—Es en efecto correcto censurar tales casos. Pero ¿cuáles serían en aquellos que estamos examinando, y de qué modo?
—Primeramente —expliqué—, aquel que dijo la mentira más grande respecto de las cosas más importantes es el que forjó la innoble mentira de que Urano obró del modo que Hesíodo le atribuye y de [378a] cómo Cronos se vengó de él. 22 En cuanto a las acciones de Cronos y los padecimientos que sufrió a manos de su hijo, 23 incluso si fueran ciertas, no me parece que deban contarse con tanta ligereza a los niños aún irreflexivos. Sería preferible guardar silencio; pero si fuera necesario contarlos, que unos pocos los oyesen secretamente, tras haber sacrificado no un cerdo sino una víctima más importante y difícil de conseguir, de manera que tuvieran acceso a la audición la menor cantidad posible de niños.
—En efecto —dijo—, esos relatos presentan dificultades.
—Y no deben ser narrados en nuestro Estado, Adimanto, como [b] tampoco hay que decir, a un joven que nos escucha, que al cometer los delitos más extremos no haría nada asombroso, o que si su padre delinque y él lo castiga de cualquier modo, sólo haría lo mismo que los dioses primeros y más importantes.
—¡No, por Zeus! Tampoco a mí me parecen cosas adecuadas para narrar.
—Ni admitamos en absoluto que los dioses hagan la guerra a dioses, [c] se confabulen o combatan unos contra otros; pues nada de eso es cierto: al menos si exigimos que los que van a guardar el Estado consideren como lo más vergonzoso el disputar entre sí. Y con menor razón aún han de narrarse, o representarse en bordados, gigantomaquias y muchos otros enfrentamientos de toda clase de dioses y héroes con sus parientes y prójimos. Antes bien, si queremos persuadirlos de que ningún ciudadano ha disputado jamás con otro y de que eso habría sido un sacrilegio, tales cosas son las que, tanto los ancianos como las ancianas, [d] deberán contar a los niños desde la infancia; y aun llegados a adultos, hay que forzar a los poetas a componer, para éstos, mitos de índole afín a aquélla. Narrar en cambio, los encadenamientos de Hera por su hijo o que Hefesto fue arrojado fuera del Olimpo por su padre cuando intentó impedir que éste golpeara a su madre, así como cuantas batallas entre dioses ha compuesto Homero, no lo permitiremos en nuestro Estado, hayan sido compuestos con sentido alegórico o sin él. El niño, en efecto, no es capaz de discernir lo que es alegórico de lo que [e] no lo es, y las impresiones que a esa edad reciben suelen ser las más difíciles de borrar y las que menos pueden ser cambiadas. Por ese motivo, tal vez, debe ponerse el máximo cuidado en los primeros relatos que los niños oyen, de modo que escuchen los mitos más bellos que se hayan compuesto en vista a la excelencia.
—Eso es razonable —repuso Adimanto—. Pero si alguien nos preguntara aún, concretamente, qué cosas son éstas y cuáles son los mitos a que nos referimos, ¿qué contestaríamos?
Y yo le contesté:
—En este momento, ni tú ni yo somos poetas sino fundadores de [379a] un Estado. Y a los fundadores de un Estado corresponde conocer las pautas según las cuales los poetas deben forjar los mitos y de las cuales no deben apartarse sus creaciones; mas no corresponde a dichos fundadores componer mitos.
—Correcto —dijo—, pero precisamente en relación con este mismo punto: ¿cuáles serían estas pautas referentes al modo de hablar sobre los dioses?
—Aproximadamente éstas: debe representarse siempre al dios como es realmente, ya sea en versos épicos o líricos o en la tragedia.
—Eso es necesario.
—Ahora bien, ¿no es el dios realmente bueno por sí, y de ese modo debe hablarse de él? [b]
—¡Claro!
—Pero nada que sea bueno es perjudicial. ¿O no?
