–Sí –Amber rió–. Es que sus ojos son verdes, pero esa vez también eran rojos. Tenía gripe, era la primera vez que se ponía enfermo desde hacía años. Todos decían que era muy mal paciente.
–¿Cómo se lo tomó?
–Rompió a reír. Echó la cabeza hacia atrás, se echó a reír y cuando dijo touché todos dejaron lo que estaban haciendo y me miraron. Al principio creía que me miraban por la pinta que llevaba; pero mucho más tarde me enteré de que estaban asombrados porque nunca habían visto a Finn reírse tan desinhibido.
–¿Quieres decir que es un hombre seco?
–No tanto. Quiero decir que no hay muchas personas que puedan hacerlo reír.
–¿Y tú eres una de ellas?
–Eso espero.
–Así que te contrató y te pidió que salieras con él.
–No –Amber negó con la cabeza–. Me dijo que no era lo suficientemente alta para ser modelo.
–¿Ah, no? –preguntó el entrevistador mientras la miraba de arriba abajo.
–Yo mido sólo metro setenta y cinco y la mayoría de las modelos llegan al uno ochenta hoy día.
–¿Qué le dijiste?
–Que, a cambio, él no era lo suficientemente amable para ser mi jefe. Y eso lo hizo reír de nuevo.
–Y te marchaste.
–Estuve a punto. Pero en ese momento sonó el teléfono y Finn comenzó a hablar; y sonó una segunda línea y empezó a hacer gestos de impaciencia con la mano, así que descolgué, respondí, tomé nota del mensaje y me dispuse a marcharme –explicó Amber–. Entonces me llamó, me preguntó si sabía escribir a máquina y le dije que sí. Luego me preguntó si sabía servir cafés y le dije que sí… y que si él también sabía.
–Y volvió a reírse.
–Exacto.
–¿Y entonces?
–Entonces me ofreció trabajo como secretaria.
–Y le dijiste por dónde podía meterse el trabajo, ¿no?
–Estuve tentada –confesó Amber–. Pero tenía curiosidad. Había un ambiente de locos en la agencia, frenético. Y le dije que tenía que pensármelo. Él contestó que no tenía tiempo para discutirlo en esos momentos, pero me ofreció hablar de ello esa noche cenando… y apareció con otras dos modelos.
–O sea, que no fue la velada más romántica de tu vida –ironizó Paul.
–En absoluto. Las dos chicas se pasaron el tiempo metiéndose la una con la otra y tratando de captar la atención de Finn.
–¿Y qué hiciste?
–Las dejé que siguieran y me limité a disfrutar de la cena.
–Lo cual lo sorprendió.
–Lo dejó asombrado. Primero mandó a casa a las dos modelos y luego miró mi plato vacío y dijo que nunca había visto comer tanto a una mujer. Y yo respondí que es que yo no tenía costumbre de comer en restaurantes así y que, si no era capaz de apreciar esos platos tan deliciosos, es que su paladar estaba atrofiado y quizá debiera tomar comida normalita durante una temporada.
–Y siguió riéndose.
–En efecto. Entonces me preguntó si sabía cocinar y contesté que sí, por supuesto, pero que si estaba buscando una secretaria o una esposa.
–Déjame que adivine: te miró a esos grandes ojos azules que tienes y te dijo que lo segundo; que llevaba toda la vida esperando a una chica como tú.
–En absoluto. Frunció el ceño y me dijo que, si iba a trabajar para él, tendría que hacer algo con mi imagen –Amber dio un sorbo de champán y disfrutó recordando lo fácil y divertido que había sido todo al principio–. Yo le pregunté si eso significaba que me estaba ofreciendo el trabajo y él respondió que por supuesto.
–Y saltaste de alegría.
–No. Le dije que no podía aceptar el trabajo salvo que incluyese alojamiento, porque mi trabajo en el hotel era como interna, y él contestó que no había problema; que encontraría donde alojarme.
–Con idea de que te mudaras a su casa. Supongo que fue ahí cuando saltó la chispa.
