Читать книгу «E-Pack Bianca agosto 2021» онлайн полностью📖 — Varias Autoras — MyBook.


–Pero Alexandros nunca ha sido conmigo tan protector y comprensivo como lo es Petros con Corrina.

Él tardó en procesar aquello. ¿Acababa de decir su esposa que Petros era mejor marido que él?

Además, ni siquiera lo había dicho en tono enfadado. Ni resignado. En realidad, daba la sensación de que no le importaba nada que él, Alexandros Theos Kristalakis, no estuviese a la altura de su hermano pequeño como marido.

Pero lo peor estaba por llegar y Alexandros se dio cuenta de las reacciones de su familia.

Stacia consiguió mostrarse ofendida y satisfecha al mismo tiempo. El gesto de su madre fue de indignación y preocupación, pero fue la reacción de Corrina la que golpeó con más fuerza su ego. Corrina miró a Pollyanna con pena. ¿Y su hermano?

Petros no estaba mirando a Pollyanna, sino que lo estaba mirando a él y su expresión era de enfado y decepción a partes iguales.

Alexandros no estaba acostumbrado a que nadie de su familia lo mirase así, mucho menos su hermano pequeño.

Entonces, se dio cuenta de algo que lo sorprendió tanto que casi hizo que se le doblasen las rodillas: su hermano y su cuñada pensaban que era un mal marido. Y, lo que era todavía más asombroso, su esposa lo pensaba también.

En esos momentos, recordó una conversación que había tenido con su hermano antes de que este se casase con Corrina.

Tras una productiva reunión con sus altos ejecutivos, Alexandros había mirado fijamente a Petros.

–¿Es mucho pedir que aplaces tu luna de miel una semana para que puedas asistir a la gala? Ya sabes lo importante que es para nuestra madre.

–Sí –le había contestado su hermano en tono firme–. Si piensas que voy a tomar en mi matrimonio las mismas decisiones que has tomado tú, estás equivocado. Sé que mamá lo pasó muy mal con el fallecimiento de papá, pero para mí eso no es más importante que la mujer con la que he decidido pasar el resto de mi vida. Nunca antepondré sus deseos a los de Corrina.

–La familia exige hacer ciertos sacrificios. Hay que llegar a un equilibrio entre las necesidades de nuestras esposas y las del resto de la familia.

Para él tampoco había sido fácil ver la relación que tenían su madre y su esposa, pero nunca había dudado de la capacidad de Polly para defenderse sola.

Petros había reído con amargura.

–¿Me estás diciendo que lo haga como tú?

–Exactamente.

–No, gracias. A mí me gustaría que mi esposa siguiese enamorada de mí dentro de cinco años.

–¿Qué se supone que quieres decir con eso?

–Quiero decir que no voy a posponer mi luna de miel para hacer feliz a mamá.

Entonces, Alexandros no había querido dar importancia a las palabras de su hermano, pero, en ese instante, no pudo evitar recordarlas.

¿Lo había dejado de querer Pollyanna? En la cama, seguía respondiendo como una mujer enamorada. O como una mujer que lo deseaba, pero ¿lo amaba? El amor no era un tema que lo hubiese preocupado al principio de su relación. Él la había llamado agape mou, pero raramente le había dicho que la amaba. Y ella tampoco se lo había pedido. Ni siquiera, cuando le había pedido que se casase con él.

Por aquel entonces, Alexandros había pensado que, como él, Pollyanna tampoco había necesitado aquellas palabras.

–¿Cómo puedes decir algo así? –inquirió su madre.

Pollyanna inclinó la cabeza como si estuviese intentando entender la pregunta.

–No tengo ningún motivo para mentir. En esta habitación no hay nadie que piense que soy una prioridad en la vida de Alexandros.

Lo dijo con firmeza y seguridad, como si no comprendiese por qué se mostraba ofendida su madre, o por qué debería ofenderse él. Entonces, como si no hubiese soltado aquella bomba, se giró hacia Petros y le preguntó:

–¿Habéis decidido quedaros un tiempo en el apartamento de Atenas?

