Hatzfeld, (págs. 10-11) a las cualidades ya reseñadas y episodios notables añade el arresto de Terámenes en el consejo, la matanza de los Muros Largos de Corinto (IV 4, 9 y ss.), el efecto escénico del desastre del batallón espartiata (IV 5, 6 y ss.), la entrada de la escuadra de Teleutias en el Pireo, el regreso de los desterrados de Tebas. Observa que son admirables diálogos como los de Dercílidas y Midias, Agesilao y Lisandro, Agesilao y Otis...
Lesky, (ob. cit ., pág. 646) reconoce además que Jenofonte no incurre en los excesos retóricos de los historiadores del siglo IV .
Resonancia de su obra .—Strasburger, (ob. cit ., página 673) nos recuerda que Jenofonte fue muy apreciado en toda la Antigüedad, constantemente leído y admirado por su lengua y estilo. Cicerón lo cita a menudo, elogia su obra «más dulce que la miel» (precisamente como alusión a su fluidez y dulzura debe entenderse el apodo de la «abeja ática» y no por la pureza de su lengua. Cf. Hatzfeld, pág. 27, nota 1) y traduce el Económico . Los aticistas del siglo II d. C. le toman por modelo por su estilo sencillo. Flavio Arriano escribió una Anábasis de Alejandro Magno y un Cinegético en admiración por las obras de Jenofonte.
Como historiador los antiguos lo colocan en el canon de los diez historiadores; incluso con Heródoto y Tucídides ocupa a veces un lugar superior. Luciano lo elogia como tal. Dionisio de Halicarnaso lo coloca detrás de Heródoto por su sencillez. Dión de Prusa lo recomienda a los jóvenes como modelo.
Jenofonte historiador .—Al considerar su obra histórica no encontramos en los invéstigadores modernos la misma línea de encomios, sino que las críticas suelen oscurecer las alabanzas. Bowra (Introducción ..., páginas 268 y 269) dice que no es un historiador serio y que sus méritos como tal son muy menguados. G. Strasburger, (págs. 674 y ss.), nos previene de que el juicio favorable de los antiguos no ha de entenderse referido a su obra histórica, pues sólo juzgan la forma. Es injusto compararlo con los grandes modelos como Platón en filosofía o Tucídides en historia, pues no estaba dotado de alma de investigador. Se le reprocha su parcialidad, a favor de Atenas mientras estuvo en su ciudad hasta el destierro, y más tarde cuando se le levantó éste, y sobre todo a favor de Esparta: por ello oculta hechos tan importantes como el levantamiento de los hilotas, la fundación del estado independiente de Mesenia, la fundación de Megalópolis que indica el fin de su hegemonía en el Peloponeso y sobre todo oculta las operaciones de Pelópidas y Epaminondas, silencia la gran labor de Conón y su flota, la segunda liga marítima, la victoria ateniense de Naxos. Aunque algunos objetan que también hay luces sombrías del lado lacedemonio: el sometimiento de los aliados, la toma de la acrópolis de Tebas y el engrandecimiento final de Epaminondas que acaba con la hegemonía lacedemonia. En resumen, le achacan que no sepa ver muchas cosas que interesan al historiador moderno: por ejemplo, la organización interna de la Confederación arcadia.
No obstante, alega en su favor que el material que presenta es fiel y muchos historiadores han acudido a él: Plutarco para sus Vidas Paralelas; Polibio dice que sus contemporáneos son menos dignos de fiar, abusan de la retórica y se olvidan del contenido histórico, describen batallas sin tener idea de la táctica militar, cosa que no ocurre en Jenofonte.
Gracias a él disponemos de material de primera mano para la política de Esparta, sobre todo para su política interna; las Helénicas son la fuente principal para el siglo IV , la política tesalia con el discurso de Polidamante de Farsalo sobre Jasón de Feras, predecesor de Filipo y Alejandro; la situación de Atenas después de la derrota de la guerra del Peloponeso...
Brownson (Hellenica , págs. IX y ss.), insiste en que no es exacta ni imparcial; no presenta a los personajes y trata sucesos como descritos cuando no ha dicho nada de ellos. Es neutral con relación a Atenas, pero se deja llevar de la admiración por Esparta y del odio por Tebas. En elogio suyo concluye diciendo que es la mejor autoridad que tenemos para la mitad del siglo que cubre.
Lesky (ob. cit ., págs. 649-50) repite que la comparación con Tucídides refleja su superficialidad. Por ejemplo, atribuye la caída de Esparta a la cólera de los dioses y no hay ni rastro de un intento serio por examinar las fuerzas que condicionan el curso de la historia como en su predecesor.
Hatzfeld (Helléniques , págs. 12 y ss.) señala los mismos defectos anteriores. Sin embargo, reconoce que no calla las grandes derrotas ni los errores de Esparta; que en pleno destierro elogia al partido democrático de Atenas, sus gobernantes y generales. Tebas, al contrario, parece ser la única responsable en su relato de haber turbado la paz en Grecia. Epaminondas es elogiado sólo al final y únicamente por su talento militar; Pelópidas sólo es nombrado en una ocasión, que le hace antipático, en la embajada ante el rey de Persia.
