Читать книгу «Amigo o marido» онлайн полностью📖 — Кима Лоренса — MyBook.


Tess exhaló un suspiro de alivio y sonrió. El rostro de Rafe ya no aparecía borroso.

–Preferiría insultarte a ti.

–Creía que ya lo hacías.

Tess se encogió de hombros… Rafe se estaba tomando bastante bien su impertinencia, lo cual intensificaba su culpabilidad. Sabía perfectamente que a quien quería gritar era a Chloe, solo que su sobrina no estaba allí y Rafe sí. Menos mal que él tenía las espaldas anchas… muy anchas, pensó, y deslizó una rápida mirada a aquellos hombros sólidos y poderosos.

–Bueno, parece que Baggins no te guarda rencor –reconoció. La exhibición de alegría juvenil estaba destinada a Rafe, no a ella–. Eres muy malo –lo regañó con afecto.

Rafe no cometió el error de creer que la regañina amorosa iba dirigida a él.

–Siempre has hecho gala de un concepto muy original de la disciplina, Tess –observó con ironía.

Tess chasqueó la lengua.

–Al menos, no soy un matón, como tú –replicó–. Anoche vi cómo tratabas a ese pobre hombre.

–Creía que no tenías televisor… para estar a tono con tu estilo de vida ecológica a base de lentejas y arroz integral.

La burla la sacó de sus casillas. ¿Cómo se atrevía a despreciarla de aquella manera? Era evidente que no se le pasaba por la cabeza que podía echar de menos las noches de teatro o de concierto que antes habían ocupado una parte tan importante de su vida.

–Era la abuela la que no tenía televisor, y el mío es portátil. Y solo porque cultivo hortalizas no me gusta que insinúes que me he convertido en una –le dijo con aspereza–. Además, no eres el más indicado para hablarme así. Al menos, cuando yo hago algo, lo hago por convicción –o, en aquel caso, llevada por el deseo de reducir los gastos de comida. Las verduras frescas de cultivo ecológico costaban un riñón.

–¿Y crees que yo no?

–Bueno, no parecías muy interesado en salvar el planeta antes de conocer a Nicola –Nicola, la activista medioambiental, había sido una de las primeras novias formales de Rafe. Junto con sus sólidas convicciones, Nicola, al igual que las demás novias que la habían sucedido, tenía unas piernas interminables, un cuerpo sensacional y una melena rubia larga y ondulada–. No la habrás olvidado, ¿verdad?

Nicola había quedado muy lejos y, a decir verdad, los recuerdos de Rafe sobre ella eran un poco difusos.

–Un hombre no olvida a una mujer como Nicola –desplegó una sonrisa lasciva por si Tess no había cazado la broma… aunque fue innecesario–. Esa chica tenía un gran entusiasmo.

Un entusiasmo tan grande como la talla de su sujetador, si hubiera querido llevar alguno, recordó Tess con ironía.

–Algunos lo llamarían fanatismo.

Se distrajo del tema cuando la cola de Baggins chocó con un montón de platos y lanzó uno al suelo. Rafe lo atrapó un momento antes del impacto.

–Este perro es una joya –gruñó.

–Si insultas a mi perro, me insultas a mí –replicó Tess, copiando la anterior respuesta de Rafe–. Debería llamar al veterinario, para asegurarme de que no le ha pasado nada –pensó en voz alta con nerviosismo, y tanteó el lomo del animal.

–Si de verdad te preocupa, estoy seguro de que Andrew estará encantado de hacerte una visita.

Rafe no estaba al tanto de la progresión de su romance, pero era bien sabido en la aldea que el veterinario de mediana edad había estado suspirando por Tess desde que comprara la clínica veterinaria de la localidad. Aunque Rafe apenas lo conocía, lo consideraba un hombre insípido, pomposo y pagado de sí mismo.

Tess se sonrojó al oír la pulla y se puso rígida.

–¿No sabías que Andrew ha vendido la clínica? Se ha mudado al norte –Tess estaba al tanto de lo que Rafe y el resto de la aldea pensaban. Si se atrevía a fingir pesar…

¿Por qué todo el mundo daba por hecho que, solo porque era soltera, mujer y a punto de cumplir los treinta, se moría por recibir las atenciones de cualquier hombre medio decente de los alrededores? Cierto que los hombres medio decentes escaseaban y que Andrew había sido una grata compañía, pero aunque lo único que habían compartido era una buena comida de vez en cuando, a juzgar por los comentarios maliciosos y las miradas sagaces, la aldea entera creía que Tess tenía una relación mucho más íntima con él.