–No, no. Me estaba ofreciendo el piso destartalado que había encima de la agencia… Bueno, no estaba tan mal –se corrigió Amber–. Así que me mudé allí.
–¿Y se fue a vivir contigo?
–¡Ni hablar! –Amber rió–. No me imagino a Finn viviendo allí. Él tenía un apartamento mucho más grande con vistas a Hyde Park.
–¿Este apartamento? –preguntó el entrevistador tras mirar en derredor.
–Sí… Al final me vine con él aquí, pero así fue cómo empezó todo.
–Vamos, que fue un romance apasionado desde el primer momento – concluyó Paul.
–Al contrario: trabajé dos años para Finn antes de que me pusiera una mano encima –aseguró Amber–. Digamos que se enamoró de su obra, como en Pigmalión.
–¿Y cómo lo hizo?
–Me llevó a una peluquera y a una experta en maquillaje. Luego, me recomendó una modista que me asesoró sobre el tipo de ropa que debía ponerme.
–Pues te dio buenos consejos –murmuró el periodista mientras miraba las piernas de Amber, descubiertas por el vestido corto que lucía.
–A Finn sí se lo pareció –replicó ella, molesta por el descaro de Paul.
–Sí, Finn… –el entrevistador dio un nuevo sorbo de champán–. Le van muy bien las cosas, ¿verdad?
Amber asintió. A veces pensaba que, en realidad, las cosas le iban demasiado bien. Con lo bien que marchaba la agencia, apenas parecía encontrar tiempo para verla, a pesar de que se había asociado con Jackson Geering.
Lo había elegido para descargarse de trabajo, pero éste se había mostrado tan eficiente que, al final, se habían abierto nuevas sedes de la agencia. Como la que iban a inaugurar en Nueva York.
Y aunque a Amber la asustaba que el estrés acabara afectando a su salud, no podía decirle a un hombre de treinta y cuatro años cómo debía vivir su vida.
Miró el reloj y vio que eran casi las cinco. En cuanto se deshiciera de Paul Millington, podría ponerse a cocinar. La encantaba preparar platos con muchas verduras, comidas sanas y baratas, y aunque Finn le decía que eran suficientemente ricos para comer caviar toda la vida, Amber seguía ligada a la dieta que había llevado durante su infancia.
El periodista notó que Amber quería finalizar la entrevista. Mejor. Las personas solían ser más indiscretas cuando comenzaban a impacientarse. Y de las indiscreciones nacían los reportajes más sabrosos…
–¿Dónde te propuso matrimonio Finn?
–¡Ah, no!, ¡eso sí que no voy a contarlo! –Amber rió–. Me mataría si te lo dijera.
–O sea, que fue en la cama.
–¡No voy a contártelo! –repitió Amber, ruborizada.
Lo cierto era que no había sido en la cama, sino en el cuarto de baño de una casa, durante una fiesta a la que habían asistido por puro compromiso.
Finn no solía hacer nada que no le apeteciera y apenas tenía vida social. Para empezar, le faltaba tiempo y, para seguir, prefería llevar una vida sencilla, alejada del glamour del mundo en que trabajaba. Pero los anfitriones de aquella fiesta eran los propietarios de la revista de moda de más tirada del país y hasta Finn había accedido a personarse.
–¿Vamos a ir? –le había preguntado él una mañana, camino de la agencia.
–¿Tenemos que ir? –había respondido Amber.
–No es obligatorio, cariño… pero puede ser divertido.
–¿Divertido? –se había extrañado ella, que aún se sentía incómoda en aquellas reuniones de ricachones desconocidos.
–Podrías ver el tipo de vida que nosotros podríamos llevar –se había explicado Finn. Pero ni aquellos lujos ni las mujeres que lo acosaban en aquellas fiestas eran del agrado de Amber–. ¿Qué te pasa? –le había preguntado luego al advertir la expresión resignada de ella.
–Nada.
–Algo te pasa –había insistido Finn–. ¿Es por las otras mujeres?
–Es natural, Finn –había respondido ella, sonriente–. Eres un hombre muy atractivo y es normal que te persigan.
–¿No pensarás que las aliento?
–No.
