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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 10


Asesor para la sección latina: SEBASTIÁN MARINER BIGORRA. .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este obra ha sido revisada por MANUEL C. DÍAZ Y DÍAZ .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 81, Madrid. España, 1988.

PRIMERA EDICIÓN, junio de 1978.

1a . reimpresión, marzo de 1984.

2a . reimpresión, junio de 1988.

ISBN 9788424930455.

INTRODUCCIÓN

LA NOVELA LATINA

Frente a otros géneros literarios como el épico y el dramático que en Roma gozaron de gran predicamento desde los orígenes de su literatura, la novela surge tarde y sólo está representada por dos obras: El Satiricón , de Petronio, y El Asno de Oro , de Apuleyo. Anteriormente los romanos parecen haberse contentado con traducciones de los cuentos milesios griegos, que leían con avidez en tiempos de paz y se llevaban entre sus enseres personales en período de campaña para entretener sus horas de ocio en la vida de campamento.

Por novela se entiende literatura narrativa no histórica, pues, como observó Menéndez y Pelayo, «la definición de la novela como historia ficticia incurre en una contradicción en los términos, pues la verdad es esencial en la historia. Si toda historia es o debe ser verdadera, parece difícil que pueda haber historia ficticia » 1 .

Para el gran sabio español en el nombre poco exacto y comprensivo de novela entran el cuento y la leyenda, la pintura de costumbres y la narración de sucesos maravillosos. Desde el género heroico, degeneración de la epopeya, hasta el pastoril, extensión de la poesía bucólica, todo cabe dentro de la novela. La forma de estas composiciones es variadísima; unas veces están en prosa, otras en verso, otras en prosa entremezclada de verso. Son las composiciones más libres en su forma, y menos reductibles a moldes determinados. Pero siempre presentan la narración como carácter distintivo.

Según esto, el nombre de novela es adecuado para designar las obras de Petronio y Apuleyo. Novela es El Satiricón , a pesar de los extraños elementos combinados en su composición. En cuanto a El Asno de Oro no se puede dudar de la unidad interna que existe en su estructura, como se verá en su lugar.

PETRONIO

Petronio y su obra plantean un sinfín de difíciles problemas. Del autor no sabemos nada con absoluta certeza; en cuanto a su obra, sólo nos ha llegado en parte e ignoramos lo que esta parte podría representar en el supuesto conjunto primitivo, cuyas líneas generales no logramos reconstruir: ni siquiera estamos de acuerdo sobre el tema que el autor pretendió desarrollar.

1.

La obra

Entre las obras de la literatura antigua que han llegado a la actualidad, pocas hay cuya transmisión acuse a través de los siglos estragos y peripecias más curiosas que El Satiricón . Le falta el principio y el final, como es bien comprensible y ocurre con otros textos, ya que lo más expuesto a perecer en un libro son siempre las primeras y últimas hojas del mismo. Pero, en el caso de El Satiricón , lo conservado ha ido apareciendo por partes y al azar de las circunstancias en diversas bibliotecas europeas: los editores han tenido que ir encajando los trozos dispersos para reconstruir en la medida de lo posible su primitiva unidad. Naturalmente, hay muchísimas lagunas más o menos extensas, y también no pocas «piezas» para las que no se encuentra sitio y que han de relegarse a un apéndice en las ediciones críticas o de cierta pretensión científica.

La colección de fragmentos, tal como la leemos actualmente, se ha constituido en tres etapas escalonadas a un siglo de distancia entre sí.

El primer manuscrito de Petronio apareció en 1476 y sirvió de base a la primera edición que de nuestro autor hizo Francisco Puteolano (Milán, 1482). Contiene la mayoría de las aventuras de Encolpio y el principio de la cena de Trimalción. No se conoció otro texto de Petronio hasta la segunda mitad del siglo XVI .