Rafe elevó el labio superior.

–Siempre me pareció un adulador –dijo en tono ofensivo.

–Si te sirve de consuelo, a él tampoco le caías muy bien.

Rafe dio unas palmaditas al cariñoso animal.

–¿Es nuevo?

–Como casi todas las cosas desde la última vez que nos honraste con tu presencia.

–Tú sigues siendo la misma.

Tess no se sintió halagada, no creía que esa fuera la intención de Rafe.

–En realidad, es de segunda mano. Era el perro del señor Pettifer. ¿Te acuerdas de él? –Rafe asintió. Recordaba vagamente al frágil octogenario–. Nadie lo quería.

–¡No me sorprende! –no creía que hubiera muchos hogares dispuestos a acoger a aquella fea bestia.

Exasperada, Tess se retiró el pesado flequillo de pelo castaño de los ojos con impaciencia y fijó la mirada en el rostro apuesto y severo de Rafe.

–Tiene un corazón de oro.

–Y mal aliento.

–Pues Ben lo adora –por la forma en que lo dijo, Rafe dedujo que, en opinión de Tess, no existía mejor recomendación.

Tal vez estuviera equivocada, porque no veía mucho a Rafe últimamente, pero tenía un aire distinto. No sabía lo que era exactamente…

–¿Has estado bebiendo? –especuló Tess en voz alta.

–Todavía no –contestó Rafe con una carcajada temeraria y discordante–. ¡Justo lo que necesitaba! –anunció, y sacó una botella polvorienta del botellero. Sus ojos oscuros leyeron la etiqueta–. Licor de bayas, mi favorito. ¿El sacacorchos? –añadió en tono imperioso, y extendió la mano.

¡El licor de bayas de la abuela! Tess tuvo la certeza de que algo iba mal. En otras circunstancias, lo habría hostigado para que le contara lo que era, pero en aquellos momentos, no le importaba mucho conocer las preocupaciones de Rafe, solo quería quitárselo de encima para poder pensar… aunque, por el momento, no le había servido de mucho, reconoció a regañadientes.

–¿No pretenderás ofrecer a tu paladar el licor casero de la abuela? –se burló.

–A solas, no.

–Una invitación tentadora, pero son las tres de la madrugada –le recordó Tess, y consultó de forma automática su reloj de pulsera para confirmar su afirmación. Solo que su muñeca estaba desnuda. A decir verdad, ella tampoco estaba muy vestida, reconoció con incomodidad, y tiró del borde de su gastado camisón de algodón.

Tuvo el recuerdo de haber agitado los brazos, y solo Dios sabía lo que habría dejado al descubierto. Aun así, allí solo estaba Rafe, que ni siquiera habría pestañeado aunque la hubiera encontrado completamente desnuda.

Aunque fueran las tres de la madrugada, Rafe estaba vestido con la cansina perfección acostumbrada. Cómo no, su indumentaria era cara y elegante. Consistía en unos pantalones de color verde oliva y una fina camisa… claro que los detalles no importaban, sobre todo, cuando medía uno noventa, tenía un cuerpo atlético, hombros anchos, cintura estrecha y piernas largas, y se paseaba por ahí emanando la clase de sensualidad pensativa que hacía que las mujeres pasaran por alto el hecho de que su rostro no era del todo bonito. Fuerte, atractivo e interesante, sí… bonito… no.

–Sé la hora que es… aunque no sé si tú… –Rafe paseó la mirada por el desorden de la cocina–. ¿Sueles tener arrebatos de limpieza bien avanzada la noche, Tess?

–No podía dormir –le explicó ella en tono defensivo, y se quitó los guantes amarillos para arrojarlos sobre el escurridor.

No le importaba si Rafe la consideraba una excéntrica, o incluso una chiflada. Últimamente, no le importaba mucho lo que Rafe pensara. En su opinión, el éxito no lo había cambiado para mejor. Había sido un niño agradable, aunque irritante, cuando tenía dos años menos que ella. Tess seguía siendo dos años mayor, pero el tiempo parecía haber devorado la diferencia de edad y la había despojado de la sensación de superioridad que proporcionaban unos cuantos meses en la niñez.

