Читать книгу «Las Solteronas» онлайн полностью📖 — Claude Mancey — MyBook.
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¡Desgraciado el que faltaba al deber de alimentar a sus antepasados!... ¡Desgraciado el que no era alimentado por sus descendientes!...

Si, por una razón cualquiera, la cadena de las comidas llegaba a interrumpirse, el alma del muerto salía de su morada apacible y se convertía en un alma vagabunda cuya única ocupación era molestar y atormentar a los vivos.

Unas veces les jugaba todas las malas pasadas posibles aplicándose a contrariar sus proyectos, a quitarles los objetos que les pertenecían y a hacer desaparecer las cosas más necesarias para la vida. Otras veces se les aparecía por la noche en formas pálidas y fantásticas, les perseguía y les arrancaba gritos de espanto. Después, cambiando de aspecto, era él quien gemía en la tempestad, quien lloraba con el viento de la tarde y lanzaba como un ave nocturna esas quejas agrias y discordantes que hacen pasar por el alma de los vivos, como por las cimas de los árboles, un largo escalofrío de hielo.

Las ánimas no eran verdaderamente dioses más que en cuanto los vivos los honraban con un culto fiel, y la primera manifestación de ese culto era el darles alimento.

Ese culto, que se encuentra en Oriente como en Occidente, tenía por primera regla el no poder ser tributado por cada familia más que a los muertos que le pertenecían por la sangre. Si una familia llegaba a extinguirse, las almas de los antepasados, siempre errantes en la tierra entre los malos genios, no podían llegar jamás al eterno reposo.

El único gran interés de la vida humana era, pues, forzosamente, continuar la filiación para perpetuar el culto. El celibato, por consecuencia, era para la antigüedad una impiedad grave y una desgracia: una impiedad porque el soltero ponía en peligro la dicha de los manes de su familia; una desgracia porque él mismo no debía recibir otro culto después de su muerte y no debía conocer lo que regocija a los manes. Era a la vez para él y para sus antepasados una especie de condenación.

De aquí la imposibilidad de permanecer soltero.

Confieso que estas nuevas consideraciones sobre las solteronas me interesaron de tal modo que olvidé que tenía que oír el resto del sermón. Vi entonces que la peroración había terminado y empujé dulcemente a la abuela perdida en las dulzuras de un sueño reparador.

Al salir de la Catedral, la voz de Francisca Dumais me interpeló:

—Magdalena, ahí tienes un sermón de tu cuerda. A una amiga de las solteronas le gusta que se ocupen de ellas.

—¿Por qué no?—respondí alegremente.—¿Y tú?

—Eso no va conmigo—dijo Francisca con una mueca de infinito desdén.—Además, yo tengo respeto a la familia y no quiero condenar a mi pobre mamá a andar errante por toda la eternidad, como en otro tiempo. Los gemidos de mamá son extremadamente penosos.

—Debieras estar acostumbrada sin embargo, Francisca. No pareces satisfecha más que cuando gime tu madre.

—A mi pobre mamá le gusta eso.

—¡Francisca!—protestó la señora de Dumais que llegó con la abuela adonde estábamos nosotras.

La abuela sonrió con expresión equívoca, pues no aprecia el carácter libre de que se jacta Francisca. Pertenece ésta, en efecto, a un género poco conforme con las sanas tradiciones, que son las que gustan a la abuela y a sus amigas. No hay, pues, ninguna más criticada ni vigilada que mi pobre Francisca. Se cuenta el número de sus sombreros y se espía el color de sus corbatas. A esto hay que añadir que el espíritu infantil de Francisca le atrae numerosas enemistades. En un país de solteronas como el nuestro, Francisca lleva la imprudencia hasta burlarse continuamente de ellas. En misa, cuando se la cree sumida en una seria meditación, está ahogándose de risa entre las manos piadosamente juntas, y es el vestido de una o la actitud de otra lo que provoca su intempestiva alegría. Su madre se pasa la vida murmurando con espanto:

—¡Oh! Francisca...

