—Así al menos, lo muestra el argumento —dijo Polemarco.
—Parece, pues, que el justo se revela como una suerte de ladrón; y me da la impresión de que eso lo has aprendido de Homero. Éste, en efecto, estima a Autólico, abuelo materno de Ulises, y dice que se ha destacado [b] entre todos los hombres «por el latrocinio y el juramento»8. De este modo parece que, para ti, como para Homero y para Simónides, la justicia es un modo de robar, bien que para provecho de los amigos y perjuicio de los enemigos. ¿No es eso lo que dices?
—No, ¡por Zeus! Pero ya ni yo mismo sé lo que dije. De todos modos, sigo creyendo que la justicia consiste en beneficiar a los amigos y perjudicar a los enemigos.
—Y los que dices que son amigos, ¿son los que a [c] cada uno parecen buenos, o bien aquellos que son buenos aunque no lo parezcan? Y lo mismo respecto de los injustos.
—Lo natural es amar, a los que se considera buenos, y odiar a los que se considera malos.
—Pero ¿no se equivocan los hombres acerca de esto, y así les parece que muchos son buenos, aunque no lo sean, y les sucede también con muchos lo contrario?
—Sí, se equivocan.
—En tal caso, para ellos los buenos son enemigos y los malos, amigos.
—En efecto.
—No obstante, para ellos es justo beneficiar a los malos y perjudicar a los buenos. [d]
—Así parece.
—Sin embargo, los buenos son justos e incapaces de obrar injustamente.
—Es verdad.
—Según tu argumento, pues, es justo hacer mal a los que en nada han obrado injustamente.
—De ningún modo, Sócrates; es el argumento lo que parece estar mal.
—En tal caso, es justo perjudicar a los injustos y beneficiar a los justos.
—Esto parece mejor que lo otro.
—Entonces, Polemarco, sucederá a muchos —a cuantos se equivocan acerca de los hombres— que para ellos [e] será justo perjudicar a los amigos, ya que son malos, y beneficiar a los enemigos, pues son buenos. Y así arribamos a lo contrario de lo que decíamos afirmaba Simónides.
—Así sucede, efectivamente —contestó Polemarco—. Pero retractémonos; pues es probable que no hayamos considerado correctamente al amigo y al enemigo.
—¿Y cómo los hemos considerado, Polemarco?
—Al amigo, como el que parece bueno.
—Y ahora ¿cómo nos retractaremos?
—Considerando amigo al que parece bueno y lo es, [335a] mientras que al que parece bueno pero no lo es, estimaremos que parece amigo sin serlo. Y haremos la misma consideración acerca del enemigo.
—Según ese argumento, el bueno será amigo, parece, y el malo enemigo.
—Sí.
—Propones, por ende, añadir algo a nuestra primera consideración de lo justo, cuando decíamos que era justo hacer bien al amigo y mal al enemigo: ahora quieres que, además, digamos que es justo hacer bien al amigo que es bueno y perjudicar al enemigo que es malo. ¿Eso es lo que propones?
[b] —Ciertamente; así me parece que queda bien dicho.
—En tal caso, ¿es propio del hombre justo perjudicar a algún hombre?
—Sin duda: hay que perjudicar a los malos y enemigos nuestros.
—Ahora bien, al perjudicar a los caballos ¿se vuelven éstos mejores o peores?
—Peores.
—¿Peores respecto de la excelencia de los perros o respecto de la de los caballos?
—Respecto de la de los caballos.
—Y al ser perjudicados los perros, se vuelven peores respecto de la excelencia de los perros, no respecto de la de los caballos.
—Es forzoso.
—En cuanto a los hombres, amigo mío, ¿no diremos, análogamente, que, si los perjudicamos, se volverán peores [c] respecto de la excelencia de los hombres?
—Ciertamente.
—¿Y no es la justicia la excelencia humana?
—También esto es forzoso.
—Entonces también aquellos hombres que sean perjudicados se volverán necesariamente injustos.
—Así parece.
—Ahora bien: ¿pueden los músicos, por medio de la música, hacer a otros ignorantes en música?
—Imposible.
—Y los entendidos en caballos ¿pueden, por medio del conocimiento de caballos, hacer a otros ignorantes en caballos?
—No.
—Y por medio de la justicia, ¿los justos pueden hacer injustos a otros? En resumen, ¿los buenos pueden [d] hacer malos a otros por medio de la excelencia?
—No, imposible.
—En efecto, no es función del calor enfriar, sino de su contrario.
—Así parece.
—Ni humedecer es función de la sequedad, sino de lo contrario de ésta.
—Sin duda.
—Por tanto no es función del bueno perjudicar, sino de su contrario.
—Parece que sí.
—¿Pero acaso el justo no es bueno?
