ALEXANDROS había hecho lo que pensaba que era mejor para su familia.
Polly se dio cuenta de que esa era la visión de su marido y, sinceramente, lo entendía. Le había hecho daño, pero no a propósito, y no se había limitado a ignorarla para dedicarse a ganar dinero.
Era cierto, además, que ella había echado de menos vivir en el campo, y se lo había dicho a Alexandros, pero no había esperado que este la alejase de sus amigos, a los que también echaba de menos, ni de la posibilidad de volver a trabajar en una cocina, o de estar más cerca de él.
–Pero Stacia no sabía eso –le dijo Polly, pensando que ella, tampoco–. Tanto ella como tu madre pensaron que habías perdido interés en nuestro matrimonio. Es normal que llegasen a la conclusión de que solo seguías casado conmigo porque me había quedado embarazada de Helena.
–Pero tú sabes que eso no es verdad.
Polly no respondió inmediatamente. Porque ella había pensado lo mismo.
Él juró y cruzó la habitación para volver a abrazarla. Entonces, se sentó en el sofá de dos plazas en el que Polly solía sentarse a leer con Helena y la sentó a ella en su regazo mientras la abrazaba con fuerza, como si tuviese miedo de que fuese a desaparecer.
Ella apartó aquella idea de su mente y le dijo:
–Pienso que el nacimiento de Helena fue una llamada de atención para los dos.
Polly se había dado cuenta de que el matrimonio era algo que tenía que hacer funcionar. Y él… Bueno, él debía de haberse dado cuenta también.
–Mi llamada de atención llegó el fin de semana pasado, en casa de mi madre.
Aquella manera de expresarlo sorprendió a Polly. Era la primera vez que Alexandros se refería a la casa familiar como la casa de su madre. Incluso después de que se hubiesen mudado al campo, él había seguido hablando de la casa familiar como su casa.
Se sintió tan sorprendida que estuvo unos segundos en silencio. Estuvo a punto de sonreír, a punto.
–¿No tienes nada que decir al respecto?
–No mucho… ¿Que mejor tarde que nunca?
–Entonces, ¿consideras que ser mi esposa es un trabajo? –le preguntó él, como si siguiese sin asimilar aquello.
–¿Cómo lo llamarías tú, si tuvieses una lista de obligaciones que llevar a cabo y una serie de expectativas que cumplir? –le dijo ella en tono amargo.
–Yo…
Alexandros se interrumpió, como si no supiese qué responder, algo muy extraño en él, que siempre tenía una respuesta para todo.
–Entonces, ¿no te gusta realizar labores benéficas? –le preguntó por fin.
–Las cosas no son siempre blancas o negras.
–¿No?
–¿A ti te gusta pasar tiempo con Helena y conmigo?
–Sabes que sí.
–Entonces, vende tu empresa y pasa todo tu tiempo con nosotras.
Él la miró como si la idea lo horrorizase.
–Sabes que no es posible.
–Porque las cosas no son o blancas o negras.
Alexandros suspiró.
–Supongo que no.
–Cuando hablamos de tener hijos antes de casarnos, ¿recuerdas lo que dijimos? –le preguntó ella, mirándolo fijamente a los ojos.
–Que ambos queríamos que tú pudieses estar en casa con ellos.
–Y tú me prometiste que así sería. Me dijiste que entendías que quisiera ser de esas madres que están en casa cuando los niños llegan del colegio, y que nuestros hijos y sus amigos pudiesen estar en ella. Aunque fuese una mansión.
–Y estás en casa –le dijo él, como si se sintiese confundido, como si no entendiese lo que Polly le estaba diciendo.
–¿Sí? Hoy he podido jugar con Helena. Hemos hecho galletas juntas por primera vez sin tener que hacerle un hueco en mi agenda dos semanas antes. Normalmente, pasamos tiempo juntas porque ella está conmigo mientras yo trabajo con Beryl.
–Así dicho, parece que tuvieses un trabajo a tiempo completo, pero tienes que entender que es como me crie yo, con una madre que, por norma, cumplía con sus obligaciones sociales.
Lo mismo que su abuela antes que ella.
Aquello formaba parte de él, lo mismo que su familia, su historia, su cultura y sus propias experiencias, pero eso no hacía que a ella le resultase más fácil vivir de acuerdo con las expectativas de su marido.
–Tu madre nunca ha tenido otro trabajo, y se apoya mucho más que yo en el servicio –comentó Polly.
–Porque para ella es un trabajo que merece la pena hacer.
–Yo sé que muchas madres no pueden pasar todo el tiempo que les gustaría con sus hijos –admitió ella–. E intento recordar que mi vida es muy sencilla en comparación con la de otras mujeres.
–Porque eres rica.
–Porque estoy casada con un multimillonario.
–Todo lo que es mío, es tuyo –le dijo él.
Ella pensó que tal vez Alexandros pensase así, pero no lo demostraba con sus actos.
–El acuerdo prenupcial no decía eso. Y, además, si fuese cierto, no habrías comprado esta casa sin consultarme antes.
–Eso fue un error.
–¿De verdad lo piensas?
–Eres mi esposa –le dijo él, acariciándole la mejilla–. No tenía que haber tomado la decisión de marcharnos de Atenas sin tu consentimiento.
A Polly le sorprendió que admitiese aquello.
–Yo no quería seguir viviendo con tu madre y tu hermana.
Al principio, le había parecido bien. Alexandros le había explicado que varias generaciones de su familia habían vivido en aquella casa. Además, su madre les había rogado que se quedasen allí con ella y, teniendo en cuenta que se había quedado viuda poco tiempo antes, Polly no había podido decirle que no.
