También nos gustaría llamar la atención sobre la desigual calidad de unas cuestiones y otras. Podemos encontrar problemas de gran interés, desarrollados con exhaustividad y todo lujo de detalles, como el que defiende el principio legal de in dubio pro reo (XXIX 13) y aboga por la presunción de inocencia, un valor jurídico de primer orden. O el problema 1 de la sección XXX —el más conocido de toda la colección—, que, entroncando con la teoría humoral hipocrática, expone minuciosamente que todos los hombres excepcionales deben su genialidad a que la mezcla de humores en su organismo está dominada por la presencia de la bilis negra.
Por otro lado, no solo merecen destacarse los problemas que, como los anteriores, desarrollan cuestiones de gran calado moral o psicológico, sino también aquellos que analizan asuntos tan prosaicos como pueden ser la dentera (VII 5) o las cosquillas (XXXV 1), pero que hacen gala de un ingenio y una capacidad de observación dignas de encomio.
En contraste con estos tenemos, por ejemplo, las secciones XXIII (el agua salada y el mar) y XXIV (las aguas calientes), donde nos sorprenden afirmaciones como la de que el agua del mar es la única que arde (XXIII 15, 32). O se dan por hechos algunos fenómenos que serían fácilmente refutables: por ejemplo, que el fondo de las vasijas con agua hirviendo no quema (XXIV 5, 8), que las cosas calientes se enfrían más al sol que a la sombra (XXIV 13), o que para lavarse es más saludable el agua calentada al fuego que al sol (XXIV 14).
En otras secciones, como la VI, sobre las posturas corporales, la ingenuidad de algunas cuestiones suscitan la sonrisa del lector, cuando se pregunta por qué el estar sentado a unos les engorda y a otros les adelgaza, por qué es mejor acostarse con el cuerpo doblado, por qué el vértigo se produce más al ponerse de pie que al sentarse, o por qué el sueño nos viene antes si nos acostamos sobre el lado derecho.
Este contraste entre las distintas secciones se hace evidente no solo en el tema escogido, sino también en la forma de desarrollarlo, ya que en algunos casos llama la atención la alta calidad literaria y en otros la torpeza de la expresión, con frases demasiado elípticas o, por el contrario, extremadamente largas y farragosas.
Pasamos a continuación a exponer el contenido de las secciones que consideramos de mayor interés, y a destacar algunas de las ideas que nos parecen más representativas del tratado, sea por su valor intrínseco, sea por su originalidad, por su agudeza de observación, o quizá porque es la primera vez que aparecen expuestas en un texto clásico.
Medicina y fisiología
Las cuestiones relacionadas con la medicina y la fisiología ocupan un lugar preeminente en el conjunto de los Problemas. Y aunque en la mayoría de las secciones podemos encontrar reflexiones en relación con estos temas, son las once primeras secciones las que entran de lleno en el terreno de la ciencia médica y los problemas físicos. Los temas tratados son los siguientes: la medicina y la enfermedad, el sudor, el consumo del vino y sus excesos, las relaciones sexuales, la fatiga, las posturas corporales, la simpatía y el contagio, el frío y el escalofrío, los remedios para magulladuras y cardenales; la sección X es un compendio de temas fisiológicos variadísimos (la tos, el sangrado de la nariz, el estornudo, el tartamudeo, el estrabismo, el enanismo, la generación espontánea, el pelaje, la domesticación de animales y plantas salvajes, la forma del ombligo, la multiparidad, la longevidad...). Y, por último, dentro de este apartado, la sección XI trata de la voz y el sonido.
La primera sección, dedicada a problemas médicos, empieza definiendo la enfermedad y la salud, antes de pasar a exponer las causas concretas que dan origen a estados mórbidos y los remedios posibles para determinadas dolencias.
