Playas, arenales y costas bravas.
Por doquiera puede verse el Océano; siempre se presentará imponente y temible. Así se ostenta alrededor de los cabos que miran en todas direcciones; así, y en ocasiones más terrible, en los sitios vastos, pero circunscriptos, en que el marco de las orillas le molesta y le indigna, donde penetra violentamente acompañado de corrientes rápidas que á menudo chocan contra los escollos. No se percibe el infinito, empero se siente, se oye, se le adivina así, siendo más profunda la impresión que con ello causa.
Esto me sucedió en Granville, playa tumultuosa de gran oleaje y mucho viento donde termina la Normandía y comienza la Bretaña. La belleza lujuriosa y agradable, á veces vulgar, de la linda campiña normanda, desaparece, y por Granville, por el peligroso Saint-Michel-en-Grève, se pasa de un mundo á otro. Granville es de raza normanda, pero bretón en su fisonomía. Opone fieramente su roca al asalto terrorífico de las olas, que traen unas veces del Norte los discordantes furores de las corrientes de la Mancha, y otras vienen del Oeste engrosándose en su vertiginosa carrera de mil leguas, azotando con toda la fuerza acumulada del Atlántico.
Me era querido aquel pueblecillo original y un poco triste que vive de la grande pesca rodeada de peligros. La familia sabe que obtiene el sustento de las casualidades de esa lotería, de la vida, de la muerte del hombre. Esto presta una seriedad armónica al carácter severo de dicha costa en todas las cosas. Con frecuencia disfruté allí la melancolía de la noche, ya me paseara por los obscuros arenales, ya desde lo alto de la población que corona la roca me entretuviera viendo esconderse el rey de los astros detrás del horizonte un tanto nebuloso. Su enorme mapamundi, rayado fuertemente y con frecuencia de negro y rojo, se abismaba sin detenerse á producir en el cielo los caprichos, los paisajes de luz con que en otras partes suele alegrar la vista. En agosto ya había entrado el otoño: no existía el crepúsculo. Apenas desaparecido el sol, refrescaba la brisa, corrían las olas rápidas, verdes y sombrías. Casi no se veía otra cosa que algunas sombras femeninas envueltas en sus capas negras forradas de blanco. Los carneros retardados en los pobres pastos de la explanada, que se eleva ochenta ó cien pies sobre la playa, entristecían el espacio con sus balidos.
La parte alta del pueblo, asaz reducida, tiene la cara que mira al Norte edificada á pico en el borde del abismo, negra, fría, azotada eternamente por el viento, de frente al Grande Océano. Allí sólo se ven míseras viviendas. Fuí conducido al hogar de un buen hombre que se ganaba el sustento fabricando cuadros de conchas: habiendo subido por una semiescala hasta un cuartito obscuro, apercibí, encuadrado en la estrecha ventana, aquel panorama trágico, panorama que me sorprendió tanto como en Suiza la vista del ventisquero de Grindelwald tomada asimismo desde una ventana.
El ventisquero me representó un monstruo enorme de hielos puntiagudos que avanzaban á mi encuentro; ese mar de Granville, un ejército de olas enemigas que concurrían acordes al asalto.
Mi huésped no era viejo, pero sí achacoso, enfermo. A pesar de que estábamos en agosto tenía cerrada la ventana. Inspeccionando sus obras y charlando, noté que su cabeza no estaba muy firme: la había desarreglado un asunto de familia. Su hermano pereciera en aquella playa que contemplábamos los dos, en una aventura cruel. El mar se le presentaba siniestro, le parecía que alimentaba cierta inquina contra él. Durante el invierno complacíase en flagelar su ventana con copos de nieve ó vientos helados, siendo causa de que no pudiese pegar los ojos. En las interminables noches invernales azotaba sin tregua ni descanso la roca do estaba asentada su vivienda; en verano ofrecíale huracanes inconmensurables, relámpagos de un mundo al otro. Mucho peor era durante el flujo: subía á la altura de sesenta pies, y su furiosa espuma, elevándose más todavía, se estrellaba impertérrita contra su ventana. Y no estaba el buen hombre seguro de que el mar se contentara con eso; su odio podía inducirle á jugarle alguna mala treta. Empero carecía de medios para procurarse un albergue mejor; tal vez veíase clavado allí por una especie de poder magnético, no osando enemistarse del todo con la terrible hada, á la que profesaba cierto respeto. La citaba pocas veces, y cuando lo hacía solía designarla sin nombrarla, así como el islandés en alta mar no se atreve á citar el Orca, temeroso de que le oiga y se presente. Todavía me parece estar viendo su palidez cuando, fijos los ojos en la arena de la playa, me decía: «Esto me da miedo.»