Después de la guerra del Peloponeso abandona el método analístico de Tucídides, pero no lo sustituye por nada; se adelanta en el relato que tiene entre manos varios años y luego vuelve atrás; hay digresiones y saltos sin que nos lo advierta. Sólo le interesa el cómo y no el porqué de los hechos; no explica el cambio brusco de la política tebana después de la derrota ateniense; falta visión de conjunto y no podemos saber el fin que se propone en su obra; no sabe ver que la causa de la caída de Esparta está en su apego a formas periclitadas de organización social, política, económica y militar. En resumen, supone un retroceso notable sobre Tucídides.
Henry (ob. cit ., págs. 192 y ss.) trata de justificarlo notando que para los antiguos la historia es literatura y por consiguiente el acercamiento a su obra debe de ser estético y no científico. En esta vía analiza literariamente tres ejemplos para hacernos ver cómo sabe crear un clímax en su narración y presentárnosla viva y emocionante, como el proceso de las Arginusas. Insiste en que la admiración de Jenofonte por Epaminondas es grande desde VII 5, 8 al fin (parte que llama tà Epameinondiká ). La manera de tratar a Epaminondas contradice a los que critican a Jenofonte por presentar un método de distorsión, supresión y exageración, que minimiza u omite el cumplimiento de todo lo que representa los ideales contrarios.
La intervención de Agesilao al final es de las más finas de su espléndida carrera. Defender la ciudad con unos pocos soldados frente a un ejército completo es la acción más gloriosa en la historia de un espartano. Por ello Jenofonte aprovecha esta oportunidad única que se le presenta para terminar su obra con la acción de su gran héroe, figura central de su historia del siglo IV que comienza con las campañas de Agesilao y que domina el curso de los acontecimientos. De ahí que encuentre su momento adecuado en la memorable escena dedicada a su gran ideal: la defensa de Esparta, como broche final para cerrar la obra.
La admiración por Esparta y la aversión por Tebas las explica Henry considerando que Tebas no es digna del afecto de Jenofonte. Tenía una gran desventaja: luchó con Mardonio en Platea, y otra aún mayor: si Atenas era líder por mar y Esparta por tierra, cualquier otro poder iba contra ellos, rompía el equilibrio y, por supuesto, Tebas luchaba claramente por la hegemonía (VII 1, 33). El recelo que sentía por Tebas no era peculiar de Jenofonte, sino una convicción general compartida por sus contemporáneos. Esparta representaba más que la influencia y el poder políticos, una institución: la cultura, los antiguos ideales y la tradición conservados en Lacedemonia. Si Atenas era admirada, Esparta era reverenciada. Esparta se mantenía como un testimonio de la raza helénica. Cuando cayó Esparta, cayó el resto de Grecia. La fe en Esparta era la fe en sí mismo. Cada griego era un filolaconio. Sin embargo, precisaríamos nosotros, que cada griego de la facción oligárquica. Henry justifica en todo caso la obra del reaccionario Jenofonte anclado en los ideales de la nobleza doria, pero no nos convence. Puede mirarse una obra y analizarse bajo el punto de vista literario, pero no se debe olvidar que es una obra histórica sujeta a determinados moldes. Esto no se lo recordamos nosotros, los hombres del siglo xx, sino su predecesor Tucídides, que le abrió un camino seguro que Jenofonte no supo seguir.
En su misma obra aparecen ideas luminosas que no sabe aprovechar, como cuando Calicrátidas manifiesta su deseo de luchar por la unión de todos los griegos y acabar con su división y luchas entre sí, causa de sus males; como en el discurso de Polidamante sobre Jasón de Feras y su ambicioso plan de unión panhelénica y sometimiento del persa; como la conjuración de Cinadón denunciando a unos pocos espartiatas que esclavizan a miles de hilotas; la política del estado dominante sea Persia, Lacedemonia, Atenas o Tebas que busca el debilitamiento de todos los demás, enemigos o aliados, para mantener su explotación, etc.
El texto de las «Helénicas »
Los principales mss. que contienen el texto de las Helénicas son los siguientes:
B. Parisinus 1738, de la Biblioteca Nacional de París de comienzos del s. XIV .
M. Ambrosianus A 4, de Milán, de 1434, contiene también la Historia de Tucídides.
D. Parisinus 1642, de la Biblioteca Nacional de París, del s. XV , contiene otras obras de Jen., de Platón y una antología de Diodoro y Apiano.
V. Marcianus 368, de la Biblioteca de San Marcos de Venecia, de los siglos XIV o XV , contiene además la mayor parte de las obras menores de Jenofonte.
C. Parisinus 2080, de la Biblioteca Nacional de París, del s. XV , contiene una obra de Plutarco y extractos de Diodoro y Apiano.