—Me parece que no puede ser perjudicial.
—¿Y acaso lo que no es perjudicial perjudica?
—De ningún modo.
—Lo que no perjudica ¿produce algún mal?
—Tampoco.
—Y lo que no produce mal alguno, ¿podría ser causa de un mal?
—No veo cómo.
—Pues bien, ¿es benéfico lo bueno?
—Sí.
—¿Es, entonces, causa de un bienestar?
—Sí.
—En ese caso, lo bueno no es causa de todas las cosas; es causa de las cosas que están bien, no de las malas.
—Absolutamente de acuerdo —expresó Adimanto. [c]
—Por consiguiente —proseguí—, dado que Dios es bueno, no podría ser causa de todo, como dice la mayoría de la gente; sería sólo causante de unas pocas cosas que acontecen a los hombres, pero inocente de la mayor parte de ellas. En efecto, las cosas buenas que nos suceden son muchas menos que las malas, y si de las buenas no debe haber otra causa que el dios, de las malas debe buscarse otra causa.
—Gran verdad me parece que dices.
—Pero entonces no debemos admitir, ni por parte de Homero ni [d] por parte de ningún otro poeta, errores tales acerca de los dioses como los que cometen tontamente, al decir que «dos toneles yacen en el suelo frente a Zeus», 24 llenos de suertes: propicias en el primero, desdichadas en el otro, y que aquel a quien Zeus ha otorgado una mezcla de ambas 25 «encuentra a veces el bien, a veces el mal», 26 pero que a aquel a quien Zeus no le otorga la mezcla sino los males inmezclados, «una desdichada miseria lo hace emigrar por sobre la tierra divina». 27 Ni [e] admitiremos tampoco que se diga que Zeus es para nosotros dispensador de bienes y de males. En cuanto a la violación de los juramentos y pactos en que ha incurrido Píndaro, si alguien afirma que se ha producido por causa de Palas Atenea y de Zeus no lo aprobaremos, como [380a] tampoco que haya tenido lugar una discordia y un juicio de los dioses por obra de Temis y de Zeus. 28 Ni debemos permitir que los jóvenes oigan cosas como las que dice Esquilo, a saber, que
un dios hace crecer la culpa entre los hombres,
cuando quiere arruinar una casa por completo. 29
»Y si algún poeta canta los padecimientos de Níobe en yambos como éstos, o los referidos a los Pelópidas o a los troyanos o algún otro tema de esa índole, no le hemos de permitir que diga que esos pesares son obra de un dios, o, si lo dice, debe idear una explicación como la que nosotros buscamos ahora, declarando que el dios ha producido cosas [b] justas y buenas, y que los que han sido castigados se han beneficiado con ello. Pero afirmar que son infortunados los que expían sus delitos y que el autor de sus infortunios es el dios, no hemos de permitírselo al poeta. Si dijera, por el contrario, que los malos son infortunados porque necesitaban de un castigo, y que se han beneficiado por obra del dios al expiar sus delitos, eso sí se lo permitiremos. En cuanto a que Dios, que es bueno, se ha convertido en causante de males para alguien, debemos oponernos por todos los medios a que sea dicho o escuchado en nuestro Estado, si pretendemos que esté regido por leyes adecuadas; ni el hombre más joven ni el más anciano narrarán tales [c] mitos, estén en verso o en prosa, puesto que serían relatos sacrílegos, y ni son convenientes para nosotros ni coherentes entre sí.
—Sumo mi voto al tuyo —repuso Adimanto— en favor de esta ley: también a mí me place.
—Ésta será, pues, la primera de las leyes y de las pautas que conciernen a los dioses, a la cual deberán ajustarse los discursos acerca de los dioses, si se habla, y los poemas, si se compone: que el dios no es causa de todas las cosas, sino sólo de las buenas.
—Y eso basta.