Y se comprende. La buena y plácida señora de Dumais no puede creer a sus ojos ni a su oído desde hace veintitrés años que Francisca está en el mundo. Conserva el asombro de una gallina que ha empollado un huevo de pato creyendo empollar uno de su raza. No es posible volver jamás de esas sorpresas... Pobre señora Dumais.

7 de octubre.

Esta mañana he entrado triunfalmente en el comedor con un gran librote debajo del brazo. La abuela retrocedió espantada.

—¡Dios mío, Magdalena! ¿te vas a examinar?

—No, abuela querida, estoy haciendo un examen.

—¿A quién? ¿De qué?—exclamó sorprendida.

—De la cuestión de las solteronas...

—Cuestión tonta y detestable idea—respondió la abuela enfurruñada.—Mejor harías de decirme qué te pareció aquel joven moreno que estaba ayer en el rosario al lado de la señorita de Sarcicourt.

—Un joven moreno... en el rosario... al lado de la señorita de Sarcicourt... No le reparé.

—Sí, sí, recuerda bien...

—¡Dios mío! otro pretendiente...

—¿Por qué no?

—Porque no quiero... No me hables de eso, abuela, te lo ruego. ¿Cómo quieres que haya encontrado a un joven que no he visto?

—Si tú...

—No, no, que no se me hable de matrimonio... Por el momento pertenezco a las solteronas... Abuela—proseguí tiernamente,—no puedes querer que me case con un caballero porque es moreno, porque va al rosario y porque está al lado de la señorita de Sarcicourt...

—Es una garantía.

—¿El ser moreno es una garantía?—dije dando una carcajada.—¡Ah! querida abuela...

Y aprovechando la alegría que se leía en el semblante de la buena señora, cambié bruscamente de conversación.

—¿Sabes—dije,—que las leyes, según este librote, se acordaban en otro tiempo con la religión para condenar el celibato?

—¡Ah!—suspiró la abuela,—eso era sin duda en el tiempo en que se hacían aún buenas leyes...

—Era en el tiempo feliz en que florecían los hebreos, los indos, los persas, los griegos, los romanos, los germanos...

—¿Y qué me importa a mí toda esa gente?

—Un poco de paciencia, si quieres—exclamé volviendo unas hojas.—Los hebreos tenían enteramente tus ideas sobre el matrimonio.

—No te comprendo, Magdalena. ¿Adónde vas a parar?

—Continúo el sermón del domingo.

—¿Cómo?

—Buscando si las leyes estaban de acuerdo con las ideas religiosas...

—Y has encontrado.

—Que todas las legislaciones no han hecho más que confirmar lo que estaba ya edictado en las diferentes religiones.

—¿Y eso te interesa?

—En extremo.

—¡Qué nieta tan rara!—exclamó la abuela encogiéndose de hombros.—¿Estás ahora ocupada de las solteronas?

—Sí. Oye cómo comprendían los hebreos el deber de la mujer. Su única misión, según ellos, era dar los más hijos posibles a la familia y al Estado... De aquí el matrimonio obligatorio...

—Tenían mucha razón.

—Los indios, abuela, son también, según tú, gente razonable. A los ojos del legislador indio, todo el destino de la mujer se reduce a dar al hombre hijos y a perpetuar la especie humana. La mujer no goza de los favores que la ley le concede hasta que se convierte en esposa y madre.

—Los indios eran gente de buen sentido—dijo la abuela con aplomo.

—¿Y Zoroastro?—exclamé riendo.—Este es tu mejor apoyo... Zoroastro recomienda a las persas el matrimonio como la obra más meritoria y declara que la joven que rehusase casarse irá a los infiernos hasta la resurrección, aunque haya hecho buenas acciones.

—Lo de los infiernos es acaso excesivo—dijo la abuela con malicia,—pero opino que haga una temporada de purgatorio...

—Entre los griegos—continué libro en mano,—no es ya el infierno lo que se tiene en perspectiva, sino el Código Penal. Parece que en toda la Grecia el matrimonio era obligatorio, no sólo para la mujer sino también para el hombre y para el tutor de la mujer. La ley castigaba...

