Permanecieron inmóviles entre las sombras, escuchando. El vaho blanco de sus bocas llenó la cruda noche; no se oía nada, salvo su propia respiración. Ningún pájaro, ningún perro, ni siquiera el viento a través de las ramas. Solo un silencio dormido, paralizante.
De repente, ella apareció allí, como un fantasma en la ventana iluminada. Una mujer delgada con un camisón blanco que miraba la noche con ojos cansados. Parecía que buscaba algo. Liam bajó los prismáticos y se llevó un dedo a los labios. Gabriel, que también la había visto, le quitó los prismáticos a Liam y se los encaró.
—Es ella —susurró—, la hija.
La conocían de la gasolinera. Allí ella era la chica tímida detrás de la caja registradora, que nunca miraría a nadie directamente a los ojos. Tenía una voz suave, que siempre sonaba un poco falsa y que dejaba entrever que en realidad le gustaría estar en otro lugar. Ella no era como las otras cajeras, cuyas miradas los seguían como gavilanes cuando ellos se movían entre las estanterías, convencidas de que robarían algo.
Liam sacó el móvil del bolsillo y tomó un par de fotos, poniendo buen cuidado en no usar el flash. En la pantalla, la mujer se convirtió en una extraña figura evanescente, más parecida a un espíritu que a una persona.
Desapareció tan rápido como había aparecido. La luz de la ventana se apagó y solo el amanecer que se acercaba se reflejó en el oscuro cristal. Gabriel bajó los prismáticos.
—¿Crees que nos ha visto?
—No lo sé.
—Venga, vámonos. Esta no es nuestra noche.
Cuando Liv entró en la cocina al amanecer, Vidar estaba sentado mirando afuera con los prismáticos a través de la ventana. En la mesa, al lado de la taza de café que ya se había tomado y del periódico de la mañana, estaba la escopeta de caza lista para disparar. Su negra boca apuntaba directamente hacia ella. Se detuvo en el umbral.
—¿Qué estás haciendo?
Al principio, parecía que él no la oía —su viejo cuerpo permaneció totalmente quieto en su silla—, pero de pronto bajó los prismáticos de mala gana y se volvió hacia ella. Le brillaban los ojos.
—Quiero ver qué demonios es lo que anda merodeando por nuestra finca.
—¿Qué haces con la escopeta?
Él puso una mano protectora sobre el arma cuando ella entró en la cocina.
—Creo que es el lobo —dijo él.
—¿El lobo?
—Los vi anoche, eran por lo menos dos. Quizá más.
Ella se acercó al fregadero y puso más café en la cafetera, se echó unas gotas del café frío que quedaba mientras esperaba. Vidar volvió a mirar a través de los prismáticos. Sus dedos, como ramas rígidas alrededor del plástico negro, no querían doblarse correctamente. La cocina olía ligeramente a aceite para armas.
Ella enfiló el pasillo para dejar salir a la perra. En las escaleras de la entrada estaba sentado Simon; solo llevaba puestos los pantalones del pijama y estaba tiritando. Liv descolgó su plumón del perchero y se lo puso con cuidado sobre los hombros.
—¿Qué estás haciendo? ¿Por qué estás sentado aquí fuera?
Él levantó una mano roja y agrietada por el frío y señaló entre los árboles. Liv siguió su gesto y le pareció vislumbrar un movimiento al fondo: dos figuras escondidas tímidamente entre los abetos. El viento traía consigo el sonido de un cencerro solitario.
—Son renos —dijo él—. Pero los he asustado.
—¿Por qué?
—Para evitar que el abuelo los mate, como tú comprenderás.
—Está sentado ahí dentro hablando de lobos.
Simon le lanzó una mirada sombría por encima del hombro.
—Ya sabes cómo es. Él solo ve lo que quiere ver.
Cortaron la leña con el hacha, Liv y el chico, mientras el viejo estaba sentado en su ventana mirándolos. Era uno de esos días en que o bien caía nieve, o bien quemaba el sol, alternativamente. Solo llevaban puesta la ropa interior larga y se turnaban en el manejo del hacha. A ella le sorprendió que Simon no se quejara ni una sola vez.
