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E-pack Bianca, n.º 268 - agosto 2021
I.S.B.N.: 978-84-1105-101-9
Cinco años después de la pasión
EL MULTIMILLONARIO griego e icono social Alexandros Kristalakis entró en el salón tras haber concluido un acuerdo internacional con una importante empresa estadounidense y se sorprendió al ver allí a su esposa, esperándolo.
Al contrario de lo ocurrido al principio de su matrimonio, en esos momentos Pollyanna siempre era puntual.
Ya no llegaba tarde nunca, ni era tan espontánea. Sus exuberantes demostraciones de afecto también habían desaparecido junto a su espontaneidad. Al principio, él había pensado que era porque estaba embarazada de su primer hijo, lo que implicaba una época difícil tanto física como psicológicamente, pero, tras dar a luz, Pollyanna no había recuperado esas viejas costumbres que a él tanto le habían gustado.
No podía quejarse. Su esposa se había esforzado mucho en adaptarse a su nuevo modo de vida como esposa de un multimillonario griego, descendiente de una conocida familia.
Ella había procedido de un entorno mucho más relajado, de una familia estadounidense sin expectativas sociales, por lo que la adaptación había sido todo un reto. Un reto que su increíble esposa había sido capaz de superar.
A pesar de que, para empezar, no había hablado casi ni una palabra de griego, había asistido a eventos sociales y había apoyado causas dignas. Era de naturaleza abierta y cariñosa, así que enseguida se había ganado a los amigos y conocidos de Alexandros y se había hecho un hueco en la alta sociedad de Atenas sin tener que ceñirse únicamente a su papel como esposa.
Era morena y tenía las piernas muy largas, estaba embarazada de seis meses de su segundo hijo y tan guapa como el día de su boda.
Aunque su personalidad se hubiese visto en cierto modo apagada por la insistencia de la madre de Alexandros en que la llamasen Anna en vez de Polly.
El vestido de color azul hielo, color que solía utilizar con frecuencia, se ceñía a sus pechos, que habían crecido al menos una talla con el embarazo, y caía con elegancia sobre el vientre abultado.
Su embarazo hacía que Alexandros se sintiese todavía más orgulloso que cuando conseguía cerrar un ambicioso trato.
La miró con apreciación.
–Estás preciosa, yineka mou.
–Para eso pagas esas cantidades tan desorbitantes a los estilistas –le respondió ella sin sonreír ni clavar en sus ojos su mirada azul cristalina.
Ya casi nunca lo hacía. Con él.
Todavía era cariñosa con otras personas, pero él tenía una esposa elegante que nunca hablaba cuando no debía ni reaccionaba sin pensar antes. Salvo en el dormitorio. Allí seguía siendo ese ser apasionado sin el que Alexandros sabía que no podría vivir.
Había sabido que había algo especial entre ambos nada más conocerla.
Así que le había pedido que se casase con él, en vez de casarse con la heredera griega con la que su madre había intentado emparejarlo desde que estaba en la universidad.
Y ella le había dicho que sí, por supuesto. ¿Cómo no?
Él había podido darle a Pollyanna una vida con la que jamás habría podido soñar.
Sin embargo, no acababa de hacerle un cumplido por cómo le sentaban el caro vestido ni los diamantes que se había puesto para aquella cena familiar, ni tampoco por cómo se había recogido el pelo en un elegante moño, sino por cómo brillaba con el embarazo.
A pesar de que parecía un poco cansada, seguía cortándole el aliento.
–No, se trata de ti –le aseguró.
Ella se limitó a esbozar una sonrisa, como si el halago no la hubiese impresionado demasiado.
En el pasado, había sonreído cuando Alexandros le había dicho lo guapa que estaba y él no sabía qué era lo que había cambiado, pero algo lo había hecho.
Lo mismo que él, en algún momento, había perdido el privilegio de llamarla agape mou. Ella nunca le había pedido que no la llamase su amor, pero había hecho una mueca cada vez que había oído que la llamaba de ese modo, así que Alexandros había dejado de hacerlo. En su lugar la llamaba yineka mou, porque era su esposa.
Hicieron el viaje en helicóptero hasta la casa en la que había pasado su niñez en silencio, cosa que no lo sorprendió. Salvo que llevasen auriculares, con el ruido de los rotores era imposible oírse salvo que hablasen a gritos. En el pasado, ella se habría hecho un ovillo a su lado y se habrían comunicado con la mirada, o con el cuerpo. Alexandros no recordaba la última vez que su esposa le había mostrado aquel afecto tan abierto fuera del dormitorio.
Sus amigos casados ya le habían advertido que las cosas cambiaban con la rutina. Él había pensado que su matrimonio no cambiaría, pero, a pesar de haberse equivocado, no se arrepentía de haberse casado con aquella mujer.
El trayecto desde el helipuerto situado en lo alto del edificio Kristalakis hasta la casa en la que había crecido en el norte de Atenas, en el barrio de Ekali, transcurrió sin incidentes y llegaron a la hora prevista. Por supuesto.
Su madre los saludó con dos besos en las mejillas, como era tradición, aunque a Pollyanna no llegó a tocarle el rostro para no estropearle el maquillaje. Esta hizo lo mismo, con expresión perfectamente contenida. No como al principio de su matrimonio, que le había costado horrores disimular la antipatía que sentía por la otra mujer.