—Claro que sí.
—Entonces, no es función del justo perjudicar, Polemarco, sea a un amigo o a otro cualquiera, sino de su contrario, el injusto.
[e] —En todo me parece que dices la verdad, Sócrates —repuso él.
—En tal caso, si se dice que es justo dar a cada uno lo que se debe, y con ello se quiere significar que el hombre justo debe perjudicar a los enemigos y beneficiar a los amigos, diremos que no es sabio hablar así, pues equivale a no decir la verdad, ya que se nos ha mostrado que en ningún caso es justo perjudicar a alguien.
—Convengo en ello —dijo Polemarco.
—Por consiguiente, tú y yo combatiremos juntos contra cualquiera que dijera que han hablado así Simónides, Biante, Pítaco9 o algún otro de esos varones sabios y bienaventurados.
—En cuanto a mí, estoy dispuesto a participar del combate.
[336a] —Pero ¿sabes de quién me parece que es ese dicho según el cual es justo beneficiar a los amigos y perjudicar a los enemigos? —le pregunté.
—¿De quién?
—Creo que es de Periandro, de Perdicas, o bien de Jerjes o de Ismenias el tebano10, o de algún otro hombre rico que se creía con un gran poder.
—Lo que dices es muy cierto.
—Pues bien —dije—, si se ha mostrado que ni la justicia ni lo justo son así, ¿qué otra cosa puede decirse que sean?
Entonces Trasímaco —quien, mientras dialogábamos, [b] había intentado varias veces adueñarse de la conversación, pero había sido impedido en ello por quienes estaban sentados a su lado y querían escucharla íntegramente—, en cuanto hicimos una pausa tras decir yo aquello, no se contuvo más, y, agazapándose como una fiera, se abalanzó sobre nosotros como si fuera a despedazarnos. Tanto Polemarco como yo nos estremecimos de pánico, pero Trasímaco profirió gritos en medio de todos, clamando:
—¿Qué clase de idiotez hace presa de vosotros desde [c] hace rato, Sócrates? ¿Y qué juego de tontos hacéis uno con otro con eso de devolveros cumplidos entre vosotros mismos? Si realmente quieres saber lo que es justo, no preguntes solamente ni te envanezcas refutando cuando se te responde, sabedor de que es más fácil preguntar que responder, sino responde tú mismo y di qué es para ti lo justo. Pero no me vayas a decir que lo justo [d] es lo necesario, lo provechoso, lo útil, lo ventajoso y lo conveniente; sino dime con claridad y exactitud qué es lo que significa, pues yo no he de tolerar que divagues de semejante modo.
Al oírlo quedé azorado y lo contemplé con pavura; y creo que si no hubiese sido que yo lo miré a él antes que él a mí, habría perdido el habla. Pero en el momento en que comenzó a exasperarse por la conversación, [e] yo había sido el primero que lo contempló, de modo que luego me fue posible responderle, y le dije, no sin un ligero temblor:
—No seas duro con nosotros, Trasímaco, pues tanto Polemarco como yo, si erramos en el examen de estas cuestiones, has de saber que erramos sin quererlo. Pues si estuviéramos buscando oro, no creas que querríamos hacernos cumplidos el uno al otro en la búsqueda, echando a perder su hallazgo; menos aún, buscando la justicia, cosa de mucho mayor valor que el oro, nos haríamos concesiones uno al otro, insensatamente, sin esforzarnos al máximo en hacerla aparecer. Créeme, amigo. Lo que sucede es que no somos capaces de hacerla aparecer. Así es mucho más probable que seamos compadecidos [337a] por vosotros, los hábiles, en lugar de ser maltratados.
Tras escucharme, Trasímaco se echó a reír con grandes muecas11, y dijo:
—¡Por Hércules! Esta no es sino la habitual ironía de Sócrates, y yo ya predije a los presentes que no estarías dispuesto a responder, y que, si alguien te preguntaba algo, harías como que no sabes, o cualquier otra cosa, antes que responder.
—Eres sabio, Trasímaco —respondí—. Bien sabías que, si preguntabas a alguien cuánto es doce, y al preguntarle le previnieras: «No me vayas a decir, amigo, que [b] doce es dos veces seis ni tres veces cuatro ni seis veces dos ni cuatro veces tres, porque no he de tolerar que me digas tales idioteces», sería claro para ti, creo, que nadie respondería al que inquiriera de tal modo. Pero si te preguntara: «¿a qué apuntas, Trasímaco? ¿A que no responda ninguna de las cosas sobre las que me has prevenido, ni siquiera si alguna de ellas fuera la correcta, hombre asombroso, sino que debo decir alguna distinta de la correcta? ¿O a qué otra cosa te refieres?» ¿Qué contestarías a esto? [c]
—¡Está bueno! —exclamó: ¡como si este caso fuera semejante a aquél!