Cuando llegó la hora del café, se sentaron en la pila de leña con la cara vuelta hacia el sol y, aunque le dolían los hombros del cansancio, ella estaba contenta por el rato que habían pasado juntos, los dos solos. Él llevaba una pulsera, de hilos rojos y amarillos trenzados con esmero, que ella no le había visto antes. Liv acarició aquella obra de artesanía; por la nitidez de sus alegres colores se veía que era nueva.
—¿Te la ha regalado tu chica?
Él asintió tirando de la manga húmeda de la camiseta para taparla. Un velo de rubor se extendió por debajo del bozo de la barba.
—¿Le gustan los dibujos animados?
—Se llaman anime.
—Eso, anime, quería decir.
—Ella es más de leer libros.
—¿No puedes invitarla a casa?
—¿Contigo y con el abuelo? No me lo puedo ni imaginar.
Él se echó a reír como si fuera una broma, algo impensable. Liv le acarició el pelo con la mano y la dejó descansar en su cuello húmedo. Pensó en los anuncios de casas y en el lápiz rojo, en todas las casas que había rodeado con un círculo a lo largo de los años, en la vida que podían haber tenido juntos. Los dos solos.
Simon escupió en el serrín.
—Le he mentido —dijo.
—¿Sobre qué?
—Le he dicho que suelo pasar las vacaciones en Alemania. Para ver a mi padre.
Su pecho enmudeció mientras lo miraba. Intuyó que él había hecho suyas las mentiras de ella. Liv asintió y tragó saliva, tratando de aliviar el escozor que sentía en la garganta. La nieve se derretía y caía de los árboles al suelo con un sonido sordo, como si alguien se moviera en círculos alrededor de ellos, esperando para atacar.
—Pues podría ser cierto —dijo ella finalmente.
Estaban casi listos cuando un susurro sibilante surgió del bosque. Ambos dejaron lo que estaban haciendo, intercambiaron una mirada de extrañeza y se quedaron totalmente quietos, a la escucha. Nadie del pueblo ponía por gusto un pie en sus tierras, al contrario: los vecinos solían patear desvíos intrincados para no cruzarse con Vidar. Pero ahora una melodía clara y alegre se elevaba sobre sus tierras, y entre los árboles se vislumbró la sombra de un hombre. Cuando Liv vio quién era, se dejó caer en el tajo, temerosa de salir a su encuentro.
Johnny llegó saltando entre los charcos con unas zapatillas ligeras de deporte y una sonrisa que reveló demasiado en cuanto él la vio.
—¡Válgame Dios! ¡No me digáis que cortáis la leña a mano!
Liv miró a Simon, que había entornado los ojos hasta convertirlos en dos rendijas suspicaces. El chico levantó el hacha por encima de la cabeza y la clavó en el tajo con tanta fuerza que el mango siguió vibrando un buen rato. Se limpió el sudor del cabello con la camiseta mojada, y Liv hizo lo mismo.
—Es un buen entrenamiento —dijo ella.
—Joder, ya lo creo, parecéis dos gatos ahogados.
Su acento de Estocolmo rebotó en el patio y ella sintió que se le tensaban todos los músculos del cuerpo conforme él se iba acercando. Tal vez él lo notara, porque se detuvo a cierta distancia de ella y le entregó un sobre blanco, sin tocarla ni dar a entender de ningún otro modo que compartían cama casi todas las noches.
—Es el alquiler del próximo mes.
Ella tomó el sobre y le lanzó una mirada por encima del hombro. Dentro, en la cocina, Vidar se había puesto de pie y tenía la frente contra el cristal, observándolos como un perro hambriento detrás de las rejas. Johnny también lo vio y levantó la mano a modo de saludo. Unos pesados copos de nieve cayeron de la nada y ella pensó que él parecía distinto a la luz del día, más ceñudo y más resuelto de lo que parecía en la oscuridad que reinaba entre las paredes de la casa de la viuda Johansson. No paraba de mirar todo el tiempo la casa y a Vidar.