No era probable que muchas personas se sintieran superiores en compañía de Rafe. Era una de esas contadas personas a las que la gente obedecía instintivamente… aunque ella no se consideraba uno más de los borregos que lo escuchaban boquiabiertos.

Aun así, y a pesar de que a menudo lo hostigaba sobre su ascendencia, no era como el resto de los Farrar, una familia de esnobs anclados en el pasado. Según dictaba la tradición, y los Farrar eran fieles a las tradiciones, el hijo menor ingresaba en el ejército y el primogénito ascendía en el escalafón del banco que había sido fundado por uno de sus antepasados.

El primogénito, Alec, había accedido gustoso a presidir el banco, aunque por lo que Tess sabía, el único interés que había tenido en el dinero había sido para gastarlo. Pero no creía que la familia se hubiera sorprendido demasiado cuando Rafe decidió no colaborar dócilmente con los planes que tenían para él. Como había sido expulsado del prestigioso internado en el que habían estudiado generaciones de Farrar, siempre esperaban lo peor de él y Rafe solía satisfacer sus expectativas.

Pero no se había convertido en un vago y en un inútil, como habían predicho. Había ascendido, y bastante deprisa, por cierto, en la plantilla de un diario nacional. Causó una impresión favorable en el periódico, pero era su trabajo como presentador de un prestigioso programa de actualidad lo que lo había hecho famoso.

El trabajo estaba hecho a la medida de Rafe. No era agresivo ni hostil, no le hacía falta. Tenía la habilidad de cautivar y de arrancar respuestas sinceras de los políticos más astutos. Tan sencilla parecía su técnica, que no todo el mundo valoraba aquel don, ni comprendía cuánta investigación de fondo era necesaria para respaldar aquellas preguntas engañosamente espontáneas.

Tal era su reputación, que las figuras de la vida pública hacían cola para ser entrevistadas por él, convencidas, sin duda, de que eran demasiado sagaces para dejarse envolver por un falso sentido de seguridad. Sin menospreciar las dotes de periodista de Rafe, Tess sospechaba que su fotogenia tenía algo que ver con que se hubiera convertido casi en un objeto de culto de la mañana a la noche.

–Además, pienso mejor mientras trabajo –alegó Tess con soltura. Aunque, al parecer, aquella noche era una excepción. Una nueva oleada de pánico le retorció las entrañas al comprender, una vez más, que no existía una solución mágica para su dilema.

Rafe entornó los ojos y reparó en los párpados hinchados y enrojecidos de Tess. Tenía la clase de piel pálida, casi translúcida, que reflejaba todos sus estados de ánimo, ¡por no hablar de las lágrimas! Recordó lo frágil que le había parecido su muñeca al agarrarla.

–Prometo no decirte que todo se arreglará… no lo creo.

«¡Como si yo no lo supiera!», pensó Tess.

–Nunca has sido optimista, Rafe, pero esa actitud agorera es nueva.

–Soy realista, encanto. La vida es un asco… –descorchó la botella y vertió un buen chorro en una taza.

–¡Me alegro tanto de que hayas venido, ya me siento mejor! –distraídamente, aceptó la taza que le tendía–. Mm, está bueno –anunció con cierta sorpresa antes de tomar otro sorbo menos vacilante del famoso licor de su abuela. Famoso, al menos, en los confines de la parroquia por su potencia más que por su delicado paladar.

Rafe se estremeció al probar la bebida, pero decidió no desilusionarla.

–¿Qué te ha pasado que sea tan terrible? –inquirió con condescendencia, mientras rellenaba su propia taza.

–¡Desde luego, no has cambiado nada! –a Tess le produjo una sensación de perverso placer ver el destello de irritación en los ojos de Rafe–. Siempre tienes que superar a los demás en todo, ¿verdad? ¡Incluso tienes que sentirte desgraciado a gran escala! –Tess sintió una oleada de calor en la boca de su estómago vacío. No había podido probar bocado desde la terrible llamada de Chloe.

–¿Qué insinúas?

–Insinúo que la felicidad y la desgracia de mi vida sencilla no pueden compararse con tus inmensas alegrías y tus hondas penas.

Rafe elevó sus cejas oscuras.

–¿Has sacado todo eso de un simple: «¿qué pasa?»?

–Me has preguntado, pero en realidad, no te interesaba –lo acusó y le tendió su taza para que se la rellenara–. Claro que ¿por qué iba a interesarte?

–Pensaba que éramos amigos, Tess.

