocadamente, la sociedad ateniense estimó muy peligrosas las enseñanzas del maestro, del mismo modo que nunca vio con buenos ojos la forma en que un poeta como Eurípides presentaba en escena los problemas.

Creación artística de Eurípides

Este apartado está dedicado a analizar someramente las obras de Eurípides, ateniéndonos a la secuencia cronológica de las mismas, en lugar de examinarlas divididas en grupos temáticos. Este segundo procedimiento, que casi ningún crítico sigue, parece tener más inconvenientes que ventajas. Por otra parte, hay que tener en consideración lo dudosa que es la cronología de las tragedias euripideas 9 .

El año 438, cuando el poeta había alcanzado ya los cuarenta y seis años, presentó la tetralogía Las Cretenses, Alcmeón en Psofis, Télefo y Alcestis. De ella sólo se nos ha conservado el último drama, colocado en el lugar que tradicionalmente estaba reservado al drama satírico. Todas las piezas de esta tetralogía poseen una característica común, un notable cariz novelesco. Puesto que Alcestis se nos ha transmitido intacta, haremos sobre ella una serie de consideraciones, que sirvan a modo de introducción general a las cuestiones que plantea la nueva concepción trágica del teatro euripideo. Cualquier persona que concluya la lectura del drama y posea además un conocimiento discreto del teatro de Esquilo y Sófocles percibirá, sin lugar a dudas, que la tragedia de Eurípides es muy distinta de la de sus egregios antecesores. Intentemos sintetizar las diferencias. La fundamental estriba en el hecho de que los personajes del drama han perdido ya por completo su carácter heroico, para convertirse en hombres y mujeres de carne y hueso, con sus problemas y modos de reaccionar frente a ellos, a veces encomiables, pero otras, mezquinos y rastreros. De aquí arranca, sin lugar a dudas, ese aire de tragicomedia que se observa en Alcestis y en otras muchas creaciones del poeta y que hacen de Eurípides no sólo un precursor de las ideas helenísticas, sino también de géneros literarios como la Comedia Media y Nueva. Otro rasgo diferencial, común a todas sus composiciones sin excepción, lo constituye la huella que la vida, los problemas y los debates ideológicos del momento dejan continuamente en sus tragedias. No es que en Esquilo y Sófocles no hallaran reflejo las cuestiones fundamentales de sus épocas respectivas, pero ello sucede de una forma un tanto marginal y sin detrimento de una caracterización heroica y solemne de los personajes del mito. Sobre la base de estas precisiones, se explica el gusto de Eurípides por el realismo en la exposición de los problemas de sus protagonistas, así como el empleo de los recursos retóricos de la época, evidentemente influidos por la Sofística.

El año 431, coincidiendo con el comienzo de la guerra del Peloponeso, en la que Esparta y Atenas habrían de dirimir su supremacía en la Hélade, presentó ante el público ateniense una de sus obras maestras, Medea. La tragedia debió de escandalizar a los espectadores no habituados a considerar los recovecos del corazón humano con semejante crudeza. En pago de este atrevimiento Eurípides tuvo que conformarse con el tercer puesto del certamen. La causa principal de rechazo tan manifiesto fue, al parecer, su innovación en el tratamiento del mito, en el sentido, por ejemplo, de transformar a la hechicera Medea en asesina de sus propios hijos, de su rival Creúsa y del padre de ésta. Es evidente que, con la nueva versión de la leyenda, hecho que el autor repetiría en otros dramas, el poeta perseguía una finalidad exclusivamente artística: presentar en sus menores detalles hasta dónde puede llegar la pasión de una mujer herida en lo más íntimo de su ser por la traición de su esposo. Mas el público de Atenas no supo interpretarlo así, ya que probablemente no estaba aún suficientemente preparado para asistir a un espectáculo en el que se exhibían pasiones tan incontroladas. Todos los críticos de la obra euripidea se muestran unánimes en admitir que la esencia de esta tragedia radica en la descripción de la desenfrenada venganza de la heroína. Pero, aunque quizá el ateniense medio no llegó a percibirlos, en la obra se plantean otra serie de temas de raigambre filosófica y psicológica. El principal de ellos es la antítesis entre razón y pasión en la vida del ser humano. En un período dominado por el racionalismo y el frío cálculo, de los cuales el propio dramaturgo no estaba exento, el poeta filósofo brinda a los espectadores ilustrados, y quizá entre ellos a su admirador Sócrates, la imagen de la impetuosa Medea, a fin de que duden y vacilen, aunque sea por unos momentos, en su firme convicción de que la razón humana es capaz de dominar las infinitas pasiones que se debaten continuamente en las almas de los hombres. Les recuerda que sí, que son muy atractivas todas esas disertaciones sobre el control y la moderación de los hombres sabios, pero que la realidad de la vida evidencia en muchas ocasiones que la erupción de los sentimientos no puede ser dominada siempre por la razón

Dentro de este período de madurez en la producción del poeta y en torno también a la complicada problemática de las pasiones y las reacciones, a veces imprevistas, de los seres humanos —pues de héroes sólo les queda a estos personajes euripideos la vestimenta—, puso en escena el año 428 su tragedia Hipólito, con la cual obtuvo el primer premio. Hay que advertir que, con anterioridad, había compuesto Eurípides otra versión de la obra que le proporcionó un soberano fracaso, debido a la crudeza en la caracterización de Fedra. Escarmentado por ello, decidió reelaborar la obra, la cual, conservando en esencia el mito de los amores de Fedra por Hipólito, ofrecía de los protagonistas una imagen más moderada y con rasgos del más puro heroísmo de corte clásico. El problema que se analiza es muy similar al de Medea y coincide con la etapa más genial de la creación del poeta. Nos hallamos además ante una obra de auténtica fuerza trágica, al estilo de las composiciones de Sófocles, si bien, como es norma de la nueva estética de Eurípides, los héroes sienten y se comportan como auténticos seres humanos. El problema fundamental que se debate en la tragedia es el de la hýbris