Читать книгу «Navidades perfectas» онлайн полностью📖 — Kate Hoffmann — MyBook.



Hacía todo lo posible porque esas fiestas fueran maravillosas, obsesionada con los pequeños detalles, buscando la perfección. Su madre fue quien sugirió que usara su título de decoradora de interiores para especializarse en eso.

Al principio, Holly estaba emocionada con el extraño rumbo que había tomado su carrera y lo ponía todo en los diseños para sus clientes. Pero últimamente la Navidad se había convertido en sinónimo de negocio, beneficios y pérdidas, borrando así los felices recuerdos de la infancia.

Cuando sus padres se mudaron a Florida, empezó a pasar las vacaciones trabajando y, sin su familia, poco a poco perdió el espíritu navideño. Era imposible desplazarse hasta Florida y llevar el negocio a la vez.

De modo que las navidades se habían convertido en algo que empezó a aborrecer. Holly dejó escapar un suspiro. Lo que daría por unas navidades familiares, como antaño…

—¡Ya lo tengo! —exclamó Meg—. El tipo para el que vamos a trabajar es un testigo protegido por el gobierno y ha dejado atrás a su familia para no cargarlos con sus problemas…

—¡Ya está bien! —la interrumpió Holly—. Admito que esto es un poco raro, pero mira el lado bueno, Meg. Ahora que hemos terminado todos los encargos, no nos quedaba mucho que hacer.

Desde luego, podía encontrar tiempo para decorar la casa de un cliente que le pagaba quince mil dólares por un trabajo de dos semanas, aunque fuese un testigo protegido por el gobierno.

—¿Que no nos quedaba mucho que hacer? Tenemos seis escaparates con renos mecánicos que mantener y ya sabes lo temperamentales que son esos renos. Y hay que vigilar el árbol que decoramos en Park Avenue, porque si no todos los adornos acabarán en el río. Además, tenemos que comprar un montón de regalos de empresa…

—No podemos rechazar este encargo, Meg. ¡Me he gastado la herencia intentando mantener el negocio a flote y mis padres ni siquiera han muerto!

—¿Y cómo vamos a saber con quién debemos encontrarnos? Podría ser un psicópata…

—No seas ridícula. El cheque era de una fundación. Y la carta dice que llevará una ramita de muérdago en la solapa.

En ese momento, Holly vio a un hombre alto que se acercaba a ellas con la susodicha ramita de muérdago.

—No hagas más bromas sobre la mafia —le dijo a Meg en voz baja.

—Si salimos corriendo, podríamos tomar el tren antes de que nos mande a sus matones…

—Cállate.

El hombre llegó a su lado y Holly se fijó en el caro abrigo de cachemir y los suaves guantes de piel. Y cuando miró su rostro, se quedó sorprendida. Si aquel hombre era un mafioso, era el mafioso más guapo que había visto en su vida. Tenía el pelo oscuro, despeinado por el viento, y su perfil patricio parecía esculpido en mármol bajo la luz de las farolas.

—Encantado de conocerla, señorita Bennett —la saludó estrechando su mano—. Señorita O’Malley… gracias a las dos por venir.

—De nada, señor… lo siento, no me ha dicho su nombre —sonrió Holly.

—Mi nombre no es importante.

—¿Cómo nos ha localizado? —preguntó Meg, suspicaz.

—Solo tengo unos minutos para hablar, así que será mejor que vayamos directos al grano —dijo él, sacando un sobre grande del bolsillo—. Toda la información está aquí. El contrato es por veinticinco mil dólares. Quince mil por su trabajo y diez mil para los gastos. Personalmente, creo que veinticinco mil dólares es demasiado, pero no ha sido decisión mía. Por supuesto, tendrán que quedarse en Schuyler Falls hasta el día después de Navidad. Eso no es un problema, ¿verdad?

Sorprendida, Holly no sabía cómo contestar. ¿De quién había sido la decisión y de qué decisión estaba hablando?

—Normalmente, soy yo quien sugiere un presupuesto y, una vez que ha sido aprobado, me pongo a trabajar. Yo… no sé lo que quiere ni cómo lo quiere y tengo una agenda muy apretada.

—El folleto de su empresa dice «Creamos la Navidad perfecta». Eso es todo lo que él quiere, unas navidades perfectas.

—¿Quién?

—El niño. Su nombre es Eric Marrin. Todo está en el archivo, señorita Bennett. Y ahora, si me perdona, tengo que irme. Ese coche que está aparcado al otro lado de la plaza las llevará a su destino. Si tiene algún problema con el contrato, puede llamar al teléfono que aparece en el archivo y buscaremos a otra persona para que haga el trabajo.

—Pero…

—Señorita Bennett, señorita O’Malley, que pasen unas felices navidades.