En esos momentos, la expresión de Pollyanna era siempre serena.
Salvo en la cama.
En la cama seguía demostrando la misma pasión de siempre, aunque nunca era ella la que acudía a él.
Alexandros no sabía cuándo había cambiado aquello ni por qué no se había dado cuenta entonces. En cualquier caso, en un momento dado había sido consciente de que ella ya nunca se acercaba a él por las noches. No alargaba la mano para tocarlo en la cama. Ya no lo besaba con aquel entusiasmo, independientemente del lugar en el que estuviesen.
Él había aceptado que esas cosas no duraban en un matrimonio y, al fin y al cabo, no tenía de qué quejarse.
Entonces, por qué sentía tanto la pérdida.
–Ya veo que has llamado a la estilista que te recomendé –le dijo su madre a Pollyanna, pero en vez de hacerlo con aprobación, el comentario sonó a crítica.
–Evidentemente –le respondió Pollyanna casi como si a ella también le pareciese mal.
Corrina, su nueva cuñada, que solía estar siempre alegre y sonriente, estaba mirando a la madre de Alexandros con el ceño fruncido, con desaprobación.
–Polly no necesita estilistas. Su estilo natural ya es perfecto.
Su suegra la miró como si se sintiese insultada, tanto por el comentario como por el hecho de que Corrina utilizase aquel nombre, que a ella le parecía demasiado vulgar y por eso se había negado a utilizarlo desde su primer encuentro. A partir de entonces, todo el mundo había empezado a llamarla Anna, incluso él.
Aunque, en ocasiones, cuando estaban en la cama, todavía la llamaba Polly cuando llegaba al clímax. Era el nombre por el que la había conocido.
Alexandros miró a su hermano, esperando que este frenase sutilmente a su esposa.
Pero Petros estaba sonriendo a Corrina con aprobación.
–Como siempre, tienes toda la razón, agape mou. Nunca ha necesitado los estilistas que mi hermano se empeña en pagar.
Corrina miró a Petros con adoración y Alexandros se dijo que era bueno que su recién estrenada cuñada mirase a su hermano como si este fuese un superhéroe. Como debía ser.
No sabía por qué él se sentía incómodo cuando veía aquellas miradas. Observó a su esposa de reojo. Ella no lo estaba mirando a él.
Eso no lo sorprendió. No lo miraba nunca, salvo que tuviese que hacerlo por educación. En esos momentos, parecía una estatua en un museo, totalmente ajena a la conversación.
–No esperaba que nadie me llamase la atención en mi propia casa –comentó su madre en tono gélido.
Pero eso no pareció preocupar a Corrina lo más mínimo.
Sin embargo, Petros sí que cambió de expresión.
–Hacer un cumplido a Polly no es llamarte a ti la atención. Mi esposa tiene derecho a opinar de manera diferente a ti y si no eres lo suficientemente madura para aceptarlo, tal vez tendríamos que replantearnos estas cenas familiares.
–Petros, ¿cómo te atreves a hablarme así? –le preguntó su madre con sorpresa.
–Oh, mamá, no te pongas así –intervino su hermana pequeña, la más mimada de la familia–. Ya sabes lo protector que es Petros con su querida esposa. Los hombres Kristalakis son así. ¿No te acuerdas de papá?
Cada vez que alguien mencionaba a su esposo fallecido, su madre sonreía con fragilidad y asentía débilmente.
–Supongo que sí, pero, Petros, soy tu madre.
Su madre se había quedado destrozada después de la muerte de su padre. Tras haber perdido a sus propios padres solo un año antes, Alexandros tenía que haberse imaginado lo duro que aquello sería para ella, pero había tardado demasiado en reaccionar.
Durante un tiempo, había sentido miedo a perderla. Su madre había dejado de arreglarse y de salir. Desesperado, él la había hecho ir a un centro de descanso de lujo.
Eso había funcionado y, cuando había regresado a casa, parecía que había vuelto a ser la misma, pero a Alexandros no se le olvidaban aquellos días oscuros y la fragilidad de su madre.
–Y Corrina es mi esposa.
No había duda de cuál de las dos mujeres era más importante para Petros. Su madre volvió a mirarlo con furia y Stacia lo fulminó con la mirada también.
–Nadie ha dicho lo contrario. Todos queremos mucho a Corrina –comentó, agarrando a su madre del brazo–. No te enfades, se parece mucho a papá.
–Supongo que tienes razón.
Stacia sonrió.
–Corrina y Anna son las mujeres más afortunadas del mundo por estar casadas con dos Kristalakis. Estoy segura de que en eso sí me dais la razón. Son los hombres más protectores y comprensivos del planeta, ¿verdad, Anna?
A Alexandros le sorprendió que su hermana intentase incluir a su esposa en la conversación. Después de cinco años, Stacia seguía sin tener una relación cercana con Anna.
Pero todavía le sorprendió más la respuesta de su mujer.
–Pues no lo sé, Stacia, porque no conocí a tu padre.
Pollyanna fue a sentarse en uno de los sillones, impidiendo así que él se sentase a su lado. Otra novedad en la que Alexandros no se había fijado hasta entonces. ¿Sería que le dolían la espalda y la pelvis por el embarazo?
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