Читать книгу «Insta-brain» онлайн полностью📖 — Андерса Хансен — MyBook.

NO ESTAMOS HECHOS PARA EL MUNDO DE HOY

Ya que los humanos, como el resto de los animales, hemos evolucionado para adaptarnos al medio, creo que lo mejor para entendernos a nosotros mismos es echar la vista atrás y mirar el mundo que talló nuestras características. Una abrumadora mayoría de las generaciones anteriores a la nuestra (9.500 de los 10.000 puntos) vivió de la caza y la recolección. Su realidad difería enormemente de esta a la que tú y yo estamos acostumbrados. No obstante, nos resulta complicado describir con exactitud cómo era la suya. Solo conocemos su forma de vida a grandes rasgos, pues no existen registros escritos de aquella era prehistórica. Además, no se puede generalizar demasiado, ya que las condiciones en que vivían los múltiples y variados grupos de cazadores y recolectores probablemente divergieran, como poco, tanto como lo hacen hoy en día entre las poblaciones de los diversos lugares del planeta. Sin embargo, a pesar de ese conocimiento limitado y esa dificultad a la hora de concretar, sí que podemos resumir una serie de diferencias generales entre su mundo y el nuestro.

En la prehistoria, la gente vivía en grupos de entre cincuenta y ciento cincuenta personas. Hoy en día, la mayoría de la población mundial vive en grandes ciudades.

En la prehistoria, la gente se mudaba constantemente de un sencillo asentamiento a otro. Hoy en día, nos quedamos en un mismo lugar durante varios años o décadas.

En la prehistoria, la gente veía a lo largo de su vida a solo unos pocos cientos de individuos —un millar como máximo—, los cuales se parecían mucho a ellos mismos. Hoy en día, vemos a millones de personas de todo el mundo a lo largo de nuestra vida.

En la prehistoria, la mitad de la gente moría antes de cumplir los diez años. Hoy en día, solo un pequeño porcentaje muere antes de esa edad.

En la prehistoria, la esperanza de vida era de apenas treinta años. Hoy en día, la esperanza global de vida es de setenta y cinco años para las mujeres y setenta para los hombres.

En la prehistoria, las causas más comunes de muerte eran el hambre, la deshidratación, las infecciones, las hemorragias y el homicidio. Hoy en día, las causas más comunes de muerte son las enfermedades cardiovasculares y el cáncer.

En la prehistoria, del 10 al 15 % de la población moría a manos de otro individuo. Hoy en día, menos del 1 % de las muertes se deben al crimen o la guerra, es decir, son resultado de la acción de otra persona.

En la prehistoria, para sobrevivir se necesitaba una gran capacidad de distracción y estar en un constante estado de alerta ante el peligro. Hoy en día, consideramos la capacidad de no distraernos como una de las cualidades más importantes del ser humano. Ya no existen los mismos peligros que antaño.

En la prehistoria, el que no se movía para intentar encontrar algo comestible casi a diario se arriesgaba a morir de hambre. Hoy en día, no tenemos que dar un solo paso para conseguir comida: se puede pedir con toda facilidad que te la traigan directamente a la puerta de casa.

Así que, en una larga lista de puntos, los cambios que se han producido en nuestro entorno han sido enormes. ¡Y en solo unos cuantos miles o cientos de años! «Unos cuantos miles de años» quizá nos parece, desde nuestra perspectiva, una eternidad; no obstante, en términos evolutivos no es más que un abrir y cerrar de ojos. La consecuencia es que nuestro desarrollo no está sincronizado con el tiempo en que vivimos. Para comprender más a fondo las implicaciones que esto conlleva, debemos comenzar echando un vistazo más de cerca al órgano en el que surgen y se almacenan nuestros pensamientos, sentimientos y experiencias: el cerebro humano.

LAS EMOCIONES SON ESTRATEGIAS DE SUPERVIVENCIA

Desde tu primer llanto al nacer hasta que exhalas tu último aliento, tu cerebro intenta siempre responder a una sola pregunta: «¿Qué debo hacer ahora?». No le importa lo más mínimo lo que pasó ayer. Lo único que cuenta para él es el presente y el futuro. Y para poder evaluar de manera adecuada cada una de las situaciones en las que te vas viendo inmerso y guiarte en la dirección correcta, se sirve de la ayuda, primero, de los recuerdos y, luego, de las emociones. Sin embargo, su forma de operar no se halla necesariamente orientada hacia lo que te hace sentirte bien (como, por ejemplo, ascender en tu carrera profesional o llevar una vida de hábitos saludables). Lo que busca es lo que era bueno para tus antepasados a la hora de sobrevivir y transmitir sus genes.