—Veamos ahora la segunda: ¿crees que el dios es un hechicero capaz [d] de mostrarse, por medio de artificios, en momentos distintos con aspectos distintos, de manera tal que a veces él mismo aparece y altera su propio aspecto de muchas formas, en tanto otras veces nos engaña, haciéndonos creer tales cosas acerca de él? ¿No crees, por el contrario, que el dios es simple y es, de todos los seres, quien menos puede abandonar su propio aspecto?
—Ahora mismo no podría contestarte.
—Pues dime: ¿no es forzoso que si alguien abandona su propio aspecto lo haga transformándose por sí mismo o por obra de otro? [e]
—Sí, es forzoso.
—En el caso de que sea por obra de otro hallaremos que las cosas mejores son las que menos pueden ser alteradas o modificadas. Por ejemplo, el cuerpo más sano y más robusto es el que menos puede ser alterado por obra de alimentos, bebidas y fatigas, así como la planta más fuerte es la que menos puede ser alterada por obra del calor solar, [381a] o de los vientos y otros accidentes similares.
—Sin duda.
—¿Y no es el alma más vigorosa y más sabia la que menos puede ser perturbada o modificada por cualquier factor externo?
—Sí.
—Y también cabe suponer que, por la misma razón, todos los objetos fabricados: utensilios, edificaciones y vestimentas, si han sido bien elaborados y se hallan en buen estado, son los que menos pueden ser alterados por la acción del tiempo y de las diversas influencias.
—Es cierto.
—Por consiguiente, todo lo que es excelente, sea por naturaleza, [b] sea por arte o por ambas a la vez, es lo que menor modificación admite por obra de otro.
—Así parece.
—Pues bien, tanto el dios como las cualidades propias del dios en todo sentido son perfectas.
—Claro que sí.
—Por ese motivo, el dios es quien menos podría adoptar formas múltiples.
—En efecto, nadie podría menos que él.
—Pero ¿acaso no podría él mismo transformarse y alterarse por sí solo?
—Evidentemente, si es cierto que se altera.
—¿Se transformaría en lo mejor y más bello o en lo peor y más feo que él mismo?
—En lo peor, necesariamente —respondió—, siempre que sea [c] cierto que se altera. Pues hemos dicho que al dios nada le falta en cuanto a belleza y a perfección.
—Has hablado correctamente. Y si es así, Adimanto, ¿te parece que alguno de los dioses o de los hombres se volvería, voluntariamente, peor en algún sentido?
—Es imposible.
—En tal caso, es imposible que un dios esté dispuesto a alterarse; creo, por el contrario, que cada uno de los dioses, por ser el más bello y mejor posible, ha de permanecer siempre simplemente, en su propia forma.
—Todo eso me parece forzoso.
[d] —Pues entonces, mi querido amigo, que ningún poeta nos venga a decir que
dioses, semejantes a extranjeros de todas las partes,
tomando toda clase de apariencias, visitan las ciudades. 30
»Ni que nadie cuente mentiras acerca de Proteo 31 y de Tetis, 32 ni presente a Hera, en tragedias u otro tipo de poemas, transformándose en una sacerdotisa mendigando
para los hijos —dadores de vida— de Ínaco, el rey de Argos. 33
»Y que no nos pretendan engañar con muchas otras falsedades similares, [e] ni que las madres, convencidas por estos poetas, asusten a sus hijos contándoles indebidamente mitos según los cuales ciertos dioses rondan de noche, con apariencias semejantes a las de muchos extranjeros de las más diversas regiones, para no blasfemar contra los dioses y hacer a la vez a sus hijos más cobardes.
—Deben evitarlo.
—Pero ¿no podría suceder que los dioses mismos no puedan transformarse, y nos hagan creer que se manifiestan de diversos modos, echando mano a engaños y brujerías?
—Tal vez.
—En ese caso, ¿estaría un dios dispuesto a mentir, con palabras o [382a] actos, recurriendo a una falsa apariencia?
