Читать книгу «El libro del perdón» онлайн полностью📖 — Mpho Tutu — MyBook.

Nuestra humanidad compartida

El perdón es en última instancia una decisión por tomar, y la capacidad de perdonar procede del reconocimiento de que todos somos imperfectos y humanos. Todos hemos cometido errores y perjudicado a otros. Y volveremos a hacerlo. Es más fácil practicar el perdón cuando reconocemos que los roles habrían podido ser diferentes. Todos pudimos haber sido el perpetrador, no la víctima. Todos pudimos cometer contra otros los agravios que se cometieron contra nosotros. Uno podría decir: “Yo jamás haría tal cosa”, a lo que la humildad genuina contestará: “Nunca digas nunca jamás”. Así que más bien deberíamos decir: “Supongo que, en las mismas circunstancias, yo no haría tal cosa”. Pero quién sabe…

Como explicamos en la introducción, hemos escrito este libro porque en realidad nuestro tema no es una dicotomía. Nadie está siempre en el bando del perpetrador. Nadie será siempre la víctima. En algunas situaciones nos han hecho daño, y en otras hemos sido nosotros los que hemos hecho daño. A veces estamos a caballo entre ambos bandos, como cuando, al calor de una discusión, intercambiamos ofensas con nuestra pareja. No todos los daños son equivalentes, pero ésa no es la cuestión. Quienes quieran comparar cuánto han agraviado con cuánto se les ha agraviado a ellos terminarán ahogándose en un torbellino de victimización y negación. Quienes creen estar más allá de todo reproche no se han visto honestamente al espejo.

No nacemos odiándonos y deseando hacer daño. Ésta es una condición aprendida. Los niños no sueñan con ser violadores o asesinos de grandes, aunque cada violador y asesino fue niño alguna vez. Y cuando yo examino a algunos de los individuos a los que se describe como “monstruos”, creo honestamente que lo mismo podría decirse de cualquiera de nosotros. No digo esto porque yo sea un santo. Lo digo porque he estado con hombres condenados a muerte, he hablado con expolicías que admitieron haber infligido la más cruel de las torturas, he visitado a niños soldados que cometieron actos repugnantes, y en cada uno de ellos advertí una humanidad profunda reflejo de la mía.

El perdón es la gracia por la que permitimos que otros se pongan de pie, y que lo hagan con dignidad, para volver a empezar. No perdonar produce odio y amargura. Al igual que el odio y desprecio por uno mismo, el odio a los demás nos corroe las entrañas. Sea que se le proyecte afuera o se le guarde dentro, el odio corroe siempre el espíritu humano.

El perdón no es un lujo

El perdón no es una vaguedad. Tiene que ver con el mundo real. Curación y reconciliación no son hechizos mágicos. No borran la realidad de un agravio. Perdonar no es pretender que no pasó lo que pasó. La curación no arroja un velo sobre una herida. La curación y la reconciliación demandan más bien un juicio honesto. Para los cristianos, Jesucristo es el modelo del perdón y la reconciliación. Él perdonó a sus traidores. Jesús, el Hijo de Dios, podía quitar las cicatrices de la lepra; curar a los maltrechos de cuerpo, mente o espíritu, y devolver la vista a los ciegos. Sin duda, también habría podido eliminar las cicatrices de la tortura y muerte que él soportó. Pero decidió no suprimir esas evidencias. Después de la resurrección, se apareció a sus discípulos. En casi todas esas ocasiones, les mostró sus heridas y cicatrices. Y esto es lo que la curación exige. La conducta hiriente, vergonzosa, abusiva o degradante debe ser puesta bajo la inclemente luz de la verdad. Y la verdad puede ser brutal. De hecho, puede exacerbar las heridas y empeorar las cosas. Pero si queremos un perdón y una curación verdaderas, debemos hacer frente a la herida verdadera.

La invitación a perdonar

En los capítulos siguientes profundizaremos en el tema del perdón. Examinaremos qué es y no es el perdón. Por el momento baste decir que la invitación a perdonar no es una invitación a olvidar. No es una invitación a afirmar que una herida es menos dolorosa de lo que es. Ni una petición de disimular la fisura de una relación, de decir que marcha bien cuando no es así. Ser lastimado no está bien. Ser objeto de abusos no está bien. Ser atropellado no está bien. Ser traicionado no está bien.

La invitación a perdonar es una invitación a buscar paz y curación. En mi lengua nativa, el xhosa, para pedir perdón se dice Ndicel’ uxolo (“Pido paz”). Ésta es una locución muy bella, y muy perceptiva. El perdón abre la puerta a la paz entre personas y abre espacio a la paz en cada una de ellas. La víctima no puede tener paz sin perdonar. El perpetrador no tendrá verdadera paz mientras no sea perdonado. Entre víctima y perpetrador no puede haber paz mientras el agravio subsista entre ellos. La invitación a perdonar es una invitación a buscar la humanidad del perpetrador. Cuando perdonamos, reconocemos la realidad de que él es como cualquiera de nosotros.