Después de eso, se dio la vuelta y desapareció entre la multitud de gente que salía de los almacenes, dejando a Holly y Meg con la boca abierta.

—Guapísimo —murmuró Meg.

—Es un cliente —la regañó Holly.

—Sí, pero también es un hombre.

—Ya, bueno… tú sabes que estoy prometida.

Meg levantó los ojos al cielo.

—Rompiste con Stephan hace casi un año y no has vuelto a verlo. Ni siquiera te ha llamado. Eso no es un prometido.

—No hemos roto —replicó Holly, acercándose al coche que las esperaba al otro lado de la plaza—. Me dijo que me tomara el tiempo que quisiera para decidir. Y sí se ha puesto en contacto conmigo. El otro día me dejó un mensaje en el contestador. Me dijo que llamaría después de las navidades y que tenía algo muy importante que decirme.

—No estás enamorada de él, Holly. Es estirado, cursi y egoísta. Y no es nada apasionado.

—Pero podría amarlo —se defendió ella—. Y ahora que el negocio empieza a no perder tanto dinero, tendré cierta independencia…

Meg lanzó un gruñido.

—Mira, no quería decirte esto… especialmente antes de las navidades. Pero el mes pasado leí una cosa en el periódico…

—Si es otra historia sobre el mundo de la mafia…

—Stephan está comprometido —dijo su ayudante entonces—. Seguramente esa era la noticia importante que quería darte. Se ha comprometido con la hija de un millonario. Se casan en el mes de junio, en Hampton. No debería habértelo dicho así, pero tienes que olvidarte de Stephan. Se ha terminado, Holly.

—Pero si estamos prometidos —murmuró ella, atónita—. Por fin he tomado una decisión y…

—Y es absurdo. ¿Tú crees que uno puede tardar un año en decidir algo así? Es que no lo quieres. Algún día conocerás a un hombre que te volverá loca, pero ese hombre no era Stephan —dijo Meg entonces, dándole un golpecito en la espalda—. Así que vamos a concentrarnos en el trabajo, ¿eh? Acaban de ofrecernos quince mil dólares. Abre ese sobre y vamos a ver lo que tenemos que hacer.

Atónita, Holly abrió el sobre. En su corazón sabía que Meg estaba en lo cierto. No quería a Stephan, nunca lo había querido. Solo aceptó salir con él porque nadie más se lo había pedido.

Pero la noticia dolía de todas formas. Ser rechazada por un hombre… incluso un hombre al que no amaba, era humillante.

Nerviosa, respiró profundamente. Pasaría aquellas navidades sola, sin familia, sin prometido, con nada más que el trabajo para ocupar su tiempo. Sola.

Entonces sacó unos papeles del sobre. El primero era una carta, escrita aparentemente por un niño…

—Ay, Dios mío. Mira esto, Meg.

Su ayudante le quitó la carta y empezó a leer:

Querido Santa Claus,

Mi nombre es Eric Marrin y casi tengo ocho años y solo quiero pedir una cosa de regalo. Quiero pasar unas navidades tan bonitas como cuando mi mamá vivía con mi papá y conmigo. Ella hacía que las navidades fueran…

Meg dudó un momento.

—¿Qué pone aquí, existenciales?

—Especiales —suspiró Holly.

Después miró el resto de los papeles. Era una larga lista de sugerencias para regalos, adornos, cenas y actividades navideñas, todo pagado por un benefactor anónimo.

—Tienes que aceptar el encargo, Holly. No podemos decepcionar a este niño. Eso es lo más importante de la Navidad —dijo Meg, mirando alrededor—. Los almacenes Dalton… El año pasado leí algo sobre esos almacenes en un periódico. El artículo decía que su Santa Claus hace realidad los sueños de los niños, pero nadie sabe de dónde sale el dinero. ¿Tú crees que ese hombre era…?

Holly volvió a guardar los papeles en el sobre.

—A mí me da igual de dónde salga el dinero. Tenemos un trabajo que hacer y vamos a hacerlo.

—¿Y nuestros clientes de Nueva York?

—Tú volverás esta noche para encargarte de todo. Yo me quedaré aquí.

Su ayudante sonrió de oreja a oreja.

—La verdad, creo que es muy buena idea. Así no tendrás tiempo para sentirte sola, ni para pensar en el imbécil de Stephan. Tienes un presupuesto casi ilimitado para organizar unas navidades perfectas… Es como si te hubiese tocado la lotería.

Quizá era aquello lo que necesitaba para redescubrir el espíritu de la Navidad, pensó Holly. En Nueva York simplemente habría mirado caer la nieve desde su ventana. Pero allí, en Schuyler Falls, se sentía transportada a otro mundo, donde el mercantilismo de las fiestas no parecía haber llegado todavía.

