José Rizal
Publicado por Good Press, 2022
EAN 4057664130471
I
Una reunión
Crisóstomo Ibarra.
La cena
Hereje y filibustero
Una estrella en noche obscura
Capitán Tiago
Idilio en una azotea
Recuerdos
Cosas del pais
El pueblo
Los soberanos
Todos los Santos
Presagios de tempestad
Tasio el loco ó el filósofo
Los sacristanes
Sisa
Basilio
Almas en pena
Aventuras de un maestro de escuela
La junta en el Tribunal
Historia de una madre
Luces y sombras
La pesca
En el bosque
En casa del filósofo
La víspera de la fiesta
Al anochecer
Correspondencias
La mañana
En la iglesia
El sermón
La cabria
Libre Pensamiento
La comida
Comentarios
La primera nube
Su Excelencia
La procesión
Doña Consolación
El derecho y la fuerza
Dos visitas
Los esposos de Espadaña
Proyectos
Examen de conciencia
Los perseguidos
La gallera
Las dos señoras
El enigma
La voz de los perseguidos
La familia de Elías
Cambios
La carta de los muertos y las sombras
Il buon dí si conosce da mattina
La catástrofe
Lo que se dice y lo que se cree
¡ Væ Victis!
El maldito
Patria é intereses
María Clara se casa
La caza en el lago
El padre Dámaso se explica
La Nochebuena
Nació en Calamba é hizo sus primeros estudios en Manila, donde publicó sus poesías juveniles. Tenía sólo trece años cuando dió al teatro un melodrama en verso que llevaba por título: Junto al Pásig, y después de esta producción, favorablemente acogida por el público y la prensa, escribió una oda A la Juventud filipina y una loa denominada El Consejo de los Dioses, dedicada á conmemorar el centenario de Cervantes.
Discípulo de los jesuítas, recibió de éstos educación esmerada, con que se acrecentó su natural ingenio. En 1882, siendo aún muy joven, pasó á España y cursó la carrera de médico y la de Filosofía y Letras.
Poco después, visitó las principales poblaciones de Europa y se entregó con ardor al estudio de la filología. Conocedor de algunas lenguas clásicas, quiso aprender los principales idiomas europeos, y merced á su aplicación, su claro entendimiento y sus viajes, salió airoso de su intento. Poseyó, además del tagalo, su lengua materna, el español y el ilocano, aunque este último no le fué nunca familiar como el primero.
No conoció la pereza. En las horas que su profesión de médico le dejaba libres, pintaba y esculpía. Su habilidad de escultor era muy notable, y, según Blumentritt, revelaba verdadera vocación de artista, encariñado con la improductiva y hermosa labor.
Vivió sucesivamente en París, Bruselas, Berlín, Londres, Gante y las principales ciudades del Rhin, flores abiertas al lado de las fecundas aguas. También se detuvo en Italia y cruzó los lagos de Suiza, que parecen reflejar en sus ondas la alegría y la pureza del cielo del Mediodía.
En 1890, después de su viaje al Japón, volvió á Madrid y con Marcelo del Pilar y otros filipinos publicó La Solidaridad, periódico consagrado á la defensa de los intereses del Archipiélago. Su vigorosa campaña, sólo secundada por algunos liberales, no mereció la aprobación de los políticos en general, y, desalentado, se marchó á Bélgica, fijando otra vez su residencia en la ciudad de Gante, donde publicó un libro titulado El Filibusterismo.
Desde Gante envió á La Solidaridad algunos bien escritos artículos que le acreditaban de audaz polemista y distinguido literato, y allí corrigió las notas destinadas á la nueva edición del curioso libro de Morga, Sucesos de las Islas Filipinas, reimpreso en París.
Pero el dulce recuerdo del país natal no le abandonaba un solo instante: en Filipinas vivía su amada, allí tenía sus parientes y amigos que le llamaban sin cesar, deseosos de abrazarle, y por su desgracia partió, en el punto en que estallaba la sangrienta revuelta de Calamba, suceso inesperado que le obligó á detenerse en Hong-Kong.