—No sé.
—¿No sabes acaso que la verdadera mentira, si se puede hablar así, es odiada por todos los dioses y hombres?
—¿Qué quieres decir?
—Esto: que nadie está dispuesto a ser engañado voluntariamente en lo que de sí mismo más le importa ni respecto de las cosas que más le importan, sino que teme sobre todo ser engañado en cuanto a eso.
—Aún no te entiendo.
—Lo que sucede —dije— es que piensas que me refiero a algo maravilloso. Pero lo que yo quiero decir es que lo que menos admitiría [b] cualquier hombre es ser engañado y estar engañado en el alma con respecto a la realidad y, sin darse cuenta, aloja allí la mentira y la retiene; y que esto es lo que es más detestado.
—Ciertamente.
—Y sin duda es lo más correcto de todo llamar a eso, como lo hice hace apenas un momento, «una verdadera mentira»: la ignorancia en el alma de quien está engañado. Porque la mentira expresada en palabras es sólo una imitación de la que afecta al alma; es una imagen que surge posteriormente, pero no una mentira absolutamente pura. ¿No es así? [c]
—Muy de acuerdo.
—Por consiguiente, la mentira real no es sólo odiosa para los dioses, sino también para los hombres.
—Así me parece.
—En cuanto a la mentira expresada en palabras, ¿cuándo y a quién es útil como para no merecer ser odiosa? ¿No se volverá útil, tal como un remedio que se emplea preventivamente, frente a los enemigos, y también cuando los llamados amigos intentan hacer algo malo, por un arranque de locura o de algún tipo de insensatez? Y también en la [d] composición de los mitos de que acabamos de hablar, ¿no tornamos a la mentira útil cuando, por desconocer hasta qué punto son ciertos los hechos de la Antigüedad, la asimilamos lo más posible a la verdad?
—Sin duda.
—Pero ¿en cuál de estos casos la mentira será útil al dios? ¿Acaso sería en el caso de que, por desconocer él cómo han sido los hechos de la Antigüedad, asimilara la mentira a la verdad?
—No, eso sería ridículo.
—Por consiguiente, no puede hallarse en Dios un poeta mentiroso.
—Me parece que no.
[e] —¿Mentiría, entonces, por temor a sus enemigos?
—Eso menos aún.
—¿O por la insensatez o arranque de locura de sus amigos?
—No —dijo Adimanto—, porque ningún loco o insensato es amigo de Dios.
—En tal caso, no hay motivo alguno para que Dios mienta.
—No lo hay.
—Por ende, lo propio de Dios y lo divino es en todo sentido ajeno a la mentira.
—Por completo.
—Por lo tanto, el dios es absolutamente simple y veraz tanto en sus hechos como en sus palabras, y él mismo no se transforma ni engaña a los demás por medio de una aparición o de discursos o del envío de signos, sea en vigilia o durante el sueño.
[383a] —Al decirlo tú, también me parece a mí.
—Entonces estarás de acuerdo conmigo en cuanto a la segunda pauta a la que hay que atenerse para hablar y obrar respecto de los dioses: que no son hechiceros que se transformen a sí mismos ni nos induzcan a equivocarnos de palabra o acto.
—Estoy de acuerdo.
—Por consiguiente, aun cuando alabemos muchas cosas en Homero, no elogiaremos el pasaje en que se refiere el mensaje que, mientras duerme Agamenón, le envía Zeus, 34 ni tampoco aquellos versos de Esquilo en los cuales Tetis dice que Apolo, cantando en sus bodas, [b]
exaltó mi feliz progenie
con vidas extensas, libres de enfermedades.
Y tras decir todo esto, celebró mi fortuna, cara a los dioses,
con un peán con que deleitó mi corazón.
Y yo no imaginaba que la boca divina de Febo,
plena del arte de la profecía, fuera mentirosa.