La enfermedad consiste en un exceso o en una carencia (I 1). Por tanto, la salud es el mantenimiento del equilibrio de los elementos contrarios que componen el organismo: lo caliente, lo frío, lo húmedo y lo seco. Esta definición de la salud como un equilibrio y la enfermedad como la ruptura del equilibrio causada por la preeminencia de un elemento sobre los demás, fue formulada por primera vez por Alcmeón de Crotona, contemporáneo de Pitágoras, y asumida posteriormente por la medicina hipocrática 13 .
Todas las ideas desarrolladas en esta sección presuponen un conocimiento muy riguroso de las teorías médicas expuestas en el Corpus hippocraticum. Por ejemplo, los tres conceptos básicos (pépsis, krísis y apóstasis , cocción, crisis y depósito) en los que la escuela de Cos apoya la teoría de la enfermedad, los vemos utilizados por Aristóteles a lo largo de todo el tratado. Y basándose en ellos, explica tanto los estados enfermizos como su posible recuperación. Así, gracias a la pépsis o cocción, que se produce por medio del calor interno o pneúma , se logra tanto la digestión de los alimentos como la cocción y posterior eliminación de los residuos sobrantes. De hecho, cuando se da una abundancia de residuo (por exceso de humedad, por ejemplo), el calor interno no es capaz de cocer el elemento superfluo, de forma que se pudre y provoca enfermedades o incluso la muerte (I 6, 19, 20...). Por eso, leemos en repetidas ocasiones que lo mejor es librarse cuanto antes de los residuos (I 52): la eliminación de la enfermedad por la secreción de flujos.
La crisis es otro de los conceptos fundamentales en el desarrollo de la enfermedad. Consiste en un cambio drástico en la evolución del enfermo, hacia la recuperación o hacia la muerte.
La correspondencia entre fenómenos astronómicos y fenómenos patológicos es otra herencia hipocrática que encontramos con frecuencia en nuestros problemas (I 3). La aparición de enfermedades viene asociada a los cambios de estaciones, de vientos, de aguas o a la salida de determinados astros. Cualquier alteración se considera insana (I 15) por su capacidad de perturbar el equilibrio del organismo, y un cambio violento puede ser letal (I 8). La dieta puede colaborar al restablecimiento del equilibrio contrarrestando los efectos causados por el cambio de estación (por ejemplo, en verano hay que comer poco y beber mucho para compensar la sequedad del clima, I 39 ). El exceso de alimento y la falta de ejercicio provocarían una abundancia de residuo que acarrearía la enfermedad (I 46).
Aristóteles apela a menudo a la teoría de que los contrarios se destruyen mutuamente. Por eso, en el último problema de la sección I afirma que unas enfermedades provienen del fuego y otras de la humedad y se curan con su contrario correspondiente.
Abundando en esta idea de que la combinación de los elementos da origen a las distintas disposiciones físicas, encontramos repetidas veces que se asocia la enfermedad, igual que la vejez, con la sequedad y el frío: por eso en invierno muere más gente, porque es como añadir fuego al fuego, pŷr epì pyrí (I 17). Por tanto, la vida dependerá del calor y la humedad, lo mismo que el sexo, ya que el esperma procede de lo húmedo y lo caliente (IV 28).
En estas primeras secciones dedicadas a asuntos fisiológicos, se dan también ciertos consejos para conseguir un estado saludable: conviene habitar en lugares bien aireados, igual que mantener los cuerpos porosos en lugar de prietos, para facilitar la secreción de los residuos (I 52); es mejor correr y sudar desnudos; hay que dormir un tiempo moderado, porque los que duermen mucho tienen peor color (II 30); las relaciones sexuales son buenas por la evacuación de los residuos (IV 29); los ejercicios gimnásticos y los masajes reducen el vientre porque consumen la grasa, que es algo adquirido y no necesario (V 14).
También nos parecen dignas de mención algunas observaciones curiosas de la sección IV, dedicada a los placeres sexuales:
El abuso del sexo tiene un efecto pernicioso sobre la capacidad de visión (2, 3, 32).
