–El servicio de limpieza no viene más de tres veces por semana, pero cuando me voy a dormir, siempre me encuentro la cama hecha y el baño recogido… Sí, supongo que me hacía la cama.
–¿Y la colada?
A Carlene se le ocurrían un montón de tareas domésticas en las que imaginaba que Win no había pensado nunca. Debía de ser agradable tener suficiente dinero para poder delegar aquellas cosas.
–Sí, claro.
–Cualquiera diría que quieres contratar una esposa –bromeó ella.
Él no sólo no sonrió sino que frunció mucho más el ceño.
–Lo último que quiero es una esposa, con contrato o sin él. Si estás pensando algo en ese sentido, deberíamos dar por terminada la entrevista.
Carlene sintió una extraña mezcla de diversión y enfado ante las palabras de Win. Le hacía gracia que alguien pudiera ser tan directo, pero le molestaba que diera por sentado que tenía expectativas.
No podía negar que, después de que el último hombre decente con el que había salido se casara con otra, había llegado a la conclusión de que quería un marido, una casa con jardín y dos o tres niños. Los tipos que había conocido en el Gulch no sólo no eran candidatos para aquel escenario romántico, sino que por lo general sólo les interesaba una cosa y, con el cuerpo que tenía Carlene, esperaban conseguirla sin mucho esfuerzo.
Pero Win Garrison no conocía sus sueños secretos, y ella no había insinuado en ningún momento que lo estuviera considerando para el papel de padre y esposo.
–He venido a ofrecerme para el puesto de ama de llaves, no de esposa –replicó–. Además, no me interesa casarme con un hombre que cree que las respuestas monosilábicas y la grosería son un comportamiento aceptable socialmente. No te preocupes. Si me contratas, tu soltería estará a salvo.
Win no se inmutó por los insultos. De hecho, pareció satisfecho con la respuesta.
–Bien –dijo–. En tal caso, podemos seguir con la entrevista.
–Me temo que no es una buena idea.
Carlene se puso en pie. Estaba usando la falta de modales de Garrison como excusa para alejarse de un hombre que le resultaba peligrosamente atractivo.
–Te agradezco mucho tu tiempo –añadió–, pero creo que es mejor que me vaya.
Tenía que haber otro trabajo que la ayudara a salir del Dry Gulch y tal vez volviera más atractiva su solicitud para enseñar en el colegio de Sunshine Springs. El hecho de que aquélla fuera la primera oferta decente que había visto en las dos semanas que llevaba buscando empleo no significaba que no hubiera otras posibilidades.
–Siéntate, Carlene.
–No, en serio. Tengo que irme.
Ella se giró para marcharse, pero la detuvo la voz de Win.
–He dicho que te sientes –le ordenó, con un tono pausado que sonaba más intenso que un grito.
Carlene se volvió y, al verlo sonreír, se le hizo un nudo en el estómago. Era una mala señal.
–Si no puedes acatar una orden sencilla –dijo él–, vamos a tener una relación laboral bastante complicada, ¿no crees?
Carlene se quedó de pie con el ceño fruncido.
–No creo que tengamos ninguna relación laboral.
–¿Por qué? ¿Es porque a veces hablo con monosílabos?
–No. Porque eres un grosero y no se me da bien trabajar con groseros.
Era verdad. En el Dry Gulch la habían regañado más de una vez por increpar a algún cliente maleducado.
–Si te pido disculpas, ¿seguirás con la entrevista? –preguntó él.
Carlene no creía que Win fuera alguien que se disculpara muy a menudo.
–Depende.
–¿De qué?
–Primero, de por qué has sido descortés.
–¿Puedo preguntar qué te ha parecido una falta de cortesía? ¿Mis respuestas monosilábicas o mi advertencia?
Ella se sonrojó, porque también había sido grosera. Lo había insultado, aunque Win no le había dado gran importancia. Suspiró.
–La advertencia. A la mayoría de las mujeres les sentaría mal que nada más conocerlas dieras por sentado que te ven como un posible marido.