¿Estaba loco? No; hablaba muy razonablemente. Parecióme un ser distinguido é interesante. Era un hombre nervioso, con una organización delicada, demasiado delicada para recibir tales impresiones.
El mar produce muchos locos. Livingstone trajo del Africa un hombre inteligente, valeroso, que hacía frente á los leones; pero nunca había visto el mar. Al embarcarse por primera vez y experimentar la doble sorpresa del temible elemento y de todas las artes desconocidas, su cerebro no pudo resistir tanta emoción. Empezó á delirar, y á pesar de la vigilancia que con él se tuvo, logró escapar, arrojándose ciegamente en brazos de las ondas que tanto le aterrorizaban y no obstante le atraían.
Por otro lado, el mar encariña de tal manera á los hombres que por largo tiempo se confían á su merced, á los que viven con él familiarizados, que no les es dado abandonarle jamás. He visto en un puertecito algunos viejos pilotos que, demasiado débiles, resignaban sus funciones; empero no lograban resignarse con su nuevo estado, y arrastrando una vida miserable, acababan por perder el seso.
En lo más alto de Saint-Michel hay una plataforma llamada de los Locos. En mi vida he visto sitio más adecuado para producir la locura que esa mansión vertiginosa. Figuraos rodeados de una dilatada planicie como de blanca ceniza, siempre solitaria, arena equívoca cuya falsa suavidad constituye el lazo más peligroso. Es y no es la tierra, es y no es el mar, ni tampoco es dulce el agua, aunque por debajo los arroyuelos trabajen el suelo incesantemente. Raras veces, y sólo por cortos instantes, una embarcación se aventuraría en aquellos sitios. Y si uno pasa cuando refluye el agua, corre riesgo de ser tragado: hablo con fundamento de causa, pues faltó poco para que me aconteciera un accidente. Un ligero vehículo en que me encontraba, desapareció en dos minutos, caballo y todo, y yo escapé milagrosamente. Hasta á pie me hundía á cada paso que daba, sintiendo bajo mis plantas un horroroso embate, cual si el abismo me acariciara, me invitara ó atrajera, agarrándome por debajo. Sin embargo, logré encaramarme en la roca, llegar á la gigantesca abadía, claustro, fortaleza y cárcel, de una sublimidad atroz, digna en verdad del paisaje. No es este lugar á propósito para la descripción de aquel monumento. Yérguese sobre una gran mole de granito, y se empina y vuelve á empinarse indefinidamente, cual una Babel titánicamente amontonada, roca sobre roca, siglo tras siglo, empero constantemente calabozo sobre calabozo. Abajo, el in pace de los frailes; más arriba, la jaula de hierro levantada por Luis XI; subiendo siempre, la de Luis XIV; á mayor elevación, la cárcel actual. Todo esto envuelto en un torbellino, una brisa, una confusión eterna. Es el sepulcro sin la calma.
