–Eres mi esposa porque yo he decidido que lo seas. No te estoy mintiendo.
–Un hombre enamorado no trata a una mujer como tú me has tratado a mí –le recriminó Pollyanna en tono firme.
–Un hombre demasiado centrado en su negocio y que quiere mantener la paz en su familia sí que se comporta así.
Un hombre que todavía no había superado la pérdida de su padre y que tenía miedo de perder a su madre, se comportaba así, pero no logró decirle aquello a su mujer. Alexandros nunca había sido una persona emocionalmente vulnerable.
Su padre le había enseñado a no serlo.
Como si lo que él acababa de decir no tuviese ninguna importancia, Pollyanna se encogió de hombros y giró la cabeza, y Alexandros supo que sus palabras habían caído en oídos sordos.
O en los oídos equivocados.
–Cambiaré –le prometió.
Ya había empezado a cambiar, pero seguro que Polly tampoco le creería si le decía aquello.
–No por mí.
–Por supuesto que por ti, pero también por mí. Quiero recuperar la relación que teníamos al principio.
–Está muerta.
Él no estaba de acuerdo, pero era evidente que había roto la confianza que había existido entre ambos. Si había sido capaz de rescatar su empresa y muchas otras, sería capaz de rescatar también aquel matrimonio.
El miércoles, mientras repasaban su agenda durante el desayuno sin la inesperada presencia de Alexandros, Beryl le dijo a Polly que no se preocupase por las citas con la ginecóloga porque Alexandros lo había organizado todo para que fuese la doctora la que se desplazase.
Podrían utilizar la camilla para masajes que había en el gimnasio.
Ella se preguntó si Alexandros sabría que ella había dejado de hacer deporte después del segundo mes de embarazo. Y se recordó que no le importaba. Que ella iba a hacer lo necesario para mantener la paz, pero nada más. La vida que ella se había creado en Grecia era, al parecer, como Alexandros había esperado, aunque eso no era del todo verdad.
Formaba parte de varios comités benéficos, pero no de los más populares, sino de los que a ella le interesaban de verdad. Y la mayoría de estos no organizaban las espectaculares fiestas a las que a su suegra y a su cuñada tanto les gustaba asistir. Y había hecho amigas en esos comités, amigas que de verdad sacrificaban su tiempo y dinero por causas en las que creían.
Polly se vestía con ropa de diseñador y tenía chófer, tal y como quería Alexandros, pero dos veces al año donaba parte de su vestidor en subastas benéficas y solo compraba lo estrictamente necesario. Su chófer era un veterano de guerra retirado con una discapacidad que le permitía conducir, pero que le dificultaba encontrar otro trabajo. Y el coche era el mismo que Alexandros había comprado nada más casarse.
Alexandros compraba un coche nuevo cada dos años, pero ella los ponía a disposición de los directores de las asociaciones benéficas que lo necesitaban más que ella.
Polly solo asistía a los eventos a los que tenía que acompañar a su marido y solo cuando no lo podía evitar, pero nunca se perdía la hora de la cena con su hija. No había discusiones al respecto, sencillamente, no iba, y su marido enseguida se había enterado de que, para Polly, su hija era sagrada.
Ella no era desgraciada. Le encantaba ser mamá, amaba a su marido a pesar de saber que no era correspondida y lo creía cuando este le aseguraba que le era fiel. Lo ocurrido en el coche había sido fruto de sus hormonas, pero Alexandros se había tomado sus palabras en serio y eso ya era una experiencia nueva.
También había hecho que ella siguiese sabiendo que su marido no tenía la intención de buscarse una amante.
Dijese lo que dijese Stacia, Alexandros Kristalakis no era de ese tipo de hombres.
Él nunca incumplía su palabra a propósito y si Polly no confiaba en él no era porque pensase que Alexandros le mentía, sino porque le había mentido sin querer, y eso le parecía todavía más peligroso.
Polly sabía que Helena y ella eran muy importantes para él, por no decir lo más importante.
Y eso ya era más de lo que tenían muchas mujeres.
Tal vez no tuviese en la vida todo lo que quería, ni lo que había creído tener al casarse con el multimillonario griego, pero no tenía una mala vida.
Miró a su hija, que estaba sentada al otro lado de la mesa, y sonrió. No, no tenía en absoluto una mala vida.
Polly y Helena estaban en la piscina de agua salada, jugando un rato antes de la comida, cuando Polly vio acercarse un helicóptero.
Era el helicóptero de Alexandros, pero ella estaba segura de que no era su marido quien viajaba en él. Debía de ser el fisioterapeuta, aunque todavía faltaban dos horas para la cita.
Podía haber salido del agua, pero sabía que había un ama de llaves que se ocuparía de recibir a quien acabase de llegar.
Así que siguió jugando con Helena y se olvidó del helicóptero.
–Vaya, qué vista tan bonita –oyó decir en tono alegre a sus espaldas.
Ella miró hacia donde acababa de aparecer su marido.
–¡Alexandros! ¿Qué estás haciendo aquí?
Al tiempo que le hacía la pregunta, su hija se dio cuenta de la presencia de su papá y echó a nadar hacia su padre.
–¡Papá!
Él se inclinó hacia delante para sacar a su hija del agua como si no le importase el efecto del agua salada en el traje.
Una criada se acercó con una toalla para envolver a la niña y Alexandros sonrió a Polly de oreja a oreja.