A partir de 1564 se descubren nuevos fragmentos que van encajando en el texto primitivo y lo completan en unos cuantos puntos; estos sucesivos hallazgos dan lugar a las importantes ediciones de Sambucus (Viena, 1564), Juan Tornesio (Lyón, 1575) y Pedro Pithoeano (París, 1577), que sucesivamente amplían la edición de 1482. Completan el texto, aunque no mejoran lo ya conocido, pues los nuevos manuscritos son menos fidedignos que el primitivo de Francisco Puteolano.

Para lograr progresos substanciales en el conocimiento de El Satiricón hemos de esperar todavía cerca de otro siglo más y llegar al año 1663, fecha en que, en la biblioteca de Nicolás Cippio, aparece el importantísimo códice Traguriensis (hoy Parisinus 7989 ). El Traguriensis , llamado así por haberse descubierto en la ciudad yugoslava de Traur, contiene en una primera parte los poemas de Catulo, Tibulo y Propercio; luego viene un largo fragmento que fue fácil identificar con la cena de Trimalción, cuyos primeros capítulos ya se conocían, como queda dicho.

Sin embargo hemos de recordar aquí que la autoridad del códice Traguriensis , aunque está fechado (20 de noviembre de 1423), tardó en imponerse al mundo erudito. Antes de incorporarlo a las ediciones de Petronio, se publicaron ediciones especiales del códice en 1664 (Padua y París) y 1665 (Upsala), que suscitaron numerosas y apasionadas controversias en pro y en contra de la autenticidad de la obra; hubo incluso un auténtico congreso en 1668 para estudiar el manuscrito y zanjar definitivamente la cuestión. La inmensa mayoría de los asambleístas reconoció la autenticidad del códice y se dictaminó que «la Cena era del mismo autor que las Aventuras de Encolpio».

Después de este dictamen no se hicieron esperar las nuevas ediciones que incorporarían el contenido del Traguriensis a la novela de Petronio: las encabeza Michael Hadrianides, cuyo trabajo publicó el impresor Juan Blevio, en Amsterdam, el año 1669. Esta fecha cierra, pues, el período de dos siglos de descubrimientos que fueron desenterrando la obra de Petronio en sus dimensiones actuales.

Con esto la edición «completa» de Amsterdam quedaba de hecho todavía demasiado «incompleta» para los admiradores de Petronio. Surge entonces la era de falsarios 2 que pretendieron completarla de verdad (!). El más célebre fue el francés Francisco Nodot, un militar que aseguraba haber hallado en 1668, en Belgrado, un nuevo manuscrito sin las lagunas de los conocidos anteriormente. Publicó, pues, su sensacional edición de Petronio en Rotterdam, en 1692, y en París el año siguiente. Aunque la crítica de su tiempo tardó poco en desenmascarar la superchería del falsario, sus interpolaciones tuvieron bastante éxito y figuran todavía en la mayoría de las ediciones posteriores. No hemos acogido esos suplementos en nuestra traducción.

Así, pues, desde 1669 sólo hubo para nuestro texto mejoras de detalle: consistieron en aprovechar exhaustivamente los datos suministrados por los manuscritos, en casos de discrepancia, y en enmendar por conjetura los pasajes corrompidos, pero siempre en la extensión marcada por el Traguriensis . En este sentido hace época la edición crítica monumental de Francisco Bücheler (Berlín, apud Weidmannos, 1862).

2.