Los sentimientos no son reacciones a la realidad que nos rodea, sino algo que el cerebro pone en marcha como una respuesta combinada tanto a lo que ocurre a nuestro alrededor como a lo que sucede en el interior de nuestro cuerpo. Lo hace para encauzarnos hacia diferentes comportamientos. ¿Te suena raro? Entonces empecemos desde el principio. Es lógico que queramos entender y controlar nuestras emociones; sobre todo, cuando nos sentimos mal. No obstante, para ello, necesitamos saber qué es lo que son y por qué se producen dentro de nosotros. Y es que su función biológica es bastante más esencial que la de meramente reportarnos a ti y a mí una vida interior más rica y mejor.

Al igual que en el resto de los seres vivos, la evolución ha moldeado el cuerpo y el cerebro humanos a partir de un solo principio básico: sobrevivir y transmitir los genes. Para ello, ha echado mano de varias estrategias diferentes en cada especie. Una, por ejemplo, es hacer que algunos animales sean capaces de desplazarse tan deprisa que puedan huir de sus enemigos, o de camuflarse para que no los detecten. Otra es dotar a una determinada especie de cualidades que le permitan alcanzar fuentes de alimento a las que otras no tienen acceso; como la jirafa, que puede comer hojas de las ramas altas de los árboles. Pero aún más sofisticada es la estrategia desarrollada en el ser humano, la cual recae sobre la conducta y nos lleva a comportarnos de la manera que nos confiera más posibilidades de sobrevivir. Las emociones son básicamente eso, tácticas de supervivencia; igual que el cuello largo de la jirafa o el pelaje del oso polar. No son un atributo físico o de la personalidad, sino algo que nos ayuda a actuar con flexibilidad, rapidez y fuerza.

LAS EMOCIONES NOS CONDUCEN HACIA DISTINTAS DECISIONES

Toda actividad humana —desde rascarse la barbilla hasta detonar una bomba atómica— es el resultado de una cosa: la voluntad de cambiar un determinado estado mental. Ese es el punto de partida. Y también la razón de que las emociones nos controlen. Cuando nos sentimos amenazados, o bien nos asustamos y salimos corriendo, o bien nos enfadamos y pasamos al ataque. Si nos falta energía en el cuerpo, experimentamos hambre y vamos en busca de comida.

Si viviéramos en un mundo perfecto, tendríamos acceso a toda la información necesaria antes de tomar alguna de las múltiples decisiones a las que nos enfrentamos en nuestro día a día. Cualquiera que estuviera pensando en comerse un sándwich sabría con exactitud qué nutrientes contiene, a qué sabe y si el pan está recién horneado. Eso le llevaría a dilucidar con precisión si el bocado elegido es el idóneo para reponer sus reservas energéticas. La elección sería del todo racional, pues habría sopesado de antemano todos los datos a su disposición. Si alguno de nuestros ancestros se hubiera encontrado también en ese «mundo perfecto» y se hubiera hallado frente a una colmena de abejas llena de miel, habría tenido acceso a toda la información sobre los riesgos y las oportunidades asociadas a dicho manjar: cuánta cantidad de miel contiene el panal, cuántas calorías tiene esa miel, cómo de vacías están sus propias reservas energéticas, qué probabilidades hay de que las abejas puedan picarle si opta por dar un paso adelante, qué otras amenazas aparte de estos insectos podría haber alrededor. Nuestro remoto amigo dispondría con facilidad de toda la información necesaria para salir airoso de la situación y tomar una decisión racional en cuanto a si llevarse o no la miel de la colmena. El único problema es que ni su mundo ni el nuestro eran ni son así.

Aquí es donde las emociones entran en escena, poniendo en marcha en nosotros diferentes tipos de comportamientos para que actuemos con decisión e inmediatez. Cuando tu yo consciente no dispone de suficiente información o tarda demasiado en contestar, el cerebro entrega su respuesta en forma de sentimiento: tienes un hambre canina, así que te comes el bocadillo. De igual modo, nuestro antepasado se decidía a ir a por la miel si el riesgo de que le picasen las abejas era pequeño o experimentaba una necesidad desesperada de alimentarse. Si la amenaza de picadura, en cambio, era demasiado grande, el miedo le hacía abstenerse de intentarlo.

En mi caso, por ejemplo, cuando estoy frente a la sección de golosinas del supermercado, el algoritmo evolutivo desarrollado en los humanos para evitar la inanición se manifiesta al instante en forma de un intenso deseo de llevarme un montón de ellas a la boca y empezar a mascarlas con avidez. Porque el cerebro no ha tenido tiempo de adaptarse. Es como si hubiera un mecanismo interior dentro de nosotros por el cual no acabamos de creernos que, en la actualidad, disponemos de una sobreabundancia de alimento, de manera que muchos de nosotros nos vemos incapaces de tomar una decisión racional al pasar junto al estante de las chucherías. La probabilidad de que seamos descendientes de la glotona María, en vez de serlo de Karin (quien, al no experimentar tal ansia de calorías, se arriesgaba a morir de hambre), es considerablemente mayor.