–Voy a comer con mis dos chicas favoritas y, luego, trabajaré el resto del día desde casa.
Polly se quedó boquiabierta. ¿De verdad? ¿Sus dos chicas favoritas? No se lo podía creer.
–No si tu hermana y tu madre aparecen en la ecuación –replicó sin poder evitarlo.
Y enseguida cerró la boca y apretó los labios con fuerza.
En vez de enfadarse, como había ocurrido en otras ocasiones, su marido volvió a dedicarle una arrebatadora sonrisa.
–No tenéis competencia, yineka mou. Tú eres mi esposa y Helena es mi hija, y para mí no hay nada más importante en el mundo.
–¿Desde cuándo?
Él volvió a sonreír, sacudió la cabeza y respondió:
–¿Vas a salir del agua? Pensaba que Helena tenía que comer para poder echarse la siesta.
–Sí, por supuesto. Solo íbamos a quedarnos jugando diez minutos más.
–Pues quédate donde estás, me encanta lo que veo.
Ella bajó la vista a su abultado vientre y se preguntó cómo era posible que a Alexandros le gustase así.
Después, decidió que podía aprovechar la oportunidad para nadar un par de largos sin tener que estar pendiente de la niña.
–¿Estás seguro de que te puedes ocupar tú de Helena?
–Por supuesto.
Ella no se lo volvió a preguntar, se dio la media vuelta y se zambulló en el agua para nadar un poco antes de salir de la piscina. Podía haberse quedado un rato más, pero no pudo evitar querer formar parte de la bella estampa creada por su marido, que se había quitado la chaqueta del traje y la corbata, y su hija, que charlaban animadamente en una de las tumbonas que había cerca de la piscina.
A Polly no le gustó tener que romper aquel momento, pero tenía que hacerlo antes de que Helena estuviese demasiado cansada.
–Cariño, tienes que vestirte para comer.
–Pero mamá… –protestó Helena.
–Ven. Dora te ayudará a vestirte mientras yo ayudo a mamá –le dijo Alexandros.
–¿Me vas a ayudar a vestirme a mí? –le preguntó Polly.
Él la miró con deseo.
–No.
Alexandros la tomó en brazos y la llevó hasta la habitación.
–¿Cómo es que has venido a casa tan pronto? –le preguntó ella al llegar allí.
–Porque quería –le respondió él, dándole un beso en los labios.
Como siempre, Polly no pudo resistirse a él. No era capaz de resistirse a la atracción que había entre ellos, ni a la conexión emocional que sentía con Alexandros cuando estaban en la intimidad, aunque supiese que esta última no fuese correspondida.
De haberlo sido, Alexandros no habría pasado tanto tiempo viajando, porque, por ella, no habrían dormido ni una sola noche separados.
Él la abrazó y apretó la erección contra su cuerpo todavía mojado y Polly solo deseó tumbarse en la cama con él.
Alexandros le bajó el bañador, dejando los pechos erguidos al descubierto y juró antes de acariciárselos.
–Eres preciosa.
–Estoy gorda –le dijo ella.
–Ypérochos, énkyos, dikos mou.
Cuando se habían casado, Polly no hablaba griego, pero enseguida se había puesto a aprenderlo. Porque vivía en Grecia y necesitaba comunicarse, pero, sobre todo, para saber si lo que le decía Alexandros era que la amaba. Aunque no fuese así, cuando le dedicaba otros apelativos cariñosos también le llegaban al corazón.
«Preciosa. Embarazada. Mía».
–Tuya –admitió ella sin ningún problema porque era así.
–Dikos mou. Gia pánta.
¿Para siempre? Polly suponía que sí, pero no lo dijo.
–Tenemos que vestirnos –comentó en su lugar.
–Yo necesito cambiarme y tú, una ducha –la corrigió él.
Pero Polly negó con la cabeza.
–Me ducharé después de comer, si no, vamos a llegar tarde.
–Podemos llamar y pedirle a Dora que le dé la comida a Helena, yineka mou.
–No. Nuestra hija nos está esperando –le respondió ella–. No sería justo para Helena.
–¿Y qué hay de nosotros? ¿Es justo que tengamos que ir a comer cuando lo que deseamos es hacer otra cosa?
–Después tendremos todavía más ganas –le dijo Polly–. Si nos damos prisa, podremos ducharnos juntos después de comer y antes de mi cita.
–Después de comer con nuestra niña, nos tomaremos el tiempo que sea necesario.
Los demás podrían esperar al multimillonario y a su esposa.
Polly volvió a negar con la cabeza.
Helena estuvo muy contenta durante la comida, pero, después, se negó a dormir la siesta.
–No estoy cansada, mamá.
–Necesitas descansar, cariño.
–Pero papá se habrá marchado cuando me despierte –protestó la pequeña con los ojos llenos de lágrimas.
Alexandros se puso en pie, tomó a su hija en brazos y le prometió tanto en griego como en inglés que estaría allí cuando despertase de la siesta.
Helena se puso a llorar todavía más y Alexandros miró a Polly sin saber qué hacer.
–No sé por qué está llorando así –admitió ella.
–A ver, cielo, cuéntanos qué te pasa. Esas lágrimas no son productivas –le pidió Alexandros.
Polly intentó contener la risa al ver que Alexandros hablaba a la niña como si estuviese en una reunión de trabajo.
О проекте
О подписке
Другие проекты