¿Tiene culpa el mar de la perfidia de esa playa? No por cierto. El mar llega allí, como por doquiera, bullicioso y robusto, pero lealmente. La culpa la tiene la tierra, cuya disimulada inmovilidad, parece siempre inocente, mientras filtra por debajo la playa las aguas de los riachuelos, mezcla dulce y blanquizca que no permite consolidar el terreno. El primer culpable es el hombre, por su ignorancia y su negligencia. En los interminables siglos bárbaros, mientras sueña con la leyenda y funda la gran peregrinación del arcángel vencedor del diablo, éste se apoderó de aquella llanura desamparada. El mar está muy inocente de todo: en vez de hacer daño, trae por el contrario en sus amenazadoras ondas un tesoro de sal fecunda, mejor que el limo del Nilo, que enriquece los campos y constituye la encantadora belleza de los antiguos pantanos de Dol, convertidos hoy en jardines. Es una madre un poco exaltada de genio, pero madre al fin. Rica en pescado, amontona sobre Cancale, que está enfrente, y sobre otros bancos, millones y más millones de ostras, y sus conchas desmenuzadas producen la rica vida que se trueca en pastos y frutos, al par que cubre de flores las praderas.
Preciso es penetrarse de la verdadera inteligencia del mar, no dejarse arrastrar por la falsa idea que puede darnos el país inmediato, ni por las terribles ilusiones que nos produciría la sencilla grandeza de sus fenómenos, ni por los furores aparentes que con frecuencia se convierten en beneficios.
Continuación.—Playas, arenales y costas bravas.
Las playas, los arenales y las costas bravas muestran el mar bajo tres aspectos y siempre útilmente. Explican, traducen, ponen en connivencia con nosotros esa gran potencia, salvaje á primera vista, mas divina en el fondo, y por lo tanto amiga.
La ventaja que tienen las costas bravas es, que al pie de aquellos elevados muros, mejor que en parte alguna, puede apreciarse la marea, la respiración, el pulso (digámoslo así) del mar. Insensible en el Mediterráneo, es notable en el Océano. El Océano respira al igual que yo, concuerda con mi movimiento interno, con el de arriba, obligándome á contar incesantemente con él, á computar los días, las horas, á mirar al cielo. Me recuerda lo que soy y que vivo rodeado de gentes.
Si me asiento sobre una costa rasgada, por ejemplo la de Antifer, veo un espectáculo inmenso. El mar, que hace un momento parecía muerto, acaba de espeluzarse. Ha temblado. Primer indicio del gran movimiento. La marea ha rebasado Cherburgo y Barfleur, dado vuelta violentamente á la punta del faro; sus aguas divididas siguen el Cavaldos, se elevan en el Havre, viniendo hacia mí, en Etretat, Fécamp y Dieppe, para sumirse en el canal, á pesar de las corrientes del Norte. Tócame, pues, ponerme en guardia y observar con atención la hora de su llegada. Su elevación, indiferente casi en los méganos ó colinas de arena que es fácil remontar, impone y llama la atención al pie de las costas rasgadas. Ese dilatado muro de treinta leguas no tiene muchas escaleras: sus estrechas aberturas que constituyen nuestros puertezuelos, están bastante distantes la una de la otra.
Curioso es en extremo observar en baja mar las hiladas sobrepuestas donde se lee la historia del globo en gigantescos registros, do los siglos acumulados ofrecen completamente abierto el libro del tiempo. Cada año se traga una página. Es un mundo que se derrumba, que el mar muerde constantemente por debajo, y las lluvias, los hielos, atacan con más fuerza por arriba. La onda disuelve la parte caliza, se lleva, trae, arrastra incesantemente el sílex que convierte en guijarrillos redondos. Tan rudo trabajo hace de esa costa, riquísima por el lado que mira á la tierra, un verdadero desierto marítimo. Pocas, muy pocas plantas marinas se libran de la trituración eterna del guijarrillo magullado una y otra vez. Los moluscos y las conchas la temen, y hasta los peces se mantienen apartados. Gran contraste de una campiña apacible y tan humanizada y un mar en extremo inhospitalario.