Ella le pasó su taza de café a medias, porque a algo había que invitar. Él se detuvo muy cerca de ella y sorbió el café. Simon se dejó caer en el tajo y se encogió de hombros. De vez en cuando le lanzaba miradas furtivas a Johnny, y Liv percibió que aquel hombre extraño removía algo en su hijo. Hablaron de la leña, de si la corteza tenía que estar hacia arriba o hacia abajo, y del tiempo, de la nieve que parecía no querer retirarse nunca. Johnny le sonrió a Simon, le preguntó si le gustaba el hockey, dijo que podía conseguir entradas para los partidos de las finales, si estaba interesado. Y Simon se volvió tan tímido y tan monosilábico como cuando era pequeño: murmuró por debajo del flequillo que era seguidor del Luleå, pero que nunca había estado en un partido. Que era muy caro y estaba muy lejos. Liv se avergonzó cuando él dijo eso, porque era lo que habría dicho Vidar, y se oyó a sí misma riéndose como si su hijo estuviera bromeando. «Claro que deberías ver la final —dijo ella—, ahora que tienes la oportunidad». Simon se encogió de hombros, pero su madre pudo ver que sonreía con la cabeza agachada, contento de tener esa posibilidad. Ella soltó el hacha del tajo, aunque le temblaban los hombros a causa del cansancio, y dijo que tenían que seguir cortando leña porque de lo contrario no iban a terminar nunca. La figura inquieta de Vidar se vislumbraba detrás del cristal y, aunque su voz no los alcanzaba, ella podía entender los improperios que mascullaba mientras lo observaban.
Johnny le dio las gracias por el café y dijo que tenía que irse a casa a echar de comer a los perros, pero antes de marcharse extendió la mano y le quitó la nieve del pelo. Ella se quedó paralizada y dejó que ocurriera, a pesar de que sabía de sobra cuáles iban a ser las consecuencias. Se quedaron en silencio, mientras lo observaban alejarse hasta que despareció entre los árboles. A Simon le colgaban los mocos, tan pronto como se los limpiaba aparecían de nuevo.
—Está enamorado de ti —dijo el chico.
—¿Tú crees?
—Se ve a la legua.
Cuando entraron al calor, exhaustos y entumecidos por el frío, Vidar estaba sentado con la pipa en la boca, esperándolos. Había puesto sobre la mesa patatas cocidas y arenques, y en cuanto Liv le entregó el sobre con el dinero, él insistió en contar los billetes hasta dos veces, antes de guardarse finalmente el fajo en el bolsillo delantero. Sus movimientos torpes permitían adivinar que había estado bebiendo; un brillo mezquino apareció en sus ojos cuando miró a Liv.
—Espero que pongas el listón más alto que tu madre —le dijo a Simon—, antes de pegar la hebra con la gente.
Simon tenía los carrillos hinchados por la comida y no dijo nada, solo pinchó el arenque con el tenedor y comió como si no hubiera visto un alimento en varios días. Así era como él reaccionaba siempre cuando Vidar los obsequiaba con sus maldades: se metía dentro de su caparazón, donde parecía no llegarle nada. Pero Vidar no se dejaba achantar.
—Te voy a explicar una cosa. Cuando ella tenía tu edad se largaba con un hombre nuevo cada dos días. Si yo no la hubiera metido en vereda, a estas alturas tú habrías tenido un montón de hermanos. Más bocas de las que habríamos podido alimentar, te lo aseguro.
Liv apretó los cubiertos y sintió la comezón abrasándole la espalda. Deslizó la mano dentro del jersey y empezó a rascarse la piel ardiente.
—Ya basta —exclamó mientras lo miraba fijamente—. Estamos cansados.
—Solo digo lo que es, la verdad no es nada que haya que disimular, ¿no? Si no hubiera sido por mí, el pobre chico habría tenido un nuevo padre cada semana.