El autor

A la vez que se constituía la colección de fragmentos de El Satiricón se iba identificando a «su» autor, Petronio, con cierto personaje consular llamado igualmente Petronio y del cual Tácito nos da las siguientes noticias en el libro XVI (capítulos XVII-XIX) de sus Anales :

«En el transcurso de breves días cayeron en la misma redada Aneo Mela, Cerial Anicio, Rufrio Crispino y Petronio…

»Por lo que atañe a Petronio, he de insistir en algunos antecedentes. Pasaba el día durmiendo y dedicaba la noche a sus quehaceres y diversiones; así como otros alcanzan la gloria trabajando, él la había alcanzado vegetando; y no se le tenía por un vicioso, como a la mayoría de los que dilapidan sus bienes, sino por un refinado vividor. Cuanto mayor era la despreocupación y abandono reflejados en sus palabras y su conducta, mayor era también la simpatía que despertaba su aparente sencillez. En la dignidad de procónsul, en Bitinia, y luego en la de cónsul, se mostró enérgico y a la altura del cargo. Posteriormente, recayendo en sus vicios reales o aparentes, fue admitido en el reducido número de los favoritos de Nerón. Era el árbitro de la elegancia: el príncipe, por hastío, no encontraba agradable y delicado sino lo que previamente Petronio le recomendaba. De aquí la envidia de Tigelino, como ante un rival que le llevaba ventaja en la ciencia del placer. Aprovecha, pues, la pasión dominante del príncipe, su crueldad, y airea a sus ojos la amistad de Petronio con Escevino: antes compra entre sus esclavos a un delator y, sin dar lugar a la defensa, encarcela a la mayoría de los restantes.

»Casualmente el César había ido a pasar aquellos días en Campania y Petronio lo había acompañado hasta Cumas, donde se le dejó detenido. No resistió la idea de aguardar entre el temor y la esperanza. Sin embargo, tampoco se quitó de repente la vida, sino que se abría caprichosamente las venas, las cerraba, las volvía a abrir, y a la vez charlaba con sus amigos sin adoptar un tono serio ni pretender dejar a la posteridad un ejemplo de valor. Escuchaba a sus interlocutores, que para nada mencionaban la inmortalidad del alma ni las bonitas máximas de los filósofos; tan sólo quería oír poesías ligeras y versos fáciles. Recompensó a algunos de sus esclavos e hizo azotar a otros; asistió a comidas, se entregó al sueño para que su muerte, aunque forzosa, pareciera natural. No trató de adular con misivas, como suelen hacer los condenados a la última pena, ni a Nerón ni a Tigelino ni a ningún otro personaje influyente; al contrario, bajo el nombre de jóvenes impúdicos y mujeres depravadas, describió el inaudito refinamiento de las orgías del príncipe y, lacrado el relato, lo envió a Nerón. Acto seguido, destruyó su anillo por temor a que se usara luego para ocasionar nuevas víctimas.»

La creencia en que Tácito nos habla aquí del autor de El Satiricón se ha impuesto desde el siglo XVI entre las personas cultas; y no han faltado eruditos que llegaron hasta el extremo de identificar El Satiricón con el libelo a que se refiere Tácito en los párrafos anteriormente citados. Lo inverosímil de esta última pretensión salta a la vista: el personaje de Tácito escribe su libelo pocas horas antes de morir; y lo que nos queda de El Satiricón , aún siendo al parecer una mínima parte de la novela primitiva, como luego diremos, exigiría no obstante varios días de dedicación aunque sólo fuera para el trabajo material de copiarla. Por otra parte, si Nerón hubiera tenido en su poder el libelo en cuestión, ¿cómo no iba a destruir en el acto un libro destinado a ridiculizarlo y cuya primera copia —y al parecer única— tenía en sus manos? ¿No hubiera incluso movilizado su censura a la caza de otros posibles ejemplares? Y, por último, el personaje consular llamado Petronio trazó el retrato de Nerón con toda su depravación; ahora bien, tal retrato es irreconocible en ninguno de los personajes de nuestra novela.

De un siglo a esta parte han sido contadísimos los eruditos que han creído leer en El Satiricón el libelo a que alude Tácito, y su opinión no es compartida por nadie en la actualidad.

En cambio, con el tiempo, se ha ido afianzando cada vez más la identidad del autor de El Satiricón con el cortesano de Nerón. Los intentos de nuestro siglo por situar al Petronio novelista cronológicamente después de Marcial (tesis de Paoli) e incluso después de Apuleyo, a finales del siglo II o primeros decenios del III (tesis de Marmorale), han dado lugar a múltiples réplicas con nuevos argumentos a favor de la tesis tradicional 3 .

