Título original: Exit Strategy
© Cold Day Productions, LLC, 2017.
© de la traducción: Efrén del Valle Peñamil, 2019.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2019.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
REF.: ODBO114
ISBN: 9788491875703
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
PARA JULIA, OTRA VEZ Y SIEMPRE
Matar a una persona te cambia.
Cuando matas a cinco... ya no se trata de cambiar.
Se trata de quién eres.
Quintero lo sabía. Lo había visto en otros hombres. Lo había visto en sí mismo. Estaba viéndolo ahora al observar a Nick Mason preparándose, y al recordar el día en que lo había recogido a la salida de la prisión federal de Terre Haute.
Al rememorar el primer trabajo de Mason en la habitación de un motel. Su mirada —inexpresiva, impertérrita— cuando llevó el Mustang al desguace.
Cuando dijo que no lo haría nunca más.
Hasta la siguiente llamada.
Nick Mason había firmado un contrato no escrito de por vida. Recuperaría veinte años de condena a cambio de prestar servicio a Darius Cole. Disponible las veinticuatro horas al día, los siete días a la semana, para hacer lo que le pidieran.
Sin importar lo que fuera.
Mason se quitó la camisa y quedaron a la vista unos músculos torneados y firmes y una piel blanca sin tatuajes.
Pese a haber pasado cinco años y medio entre rejas, había salido sin una sola gota de tinta en el cuerpo. Cole se había cerciorado de que así fuera. Mason se ciñó el chaleco táctico flexible, con grosor suficiente para frenar a una Magnum .44, y se puso encima un jersey negro de cuello alto. Con los pantalones a juego y los zapatos de suela de goma, era el uniforme de un profesional. Cogió el pasamontañas negro, lo dobló para hacerse un gorro y se cubrió la cabeza con él, que llevaba casi rapada. Después se lo ajustó a los ojos y se miró en el espejo. Una vez satisfecho, volvió a enrollarlo para quitárselo.
Quintero se descolgó del hombro la bolsa de lona negra y la dejó encima de la mesa. Mason abrió la cremallera y miró dentro.
—Todo lo que necesitas está aquí —dijo Quintero—. Recuerda que esa gente cuenta con la última tecnología. Están en plena forma y saben utilizar sus armas.
—¿Cuántos son?
—Entre diez y doce —dijo—. No son suficientes para pararte los pies.
Mason negó con la cabeza mientras se probaba los guantes de submarinista.
—¿Qué es lo más importante que te he dicho? —preguntó Quintero.
—Que ni me acerque a la planta veintiuno —respondió Mason—. A las diez en punto explotará.
—Cuando eso ocurra, podrás salir inmediatamente de allí.
Mason asintió.
—Explícame otra vez el plan —dijo Quintero—. Paso a paso.
—La furgoneta de reparto entra en el aparcamiento exactamente a las nueve y treinta y cinco de la noche...
Nick Mason vio cómo entraba la furgoneta en el aparcamiento desde Columbus Drive. Luego se detuvo frente a la gran puerta metálica y el conductor esperó a que la abriera el hombre situado al otro lado de la ventanilla. Eso le dio a Mason veinte segundos para deslizarse bajo el vehículo, asirse a las abrazaderas del tubo de escape y separar su cuerpo del asfalto con la bolsa de lona pegada a la espalda. Los guantes de submarinismo eran delgados y flexibles, lo cual le proporcionaba una buena adherencia y protegía de huellas cada superficie, incluso los bajos de la furgoneta.
El vehículo recorrió cien metros y se detuvo; luego, la puerta se cerró. Cuando se apagó el motor, Mason se descolgó y permaneció allí con la bolsa junto a él.
Eran las 21.37. La mayoría de las oficinas de la planta baja estaba cerrada y los comensales habían terminado de cenar en los restaurantes. Mason esperó a que el conductor bajara de la furgoneta y lo siguió a unos diez metros de distancia. Se metió dentro del Aqua.
Con sus ochenta y dos plantas, es uno de los edificios más singulares del centro de Chicago. Se encuentra en la zona norte del Loop, con balcones serpenteados que envuelven las cuatro fachadas como si fueran olas. En su interior, la decoración mantiene el mismo estilo, desde la combinación de la gama cromática azul y verde hasta la pecera de agua salada del vestíbulo.
Mason avanzó rápido pero sin precipitarse, ya que conocía la ubicación exacta del montacargas. El objetivo estaba en la planta cuarenta y tres, así que pulsó el botón del piso inferior y desactivó la alarma de incendios para llegar a su destino sin detenerse.