—A las jóvenes recalcitrantes que...

—Que se negaban a escuchar a su abuela... Es posible. En todo caso castigaba seguramente al soltero y al tutor que tardaba en casar a su pupila.

—Ya ves, Magdalena—dijo la abuela sonriendo,—qué culpable eres conmigo. Si fuese griega, hubiera sido castigada por las leyes sin que tu estado de soltería me sea imputable.

—Yo lo hubiera proclamado a voz en cuello, y, lejos de castigarte, el tribunal te hubiera felicitado por el modo que tienes de cumplir tu misión. Un joven moreno... La señorita de Sarcicourt... el rosario... Abuela, si yo hubiera sido romana, no hubiera podido reclamar contra ti ante el magistrado... Y las leyes permitían a la joven romana obligar a su padre o a su tutor a casarla.

—Ya ves—interrumpió la abuela,—que cumplo con mi deber tratando de influir sobre ti en favor del matrimonio.

—Sí, le cumples demasiado bien. En esto eres de la opinión de Dionisio de Halicarnaso, que, compulsando las antiguas leyes de Roma, ha descubierto una que obligaba a los jóvenes al matrimonio. El tratado de las Leyes de Cicerón, que reproduce en forma filosófica las antiguas leyes de Roma, contiene también una sobre el celibato.

—En adelante—repuso la abuela con buen humor,—tendré en gran estima a Dionisio de Halicarnaso y a Cicerón. Ignoraba que esos señores fuesen tan amigos míos...

—Hubieras debido sospecharlo... Y te hago gracia de los germanos, pues eran unos horribles polígamos y por este mismo hecho no admitían la solterona...

—Y tenían mucha razón—exclamó la abuela.

¿Tenían razón de ser polígamos?... ¡Ah! abuela...

—¡No!—dijo la abuela dando un salto,—no es eso lo que digo. La poligamia hubiera debido ser siempre un caso de horca; pero, en fin, las solteronas...

—¿También merecían ser ahorcadas?...

—A medias, para que se les pasase el gusto del celibato.

—¡Qué antigua eres, abuela!... Razonas como los pueblos paganos.

—Cuestión de atavismo. Durante siglos y siglos se ha considerado el celibato como impío, y me ha quedado algo.

—Pues bien, yo también siento el atavismo.

—Tú eres de la generación nueva, y con esto está dicho todo. No sentís ni hacéis nada como nosotros. Os pasan por la cabeza ideas que jamás se nos hubieran ocurrido. Y, todavía, cuando esas ideas son un poco razonables, como la que ahora te preocupa, no me quejo. Pero, francamente, Magdalena, me das miedo. Te hubiera, acaso, comprendido mejor tu madre...—terminó la abuela con una lágrima en los ojos.

—¡No! no creas eso; eres la más perfecta y la más querida de las abuelas... No puedes tomar a mal que yo estudie la cuestión de las solteronas.

—¡Ay! en mi tiempo no había semejante cuestión. Todo lo que pedían las mujeres era un buen marido y unos hermosos hijos.

—Ya ves cómo han cambiado los tiempos... Un buen marido es un mito, abuela... Por mucho que muevas la cabeza, no puedes menos de reconocer que los maridos actuales no valen lo que los de entonces.

—Sí, hija mía, sí, valen lo mismo. Solamente, en otro tiempo, las mujeres tenían... ¿cómo diré yo?... tenían más paciencia... más dulzura... más abnegación. Estaban menos poseídas de su personalidad y sabían anularse a tiempo...

—Aquello era la esclavitud, abuela.

—No, querida—dijo la abuela con voz persuasiva;—aquello era el amor.

—¡El amor!—respondí.—¿Qué es eso?... En las novelas veo lo que es; pero en la vida real...

—Es inútil decírtelo si tú no has de sentirlo; y si lo sientes, es aún más inútil definírtelo.

Dicho esto, la abuela me dio un beso y me dejó muy pensativa.