–¿Ni siquiera inconscientemente?
–Tú no necesitas tener un harén de mujeres para reforzar tu autoestima –había contestado ella–. Puedes seguir con tu club de admiradoras, Finn Fitzgerald.
Luego, una vez en la fiesta, y durante la cena, Amber había procurado hablar con un joven director de cine. Después de media hora, había cazado una mirada de Finn.
–Reúnete conmigo abajo –le había pedido éste, tras acercarse a Amber con decisión.
–¿Por qué?
–No hagas preguntas.
–¿Ni siquiera sobre el punto de encuentro?
–¿Por qué no te escondes en uno de los pasillos oscuros del vestíbulo? –repuso Fin con tono seductor–. ¿Y me dejas que te encuentre?
El corazón le había latido al ponerse de pie, convencida de que todo el mundo debía de haber notado las intenciones de ambos; sin embargo, no le había dado la impresión de que nadie los hubiera echado de menos.
Después de entrar en uno de los servicios de la planta baja, donde se peinó el pelo, se lavó las manos y se pintó los labios, Finn abrió la puerta y la miró excitado mientras se metía y echaba el cerrojo de los aseos.
–¿Finn?
–¡Chiss! –había chistado éste, justo antes de abrazarla y comenzar a besarla…
–¡Finn! –había protestado Amber al notar que le estaba acariciando un pezón.
–¿Qué?
–No debes hacer esto.
–¿Por qué no?
–Porque… porque…
–¿Te has quedado sin palabras? –se había adelantado él, al tiempo que introducía una mano posesivamente entre los muslos de Amber.
–Nosotros… no deberíamos hacer esto –había insistido mientras tragaba saliva, excitada por la erección que notaba sobre sus muslos–. Hay gente arriba…
–¿Y?
–¿Y si se dan cuenta de que…?
–¿De qué? –la había presionado mientras le bajaba las bragas.
–¡De que no tienes vergüenza!
–¿Y?
–¡Y de que eres fantástico! –había concedido Amber, con una mezcla de placer y culpabilidad mientras Finn la penetraba hasta culminar el orgasmo más increíble de sus vidas.
–He estado pensando… –había arrancado él, minutos después, aún abrazado a Amber.
–¿A esto lo llamas pensar? –había bromeado ésta.
–Sobre esas mujeres.
–No importa.
–Claro que importa, cariño. Seguro que te molestan, ¿verdad?
–Sí –había admitido Amber–. Supongo que le molestaría a cualquier mujer; pero espero disimularlo bien…
–A mí no puedes engañarme.
–Pero sí a los demás –había replicado ella–. Creo que he ocultado muy bien mi impaciencia.
–Cierto. Sólo me he dado cuenta porque te conozco muy bien –había asegurado Finn–. Cuando vi que repetías postre me di cuenta de que estabas tensa… aunque no tardaste en encontrar a alguien con quien distraerte –había añadido tras apartarle un mechón rubio de la mejilla y darle un beso en la nariz.
–¿Lo dices por el director de cine?
–Sabes que sí.
–¿Y te ha molestado? –había preguntado Amber.
–Supongo que sí –había reconocido él–. Una tontería por mi parte, ¿verdad?
–No es una tontería. Es natural sentir celos… aunque sepas que tus temores son infundados.
–Supongo –había dicho Finn, para darle un beso en el pelo a continuación.
–¿Tenemos que volver ahí arriba? –había susurrado ella–. ¿Por qué no intentamos escaparnos sin que nadie se dé cuenta?
–Todavía no. Antes quiero decirte una cosa –había respondido Finn con tono enigmático.
–¿No puede esperar?
–No, cariño. Me temo que no.
–Me estás asustando.
–No es lo que pretendo –le había asegurado él–. Esas mujeres que se me acercan… no te respetan, ¿verdad, cariño?
–No mucho.
–Y quizá se deba a que piensen que sólo eres mi novia…
–¿Sólo? –había interrumpido Amber, indignada–. ¿Qué significa eso?
–Algo temporal, supongo.
–¡Pero llevamos dos años viviendo juntos!