Mientras hablaba, Carlene se sentía tonta. Se lo estaba tomando como algo demasiado personal.
La risa sarcástica de Win no la hizo sentirse mejor.
–Cariño, soy un hombre rico con un nivel de vida al que aspira mucha gente –replicó él–. Para muchas mujeres el matrimonio sería una buena forma de conseguirlo. Hace tiempo que aprendí a dejar claro desde el principio que no tengo ningún interés en casarme, sea cual sea la relación que tenga con ellas.
Desde luego, aquélla no era una respuesta monosilábica.
–¿Dices que se lo adviertes tanto a tus parejas como a tus empleadas?
–Sí. En este momento no tengo trabajadoras en el Bar G, pero se lo advertí a la veterinaria la primera vez que vino a ver a los caballos.
–Es una obsesión que tienes –dijo ella, intimidada por la vehemencia de Win.
–Podría decirse que sí. Veo que tienes un vocabulario demasiado elaborado para dedicarte al servicio doméstico.
Tenía razón. Carlene era profesora de lengua y tenía una licenciatura en literatura francesa.
–¿Eso es una desventaja? –quiso saber.
–No lo sé. ¿Por qué no te sientas y lo hablamos?
Win sonrió al ver que accedía a la petición, y ella decidió que prefería que frunciera el ceño. Tenía una sonrisa absolutamente sensual, y lo último que necesitaba era pensar en su jefe en términos de sensualidad. Mucho menos tratándose de aquel jefe. A él no le interesaba el matrimonio, y a ella no le interesaba tener una aventura, por lo que el sexo quedaba fuera de la ecuación.
–¿Qué experiencia tienes? –preguntó él.
–No demasiada. Nunca he trabajado de cocinera, pero sé cocinar y me he ocupado de mi casa desde que me fui a la universidad.
Desde luego, su habitación de la residencia de estudiantes y los pisos en los que había vivido no eran nada comparados con aquella mansión de tres plantas. Aun así, se las arreglaría.
–Si cocinas tan bien como hablas, los peones te adorarán.
Volvió a recorrerla con sus ojos azules. Pero esta vez, en lugar de escalofríos, le hizo sentir calor en zonas a las que la mirada de un jefe no debería afectar.
–En realidad –añadió–, cuando te vean se sentirán en el paraíso, aunque tu comida sepa a tarta de boñiga.
Era algo a lo que estaba acostumbrada. Podría afrontarlo. O al menos era lo que quería creer. Llevaba años oyendo lo que decían los hombres sobre su cuerpo, y hacía tiempo que había aprendido que era mejor hacer caso omiso de los comentarios.
–¿Has comido alguna? –preguntó.
–¿Alguna qué?
–Tarta de boñiga.
–No –dijo él esbozando una sonrisa.
–Entonces, supongo que no sabrás si mi comida sabe peor que eso, ¿verdad?
La sonrisa se convirtió en carcajada.
–Supongo que no. Empiezas mañana, Tex.
–Me llamo Carlene.
–Pero tienes acento texano.
–Pues tendré que hacer algo al respecto, porque no pienso vivir allí nunca más.
Había sufrido demasiado para querer volver.
Win se relajó en el sofá del salón y agitó la copa de whisky antes de echar un trago. Habían pasado varias horas desde que Carlene se había marchado. Pensar en su nueva ama de llaves lo hizo sonreír.
Carlene tenía un cuerpo capaz de hacer que la mayoría de los hombres se sintieran incómodos con los pantalones y hablaba como una maestra de colegio remilgada y diminuta. El recuerdo de las curvas que la camisa no había podido ocultar le hizo repensar la idea. No era precisamente diminuta; al menos, no en algunas partes. Tampoco era demasiado grande. Era una venus de bolsillo perfecta, con curvas muy femeninas que confluían en una cintura estrecha por naturaleza. Era el sueño de cualquier adolescente, el sueño de cualquier hombre.