Meses después, desoyendo los consejos de sus paisanos y los requerimientos de la prudencia, fiado en la decantada lealtad española, nada menos que partió á Manila y fué detenido al llegar, no obstante el salvoconducto que llevaba, refrendado por el Capitán general del Archipiélago.
Se le envió desterrado á Dapitán (Mindanao) y se le prohibió toda comunicación con sus partidarios, á la vez que la autoridad local le sometía á la más escrupulosa vigilancia. Esta incomunicación no impidió que, cuatro años más tarde, al declararse la insurrección por él prevista, se le procesase militarmente y se le condujese á Manila.
En Septiembre de 1896 vino á Barcelona, recomendado á la benevolencia de las autoridades militares por el general Blanco, que noblemente quería arrancarle al poder de sus enemigos. Pero éstos, que eran los más fuertes y se obstinaban en perderle, resueltos á lograr la muerte del patriota filipino, pidieron nuevo Consejo de guerra y Rizal no tuvo más remedio que volver á Manila.
El tribunal militar, en vista de los datos aportados al juicio, desestimó las pruebas aducidas por el defensor, y no reconoció, ó no pudo reconocer la inocencia del procesado, que desde hacía muchos años estaba materialmente imposibilitado para conspirar ó preparar una revuelta, y que, en sus libros ó de palabra, había demostrado el inmenso amor que sentía por España.
El día 30 de Diciembre, al despuntar el alba, ofreció su vida á la patria, en aquel campo de Bagumbayan donde Burgos y sus compañeros derramaran con placer su sangre rebelde, que tan cara hemos pagado con la sangre de nuestros soldados y el dinero de nuestros mercaderes.
Noli me tángere es un libro imperfecto, muy agradable, ingenuo, romántico, notable por su valentía, en el que están retratados de cuerpo entero los hombres á quienes debemos la pérdida de todas las colonias.
Escrito para los indios que debían leerle en tagalo, ilocano y visayo, tiene la sencillez de un relato más sentimental que artístico; y su mérito consiste en haber sido publicado oportunamente, cuando era necesario que al combate precediese la advertencia, inspirada en nobles deseos y dirigida á un adversario más corajudo y más obcecado que leal.
No sabemos si la sinceridad patriótica que resplandece en la obra de Rizal desarmará á sus detractores. En todo caso conviene advertir que este libro no es para leído ante un Consejo de guerra. Contiene afirmaciones que deben ser meditadas y alusiones que no pueden ser comprendidas por la justicia militar. Acaso el españolismo de los españoles esté reñido con el de Rizal. Eso consiste en que los poetas no piensan ni sienten como los demás hombres. Si Rizal no fué español al uso, sus razones tendría para ello. ¿Acaso nosotros hemos sido filipinos más que para devastar y ensangrentar el Archipiélago?
Geógrafos eminentes creen que la dominación española ha sido más tolerable que un protectorado holandés ó inglés.
En efecto, somos demasiado perezosos para ser crueles, y no sacamos la espada más que en los casos de apuro, cuando ya fuera mejor dejarla quieta al cinto. Esta indolencia es la causa de las desgracias que nos afligen. Hemos descuidado siempre el lado utilitario de una conquista para aceptar tan sólo las místicas ventajas que ésta nos ofrecía. Somos los conquistadores que, en nombre del Señor, toman posesión de una tierra inculta y no se dignan mejorarla.
Nuestra candidez nos valdrá los elogios que, por pura fórmula, se consignan en una Geografía. Y se dirá de nosotros que tenemos el mejor método de colonización, el cual consiste en no colonizar, y que podíamos haber conservado todas las posesiones con sólo prescindir por un instante del Altísimo, ó lo que es igual, de sus frailes.
Sin contar con que, en lo concerniente á la lisonjera afirmación de nuestra bondad, podría hacerse más de un distingo, pues no hay que olvidar que los últimos gobernadores de las colonias se han mostrado tan severos como Simón de Anda, sin imitarle en las cosas buenas que supo hacer.
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