Simon se estiró para alcanzar la leche, llenó el vaso hasta el borde y lo vació de un trago. Aquello no era nada nuevo, había oído mil veces los comentarios de Vidar sobre las malas decisiones y la incapacidad de Liv. Su murga sobre lo agradecidos que debían estarle por tener un techo sobre sus cabezas y un lugar donde vivir.
Simon se limpió la leche de la boca con el reverso de la mano y miró fijamente a Vidar.
—Tener un nuevo padre cada semana es mejor que no tener ninguno.
—Ah, ¿sí? Eso dices tú —respondió Vidar, levantando las cejas, sorprendido de que el chico hubiera abierto la boca—. Yo no estoy tan seguro. Porque cuando tú naciste ella no quería saber nada de ti, que lo sepas. Fui yo quien tuvo que alimentarte y ocuparme de que tuvieras el culo seco. Ella estaba muy ocupada corriendo por ahí y meneando el trasero ante el primer hombre que encontraba. No tenía tiempo para ningún crío.
—¡Cierra el pico!
Liv levantó el cuchillo de mesa, lo puso contra la cara de su padre y dejó que le rozara la piel temblorosa. El crepúsculo se reflejó en la hoja y proyectó violentos destellos en las paredes, pero Vidar se limitó a reír ahogadamente, se echó hacia atrás y expulsó bocanadas despreocupadas de humo sobre sus cabezas. La ira se removía en las entrañas de Liv, negra y caliente, incitándola a que por fin le clavara el cuchillo de una vez, pero en ese momento vio el miedo en la cara de su hijo. Había dejado de masticar, aunque tenía la boca llena. Ella dejó caer el cuchillo y empujó la silla hacia atrás.
—Tal vez deberías contar toda la verdad —añadió—, ya que has empezado.
Nunca le picaba la piel durante las horas que pasaba en el trabajo. Estaba de pie en su escenario iluminado mientras el atardecer caía sobre los surtidores. El suelo de la tienda era un barrizal marrón de nieve derretida que los clientes habían traído consigo. Al final de la jornada, cuando ya había pasado la avalancha de clientes, sacó la mopa e intentó limpiar lo peor de toda esa suciedad. Hassan, uno de los policías locales, saltó con agilidad por encima del suelo recién fregado, se fue directo a la máquina del café y empezó a llenarse una taza.
—¿Solo os quedan los bollos de ayer?
—Te he guardado uno recién hecho, está detrás de la caja registradora.
El policía tenía una de esas sonrisas irresistibles; de no haber sido por el uniforme, a ella casi le habría caído bien. Dejó la mopa apoyada en la pared y fue a buscarle el bollo.
—Creía que habías dejado el azúcar.
—Mi pareja también lo cree —le respondió él, guiñándole un ojo—. Pero, cuando estoy de servicio, como todo lo que quiero. Te aseguro que a nadie le gusta enfrentarse a un policía hambriento.
Sacó una tarjeta para pagar, pero ella la rechazó haciendo un gesto con la mano. Los policías y los camioneros tomaban el café gratis, y ella también podía invitarlo al bollo.
—¿Todo bien? —preguntó él—. Pareces algo cansada hoy.
—Es mi padre, me saca de quicio.
—Los padres suelen tener esa habilidad. ¿No has pensado nunca en hacer como todos los demás e irte de casa?
—No se las puede arreglar sin mí.
Hassan levantó la tapa y sopló el café.
—Claro que puede. Ponlo a prueba y ya verás.
Liv sacudió la cabeza; él no lo entendería.
—El único consuelo es que nada dura eternamente. Un día morirá.
—No digas eso.
Ella se encogió de hombros, sintió que las mejillas le ardían de vergüenza. Siempre le sucedía lo mismo cuando trataba de hablar con la gente, o bien decía cosas inapropiadas, o bien hablaba demasiado.
Aparcaron junto al lago ya casi de madrugada, ese momento mudo y ciego antes de que todo despierte. Una serie de malos presentimientos se arremolinaron en la mente de Liam, que le provocaron una opresión en el pecho mientras contemplaba el agua oscura.