—No veo por qué no —respondí—. Pero, aun cuando no fuera semejante, si al interrogado le parece que es semejante, ¿piensas que dejará de responder lo que le parece a él, prohibámoselo nosotros o no?
—¿Y así has de obrar también tú? ¿Responderás alguna de las cosas que te he prohibido?
—No me asombraría si, después de examinarlo, opinara que es así.
—¿Y si yo te mostrara otra respuesta, además de [d] todas ésas, acerca de la justicia, mejor que ellas? ¿Qué pena merecerías?
—¿Qué otra pena que la que conviene a alguien que no sabe? Y sin duda lo que conviene al que no sabe es aprender del que sabe. Yo también merecería esa pena.
—Eres gracioso; pero además de aprender, pagarás también dinero.
—En cuanto lo tenga, ciertamente.
—Lo tienes —dijo Glaucón—. Si es por el dinero, Trasímaco, habla. Todos nosotros aportaremos por Sócrates.
[e] —Veo claro todo —protestó Trasímaco—. Lo hacen para que Sócrates consiga lo habitual: que él no responda, sino que, al responder otro, tome la palabra y lo refute.
—¿Y cómo podría alguien responder, mi excelente amigo —señalé—, cuando, en primer lugar, uno no sabe, y después, si piensa algo, un hombre nada insignificante le prohíbe que hable de las cosas que está considerando? [338a] Más natural es que hables tú; ya que dices saber y tener algo que decir. No te niegues, pues, sino hazme el placer de contestar y no rehúses enseñar a Glaucón, que está aquí dispuesto, y a los demás.
Una vez que dije esto, tanto Glaucón como los demás le pidieron que no se negase. Y era evidente que Trasímaco estaba deseoso de hablar para ganar en prestigio, porque creía contar con una respuesta excelente; hacía como si quisiera lograr que yo fuera el que respondiese, pero terminó por acceder, y en seguida dijo:
[b] —Esta es la sabiduría de Sócrates: no estar dispuesto a enseñar, sino a aprender de los demás yendo de un lado a otro, sin siquiera darles las gracias.
—En lo de que aprendo de los demás dices verdad, Trasímaco —contesté—. Pero en cuanto a lo que dices que no lo agradezco, estás equivocado, pues retribuyo en la forma que puedo; y sólo puedo hacerlo en elogios, porque dinero no tengo. Y con cuánto celo cumplo con ello cuando me parece que alguien habla bien, has de saberlo inmediatamente, después de que respondas. [c] Creo, en efecto, que hablarás bien.
—Escucha, pues —dijo Trasímaco—. Afirmo que lo justo no es otra cosa que lo que conviene al más fuerte. Y ahora ¿por qué no me elogias? Pero no, no estás dispuesto a ello.
—Primeramente debo comprender qué quieres decir, pues aún no lo sé. Afirmas que justo es lo que conviene al más fuerte. Y esto, Trasímaco, ¿qué significa? Porque sin duda lo que afirmas no es, por ejemplo, que si Polidamante, el pancraciasta, es más fuerte que nosotros, y le conviene —en lo concerniente al cuerpo— la carne de buey, este alimento es también conveniente y [d] justo para nosotros, que somos más débiles que él.
—Me repugnas, Sócrates: interpretas la definición del modo que más puedas distorsionarla.
—Pero, mi excelente amigo, de ningún modo: expresa más claramente lo que quieres decir.
—¿Acaso no sabes que en algunos Estados el gobierno es tiránico, en otros democrático y en otros aristocrático?
—¿Cómo no he de saberlo?
—¿Y no es el gobierno el que tiene la fuerza en cada Estado?
—Sin duda.
—Bien. De este modo, pues, cada gobierno implanta las leyes en vista de lo que es conveniente para él: la [e] democracia, leyes democráticas; la tiranía, leyes tiránicas, y así las demás. Una vez implantadas, manifiestan que lo que conviene a los gobernantes es justo para los gobernados, y al que se aparta de esto lo castigan por infringir las leyes y obrar injustamente. Esto, mi buen amigo, es lo que quiero decir; que en todos los Estados [339a] es justo lo mismo: lo que conviene al gobierno establecido, que es sin duda el que tiene la fuerza, de modo tal que, para quien razone correctamente, es justo lo mismo en todos lados, lo que conviene al más fuerte.
—Ahora he comprendido lo que querías decir; si es verdad o no, trataré de comprenderlo. Entonces, Trasímaco, también tú has respondido que ‘justo’ es lo conveniente, aunque a mí me habías prohibido que contestara eso; si bien a lo dicho en ese momento añades ahora que lo es para el más fuerte. [b]
—Un añadido probablemente insignificante —dijo burlonamente Trasímaco.