Su hermano respondió, incluyendo a su esposa en la conversación. Al parecer, iban a quedarse a vivir en el apartamento. Otra diferencia más entre Alexandros y Petros.

Su hermano pequeño se había mudado a uno de los dos áticos que había en el edificio Kristalakis al terminar la universidad y empezar a trabajar en el negocio familiar.

Corrina se había mudado con él allí después de la boda en vez de volver a la enorme casa familiar, de la que Alexandros no había salido hasta que había comprado la casa de campo en la que Pollyanna y él vivían en esos momentos.

Varias generaciones de la familia habían vivido juntas en aquella casa desde que su bisabuelo la había comprado para vivir en ella con su esposa.

–¿No te parece que se os va a quedar muy pequeño cuando tengáis familia?

–No tenemos prisa por tener hijos, pero, cuando lo hagamos, ya pensaremos si queremos vivir en Atenas o trasladarnos al campo, como ha hecho Alexandros.

–Lo pasamos muy bien cuando vamos los fines de semana a vuestra casa –le dijo Corrina a Pollyanna sonriendo–. Aunque estoy segura de que lo importante no es la casa, sino la compañía.

Pollyanna le devolvió la sonrisa con verdadero afecto.

Él se había fijado en que su hermano no había dicho «como han hecho Alexandros y Pollyanna» porque su esposa no había participado en aquella decisión. Alexandros se había dado cuenta de lo infeliz que era su esposa teniendo que convivir con su madre y había decidido romper con la tradición familiar comprando una casa. Y pidiendo que la decorasen.

Su madre lo había convencido de que a Polly le gustaría la sorpresa, ya que la decoración no era algo que pareciese interesar a su esposa demasiado.

Pero esta no se había puesto demasiado contenta al enterarse de que iban a vivir en el campo y que él iría y vendría todos los días a trabajar a la ciudad.

De hecho, que Alexandros recordase, aquella había sido la última discusión que había tenido con su esposa.

–Alexandros no ha tardado en tener hijos –volvió a intervenir su madre.

Corrina separó los labios para decir algo, pero sacudió la cabeza y los volvió a juntar.

–¿Qué ibas a decir? –le preguntó Alexandros a su cuñada.

–No importa.

–Estamos en familia. Puedes contarnos lo que estás pensando.

Entonces, Corrina resopló.

–Iba a decir que si los embarazos fuesen tan complicados para ti como lo son para tu esposa, tal vez habrías esperado un poco más a tener hijos.

–Eso es ridículo –dijo su madre–. Es la mujer la que tiene que enfrentarse a las dificultades de traer hijos al mundo. Eso no convierte a mi hijo en una persona egoísta por querer que su esposa le dé herederos.

–Mi esposa no ha dicho que Alexandros fuese egoísta –intervino Petros en tono enfadado.

Sorprendentemente, en ese momento fue la mujer de Alexandros la que intentó calmar las aguas.

–A mí me encanta ser madre –le dijo a Corrina–. Ya sabía a qué me exponía cuando accedí a tener un segundo hijo.

Su esposa volvió a sonreír de verdad antes de mirar de nuevo a su madre.

–Estoy segura de que no pretendías criticar la decisión de Petros y Corrina de esperar a tener hijos.

–No, por supuesto que no –dijo su madre.

Aunque Alexandros no estaba tan seguro, y Petros tampoco lo parecía, pero Corrina consiguió relajarse de nuevo y sonrió a Pollyanna.

–Eres una madre maravillosa.

–Gracias. Helena es la alegría de mi vida.

En el pasado, había dicho que él y su matrimonio eran lo que más feliz la hacía en la vida, pero ya hacía tiempo que Alexandros tampoco oía nada de aquello.

Anunciaron que la cena estaba servida y eso evitó que hubiese más palabras tensas.

Al pasar a la mesa, su esposa hizo el esfuerzo de hablar solo de temas sin importancia, y no entró a las claras provocaciones de su madre y de su hermana.

Alexandros se preguntó si aquello siempre había sido así y él no había querido darse cuenta en pro de la paz familiar.

Eran más de las diez de la noche cuando se subieron a la limusina que los llevaría hasta el helipuerto para poder volver a casa.