Cuando llegó a la planta cuarenta y dos, salió del ascensor y encontró el vestíbulo vacío. En el suelo vio una bandeja del servicio de habitaciones, la cogió y retiró su contenido, excepto la tapa de plata. Después se dirigió a las escaleras que había al fondo y subió al piso cuarenta y tres.
Mason abrió la puerta y escudriñó el pasillo. El alguacil estaba sentado en una silla siete u ocho puertas más adelante. Era joven, de unos treinta años, bajo y fornido. Parecía más aburrido que atento. Mason abrió la bolsa y sacó la escopeta Mossberg 500. Era un modelo con culata de pistola y cañón corto, y tenía capacidad para seis cartuchos. Iba cargada con lo que el fabricante denominaba muy ingeniosamente «munición de control de multitudes», unos tapones de silicona que, según él, podían provocar «un trauma no letal pero incapacitante».
Trauma incapacitante.
Dicho de otro modo, solo haría que desearas estar muerto.
«—Tienes que superar eso de matar a un hombre y dejar al resto con vida —le había dicho Quintero.
»Mason no respondió y cargó la escopeta con los tapones.
»—¿Crees que a esa arma que llevas en las manos le importa quién esté al otro lado?
»Mason se lo quedó mirando.
»—Tú tienes que ser igual —añadió Quintero—, o esas chorradas acabarán contigo».
Mason sacó la semiautomática H&K USP de la bolsa y se la metió en el cinturón. El cargador contenía quince balas de nueve milímetros, con una decimosexta en la recámara. Finalmente, sacó la porra aturdidora y se la adosó al cinturón. Cuarenta y cinco centímetros de longitud, un kilo y medio de aluminio reforzado y la misma potencia que las de la policía, doce millones de voltios que inutilizarían todo el sistema neuromuscular de una persona. Un seguro de vida más.
Mason tiró la bolsa vacía al suelo, se introdujo unos tapones en los oídos y se detuvo a respirar y concentrarse en lo que estaba a punto de acontecer, porque, cuando todo empezara, iría muy rápido, una sucesión de movimientos sin margen alguno para la vacilación.
Abrió la puerta de las escaleras y echó a andar por el pasillo. La bandeja del servicio de habitaciones ocultaba la semiautomática que llevaba en el cinturón —ubicada a las once en punto para desenfundar con la mano derecha—, además de la porra y buena parte de la escopeta.
El alguacil se levantó y dijo:
—¡Eh, usted no puede estar aquí!
Cuando se disponía a coger la radio, hubo un momento de indecisión. Mason soltó la bandeja y le apuntó al pecho con la escopeta. Solo tuvo tiempo para ver al joven abrir los ojos como platos y luego apretó el gatillo y el tapón de silicona le impactó en el abdomen, justo por debajo del chaleco táctico.
El alguacil se desplomó y quedó hecho un ovillo. No volvería a levantarse, al menos sin ayuda ni analgésicos para el dolor. Mason se tapó la cara con el pasamontañas al acercase a él. Desde allí, el hombre parecía aún más joven, un muchacho al que no tenía sentido dejar solo. Mason le metió la mano dentro de la chaqueta y le arrebató la pistola Glock y la radio. Después sacó el bolígrafo del bolsillo. La punta había sido sustituida por un adaptador DC y la caña contenía una placa base que leería el código de treinta y dos bits del hotel y lo retransmitiría al lector de tarjetas en menos de un segundo.
Sabía que el reloj no dejaba de correr. Alguien había oído el disparo y ya estaba llamando a recepción.
«El alguacil que hay en la habitación es el líder del equipo. Es un hombre de hierro. Trabaja ocho horas seguidas y no se separa de su cliente. Ni para dormir, ni para comer ni para utilizar el puto lavabo, a menos que arrastre a su custodiado con él.
»Se toma esto como algo personal y es buen tirador. Alguien consiguió una diana suya del campo de tiro, así que no hagas gilipolleces».
Mason introdujo el bolígrafo en el punto de carga situado debajo del mecanismo de cierre de la puerta y la luz verde se encendió. Entonces empujó la puerta con intención de derribarla de una patada cuando el pasador la dejara trabada, pero esta se abrió sin problemas.
Mason entró pegado a la pared y no detectó movimientos en la habitación. La única iluminación era el brillo ambiental que se colaba por la ventana. Dio unos pasos manteniendo el índice de la mano derecha sobre el gatillo y, después de mirar en la cocina, el dormitorio y el cuarto de baño, le asaltó la realidad:
Allí no había nadie.