—Todavía no está claro si es importante. Pero lo que está claro es que hay que examinar si lo que dices es cierto. Porque estoy de acuerdo en que lo justo es algo conveniente, pero tú has añadido a esto la afirmación de que es conveniente para el más fuerte. Y esto lo ignoro, y debo examinarlo.
—Examínalo —respondió.
—Eso haré. Dime ahora: ¿no afirmas también que es justo obedecer a los gobernantes?
—Ciertamente que lo afirmo.
[c] —Veamos, pues: ¿son infalibles los que gobiernan en cada Estado, o pueden equivocarse?
—No cabe duda de que pueden equivocarse.
—Por ende, cuando se abocan a implantar leyes, unas las implantan correctamente, otras incorrectamente.
—Eso creo yo.
—Ahora bien, implantarlas correctamente significa implantar las que les convienen a ellos mismos, e incorrectamente las que no les convienen. ¿Así lo entiendes?
—Así lo entiendo.
—Pero una vez implantadas, los gobernados deben acatarlas, y eso es lo justo.
— ¡Claro que sí!
[d] —En tal caso, es justo no sólo hacer lo que conviene al más fuerte, de acuerdo con tu argumento, sino también es justo lo contrario, hacer lo que no le conviene.
—¿Qué dices? —exclamó Trasímaco.
—Lo mismo que tú, me parece. Pero examinémoslo mejor. Por un lado hemos acordado que, cuando los gobernantes ordenan a los gobernados que hagan ciertas cosas, a veces se equivocan respecto de lo que es mejor para sí mismos; por otro lado, hemos concordado en que es justo que los gobernados hagan lo que les ordenan los gobernantes. ¿No hemos convenido ambas cosas?
—Pienso que sí.
—Piensa también que has estado de acuerdo en que [e] es justo hacer lo que no conviene a los gobernantes —que son a la vez los más fuertes— cuando los gobernantes, sin querer, ordenan algo malo para sí mismos; y dices que para los gobernados es justo hacer lo que los gobernantes han ordenado. Entonces, sapientísimo Trasímaco, ¿no resulta así forzosamente que es justo hacer lo contrario de lo que tú dices? En efecto, de lo que afirmas resulta, sin duda, que se ordena a los más débiles que hagan lo que no conviene al más fuerte.
— Sí, por Zeus, Sócrates —exclamó Polemarco—; es [340a] clarísimo.
—Clarísimo, si tú lo atestiguas —dijo Clitofonte, tomando a su vez la palabra.
—¿Y para qué hace falta un testigo? Si el mismo Trasímaco está de acuerdo en que los gobernantes a veces ordenan algo malo para sí mismos, y que para los gobernados es justo hacer eso que les ordenan.
—Lo que Trasímaco consideró justo, Polemarco, fue lo que los gobernantes mandan hacer.
—Sí, pero también consideró justo, Clitofonte, lo que conviene al más fuerte. Y además de considerar ambas [b] cosas, estuvo de acuerdo en que a veces los más fuertes ordenan que lo que no les conviene a ellos mismos sea hecho por los gobernados, que son los más débiles. Y una vez acordadas tales cosas, en nada sería más justo lo que conviene al más fuerte que lo que no le conviene.
—Pero lo que conviene al más fuerte —replicó Clitofonte— significaba para Trasímaco lo que el más fuerte entendiera que le conviene: esto debe ser hecho por el más débil, y esto es lo que consideró como lo justo.
—Sin embargo, no fue eso lo que dijo —protestó Polemarco.
—No importa, Polemarco —dije entonces yo—; si ahora [c] Trasímaco afirma esto, se lo admitiremos. Dime, pues, Trasímaco: ¿era esto lo que querías decir al hablar de lo justo, a saber, aquello que al más fuerte le parezca que es lo que más le conviene a él, sea que le convenga realmente o no? ¿Esto es lo que quieres decir?
—En absoluto diría eso: ¿crees que llamaría más fuerte al que se equivoca, cuando se equivoca?
—Ciertamente, yo pensé que querías decir eso cuando estuviste de acuerdo en que los gobernantes no eran [d] infalibles, sino que también se equivocaban.
—Eres un tramposo en tus argumentos, Sócrates —contestó—. Veamos, por ejemplo, ¿llamas médico al que se equivoca respecto de los enfermos, en cuanto se equivoca en eso? ¿O calculador al que se equivoca en el cálculo, en el momento en que se equivoca, en cuanto a esa equivocación? Claro que usamos la expresión ‘el médico se equivocó’ o ‘el calculador o el gramático se equivocan’. Pero cada uno de éstos, en realidad, en la medida que es aquello por lo cual lo denominamos así, [e
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