¿Ha podido realmente la abuela conocer el amor?... Me parece tan extraordinario... Es verdad que cuando habla del abuelo su voz toma una inflección tan profunda que se ve que hay en ella un mundo de recuerdos dichosos e íntimos ocultos en la menor palabra... ¡Querida abuela!

En el momento en que ella salía, entró en el comedor Celestina y se acercó a mí tan quedito que casi me dio un susto al exclamar:

—Estoy segura de que la señora acaba de hacer un sermón sobre las solteras, para el uso de la señorita.

—No, Celestina—respondí maquinalmente;—la abuela me hablaba de amor.

—¡De amor, a una joven como usted!... Nuestra pobre señora pierde la cabeza...

—¡Una joven como yo, a los veinticinco años!... ¡Vaya una juventud! Hay que vivir en un medio petrificado como el nuestro, pobre vieja, para no conocer nada de la vida a mi edad... Algunas veces casi me sublevo, pero después se me pasa...

—Esas ideas no son de usted, señorita. Me parece estar oyendo a la señorita Francisca—respondió Celestina escandalizada.—Creo que es esa una sociedad que no le conviene a usted gran cosa...

No respondí por no envenenar la discusión. Celestina es pudibunda hasta el exceso y no ve nada más hermoso en la existencia que poseer el derecho virginal de vestirse de blanco en los días de procesión, a pesar de su cara apergaminada. Al lado de ese ideal, el matrimonio, que priva de la dicha de llevar semejante traje, no puede ser evidentemente, más que un estado reprobado por Dios y legitimado por alguna cosa que está en el fondo de un falso sacramento.

—No hay que pensar en el amor, señorita—murmuró mientras yo me disponía a subir a mi cuarto.—Es la perdición de las jóvenes.

—¿Tú crees?—dije, divertida por los terrores de la buena anciana, cuyo principal título de gloria—después del derecho de vestirse de blanco—es el haberme recibido en su delantal el día de mi entrada en este valle de lágrimas. Celestina deduce de este alto hecho el derecho de reprenderme en todas las circunstancias notables, y no se priva de ejercerlo.

En el movimiento febril que agitaba su mano vi bien que tenía que hacerme un largo discurso—los estremecimientos de la mano traducen siempre en Celestina un gran deseo de agitar la lengua—pero la voz de la abuela, que le llamaba, puso término a su comezón de hablar.

Vuelta a mi cuarto, me encuentro más perpleja que nunca y, para no pensar más en el matrimonio, hago lo que puedo por ocupar el pensamiento en otra cosa.

¡Qué pesados me parecen ahora mis veinticinco años!... La abuela tiene razón; llevo un mundo en los hombros...

Cuánto más feliz era cuando, en vez de soñar con un marido por la voluntad de la abuela, no tenía más preocupaciones que mi muñeca.

¡Mi muñeca!... ¡Qué lejos está!...

Y, sin embargo, me parece que era ayer cuando ese querido objeto, informe y sin nombre, que había llegado a ser mi hija a consecuencia de múltiples desgracias, me absorbía hasta tal punto, que a su lado, a fuerza de amor, no sentía ya que era yo huérfana...

No he conocido a mi madre, que murió al nacer yo. Mi padre, desesperado por la muerte de su mujer, a la que amaba apasionadamente, no la sobrevivió más que cuatro años. En unos días fue arrebatado por una tifoidea, dejándome a mi abuela materna, mi única parienta próxima y a la que no he dejado desde entonces... No tengo más que cerrar los ojos para acordarme de la silueta de aquel pobre padre y de aquella mirada tan triste y tan buena con que todas las noches iba a vigilar el comienzo de mi sueño llevándome la impresión de una profunda ternura... ¡Pobre padre!... ¡Cuánto tiempo le reclamó mi corazón de niña, no creyendo ni en la eterna separación ni en la muerte!... Aquel viaje de que me hablaban debía terminarse para mí por un feliz regreso y, sobre todo, por un cargamento de numerosos recuerdos después de una ausencia tan prolongada... ¡Ay! me informaba yo mucho menos de la fecha en que debía ver a mi padre que de la en que le vería llegar cargado de muñecas, de globos y de cocinitas... Aun siendo desgraciados, qué felices son los niños...