Ni alguacil ni objetivo.
La habitación era un señuelo.
«—¿Cómo sabemos que el contable estará allí? Si forma parte del programa de protección de testigos...?
»—Tenemos a un alguacil infiltrado. McLaren ha sido trasladado a Chicago para prestar declaración antes del juicio.
»Ken McLaren, antiguo jefe de contabilidad de Darius Cole. Exagente del Servicio de Impuestos Internos, un genio enviando dinero al extranjero, “cambiándolo de domicilio” por medio de inversiones en empresas que, sobre el papel, parecían legales y trayéndolo de vuelta sin pagar impuestos.
»Durante casi una década, hizo ganar a Cole un montón de dinero.
»Entonces, el hijo de McLaren fue descubierto en el campus de la Universidad de Chicago con una bolsa llena de pastillas de éxtasis y presionaron a su padre hasta que aceptó testificar contra Cole.
»—Estás preparándote para la revisión del juicio —dijo Mason.
»—De eso no tienes que preocuparte. Tú solo debes preocuparte de...
»—Lo sé. Me lo cargo y me voy.
»—Ni te plantees lo segundo antes de concluir lo primero».
Mason volvió al pasillo y agarró al alguacil, todavía en posición fetal y cubriéndose el abdomen con las manos. Gritó de dolor cuando lo arrastró a la habitación y cerró la puerta.
—¿Dónde está?
El alguacil no contestó y Mason lo encañonó en la sien.
—Primera oportunidad... ¿Dónde está?
—Que te follen —dijo el alguacil.
Mason apartó el cañón de la sien y apuntó a la pierna, apretó el gatillo y lanzó un tapón de silicona a velocidad supersónica hacia el muslo. El hombre retrocedió por la sacudida y, medio segundo después, el trauma formó un mensaje coherente en su cerebro y se puso a gritar.
Mason le dio unos instantes para que se cansara y volvió a ponerle la pistola en la sien.
—Segunda oportunidad... ¿Dónde está?
—Arriba —respondió el hombre, escupiendo y tratando de recobrar el aliento.
—¿Arriba, dónde?
—Diez plantas. En la cincuenta y tres.
—¿Habitación?
—No lo sé.
Mason apuntó de nuevo a la sien.
—Cinco mil trescientos siete.
Mason le cogió las esposas que llevaba en el cinturón, le puso una en la muñeca derecha y lo arrastró hasta la barra, donde había una antigua barra apoyapiés de latón cerca del nivel del suelo. Una vez allí, sujetó la otra esposa a la barra apoya pies, tomó el teléfono que había en la encimera y lo lanzó al fregadero. Cuando se agachó para requisar el móvil del tipo, se le acercó a la oreja.
—Si no está ahí, desearás que te hubiera matado.
Al salir, Mason cogió la bandeja del servicio de habitaciones, volvió a la escalera, subió los diez tramos que lo separaban de la planta cincuenta y tres, y abrió la puerta del pasillo.
Estaba despejado.
«Que no haya nadie delante de la puerta es otra manera de mantener en secreto la habitación».
Mason avanzó rápidamente hasta la 5307, sacó el bolígrafo y abrió la cerradura. Una vez más, le sorprendió que no hubiera pasador y, cuando se abrió la puerta, apenas si tuvo tiempo de procesar que el alguacil le había tendido una trampa.
—¡Quieto!
Mason se dio la vuelta justo a tiempo para ver el fogonazo de la pistola y notar el impacto en el pecho. El chaleco detuvo la bala, pero su fuerza se propagó por todo el cuerpo como si lo hubiera golpeado un saco de cemento. Al caer apretó el gatillo de la escopeta, pero la bala salió desviada hacia arriba. El alguacil ya estaba acercándose, preparado para el segundo disparo, cuando Mason abrió fuego. Esta vez alcanzó al hombre en la ingle y cayó sobre las piernas de Mason, que se lo quitó de encima.
El hombre era mayor que el otro, con el pelo canoso y la tez castigada. Probablemente fuera alguacil desde hacía al menos treinta años. Había jurado proteger a los clientes con su vida. Se llevó las manos a la ingle, cerrando fuertemente los ojos, con la mandíbula apretada y respirando entrecortadamente. Mason le quitó la Glock y la radio y lo arrastró hacia el apartamento del otro lado del pasillo.