Y, desde luego, Win no había dejado de pensar en ella. Aún no podía entender qué lo había impulsado a ofrecerle el trabajo; no tenía experiencia. Lo único que esperaba era que supiera cocinar. Los peones estarían encantados al ver a una mujer tan sensual como ella, pero eso les duraría poco si no les daba bien de comer.
Suspiró y pensó que tal vez le conviniera enviar a Shorty para que la ayudara hasta que se acostumbrara a las tareas. El hombrecillo cocinaba fatal, pero sabía las cantidades y los platos que comían los jinetes.
Probablemente, Carlene lo desquiciaría. Le gustaba tener la última palabra y era obvio que estaba acostumbrada a mandar. Pero mientras se limitara a dar órdenes en la casa, no tendrían ningún problema. Win no quería tener que preocuparse por nada que no fuera dirigir el Bar G y las caballerizas Garrison. Con las yeguas a punto de parir no tenía tiempo para pensar en cosas como la comida y la limpieza de la casa.
Sentía curiosidad por saber dónde habría adquirido Carlene aquella veta mandona y en qué había trabajado antes, ya que no tenía experiencia como ama de llaves. No podía creer que no se lo hubiera preguntado durante la entrevista. Ni siquiera le había pedido que llenara una solicitud de empleo. La había contratado por puro instinto, algo muy impropio de alguien tan precavido como él.
Aunque odiaba reconocerlo, también habían influido las hormonas. Le costaba asumir que con treinta años aún podía dejarse afectar tanto por la visión de una mujer hermosa. Lo que pasaba era que hacía demasiado tiempo que no veía ninguna. Llevaba meses sin salir con nadie y bastante más sin tener relaciones sexuales. Estaba harto de juegos y de sexo desinteresado, y las dos cosas parecían estar asociadas a su falta de interés por el matrimonio.
Había momentos en los que la casa parecía vacía, en los que él se sentía vacío. Aun así, seguía convencido de que el matrimonio era para los idiotas. Había aprendido muy bien la lección desde muy pequeño. Su madre se había casado cinco veces y se había divorciado cuatro. El único motivo por el que no se había separado del último marido era que había muerto antes de volver a aburrirse de la dicha conyugal.
En otra época, Win había estado dispuesto a creer que no todas las mujeres eran como su madre. Era demasiado joven y estúpido. Acababa de terminar el instituto, estaba agobiado por la responsabilidad de tener que cuidar de su hermana de trece años y había conocido a una chica tímida y encantadora que quería casarse: Rachel. Había creído que Rachel lo ayudaría con su hermana y que podría hacer que aquella casa devastada por la muerte de su madre volviera a convertirse en un hogar.
Se había equivocado. Rachel pretendía que vendiera el Bar G y se mudaran a la ciudad. Tenía ilusiones y no iba a dejar que nadie se interpusiera en su camino; menos aún su joven esposo y la hermana necesitada. Desde entonces, él no había querido saber nada más del matrimonio. Había aprendido la lección de la peor manera, pero la había aprendido.
Carlene se había ofendido cuando se lo había planteado directamente. Había reaccionado con todo su orgullo femenino, y él había tenido que hacer un esfuerzo para no reírse. Era muy ingenua si creía que la mayoría de las mujeres que conocía no lo veían como un billete para una vida de lujo, caviar y cubiertos de plata.
Aunque ella pensara lo contrario, no había sido grosero por dejar las cosas claras desde el principio. Había sido justo, y era un hombre justo. Carlene tenía derecho a saber cuáles eran sus intenciones; la deseaba y quería tener algo con ella, pero no estaba interesado en casarse.
La deseaba desde que había abierto la puerta, molesto por la insistencia con la que llamaban al timbre. La mujer que estaba en la entrada había sido tan distinta de lo que se había esperado que se había sentido idiota. Idiota y muy excitado.
No cabía duda de que había pasado demasiado tiempo sin compañía femenina. Afortunadamente había tenido el acierto de contratar a Carlene y no tardaría en rectificar la situación.
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