Alexandros casi no esperó a que se cerrase la puerta para decirle a Pollyanna:

–No me puedo creer que le hayas dicho a mi familia que no soy un marido atento.

La carcajada de esta lo sorprendió.

–¿Acaso opinas lo contrario?

–¿Cuándo te he descuidado? –inquirió él–. ¿Podrías mirarme cuando te hablo?

Ella levantó la cabeza, más que enfadada, parecía cansada.

–¿Cuándo no? –le preguntó ella.

–Eso no es cierto.

–Si tú lo dices.

Pollyanna apoyó la cabeza en el asiento y cerró los ojos.

–¿No te parece que es un tema digno de discutir?

–No sé si te has dado cuenta, pero ya hay pocos temas que me parezcan dignos de discutir contigo, Alexandros.

–No me gusta que digas que mi hermano es mejor marido que yo –admitió él.

–Jamás se me ocurriría comentar lo buen marido que es tu hermano.

–Has dicho que es más atento y considerado que yo.

–Si para ti eso significa ser bueno o malo, podrías tenerlo en cuenta, aunque ambos sabemos que no vas a hacerlo.

–¿Qué quiere decir eso? –le preguntó él, dándose cuenta de que había levantado la voz.

A ella no pareció importarle que casi le estuviese gritando, no se molestó en abrir los ojos ni en mirarlo.

–Si quisieras ser atento, lo serías. Si quisieras ser protector, lo serías. Si quisieras ser considerado, lo serías.

Se interrumpió para quedarse pensando y, después, añadió:

–Ser considerado significa pensar en cómo afectan tus decisiones a los demás, y eso se te da bastante mal.

–Me paso el día tomando decisiones que afectan a miles de personas.

–Sí.

–¿Y piensas que no me importa cómo les afecta?

–No.

–Puedo ser una persona considerada –le informó Alexandros, preguntándose cómo era posible que Pollyanna no se hubiese dado cuenta en sus cinco años de matrimonio.

–Con tu madre, tal vez.

–¿Vamos a discutir otra vez de por qué me pongo del lado de mi madre en vez de ponerme del tuyo?

–No. No pensé que estuviésemos discutiendo –le dijo ella suspirando, todavía con los ojos cerrados–. Estoy cansada. ¿Qué quieres que te diga exactamente, Alexandros?

–Que no soy un mal marido –le pidió él.

Ella por fin giró la cabeza y abrió los ojos para fulminarlo con la mirada.

–Alexandros, estoy embarazada de seis meses y tengo una hija de tres años. Aunque no tuviese que asistir a todos esos eventos benéficos a los que me haces ir, ya estaría agotada. No cansada, agotada –le dijo ella, apoyándose una mano en el vientre–, pero tú sigues insistiendo en que atienda a una estilista para asistir a tus desagradables cenas familiares que, además, hacen necesario un incómodo trayecto en helicóptero de cincuenta minutos.

–No pensé que te resultase tan pesado.

Aunque sabía que tenía que haberse dado cuenta. Se maldijo.

–Por supuesto que no. Y, aunque te hubieses dado cuenta, no te habría importado. Nunca, en cinco años de matrimonio, has tomado una decisión pensando en mi felicidad, ni siquiera en mi bienestar. No eres un mal marido, Alexandros, eres un marido horrible.

Él guardó silencio después de aquello.

–Si tan horrible soy, ¿por qué sigues casada conmigo? –le preguntó por fin.

–Porque hice unas promesas ante Dios y no voy a incumplirlas. Además, tenemos una hija. Desde que me quedé embarazada dejé de pensar solo en mi felicidad.

–Entonces, ¿seguirías casada conmigo en cualquier circunstancia? –le preguntó él.

–No, en cualquier circunstancia, no.

–¿Y qué invalidaría esos votos? –le preguntó.

–Malos tratos. O una infidelidad.

–¿Así que eso es lo único que hago bien, no maltratarte ni ser infiel?

–Más o menos –suspiró ella–. Y eres bueno en la cama. No eres un amante egoísta.

Pero sí era egoísta en otros aspectos de la vida.

Alexandros no supo cómo responder a aquello.