La relación sexual es placentera no solo por necesidad (porque todo lo que es conforme a la naturaleza es placentero) sino con cierta finalidad, para que haya generación de seres vivos (15). Recordemos que para Aristóteles nada se debe a la casualidad o al azar, ya que la naturaleza está regida teleológicamente.
Los hombres son secos y calientes, y las mujeres frías y húmedas. De esta diferente constitución corporal se deriva que los hombres tienen mayor deseo sexual en invierno y las mujeres en verano, porque tanto los unos como las otras intentan equilibrar el exceso o defecto del frío y calor internos con la temperatura medioambiental (25, 28).
A propósito del papel activo o pasivo en una relación sexual, leemos la afirmación de que la costumbre llega a ser como una naturaleza (afirmación que encontramos también en otros problemas), puesto que el hábito genera el recuerdo y el recuerdo produce placer (26).
La sección VII se ocupa de los efectos que produce la simpatía, en su doble sentido, físico y anímico. Es decir, el contagio de enfermedades, la repetición involuntaria de un gesto observado en otra persona, o la compasión que nos produce el dolor de alguien. Es esta una de las secciones más interesantes de toda la obra y, aunque breve, merece la pena destacarla.
Algunas de las cuestiones planteadas son: ¿Por qué bostezamos cuando vemos bostezar a alguien, pero no imitamos otros movimientos, como levantar la mano o el pie, si vemos hacerlo? (1,2).
¿Por qué la contemplación del fuego o del agua en movimiento provocan ganas de orinar? (3).
¿Por qué se contagia la enfermedad pero no la salud? (4).
¿Por qué compartimos el dolor con alguien que ha sufrido algún daño? (7).
La sección X, que es la más extensa de la colección, puede considerarse ella misma como una especie de minitratado que recoge una serie de problemas sobre los más variados temas de fisiología humana y animal. Podemos encontrar en ella cuestiones capaces de despertar el interés y la curiosidad de cualquier lector, mínimamente aficionado a las ciencias naturales. Por ejemplo, ¿por qué unos animales tosen y otros no? (1), ¿por qué el hombre es el único animal que sangra por la nariz? (2), ¿por qué el hombre es el único animal que tartamudea y que bizquea? (40, 50), ¿por qué todos los animales tienen un número par de pies? (26), ¿por qué existen los enanos? (12)...
Aparte de la diversidad de temas planteados en esta sección, hay que señalar que algunos de ellos ya han sido objeto de estudio en los tratados biológicos, aunque no siempre hay coincidencia en la explicación ofrecida. Por ejemplo, la lactancia, las causas de la multiparidad, los diferentes periodos de gestación, el mayor tamaño de los machos con respecto a las hembras, la generación espontánea, el pelaje, el parecido de los hijos con sus padres, la enfermedad blanca, los monstruos... son temas tratados en la Reproducción de los animales.
Las secciones XII y XIII, sobre los buenos y malos olores respectivamente, aunque no tratan propiamente temas de fisiología, las incluimos aquí porque, al intentar dar una definición del olor, en XII 10, se plantea el origen del olfato preguntando si llega algo desde el órgano sensorial hasta los objetos o desde estos se propaga alguna emanación hasta el órgano.
Este es el mismo problema que el de la visión 14 , en el que los griegos, incluido el propio Aristóteles, no se ponen de acuerdo en si se trata de rayos visuales que parten del ojo y, al dar en los objetos, hacen que los veamos; o, por el contrario, hay algo que sale de los objetos y que impresiona nuestra vista. Estas dos opiniones las vemos repartidas por igual a lo largo de los Problemas , aunque en 872b3 se afirma que «sería lo mismo que el objeto se moviera hacia la vista o que la vista se moviera hacia él».