Apenas había muebles. Un sofá, un televisor, una mesita, mucho espacio vacío y ni un rincón donde esconderse. Fue a la cocina y después a la habitación, donde miró debajo de la cama y en el armario, que estaba vacío. Luego entró en el baño y apartó la cortina de la ducha.
«¿Dónde coño se ha metido McLaren?».
Mason volvió al salón principal, se quedó allí un momento y recordó dónde se encontraba y el rasgo más característico del Aqua: los balcones que llegaban hasta la última planta. Entonces se acercó a la cortina y la apartó.
El contable estaba fuera, pegado a la esquina del pasamanos de hierro. No era como esperaba, un cuervo con un bolígrafo en la mano, sino un hombre que obviamente iba al gimnasio, aunque el bíceps que tensaba la camisa fuese pura presunción. Mason abrió la puerta y notó el aire frío en la cara. Podía oír el tráfico en Columbus, cincuenta y tres pisos más abajo. A lo lejos aulló una sirena, que probablemente se dirigía hacia allí con un millón de luces de la ciudad centelleando a su alrededor. En otras circunstancias habría sido un lugar hermoso.
El contable se irguió y miró a Mason a los ojos mientras este sacaba la semiautomática del cinturón.
La hora de la fuerza no letal se había acabado.
Cuando levantó la semiautomática, vio algo en los ojos de McLaren, se volvió un segundo demasiado tarde y notó el impacto en el brazo derecho. La pistola repiqueteó en el suelo del balcón y alguien le dio una patada. En el instante en que Mason se daba la vuelta, vio al alguacil ya recuperado. «Debería haberme asegurado de que estaba inconsciente», pensó mientras hacía frente a un problema todavía mayor cuando el alguacil le propinó un puñetazo en la mandíbula. Mason se incorporó, le dio una patada en la ingle con el pie derecho y lo derribó.
Estaba intentando sacar la porra en el momento en que el contable lo agarró por detrás y, debido a la inercia, entraron de nuevo en la habitación. Mason, todavía inmovilizado, cayó sobre la mesita y rompió las patas. Después se dio la vuelta para agarrar al contable por el cuello, pero este estaba ejerciendo una presión de veinte kilos de peso sobre él y había empezado a sacudirle fuertemente la cabeza. Notó que el anillo de boda de McLaren le rasguñaba la cara, recibió otro golpe cerca del ojo y, cuando intentó asestarle un puñetazo en las costillas, soltó un grito de dolor y se llevó la mano al chaleco táctico. Mason, que sostenía aún la porra de metal, le golpeó en la cabeza.
Mason se lo quitó de encima justo a tiempo para ver al alguacil recogiendo la escopeta del suelo. Mason le agarró la mano y se la retorció. Le rompió al menos un dedo y, cuando el arma se disparó, notó el calor a través de los guantes y vio cómo estallaba el televisor. Mason pulsó el botón de la porra, la acercó al cuello del alguacil y descargó doce millones de voltios en su cuerpo. El hombre permaneció inmóvil hasta que Mason apartó la porra, y después le atizó con ella en la cabeza. Su oponente cayó al suelo por última vez.
Mason se levantó, buscó sus armas y se limpió la sangre de la mejilla.
«—Asegúrate de que se entere —le había dicho Quintero—. Que sepa quién te envía.
»—¿Crees que albergará alguna duda?».
—Te pagaré —dijo McLaren, que empezó a ponerse en pie con una mano en la zona de la cabeza donde había recibido el golpe—. Duplicaré lo que te haya ofrecido Cole.
—No siempre es un asunto de dinero —repuso Mason al mismo tiempo que levantaba la semiautomática.
Fue un paso que no tuvo que planear, que no quería planear ni meditar en modo alguno. Sabía que llegaría ese momento, sabía que todo lo demás se desvanecería, que tendría delante el objetivo y apretaría el gatillo y todo se reduciría a puro tecnicismo: concéntrate en la mira delantera, deja que el objetivo se convierta en un simple borrón. Una respiración más y luego un leve movimiento.
—Por favor —dijo el contable, y Mason apretó tres veces el gatillo.
Pecho, pecho, cabeza.
El cuerpo impactó en el suelo.
Mason consultó el reloj. Eran las 21.57. La habitación señuelo le había hecho perder un tiempo precioso.
Tenía tres minutos para salir de allí antes de que estallara la bomba de Quintero.
На этой странице вы можете прочитать онлайн книгу «Plan de fuga», автора Steve Hamilton. Данная книга относится к жанрам: «Зарубежные детективы», «Мистика».. Книга «Plan de fuga» была издана в 2022 году. Приятного чтения!
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