Otro recuerdo «urinario», pero más antiguo (debía de tener alrededor de cinco años): en esa época vivía con nosotros una chiquilla que tenía más o menos mi edad. Era, como supe más tarde, la hija de una prostituta que, al morir, dejó una niña de dos años: esta chiquilla. Mi madre acogió a la niña (pues la muerte había tenido lugar en una casa grande de la que nosotros alquilábamos un piso), la mandó amamantar y decidió educarla con sus propios hijos. Pero, cosa interesante para los que creen en la herencia de los sentimientos morales, esa niña, pese a recibir exactamente la misma educación que nosotros y sin saber siquiera que era hija adoptiva, manifestó desde los primeros años de vida fuertes inclinaciones inmorales. No éramos en absoluto conscientes de que no era nuestra hermana; ella tampoco sabía nada de eso y para ella nuestra madre era su «mamá» como para nosotros. Al ser nosotros niños muy cariñosos, muy tiernos, que se acariciaban sin parar, la queríamos como nos queríamos entre nosotros, la besábamos y acariciábamos pese a que ese pequeño demonio no pensaba más que en hacernos daño. Cuando creció un poco, nos dimos cuenta de su carácter. Al fin vimos, por ejemplo, que cada vez que se le presentaba la ocasión, hacía una acción contraria a nuestra ética de bebés con una infalibilidad de ley física. Por ejemplo, nunca contaba lo que había sucedido en la nursery en ausencia de los mayores sin calumniar a sus compañeros de juegos. Le apasionaba incitar a los otros niños a alguna maldad para denunciar en seguida a su autor ante nuestros padres. Era hábil sembrando la división entre los adultos (criados, etc.) a través de fantasías calumniosas. Mientras nosotros adorábamos a los animales, ella los atormentaba —hasta la muerte cuando podía— y luego nos acusaba de ello sin ninguna vergüenza. Le gustaba hacer regalos, pero (sin que esa regla sufriera nunca la menor excepción) los confiscaba inmediatamente después y gozaba con los llantos de la víctima. Como era físicamente más fuerte y más inteligente que nosotros en la maldad, éramos sus víctimas propiciatorias. Nos pegaba y no nos atrevíamos a quejarnos; nos calumniaba y no sabíamos defendernos. Nos robaba nuestros juguetes o los rompía sin cesar; era muy muy golosa y cuando los niños no estábamos siendo vigilados, nos robaba nuestra ración de golosinas. Cosa curiosa, a pesar de todo eso, es que no tuviéramos la menor animosidad contra ella y siguiéramos queriéndola porque era nuestra hermana. Esto se explica sin duda por la debilidad mental de los niños que aman a veces a las personas que los maltratan (los padres brutales, por ejemplo) por incapacidad de razonar sobre los actos. Sólo sabíamos que había que quererse entre hermanos y obedecíamos a esa regla ética. A la edad de seis años, a la chiquilla se le ocurrió robar el dinero que nuestra criada escondía bajo su cama. Nosotros, es decir, mis hermanas y yo, también sabíamos que la criada metía dinero debajo del colchón, pero, además de que la idea de robo nos horrorizaba, no teníamos el menor interés en la idea de poseer dinero, a diferencia de nuestra compañera, quien, criada absolutamente en las mismas condiciones que nosotros, sin que naturalmente le faltara nada, con los mismos juguetes, tenía ya el instinto de la codicia. Hacia la misma época, al parecer perpetró en nosotros atentados sexuales, pero no recuerdo en absoluto ese episodio. Por lo demás, mis recuerdos referentes a los seis primeros años de mi existencia son muy fragmentarios e incompletos. Alarmada por el desarrollo precoz de las inclinaciones viciosas en la niña adoptiva y temiendo su contacto con sus jóvenes compañeros, mi madre la alejó finalmente de su familia: la chiquilla fue entregada a una de mis tías, solterona muy caritativa y de ideas filantrópicas. Esa buena señora se encariñó extraordinariamente con nuestra pseudo-hermana, la educó lo mejor que pudo, pero todo fue inútil: en el colegio Olga nunca quiso esforzarse; a los dieciocho años, habiendo abandonado a su bienhechora, practicaba ya el oficio de su madre. A los veintidós años fue enviada a Siberia por robo con intento de asesinato. He hecho esta digresión algo larga al quedar impresionado por la opinión de Wundt, quien, en su Ethik, pretende que la doctrina de Spencer, según la cual las inclinaciones morales pueden transmitirse hereditariamente, es puro cuento. Creo que la historia de Olga parece indicar que ciertas disposiciones morales hereditarias (pues la educación no desempeñó aquí ningún papel) se manifiestan tempranamente en ciertos niños. Pero vuelvo a mi relato.