–Pero ellas no tienen por qué saberlo… y probablemente no piensen que haya ningún compromiso entre nosotros.
–Cierto. De hecho, no lo hay –había indicado ella–. Pero no me importa. Hoy día…
–Puede que a ti no te importe –la había interrumpido Finn–, pero a mí sí… Lo que quiero decir es que… soy novato en estas cosas y…
–¿Qué cosas?
–En peticiones de mano… esas cosas.
–¿Peticiones de mano? –había repetido incrédula.
–¿Tú quieres?
–¿Qué? –le había preguntado, deseosa de oírlo alto y claro.
–Casarte conmigo.
–¡Finn! –había exclamado Amber, con el corazón rebosante de felicidad–. ¡Dios, Finn! ¿Cómo puedes hacerme una pregunta así? ¡Por supuesto que quiero casarme contigo!
Y entonces, después de besarse como los enamorados que eran, él había sacado una cajita de cuero con un anillo de diamante que encajaba en el dedo de Amber a la perfección.
–¡Santo cielo! ¡Nunca había visto un diamante tan grande!
–Eso alejará a las demás mujeres de ahora en adelante –había comentado Finn–. ¿Te gusta?
–¡No hagas preguntas idiotas! ¿Cómo no va a gustarme! ¡Me encanta!
–¿Entonces?
–¿Es posible que tuvieras planeado todo esto?
–¿Quién hace ahora las preguntas idiotas? –había replicado Finn, sonriente–. Pues claro que lo había planeado. ¿O piensas que te iba a pedir que te casaras conmigo de repente, por un capricho?
–Así que saliste y me compraste el anillo…
–Te aseguro que no lo he robado –había bromeado él–. Te quiero – había añadido, mirándola a los ojos.
–Amber… ¿Amber?
Ésta despertó de su ensimismamiento y se encontró frente al periodista.
–¿Sí? –preguntó despistada.
–Bueno, ¿dónde se te declaró? –insistió él.
–En un cuarto de baño –confesó para su sorpresa.
–¿En un cuarto de baño!
–Sí, pero no quiero responder a más preguntas; al menos, no sobre eso. ¿Te importa?
–Claro que no me importa –respondió el entrevistador, el cual se imaginó lo que habría sucedido en aquellos aseos. Jugueteó con un bolígrafo entre los dedos, suspiró y se preparó para lanzarle lo que él mismo denominaba la pregunta de la bofetada… aunque, viendo a una dama como Amber, dudaba mucho que ésta fuera a pegarle, por mucho que la provocara–. Amber, eres una mujer muy guapa… pero vives en un mundo lleno de mujeres bonitas, y algunas… perdona el atrevimiento, pero algunas son mucho más guapas que tú.
–No es la primera vez que me lo dicen –repuso ella.
–Entonces, ¿te importa compartir con nuestros lectores cuál fue tu arma secreta?
–El arma con el que atrapé a Finn, ¿quieres decir?
–¡Exacto! –exclamó Paul, al cual le brillaron los ojos con lujuria.
–No tengo ninguna arma secreta –contestó Amber con serenidad. ¿Qué se había creído?, ¿que le iba a decir que era una máquina en la cama?–. Lo que pasa es que nos queremos, así de sencillo.
–Ah… –murmuró el entrevistador, decepcionado.
–Y ahora tengo que irme. Si no hay más preguntas…
–Sólo una.
–¿Sí?
–La pregunta más obvia en realidad: ¿cuándo es la boda?
–Bueno, Finn mencionó el Día de los Enamorados; pero no estoy segura de que vayamos a tenerlo todo preparado para entonces. Sólo faltan dos meses.
–¡Boda en el Día de los Enamorados! –exclamó Paul–. Sería un titular estupendo. Te prometo que ocupará toda la portada.
Amber se puso en pie y acompañó a Paul Millington a la salida. Se sintió incómoda por todo lo que le había contado, aunque, aparte del comentario del cuarto de baño, no había dicho nada que no supiese ya todo el mundo, ¿no? Y lo del baño… tampoco podía dar mucho de sí, ¿verdad?
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