Este, sólo se ve desde arriba. Por bajo, la triste necesidad de moverse sobre un terreno ruinoso, rodadero, cubierto de guijarros cual balas, hace intransitable la angosta playa, convirtiendo el más corto paseo en un violento ejercicio gimnástico. Preciso es vivir en las alturas donde las espléndidas quintas, las magníficas arboledas, los fructíferos campos, los jardines, se adelantan hasta la orilla de la gran muralla, contemplando con satisfacción la majestuosa calle de la Mancha cubierta de barquichuelos y de buques de gran porte, dividida por las dos playas y los dos grandes imperios del orbe.
¡La tierra! ¡el mar! ¿Qué más puede desearse? Ambos tienen aquí su encanto. No obstante, todo aquel que es aficionado al mar por lo que vale en sí, esto es, su amigo, su amante, irá más bien á buscarlo en sitio no tan variado. Para entrar en relaciones continuadas con él, las grandes playas arenosas (si la arena no es demasiado blanda) son mucho más cómodas, permitiendo paseos interminables. Allí se sueña despierto; allí puede entregarse el hombre á efusiones misteriosas del corazón. Nunca he tenido motivo de quejarme de esas vastas y libres arenas donde otros se fastidiaban; no me encuentro solo en aquel sitio. Voy, vengo, y siempre tengo junto á mí el gran compañero. Si no está muy conmovido, de mal humor, me aventuro á interrogarle, y se digna contestarme. ¡Cuántas cosas nos hemos comunicado durante los tranquilos meses en que la muchedumbre se ausenta á las ilimitadas playas de Scheveningen y de Ostende, de Royan y de Saint-Georges! Entonces se establece cierta intimidad merced á las prolongadas conversaciones tenidas á solas. Requiérese cierto tacto para comprender el gran idioma de los mares.
Uno encuentra triste el Océano cuando, desde las torres de Amsterdam, el Zuiderzée se aparece terroso y con ondas plomizas: cuando, desde los méganos de Scheveningen, divísanse desplomarse sus aguas, dispuestas á cada momento á salvar el dique. En cuanto á mí, encuentro interesante este combate; dicha tierra me atrae, por imponente que sea: es el esfuerzo, la creación, el invento del hombre. Y también me agrada el mar, por los tesoros de la vida fecunda que encierra su seno. Es una de las partes más pobladas del Universo. Llega la noche de San Juan, día en que se abre la pesca, y veis surgir de las profundidades la ascensión de otro mar, el mar de los arenques. La llanura indefinida de las aguas no será bastante grande para contener aquel diluvio viviente, una de las revelaciones más triunfales de la fecundidad sin límites de la Naturaleza. He aquí lo que anticipadamente percibo en ese mar, y en los cuadros do el genio ha señalado su profundo carácter. La sombría Estacada de Ruysdael es el cuadro que siempre ha llamado más mi atención de todos los del Louvre. ¿Por qué? En las rojizas tintas de aquellas aguas electrizadas no siento ni por un momento el frío del mar del Norte, sino la fermentación, el oleaje de la vida.
Con todo, si se me preguntara qué costa del Océano produce mayor impresión, contestaría: la de Bretaña, particularmente junto á los agrestes á la par que sublimes promontorios de granito que terminan el mundo antiguo, en aquella atrevida punta que desafía las tempestades y domina el Atlántico. En parte alguna he sentido mejor las nobles y elevadas tristezas que constituyen las mejores impresiones del mar. Esto requiere una explicación.
Hay tristeza y tristeza—la del sexo débil, la del fuerte,—la de las almas demasiado sensibles que lloran sus propios males, y la de los corazones desinteresados que siempre están contentos con su suerte y bendicen continuamente á la Naturaleza, empero sienten los males de sus semejantes, y sacan de la tristeza misma fuerzas para obrar ó crear. ¡Con qué frecuencia nuestros males necesitan remojar su alma en ese estado que podemos nombrar melancolía heroica!