Así que había empezado a vivir allí pensando que podría ayudar a su suegra, sin saber que nada de lo que dijese o hiciese haría que Athena y Stacia la aceptasen en la familia.
–Pero, cuando compraste Villa Liakada, yo ya había hecho amigos en Atenas, ya tenía mi vida. Y tú me la quitaste.
–Pensando que te hacía un favor –comentó Alexandros, haciendo una mueca.
–Sí.
–Y te hice daño.
Muchas veces.
–Sí.
Él puso gesto de dolor.
–Siempre he querido que fueses feliz.
–Me he acostumbrado a esta vida.
Él se inclinó y apoyó la frente en la de ella.
–Lo he hecho fatal.
–Podría ser peor –admitió ella en voz baja, para no estropear aquel momento de intimidad.
–Sí, podría haber sido peor, pero, lo creas o no, necesito hacerlo mejor.
De repente, Polly sintió que se asfixiaba y tuvo que apartarse de él. Alexandros intentó sujetarla.
–Déjame, por favor.
Necesitaba respirar.
Él la soltó y Polly vio en su rostro una expresión que prefirió no intentar interpretar en esos momentos.
Se levantó y fue hacia la mesa llena de libros que había junto al sillón en el que había estado sentada un rato antes. Sentía que necesitaba hacer algo, así que empezó a colocar los libros en las estanterías.
–Pienso que nos casamos demasiado pronto, sin darnos cuenta de lo que en realidad quería el otro.
No dijo que lo habían hecho demasiado jóvenes, porque Polly había tenido veintisiete años y Alexandros, treinta y dos.
Se habían conocido en Estados Unidos. Ella había preparado los postres en una reunión a la que Alexandros había asistido y, sin saber cómo, la pastelera de clase media había coincidido con el multimillonario.
Su primer encuentro había sido eléctrico y Polly no había dudado cuando él le había pedido que cenasen juntos al día siguiente. Para ella había sido un flechazo. Y había pensado que Alexandros sentía lo mismo.
Seis semanas después, estaban comprometidos y Alexandros había iniciado una serie de viajes por Asia que había impedido que se viesen durante los tres meses anteriores a la boda. No obstante, ella había pensado que las llamadas de teléfono, los mensajes y correos electrónicos eran suficientes.
Había conocido a su suegra justo antes de la boda.
Athena se había comportado de manera reservada, pero no abiertamente hostil. Había ido vestida de negro, alegando que todavía estaba de luto por el fallecimiento de su marido. Y, dado que todavía no hacía un año que el padre de Alexandros había muerto, ella la había creído.
La luna de miel, que había durado todo un mes, había sido maravillosa, pero después había empezado su verdadera vida como esposa de un multimillonario griego. Y no había sido en absoluto como un cuento de hadas.
Polly se quedó mirando fijamente los libros que todavía no había tenido tiempo de leer y se preguntó qué iban a hacer con su relación.
Era evidente que Alexandros quería que su matrimonio funcionase mejor.
Y ella no sabía si podía abrirse del todo a él.
–Si tuvieses que volver a hacerlo, ¿te casarías conmigo? –le preguntó él, que también se había levantado y se había colocado justo detrás de ella.
Alexandros apoyó las manos en sus hombros y la hizo girarse para mirarla a los ojos. En los de él había una emoción indescriptible. En los de ella debía de haber cautela.
Porque era lo que sentía.
Polly contuvo un suspiro.
–Esa pregunta no tiene sentido. Ya estamos casados, tenemos una hija y viene un hijo en camino.
–Yo no estaba a tu lado cuando te enteraste del sexo de mis hijos –comentó Alexandros, como si realmente lo lamentase.
–Pero yo te lo dije.
–Sí, me lo dijiste. La primera vez, con una magdalena de color rosa, que me dejó sin aliento al saber que iba a tener una hija.
Con el niño, le había mandado un mensaje de texto. Polly había llamado a su madre para darle la noticia y la sorpresa de la magdalena se la había hecho a Helena.
Su hija se había puesto a dar gritos y había insistido en hacer un dibujo para decorar la habitación de su hermano.
–Y yo compré champán al recibir el mensaje, para celebrarlo con toda la oficina –le dijo él.
–Y unos pendientes de zafiros para mí –le recordó ella.
–No puedes beber alcohol mientras estés embarazada.
–Los pendientes son preciosos.
–Pero te habría gustado más que te comprase un peluche.
Ella se encogió de hombros.
–Tal vez, en cualquier caso, lo que tú querías era que yo supiese que estabas contento con el tema del bebé. Y eso es lo que importa.
–Estoy muy contento con el bebé. Adoro a Helena y estoy deseando que su hermano venga también al mundo.
–No tardará.
Solo faltaban catorce semanas.
–Voy a estar a tu lado durante el parto esta vez –le dijo él.
–Si no puedes, me las arreglaré. Papá y mamá ya han planeado venir una semana antes, y los dos van a quedarse un mes entero esta vez.
–En cualquier caso, yo también estaré.
Polly no respondió. No quería llamarlo mentiroso, pero dudaba que estuviese ni siquiera en el país cuando ella diese a luz.
Alexandros suspiró.
–Me parece que he roto demasiadas promesas para que me creas.
–Pero si lo hubieses hecho a propósito yo no seguiría aquí.
–¿Te gustaría que nos mudásemos a vivir a Atenas? –le preguntó Alexandros en tono serio.
Ella se preguntó si se lo decía de verdad. La mayoría de los amigos que había hecho en Grecia vivían en Atenas. Corrina y Petros también estaban allí y eran sus mejores amigos. Helena los adoraba y le encantaría poder verlos con más frecuencia.
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