La gente sonreía mientras caminaba por la calle y los villancicos de las tiendas se mezclaban con los cascabeles del coche de caballos que daba vueltas a la plaza.

—Es perfecto —murmuró. Pasar las navidades en Schuyler Falls era mucho mejor que celebrarlas enterrada en libros de cuentas—. Feliz Navidad, Meg.

—Feliz Navidad, Holly.

El antiguo Rolls Royce se apartó de la carretera general cuando Holly terminaba de leer el contrato.

El viaje desde el centro de Schuyler Falls había sido incluso más pintoresco que el viaje desde Nueva York, si eso era posible. Aquel sitio era una especie de enorme zona residencial para neoyorquinos ricos que querían disfrutar de las aguas termales del cercano Saratoga, con mansiones construidas a mediados de siglo.

El río Hudson corría paralelo a la carretera, el mismo río que veía desde su apartamento en Manhattan. Pero allí era diferente, más limpio, añadiendo un toque de magia al ambiente.

Su conductor, George, le contó la historia del pueblo, pero se negaba a revelar la identidad de quien lo había contratado. Sin embargo, le contó que su lugar de destino, la granja Stony Creek, era uno de los pocos criaderos de caballos que quedaban en la localidad. Y que sus propietarios, la familia Marrin, llevaban más de un siglo residiendo en Schuyler Falls.

Holly miró por la ventanilla y vio dos enormes establos rodeados por una valla blanca. La casa no parecía tan espectacular como otras que había decorado, pero era grande y acogedora, con un amplio porche y persianas verdes de madera.

—Ya hemos llegado, señorita —dijo George—. La granja Stony Creek. Esperaré aquí, si le parece.

Holly asintió. Pero, una vez allí, no sabía muy bien cómo iba a explicar el asunto.

Su contrato prohibía expresamente mencionar quién la había contratado o quién pagaba las facturas… aunque tampoco ella lo sabía. Y a los Marrin les parecería una intrusa, quizá una loca.

Pero Eric Marrin y su padre no tendrían más remedio que invitarla a entrar. O eso esperaba.

Cuando salió del Rolls Royce comprobó que la casa no tenía adornos ni árbol de Navidad, nada. Pero… ¿cómo iba a presentarse?

—Hola, estoy aquí para hacer tu sueño realidad —murmuró—. Me llamo Holly Bennett y me envía Santa Claus.

Podía decir que la enviaba el anciano de barba blanca. Al menos, eso decía el contrato.

—Esto es una locura. Me echarán de aquí a patadas.

Pero la posibilidad de acabar el año con beneficios era demasiado irresistible. Quizá incluso podría darle una paga extra a Meg.

Armándose de valor, Holly llamó al timbre. Oyó el ladrido de un perro y, unos segundos después, un niño de pelo rubio y ojos castaños abrió la puerta. Tenía que ser Eric Marrin.

—Hola.

—Hola —sonrió ella, nerviosa.

—Mi padre está en el establo, pero vendrá enseguida.

—No he venido para ver a tu padre. ¿Tú eres Eric?

El niño asintió, mirándola con curiosidad.

—Yo soy… soy tu ángel de Navidad. Santa Claus me ha enviado para hacer realidad tus sueños.

Sabía que aquellas palabras sonaban ridículas, pero por la cara de Eric, al niño le habían sonado de maravilla. La miraba con tal expresión de alegría, que el perro empezó a mover la cola emocionado.

—¡Espera un momento! —gritó, corriendo hacia el interior de la casa. Volvió unos segundos después con un abrigo y unas manoplas—. Sabía que vendrías —dijo entonces, tomando su mano.

—¿Dónde vamos? —preguntó Holly, mientras bajaban los escalones del porche.

—A ver a mi padre. Tienes que decirle que no podemos ir a Colorado estas navidades. ¡A ti tendrá que escucharte porque eres un ángel!

Corrieron por un camino cubierto de nieve hacia el establo más cercano y los zapatos de Holly se empaparon. A un ángel de verdad no le importaría tener los zapatos mojados, pero…

Tendría que comprar ropa de invierno en Schuyler Falls si iba a trabajar en aquella casa.

—¿Has hablado con Santa Claus? —preguntó Eric.

Holly dudó un momento y después decidió mantener la ilusión del crío.

—Sí, he hablado con él. Y me ha dicho personalmente que debes tener unas navidades perfectas.

Cuando llegaron al establo, el niño levantó la falleba, abrió las dos enormes puertas y prácticamente la empujó dentro.

—¡Papá! ¡Papá, está aquí! —gritó, corriendo hacia el fondo—. ¡Mi ángel de Navidad está aquí!