La sección XIV, sobre los climas, recoge la tradición típicamente hipocrática de la medicina meteorológica, es decir, la influencia que ejerce el medio ambiente sobre la disposición física y moral de las personas. Esta teoría se engarza en una concepción global de la naturaleza, según la cual, las distintas constituciones físicas dependen de la mezcla de los cuatro elementos que conforman el mundo natural —tierra, agua, aire y fuego— y de las distintas combinaciones de las cualidades relacionadas con ellos —lo seco, lo húmedo, lo frío y lo caliente—, en consonancia con las ideas de los filósofos de la naturaleza, como Empédocles. Estas ideas son las mismas que inspiran el tratado de Galeno Las facultades del alma siguen los temperamentos del cuerpo. Así, leemos afirmaciones como la de que los vientos del sur producen más hembras porque el esperma es más líquido (5). Recordemos que para Aristóteles, las hembras son frías y húmedas, mientras que los varones son secos y calientes. Los habitantes de los lugares cálidos y bien aireados son más longevos porque la muerte es la destrucción del calor (10). El valor se relaciona con el calor interno y la cobardía con el frío. Son valientes las gentes del norte porque su carne está compacta debido al frío exterior y tienen el calor encerrado en su interior. Son cobardes los que habitan lugares cálidos porque se han enfriado debido a que su calor sale fuera por tener los cuerpos porosos.
Por último y, para finalizar este capítulo de temas fisiológicos, queremos mencionar las ocho últimas secciones del libro (XXXI-XXXVIII), dedicadas a partes del cuerpo: los ojos, las orejas, la nariz, la boca y lo que hay en ella, el sentido del tacto, la cara, el cuerpo en su conjunto y el color de la piel.
No encontramos en estos problemas ningún afán científico por explicar el funcionamiento de los distintos órganos de que se trata, ni tampoco hay descripciones anatómicas de los mismos. Más bien, están llenos de observaciones curiosas y anecdóticas que, en algunas ocasiones responden a creencias populares o a prejuicios que también están presentes en otros tratados de Aristóteles 15 .
Entre los fenómenos curiosos, resaltamos el entrecruzamiento de los dedos 16 (XXXI 11, XXXV 10), que produce la falsa impresión de que se tocan dos cosas cuando se trata de una sola, conocido como «ilusión de Aristóteles».
Llaman especialmente nuestra atención esas acertadas observaciones sobre cuestiones muy concretas, como la de que el ojo, siendo la parte más débil del cuerpo, es la única que no pasa frío 17 (XXXI 22). O el hecho de que nadie se hace cosquillas a sí mismo, porque somos más receptivos a las sensaciones producidas por otro que por uno mismo (XXXV 1,6).
Por otro lado, volvemos a leer en estas secciones algunas teorías erróneas, repetidas en otros lugares del corpus, que solo obedecen a opiniones preconcebidas y que no resistirían el más mínimo análisis. Nos referimos, por ejemplo, a la convicción de la superioridad del lado derecho. Este prejuicio no encaja con el hecho, reconocido por el propio Aristóteles, de que cualquier sensación nos llegue con la misma intensidad por la derecha que por la izquierda, por ejemplo que veamos igual con los dos ojos. Por ello, Aristóteles se verá obligado a ensayar una explicación que compatibilice la primacía de la derecha con la igualdad de ambos lados en la capacidad sensorial (XXXI 12-13, 18). Tal predilección por la derecha le lleva a dar como probado que las partes izquierdas son más húmedas y más femeninas (XXXII 7).
Otra creencia popular, admitida sin más, es la de que los hombres viven más que las mujeres y, en general, los machos más que las hembras, porque tienen mayor número de dientes 18 (XXXIV 1).
En contraste con estas ideas equivocadas, tanto en la sección XXXII (6), sobre las orejas, como en la XXXIII (1), sobre la nariz, encontramos el acierto de poner en conexión la sordera y la mudez, observación que ya leímos en la sección XI, al tratar de la voz.
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