Pero este mismo dios que cantaba, el mismo que asistió al festín
en persona, y que había predicho todo aquello fue
quien asesinó a mi hijo. 35
»Cuando un poeta diga cosas de tal índole acerca de los dioses, nos [c] encolerizaremos con él y no le facilitaremos un coro. Tampoco permitiremos que su obra sea utilizada para la educación de los jóvenes; al menos si nos proponemos que los guardianes respeten a los dioses y se aproximen a lo divino, en la medida que eso es posible para un hombre.
—En cuanto a mí —respondió Adimanto—, estoy completamente de acuerdo con estas pautas; y, llegado el caso, las adoptaría como leyes.
13 Esquilo, Los siete contra Tebas , 592: «pues [Anfiaro] no quiere parecer el mejor sino serlo». Pocas líneas más abajo, en 362a-b, Platón cita los vv. 593-594.
14 Hesíodo, Trabajos y días , 232-234.
15 Odisea , xix , 109-113. Platón omite, en el v. 110, «que impera sobre muchos y vigorosos varones».
16 Alusión, según J. Adam y H. G. Liddell-R.Scott-H. S. Jones, Greek-English Lexicon , 9.a ed., Oxford, 1925, al castigo de las Danaides, que es mencionado por primera vez en el pseudo-platónico Axíoco , 371e (W. K. Guthrie, Orfeo y la religión griega [trad. de J. Valmard], Buenos Aires, 1970, pág. 192, nota 10). Sin la referencia a las hijas de Dánao se halla ya en Gorgias , 493b.
17 Aquí nos apartamos de J. Adam y seguimos los manuscritos, con J. Burnet.
18 Trabajos y días , 787-789. Aunque en el texto de Hesíodo la traducción más conveniente de aretḗ parece ser la de Paola Vianello, «éxito», seguimos la interpretación de Platón como «excelencia».
19 Este pasaje de la exhortación de Fénix a Aquiles en Ilíada , ix , 497-501, citado de memoria aquí o no, guarda algunas diferencias con los manuscritos de Homero, de las cuales la más notable se halla en el v. 497, donde el adjetivo streptoí («mudables de ánimo») es sustituido por el extraño vocablo listoí (traducimos «accesibles a los ruegos»). Es omitido el v. 498, «la virtud, la fuerza y la honra de ellos es mucho mayor».
20 Frag. 213, Schröder, 1922 (90 de origen incierto, Puech, 1922).
21 Traducimos philomathḗs («amante de aprender») y transliteramos simplemente philósophos («amante de la sabiduría»).
22 Cf. Teogonía , 154-182.
23 Ibid ., 453-500.
24 Ilíada , xxiv , 527. Las palabras siguientes parafrasean el v. 528: «de dones que se distribuyen, malos en un caso, buenos en el otro».
25 Paráfrasis del v. 529; sólo falta el epíteto de Zeus, «quien se deleita con el rayo».
26 Ibid ., 530. La frase siguiente es una paráfrasis muy libre del v. 531.
27 Ibid ., 532.
28 Ibid ., xx , 1-74.
29 Esquilo, frag. 156, A. Nauck, Tragicorum Graecorum Fragmenta , Leipzig, 1889.
30 Odisea , xvii , 485-486.
31 En Odisea , iv se narran las sucesivas transformaciones de Proteo en león, dragón, pantera, jabalí, agua y árbol, para intentar inútilmente escapar de Menelao y sus hombres.
32 Las transformaciones de Tetis para escapar al matrimonio con Peleo son cantadas por Píndaro, Nemeas , iv , 62 y sigs. (Nota de J. Adam, 1963.)
33 Esquilo, frag. 168, A. Nauck, Tragicorum Graecorum Fragmenta , Leipzig, 1889.
34 Cf. Ilíada , ii , 1-34.
35 Esquilo, frag. 350, 1-9, Nauck, 1889. El primer verso es acomodado por Platón a su propia redacción.
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