Mi querida abuela cuidó de mi infancia y, a pesar de su tristeza y de su dolor, de ella me vinieron todas las alegrías y todas las felicidades de niña.

Mi vida entera cabe en esta palabra: la abuela.

Todos mis recuerdos están concentrados en ella, pues no puedo, como la mayor parte de las niñas, cifrar mi vida en la visión de un alegre hogar atestado de niños pequeños y protegido por la doble ternura de un padre y una madre... Tenía, sin embargo, amiguitas que iban a jugar y a reír conmigo; pero detrás de aquel cuadro de cándida alegría, veo siempre aparecer la sombra melancólica del largo velo de la abuela.

No se sabe de qué secretas e incomprensibles angustias están formados los recuerdos de niño cubiertos con un velo de crespón... He esperado durante años el día glorioso y seductor en que la abuela, como las madres de mis amigas, llevase por fin un sombrero con un ramo de flores... Ese día no ha llegado jamás...

Ahora, cuando voy a casa de mis amigas y veo de cerca lo que es la vida ordinaria para la generalidad de las jóvenes de mi sociedad, cuanto más sufro por los sitios que hay vacíos a mi lado, más vivo y más profundo es mi agradecimiento por mi querida abuela, cuya abnegación me ha rehecho un hogar y reconstituido una familia.

Por eso amo a todo lo que ama la abuela...

A pesar de las ideas que oigo emitir a mi alrededor, coloco la estancia en nuestro antiguo pueblo por encima de toda otra estancia y la dichosa posesión de nuestra casa de familia superior a todas las felicidades.

No es muy grande nuestra sencilla casa. Blanca y limpia con sus persianas inmaculadas y sus cristales brillantes bajo unas cortinas un poco antiguas, se abre con discreta elegancia en un patio plantado de árboles y adornado de canastillos floridos, al que llamamos pomposamente «nuestro jardín...» Tengo en él mis rosas preferidas y mis plantas favoritas; y cultivo con éxito cuanto tiene la dicha de agradarme, con tal de que no necesite mucho sol, ni mucha sombra, ni muchos cuidados... En un rincón de nuestro minúsculo jardín y debajo de un fresno llorón, tengo hasta un banco, un banco inmenso, una mesa de labor y unos cuantos sillones de mimbre... En verano, hacemos allí salón, y llevo la fantasía hasta dar tés... Mis amigas pretenden que una taza de té perfumada con la fragancia de las rosas que nos rodean, no es ya una taza de té, sino una taza de néctar... ¡Dichosa ilusión!

Una planta baja muy elevada, un primer piso de una altura inverosímil y un sobrado que hace la admiración de las lavanderas cuando tienden en él la ropa mojada y perfumada de espliego y lirio: he aquí todo nuestro home.

La planta baja tiene cuatro piezas inmensas, profundas, frías y casi desnudas en su inmensidad. La cocina podría albergar un ejército de marmitones; sólo las cacerolas y los peroles de cobre vigorosamente frotados ponen en ella una nota alegre que continúa la cocinera, reluciente como una alhaja. Aquel es el domicilio de Celestina, su triunfo, su admiración, su gloria, el orgullo y el amor de su vida.

La sala de baños es grande y bien dispuesta; la abuela no deja nunca de explicarme su comodidad asegurándome que ha empleado en aquel arreglo las economías de un año de rentas. Por esta confidencia, con frecuencia renovada, mido yo toda la extensión de la belleza de la instalación y... la del sacrificio realizado por la abuela, pues las rentas, según ella, están hechas para ser economizadas y no para ser gastadas...

El comedor, en el que la abuela y yo estamos como alejadas, y el salón, en el que parecen perdidas las butacas en cuanto estamos solas en él, completan la planta baja. En el piso primero se encuentran todas las alcobas, de dimensiones más ordinarias, gracias al cuarto de tocador de que cada una está provista. Por todas partes un diluvio de armarios y una inundación de comodidades perfectamente inútiles...