Al visitar aquel país treinta años ha, no me daba cuenta del gran atractivo que para mí tenía. En el fondo, el atractivo es su grande armonía. Por otro lado, y sin que uno se lo explique, siéntese discordancia entre el suelo y el habitante. La magnífica raza normanda, en los cantones en que se ha mantenido pura ó donde ha conservado el color rojo, el extraño rojo de la Escandinavia, no tiene la menor relación con la tierra que ocupa por acaso. En la Bretaña, por el contrario, sobre el suelo geológico más antiguo del globo, sobre el granito y el sílex, se pasea la raza primitiva, un pueblo también de granito. Raza ruda, nobilísima, con la finura del guijarro. Todo lo que progresa la Normandía, decae la Bretaña. Imaginativa y dotada de talento, le agrada lo absurdo, lo imposible, las causas perdidas. Empero si pierde en tantas cosas, le queda una, la más rara, el carácter.
Si uno quiere desviarse un tanto del anglicismo insípido y de la vulgaridad con pretensiones de positivismo, en fin, de las tontas alegrías tan tristes, que vaya á posarse sobre las rocas de la bahía de Douarnenez, en el promontorio de Penmark; ó, si la brisa sopla con demasiada violencia, que se embarque en las islas bajas del Morbihan: el mar arrastra hacia ellas una tibia onda que ni siquiera se siente. La Bretaña, donde es apacible, esto de veras. En sus archipiélagos creeríais encontraros mecidos por la ola de la muerte; empero donde se ostenta con fuerza, es sublime.
En 1831 sentí sus tristezas, las cuales forman parte de la historia de mi vida. Entonces no conocía el verdadero carácter del mar. En los más solitarios ancones, entre sus rocas más agrestes es donde se ostenta verdaderamente risueño, quiero decir, vivo y retozón y lleno de vida. Veis cubiertas sus rocas con una á modo de capa de escabrosidades grises; mas aquello son seres animados, todo un mundo asentado allí, que queda en seco durante el reflujo, se cierra y esconde, volviendo á abrir sus ventanillas cuando el bueno del mar, su alimentador, le trae de nuevo el sustento. Allí trabaja también en masa ese apreciable pueblo de pequeños picapedreros, los esquinos, observados y tan exactamente descritos por M. Caillaud. Toda esa muchedumbre juzga exactamente al revés de nosotros. La bella Normandía les espanta; detesta y tiemblan á la vista de los rudos guijarros de las costas bravas, que los triturarían con la mayor facilidad. No menos temor les causan los ruinosos calizos de la Saintonge, disgustándoles fijarse sobre lo que está destinado á desmoronarse el día de mañana. Al contrario, les gusta sentir bajo sus plantas el inmutable suelo de las rocas bretonas.
Tomemos ejemplo de ellos para no creer en las apariencias, sino sólo en lo verdadero. Las más encantadoras riberas de la Flora seductora son aquellas en que se aleja la vida marítima. Su riqueza consiste en fósiles: curiosos para el geólogo, instrúyenle por medio de los huesos de los muertos. El áspero granito, muy al contrario, ve bajo sus pies el mar con sus innumerables peces; encima otra vida, la población interesante, modesta, de los industriosos moluscos, pequeños obreros cuya laboriosa existencia constituye el serio encanto, la moralidad del mar.
«Reina silencio profundo. Ese pueblo infinito es mudo, nada me dice. Su vida es del uno para el otro, sin relación con la mía, y para mí vale la muerte. ¡Soledad! (exclama un corazón femenino). ¡Grande y triste soledad!... No estoy tranquila...»
Mal hecho. Aquí todos son amigos. Esos pequeños seres no se comunican con el hombre, pero trabajan para él. Pónense de acuerdo con su sublime padre, el Océano, que habla por ellos. Hácense oir por medio de su órgano atronador.
Entre la tierra silenciosa y las mudas tribus del mar, entáblase aquí el diálogo grandilocuente, rudo y grave, simpático, la armónica concordancia del grande Yo consigo mismo, ese precioso debate que es todo Amor.
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