Si yo intercambiara mi vida con la de mi padre; si hubiera experimentado el estrés y presiones que él enfrentó; si hubiera tenido que soportar sus cargas, ¿habría actuado igual que él? No lo sé. Supongo que yo habría sido diferente, pero no lo sé.

Mi padre murió hace mucho, pero si hoy pudiera hablar con él, le haría saber que lo he perdonado. ¿Qué le diría? Comenzaría dándole las gracias por todas las cosas maravillosas que hizo por mí, pero después le diría que hubo algo que me dolió mucho. Le diría cómo me afectó e hizo sufrir lo que él le hacía a mi madre.

Tal vez me escucharía, tal vez no. Pero yo lo perdonaría de todos modos. Mas como ya no puedo hablar con él, tuve que perdonarlo en mi corazón. Si mi padre estuviera hoy aquí, y así me pidiera perdón o no, o hasta se negara a admitir que hizo algo malo o no pudiera explicar por qué lo hizo, yo lo perdonaría. ¿Por qué? Porque sé que ésta es la única forma en que puedo aliviar el dolor en mi corazón de niño. Perdonar a mi padre me libera. Cuando olvido sus ofensas, mi recuerdo de él deja de ejercer control sobre mi ánimo o temperamento. Su violencia y mi incapacidad de proteger a mi madre dejan de definirme. Ya no soy el niño amedrentado por sus arrebatos etílicos. Tengo una historia nueva y diferente. El perdón nos libera a ambos. Somos libres.

El perdón implica práctica, honestidad, una mente abierta y la disposición (así sea limitada) a intentarlo. Este viaje de curación no es un manual, un libro que hemos de leer y entender. Es una práctica, algo en lo que debemos participar. Es nuestra propia senda al perdón. Para perdonar de verdad, tenemos que entender mejor el perdón, pero antes debemos saber qué no es el perdón. Exploraremos esto en el capítulo siguiente. Antes de continuar, hagamos una pausa para escuchar lo que el corazón oye.

“Te perdonaré.”

Estas palabras escuetas

ocultan un universo entero.

Cuando te perdono,

todas las cuerdas del rencor, el dolor y la tristeza que envolvían

mi corazón desaparecen.

Cuando te perdono,

dejas de definirme.

Tú me mediste y evaluaste y

decidiste que me podías lastimar,

porque yo no importaba.

Pero te perdonaré

porque cuento

e importo.

Soy más grande que la imagen que tienes de mí,

más fuerte,

más bello

e infinitamente más valioso de lo que creíste.

Te perdonaré.

Mi perdón no es un regalo para ti.

Cuando te perdone,

mi perdón será un regalo para mí.

RESUMEN

Por qué perdonar

 El perdón es bueno para la salud.

 El perdón brinda libertad del pasado, de un perpetrador, de una victimación futura.

 El perdón cura a familias y comunidades.

 Perdonamos para no sufrir, física o mentalmente, los corrosivos efectos de aferrarnos a la ira y el rencor.

 Todos estamos interconectados y tenemos una humanidad compartida.

 El perdón es un regalo que nos damos a nosotros mismos.

MEDITACIÓN

Abrirse a la luz

1 Cierra los ojos y sigue tu respiración.

2 Cuando te sientas centrado, imagínate en un lugar seguro, bajo techo o a la intemperie, como prefieras.

3 En el centro de tu espacio seguro está una caja con muchos cajones.

4 Los cajones están rotulados. Las inscripciones se refieren a heridas aún por olvidar.

5 Escoge un cajón y ábrelo. Enrollados, doblados o amontonados dentro están todos los pensamientos y sentimientos que el incidente despierta en ti.

6 Puedes decidir vaciar este cajón.

7 Saca tu herida a la luz y examínala.

8 Desdobla el rencor que sientes y ponlo frente a ti.

9 Desarruga esa pena y déjala vagar hacia el sol y desaparecer.

10 Si alguno de tus sentimientos te parece demasiado grande o insoportable, hazlo a un lado para examinarlo después.

11 Cuando el cajón esté vacío, póntelo en las piernas.

12 Quítale el rótulo.

13 Una vez sin su rótulo, lo verás convertirse en arena. El viento se lo llevará. Ya no lo necesitas.

14 El espacio de esa herida en la caja habrá desaparecido. Ya no es necesario.

15 Si hay más cajones por vaciar, repite esta meditación, ahora o más tarde.

RITUAL DE LA PIEDRA

Cargar la piedra

1 Necesitarás tu piedra del tamaño de la palma de tu mano.

2 Durante una mañana (aproximadamente seis horas), carga la piedra en tu mano no dominante. No la sueltes por ningún motivo en este periodo.

3 Pasadas las seis horas, haz el ejercicio del diario.

EJERCICIO DEL DIARIO

1 ¿Qué percibiste en el acto de cargar la piedra?

2 ¿Cuándo lo percibiste más?

3 ¿Estorbó alguna de tus actividades?

4 ¿Te fue útil en algún momento?

5 ¿En qué sentido cargar la piedra fue como cargar un agravio no perdonado?

6 Haz una lista de personas a las que debes perdonar.

7 Haz una lista de personas que quisieras que te perdonaran.