Así pues, recuerdo que, jugando una vez en el jardín con las otras tres niñas, se me ocurrió (desconozco la razón, pero las sensaciones sexuales no intervenían en absoluto) orinar en una caja de cerillas vacía (en aquella época en Rusia, esas cajas eran cilíndricas, se parecían a un vasito) y hacer beber mi orina a mis hermanas. Las tres niñas obedecieron dócilmente y se tragaron concienzudamente el contenido del vasito que yo llenaba de nuevo a medida que se vaciaba. La pequeña Olga parecía hallar en ese disparate un placer particular, pero, como el amor a la delación era el rasgo dominante de su carácter, rápidamente corrió a la casa a contarle el asunto a nuestra mamá. Esa inclinación al chivateo era verdaderamente inexplicable en esa niña, pues nuestros padres siempre procuraron inspirarnos el odio más profundo a la denuncia, y nos decían siempre que no hay nada tan malo como ser chivato y regañaban a Olga cuando trataba de «chivarse». Pero la delación y la calumnia eran en ella una pasión irresistible. Odiaba a todo el mundo y se esforzaba en hacer daño a todos, sin encontrar a su alrededor más que afecto y amor. Esto parece de una psicología inverosímil y sin embargo es un hecho. Pienso ahora que la cosa sólo puede explicarse por alguna triste herencia. Cuando Olga fue retirada de nuestra casa, mi madre, para explicar el acontecimiento, nos contó una historia fantasiosa. Sin embargo, veíamos a Olga (que vivía entonces con mi tía en el campo) de vez en cuando. Conocíamos el robo cometido por la pequeña, puesto que se descubrió en presencia nuestra, pero no le dimos importancia. Menos todavía nos chocaron sus manipulaciones de nuestros órganos sexuales, puesto que yo incluso había olvidado aquel episodio que me fue relatado mucho más tarde. Cuando, a la edad de diez años, mi tía vino a la ciudad para poner a Olga en el colegio en calidad de alumna externa, tuve ocasión de ver a mi ex compañera más a menudo y sólo entonces me enteré de que no era mi auténtica hermana.
A la edad de siete años yo ya sabía cómo estaban hechas las niñas por haber observado la conformación de mis hermanas, pero eso no me interesaba en absoluto. Aquí ocurre un episodio del que guardo un recuerdo muy nítido, aunque no me haya impresionado en absoluto sexualmente. Tenía entre siete y ocho años.
Pasábamos el verano en una villa al borde del mar Negro, en una ciudad del Cáucaso. Teníamos por vecinos a la familia de un general cuyos tres hijos (seis, nueve y diez años) venían a menudo a jugar conmigo en el inmenso jardín que rodeaba nuestras casas de campo. Recuerdo que un día estaba solo con el muchacho de nueve años, Seriozha (diminutivo de Sergio), junto a un muro en el que habían dibujado al carbón un hombre con un enorme pene y la siguiente inscripción: «Señor de la p... puntiaguda». Ya no recuerdo de qué hablábamos; Seriozha me dijo de pronto: «¿Te follas a tus hermanas?» (Utilizó un equivalente ruso de este término, tan grosero o quizá más). «No comprendo lo que quieres decir», le contesté, «no sé qué es eso». «¿No sabes lo que quiere decir follar? Pero si todos los chicos lo saben». Le pedí la explicación de ese misterio: «Follar», me dijo, «es cuando el chico hunde su pipí en el pipí de la chica». Yo pensé que la cosa no tenía sentido y no ofrecía ningún interés pero, por educación, no dije nada y me puse a hablar de otra cosa. No pensé ya en esa conversación que había sido una decepción para mi curiosidad, pero unos días después, Seriozha y Boria (Boris), el mayor de los tres hermanos, me dijeron: «Víctor, ven con nosotros a follar a Zoé.» Zoé era una joven griega de doce años, hija del jardinero del general. Al haber descubierto ya el significado de la palabra follar y al estar tanto menos interesado en un acto que me parecía absurdo, al principio rechacé la invitación, pero insistieron: «¡Ven, imbécil! ¡Ya verás como te gusta!». Como siempre he tenido, por temperamento, miedo de ofender a alguien y siempre he sido cortés hasta la pusilanimidad, seguí a aquellos dos gamberros a los que vinieron a sumarse su hermano pequeño Kolia (Nicolás), la pequeña Zoé en cuestión, un niño judío de ocho o nueve años que se llamaba, lo recuerdo, Misha (Miguel), y un chico ruso de unos diez años, Vania (Iván).