Era un establo enorme, con un larguísimo pasillo flanqueado por docenas de cajones donde dormían los caballos.

Un hombre muy alto apareció entonces a su lado y Holly dio un salto, llevándose la mano al corazón. Había esperado alguien de mediana edad, pero Alex Marrin no debía tener ni treinta años.

Y tenía los ojos más azules que había visto en su vida, brillantes e intensos, la clase de ojos que podrían derretir el corazón de cualquier mujer. Era muy alto, más de un metro ochenta y cinco, de pelo castaño, hombros anchos y brazos de músculos bien formados. Llevaba vaqueros, botas de trabajo y una vieja camisa de franela con las mangas subidas hasta el codo.

Él la miró un momento y después se volvió para buscar a su hijo con la mirada.

—¿Eric?

El niño corrió hacia ellos, emocionado.

—Está aquí, papá. Santa Claus me ha enviado un ángel de Navidad. Ángel, este es mi padre, Alex Marrin. Papá, te presento a mi ángel de Navidad.

Holly tuvo que toser para llevar algo de aire a los pulmones.

—Me envía… Santa Claus. Estoy aquí para hacer realidad todos sus sueños… Quiero decir, los sueños de Eric. Los sueños navideños de Eric.

Alex Marrin la miró de arriba abajo, con gesto receloso. La mirada hizo que sintiera un escalofrío, pero no pensaba dejarse intimidar.

De repente, él soltó una carcajada, un sonido que Holly encontró sospechosamente atractivo.

—Esto es una broma, ¿no? ¿Qué va a hacer? ¿Poner algo de música y quitarse la ropa? —preguntó, alargando la mano para tocar un botón de su abrigo—. ¿Qué lleva ahí debajo?

—¡Oiga!

—¿Quién la envía? ¿Los chicos del supermercado? —preguntó Alex Marrin entonces, mirando por encima de su hombro—. ¡Papá, ven aquí! ¿Tú me has pedido un ángel?

Un hombre de barba gris asomó la cabeza por encima de uno de los cajones.

—No, yo no.

—Es mi ángel —insistió Eric—. No es una señora del supermercado.

Su abuelo soltó una risita.

—Yo que tú no rechazaría el regalo. Aquí hace falta un ángel.

—Es mi abuelo —explicó el niño.

—¿Quién la envía? —preguntó el antipático de su padre.

—Santa Claus —contestó Eric—. Fui a verlo a los almacenes Dalton y…

—¿Has ido a los almacenes? ¿Cuándo?

El niño lo miró, contrito.

—El otro día, después del colegio. Tenía que ir, papá. Tenía que darle mi carta —contestó por fin, tomando a Holly de la mano—. Mi ángel ha venido para hacer que tengamos unas navidades como las de antes. Ya sabes, como cuando mamá…

La expresión de Alex Marrin se endureció.

—Vete a la casa, Eric. Y llévate a Thurston. Yo iré dentro de un momento.

—No la eches de aquí, papá —le rogó el niño.

Pero la severa mirada de su padre lo obligó a salir del establo, cabizbajo. El abuelo murmuró una maldición, pero Alex Marrin no parecía dispuesto a echarse atrás.

—Muy bien. ¿Quién es usted? ¿Y quién la ha enviado?

—Me llamo Holly Bennett —contestó ella, sacando una tarjeta del bolso—. ¿Ve? Soy una decoradora profesional y me han contratado para hacer realidad el sueño de su hijo. Voy a trabajar para ustedes hasta el día de Navidad.

—¿Quién la ha contratado?

—Me temo que eso no puedo decirlo. Mi contrato lo prohíbe.

—¿Qué es esto, caridad? ¿O algún cotilla del pueblo pretende hacer de Santa Claus para expiar sus pecados?

—¡No! En absoluto —exclamó Holly, sacando la carta de Eric del bolsillo—. Quizá debería leer esto.

Después de leerla, Marrin se pasó una mano por el pelo, abrumado.

—Debe usted pensar que soy un padre terrible.

—Yo… no lo sé, señor Marrin —dijo ella, tocando su brazo.

Al rozar su piel sintió una especie de descarga eléctrica y tuvo que meterse la mano en el bolsillo del abrigo, nerviosa.

—¿Quién la ha contratado?

—No puedo decírselo. Pero alguien me ha pagado un dineral por hacer este trabajo y, si me envía de vuelta a Nueva York, tendré que devolver el dinero.

Murmurando algo ininteligible, Alex Marrin tomó su mano y la llevó hasta la puerta del establo. ¿Iba a echarla a la calle o tenía tiempo de convencerlo? No por ella, sino por el niño.

—Papá, vuelvo dentro de un minuto. Tengo que solucionar un asunto con este ángel.