—No nos va a dar tiempo, pronto será de día.
—No necesitamos mucho tiempo. Será una cosa rápida, entrar y salir.
Gabriel tenía la culpa de que hubieran llegado tan tarde. Liam había estado esperándolo varias horas, y cuando por fin apareció iba hasta las trancas de benzodiacepinas y de todo cuanto lo ayudase a adormecer las emociones. Tenía la mirada vacía cuando se puso el pasamontañas y le anunció a Liam que había llegado el momento de ponerse en marcha. Liam vaciló un momento, miró la oscuridad reinante y la voz de su madre resonó en su cabeza. «Tú no tienes que ser como Gabriel. Puedes elegir tu propio camino». No era demasiado tarde, todavía podía dar media vuelta. Volver a casa con Vanja y olvidar todo el asunto. Buscar un trabajo normal y tratar de conseguir un crédito para comprarse una casa, como hacían todos demás.
Pero cuando Gabriel golpeó el cristal de la ventanilla con la culata de la Glock, él se bajó del coche y lo siguió. Como había hecho siempre.
El trayecto cuesta arriba hasta la casa parecía más corto ahora que ya se habían familiarizado con el bosque. Los árboles exhalaban un vapor frío, y sin embargo él estaba sudando y le faltaba el aire. Gabriel avanzaba con determinación delante de él. Ya nada podía detenerlo, por la forma en que se movía estaba claro que sería capaz de cualquier cosa.
La casa estaba oscura y silenciosa cuando llegaron a su altura. Se agazaparon entre las sombras junto a la leñera. Liam se encontraba mal, tiritaba y sudaba al mismo tiempo. Cuando era más joven le gustaba el miedo. Notar cómo la adrenalina se le disparaba por todo el cuerpo le hacía sentirse vivo. Había disfrutado de los colores y la nitidez de los perfiles. Pero ahora el miedo era otro, lo debilitaba.
Gabriel susurró al oído de Liam, y su aliento le produjo un escalofrío por toda la columna vertebral.
—Yo entro primero. Tú esperas diez segundos antes de seguirme.
Liam asintió con la cabeza. Le entraron ganas de cagar cuando comenzaron a moverse y aproximarse hacia la casa, su cuerpo amenazaba con soltarlo todo. Se imaginó que tenía a Vidar delante de él, vio cómo Gabriel lo sacaba del sueño y le ponía el arma entre los omóplatos. Respiró profundamente para borrar aquella imagen.
Gabriel no llegó muy lejos antes de detenerse y arrojarse al suelo. Liam hizo lo mismo, se tiró en plancha y dio con la mejilla contra la tierra fría. La escarcha brillaba en el suelo a la débil luz de la luna y las finas capas de ropa absorbieron rápidamente el frío. Liam no había oído abrirse la puerta, pero al resplandor de la luz del patio vio una figura que se acercaba. Se movía deprisa a pesar de la oscuridad, el suelo crujía bajo sus pies. Era Vidar y parecía dirigirse directamente hacia ellos.
Liam cerró los ojos y se preparó para lo peor. A su lado, Gabriel había dejado de respirar. Ninguno de los dos hizo el menor movimiento. Lo único que se oía eran los zapatos del viejo en la hierba.
Ellos pensaban atarles las manos y los pies y taparles la boca con cinta adhesiva, al viejo, a la hija y al nieto. Era el viejo quien tenía que conducirlos hasta el dinero. Juha había dicho que la caja fuerte estaba en un armario, en la habitación del viejo, y que solo Vidar sabía la combinación.
Liam abrió los ojos y vio que Vidar se desviaba cuando ya casi estaba delante de él y se internaba en el bosque. Se quedó con la cara pegada al frío suelo hasta que Gabriel se puso en pie y señaló en silencio hacia la espesura por donde el viejo había desaparecido. Liam se había quedado tan helado que no podía articular ni una palabra.
—¿Qué hacemos ahora?
—Lo seguimos.
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