Penetramos en las profundidades del jardín. Allí, en un bosquecillo retirado, los chicos sacaron sus penes del pantalón y se pusieron a jugar con ellos. Recuerdo el aspecto que tenían esos órganos, y comprendo ahora que estaban erectos. Zoé los manoseaba con los dedos, introducía briznas de hierba entre el prepucio y el glande y en la uretra. Quiso hacérmelo a mí también, pero me hizo daño y protesté. Después se acostó sobre la hierba levantándose las faldas, separando los muslos y mostrando sus partes sexuales. Se abrió los labios mayores con los dedos y me asombró ver que la vulva era roja por dentro. Y es que, aunque ya había visto las partes genitales de mis hermanas, nunca había visto una vulva entreabierta. Me produjo una impresión desagradable. Entonces los chicos se tumbaron, uno tras otro, sobre el vientre de Zoé frotando su pene sobre la vulva. Como la cosa seguía sin interesarme, no intenté enterarme de si había habido una inmissio penis o si el contacto era superficial. Yo veía a los chicos y a la chiquilla agitarse mucho, ella debajo, ellos encima, y a cada chico seguir, para gran asombro mío, aquel ejercicio durante bastante tiempo. El pequeño Kolia hizo lo mismo que los demás. Llegó mi turno. De nuevo por amabilidad con los demás, puse mi pene sobre la vulva de la pequeña griega, pero esta no quedó satisfecha, me llamó imbécil y viejo rocinante (Kiliacha), dijo que no sabía hacerlo, que mi pipí era como un trapo. Trató de enseñarme a hacerlo mejor, pero no lo logró y repitió que yo era un imbécil. Yo estaba muy herido en mi dignidad, sobre todo por la calificación de «viejo jamelgo», sobre todo teniendo en cuenta que tenía conciencia de hacer una cosa tan absurda y tan insípida por pura cortesía hacia los demás y sin que me interesara lo menos del mundo. Además, no tenía la menor sospecha de que esto pudiera considerarse vergonzoso o inmoral. Así que, al volver a casa, le conté a mi madre delante de todos, muy tranquila e ingenuamente (no se trataba de una delación, puesto que yo no sabía que «follar» a una niña fuera reprensible) en qué nos habíamos entretenido. Espanto general, terrible escándalo. Mi padre va a ver al general para avisarle del peligro moral al que se han visto expuestos sus hijos, sin duda por la compañía de algunas malas influencias como esa Zoé, ese Misha, ese Vania, todos ellos hijos de familias bastas; pero el general se enfurece ante la idea de que haya podido pensar que sus hijos (imagínese, los hijos de un general) fuesen capaces de hacer cosas sucias, afirma que he mentido, insulta a mi padre que le contesta con violencia; el enfado entre las dos familias vecinas es completo. Tal fue mi primer contacto con las cosas sexuales, contacto que por lo demás no me ensució en absoluto, pues no entendí nada de lo que había visto y no sentí ni sombra de una emoción genésica. Es como si hubiera visto a los chicos frotarse la nariz unos a otros.
Recuerdo que, algún tiempo después de este incidente, ya de vuelta en Kiev, mi tía, que acababa de llegar del campo, charlaba con mi madre sin saber que yo las escuchaba. Decía que había descubierto que Olga, que en el campo dormía en la terraza debido a los calores estivales, había sido visitada continuamente por la noche por un chico de doce años, el hijo del cochero, que se metía en su cama «para hacerle guarradas». Después del escándalo del Cáucaso, entendí de qué «guarradas» se trataba. Y mi madre le dijo a mi tía: «¡Ah! Ahora entiendo por qué Olga ha llegado aquí tan amarilla y con ojeras». Concluí que hacer «guarrerías» era malo para la salud.
En esa época, y hasta la edad de once años, yo era excesivamente púdico. Esa pudicia no tenía ninguna base sexual y era, creo, puramente imitativa, pero yo pensaba que era cosa espantosa mostrarse a una persona del sexo femenino no ya desnudo, sino incluso en camisa y calzoncillos. A partir de los siete años tuve un cuarto propio y recuerdo el terror que experimenté cuando nuestra criada estuvo a punto de sorprenderme mientras me cambiaba la camisa. Desde ese momento, me aseguré siempre cuidadosamente de que mi puerta estuviera bien cerrada antes de orinar, de desnudarme, etc. Lo que me hace creer que no había nada sexual en ello es que sé de casos de niños de cuatro e incluso de tres años que experimentan los mismos temores púdicos: es un fenómeno de imitación y de sugestión. Los niños ven a los adultos esconderse para desnudarse, para hacer sus necesidades, etc..., oyen los gritos de las damas a punto de ser sorprendidas en ropa interior y concluyen que ser visto poco o nada vestido es cosa terrible. ¡Cuán profundas y tenaces son las impresiones de esa edad! Mi padre, para inspirarme la valentía física, hablaba con desprecio delante de mí de los niños débiles, miedosos, que son como «mujercitas». Esto me produjo una impresión tan profunda que hasta la edad adulta consideré la debilidad física como la cosa más vergonzosa, peor que los mayores vicios, y me espantaba la idea de que yo fuera una de esas «mujercitas» de las que me hablaba mi padre, cuando en realidad era muy robusto para mi edad y físicamente valiente aunque miedoso moralmente (así, no dudaba en pelear con un muchacho mayor que yo, pero no me atrevía a levantar la voz para reclamar mis derechos).
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