–Lo éramos cuando teníamos diez y ocho años respectivamente –lo corrigió, e inyectó una cruda burla en su observación–. La verdad, pensaba que no frecuentabas mucho los barrios bajos últimamente, Rafe.

Las palabras de Tess contenían el grado justo de verdad para incomodarlo, y el grado justo de injusticia para enojarlo. Antes de que Tess tuviera el bebé y dejara atrás su vida en la ciudad, se habían visto con frecuencia. Tal como estaban las cosas, no solía ir a la aldea a menudo, y después de las primeras negativas, había dejado de invitar a Tess a Londres.

–Tú también te has apartado –le recordó.

–Yo he vuelto –y ese era el quid de la cuestión. Cuando era una profesional ambiciosa todavía tenían algo en común, pero ese algo se había esfumado cuando la vida de Tess se había centrado en torno al bebé. Ella se sentía bastante satisfecha con su vida, pero no era tan ingenua como para esperar que otras personas, incluido Rafe, compartieran su interés por los dientes de leche de Ben.

Rafe estuvo a punto de recordarle, con cierta grosería, que su decisión no había nacido enteramente de la nostalgia por la vida idílica de su infancia. Se mordió la lengua y se señaló el pecho con el dedo.

–¿Y qué es esto, un holograma?

–Una visita de la realeza –Tess hizo una reverencia burlona sin percatarse de que el escote de su holgado camisón ofreció a Rafe una vista excelente de sus senos y de un ápice de pezones sonrosados–. ¿Te has traído a tu última novia? ¿Vas a impresionarla con la cripta familiar o con el fantasma de la familia?

Tess profirió una carcajada burlona al malinterpretar el motivo del rubor oscuro de los altos pómulos de Rafe.

–¿O es ese el problema, que no ha venido? Una libido frustrada explicaría que entraras aquí con tanto rencor, como un personaje de una tragedia griega… Estoy en lo cierto, ¿verdad? Tu novia no ha podido o no ha querido venir –especuló con sagacidad. Al menos, lanzar crueles hipótesis sobre los problemas de otra persona le impedía pensar, de momento, en los suyos.

Ya que por fin sabía lo que había debajo del camisón, a Rafe le iba a costar mucho más trabajo dejar de pensar en ello.

–¿Tan obvio es que me han dejado tirado? –le espetó.

–¿Como una colilla? –sugirió Tess en tono servicial. Resultaba difícil compadecerse de Rafe cuando lo más terrible que podía ocurrirle era que le hubiesen hecho un mal corte de pelo. Miró con desprecio su grueso pelo oscuro y reluciente–. No hace falta ser adivino para ver que has venido aquí a buscar pelea.

A pesar de su creciente enojo, Rafe no pudo evitar reír ante la ironía de aquella acusación.

–No podía haber llamado a mejor puerta, ¿verdad?

–Ni siquiera llamaste, entraste por las buenas… –con la misma brusquedad con la que había surgido, la hostilidad abandonó el alma de Tess. Débil como se sentía, exhaló un profundo suspiro–. Quizá esté harta de que me traten con condescendencia… ¿De verdad te han dejado tirado? –su sonrisa de asombro era burlona. No concebía aquella posibilidad.

–¿Te parece divertido?

A Tess le parecía increíble.

–Debes reconocer que tiene el aliciente de la novedad. Míralo por el lado bueno…

–Como empieces con tus razonamientos optimistas, te arriesgas a que te estrangule –le advirtió Rafe en tono sombrío.

–¡Qué miedo! Mira cómo tiemblo.

Rafe contrajo la mandíbula al ver el brillo burlón en los ojos de Tess, y se sorprendió pensando en lo difícil que sería hacerle temblar de verdad… ¡y no estaba pensando en tácticas intimidatorias! Aunque lo que se le estaba pasando por la cabeza lo asustaba un poco. Si quería aplacar su frustración con alguien, no podía hacerlo con Tess.

–No hay mal que por bien no venga –dijo Tess en tono pensativo–. Hace tiempo que tenías pendiente una lección de humildad.

–Entonces, te daré un buen motivo para reír, ¿quieres? –le espetó Rafe con furia–. La mujer con la que quería pasar el resto de mi vida y tener hijos ha decidido no dejar a su marido –la exclamación de sorpresa de Tess pudo oírse en el breve y tenso silencio que sucedió a sus palabras–. ¿Te parece suficiente humillación?

...
8