Especialmente en el último decenio se ha consolidado la datación tradicional con nuevos e importantes estudios, entre los que merecen destacarse, como autoridades en la materia las obras de J. P. Sullivan, P. G. Walsh, K. F. C. Rose y Pierre Grimal 4 ; este último resume el sentir de todos ellos en las siguientes palabras: «Las probabilidades más fuertes están a favor de la fecha tradicional, una fecha próxima al 62 después de Jesucristo» 5 .

Sin embargo, muy a última hora y cuando ya parecía que todo estaba dicho sobre el tema, nos vemos sorprendidos por un artículo muy sugestivo y documentado de René Martin que renueva la «cuestión pretoniana» 6 . Este autor sostiene que el poema sobre la guerra civil incluido en la obra de Petronio (capítulos 119-124) no es una parodia de Lucano, como comúnmente se cree, sino de Silio Itálico; ahora bien, como este autor escribe sus Punica entre los años 85-101 de nuestra era, la composición de El Satiricón sería por lo menos unos treinta años posterior a la época de Nerón. Y, naturalmente, admitida esta tesis, tampoco podríamos seguir identificando al Petronio novelista con el Petronio consular y amigo de Nerón cuya vida y muerte nos ha referido Tácito. La cuestión petroniana no parece, pues, quedar definitivamente zanjada todavía.

3.

Otras cuestiones

«La obra de Petronio», como actualmente figura en nuestras ediciones, comprende una nutrida serie de fragmentos más o menos largos agrupados en tres apartados (las tres partes en que aparece dividida la novela en muchas ediciones):

a )

Ascilto, capítulos I-XXVI.

b )

La Cena de Trimalción, caps. XXVII-LXXVIII.

c )

Eumolpo, capítulos LXXIX-CXLI.

Como queda dicho, después de los dos siglos que duró el descubrimiento y consiguiente agrupación de estos fragmentos bajo el nombre de un solo autor y de una obra primitiva única, ya llevamos casi otros tres siglos más leyendo «la obra de Petronio» en forma substancialmente invariable. Sin embargo, la costumbre no ha de transformarse en certidumbre hasta el punto de hacernos olvidar la azarosa historia de la transmisión de la obra y borrar toda sombra de duda en lo que atañe a nuestro autor y a nuestra novela.

Nunca han faltado dudas sobre la legitimidad de tal agrupación y de su atribución a un autor único. De hecho, es evidente que no hay unidad visible entre la Cena y las aventuras del dúo Encolpio-Eumolpo. Ningún episodio de la Cena es indispensable para comprender las aventuras que le siguen, ni tampoco para entenderlas mejor. Se han señalado además notables diferencias de estilo, de lengua y de psicología entre las dos partes esenciales de El Satiricón . Claro que lo inconexo de las partes se atribuye al estado fragmentario de la obra; las diferencias de estilo, lengua y psicología pasan por denotar simplemente el gran mérito de «un» autor que sabe adaptarse a la materia que trata y a las circunstancias en que escribe 7 .

No obstante, los mismos hechos han dado lugar a otras hipótesis e interpretaciones que merecen al menos una mención, si no una amplia discusión.

Para unos, el texto de la Cena no encaja con el resto de la novela y ha de considerarse como una pieza inventada en su totalidad por algún falsario más hábil que Nodot y demás interpoladores de Petronio.

Para otros, el texto de la Cena es auténtico, pero no de la pluma que escribió las Aventuras de Encolpio: se trataría de dos o más autores distintos, identificados alegremente y sin las debidas garantías por nuestros sabios modernos.

Prescindiendo de estas y otras dudas conexas, ¿qué representa, extensivamente, lo que subsiste frente a lo que se ha perdido?


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