F. Perizonianus 6, de la Biblioteca de la Univ. de Leyden, de 1456, contiene también la Anáb. de Alejandro de Arriano.
Hatzfeld (Helléniques , págs. 18 y ss.) distingue dos grupos dentro de la serie de mss. basándose en las lagunas del cap. 1 del libro V : 1.° B, M, V, D y otros menos importantes; 2.° C, F y otros caracterizados por la laguna de V 3, 18; éstos tienen más faltas que los del primer grupo.
Los dos grupos derivan de un mismo arquetipo, ya que presentan faltas y lagunas comunes. Asimismo la separación entre los dos grupos no es tajante, pues se encuentran faltas comunes. Por ello Hatzfeld deduce que el arquetipo común era un arquetipo con variantes que se mantienen como tales en los mss. de donde derivan directamente las dos familias o bien que los copistas de los mss. de la segunda familia consultaron parcialmente uno o varios mss. de la primera.
Los papiros descubiertos y las citas de las Helénicas en los autores antiguos confirman la lectura de B como la más segura. Es además el ms. más antiguo.
Para la traducción presente se ha seguido el texto de «Tusculum», es decir el de Strasburger. En las págs. 744 y ss. se puede consultar el cuadro de variantes que presenta esta edición con relación a las de Hatzfeld, Hude (Teubner), Marchant y Keller.
Traducciones de las «Helénicas »
Las Helénicas no tuvieron la suerte de la Anábasis que fue traducida a nuestra lengua en 1552 por Diego Gracián. La primera versión castellana es de finales del siglo XIX , 1888 exactamente, de Enrique Soms y Castelín y figura en la «Biblioteca Clásica» con el número CXIX. Su título es Las Helénicas o Historia griega del año 411 hasta el 362 antes de Jesucristo. Traducida por primera vez del griego al castellano con numerosas notas filológico-literarias .
Soms es asimismo autor de una versión al castellano de la Gramática griega de Curtius (1886) y de la Historia de la literatura clásica griega de G. Murray (1899).
En la introducción nos dice que ha seguido el texto de Reiske, pág. XXII, y que es una «traducción ajustada al original», pág. XXIII. Hemos podido comprobar que así es en general. Aunque el juicio que da sobre Alcibíades, cf. pág. 20, a su regreso a Atenas, no se adapta al texto, al menos a las ediciones manejadas por nosotros. Cf. I 4, 13-17.
En la página 3 notamos un error o errata en el número de las naves de Míndaro: 600 en lugar de las 60 del texto. Cf. I 1, 11, 16. El «terminaron nuestras victorias» de la página 5 no está en los textos (cf. I 1, 23) y nos chocan traducciones como «regala un traje a los soldados...», pág. 5 (I 1, 24); «es proclamado generalísimo», pág. 21 (I 4, 20); «caen muchos de los escevóforos», pág. 71 (II 4, 3); «donde deja tres de las doce cohortes que llevaba», pág. 337 (VII 4, 20), etc., cuyos términos traje, generalísimo, escevóforos, cohortes... preferiríamos ver sustituidos por manto, jefe supremo, bagajeros o portadores de bagaje, compañías, etc.
En 1953 Bernardo Perea Morales traduce el libro I para la colección de textos clásicos bilingües de la editorial Gredos publicados, como se sabe, con un propósito fundamentalmente didáctico.
En 1965 Juan B. Xuriguera publica en Barcelona dos volúmenes en la colección «Obras maestras» de la editorial Iberia. El I contiene el Agesilao, La Anábasis, La República de Esparta, La República de Atenas; el II, Las Helénicas y Las rentas del Ática . (Su versión de Las Helénicas depende directamente de la traducción francesa de J. Hatzfeld.)
En 1969 en Historiadores griegos de la editorial Aguilar aparecen las Helénicas junto con la Anábasis traducidas por Francisco de P. Samaranch, entre otras obras.
Esta versión está bien en general, aunque encontramos algunos descuidos como en I 2, 10, «inmunidad perpetua», por ateleî...; en II 3, 56 la traducción no concuerda con el texto griego y no se entiende en ella la alusión al juego del cótabo: «igual que en el juego del cótabo, bebió hasta la última gota...»; en II 4, 2 no comprendemos cómo traduce «constituyendo un bello espectáculo...» el euēmerías oúsēs en oposición con el khión del párrafo siguiente; en V 4, 7 «alegres comensales...», por kōmastás o miembros de un kômos : VI 5, 7 «vencedores» por derrotados; en VI 5, 37 «dieron muestras de haberse emocionado...» no parece ajustado al término griego epethorýbēsan , específico para expresar la aprobación o desagrado del público al orador; en VII 5, 24 «derecha» por izquierda (más comprensible), etc.
Entre las versiones extranjeras debemos señalar la de Hatzfeld de «Les Belles Lettres», buena, salvo algunos errores numéricos, erratas diríamos mejor; la alemana de Gisela Strasburger de «Tusculum», muy fiel y la de Brownson de «Loeb Clas. Lib.», a nuestro juicio la mejor de estas tres.
Por nuestra parte se ha pretendido conseguir una versión sencilla, fiel y concisa.
Queremos testimoniar nuestro agradecimiento a don Manuel Polín Galán, que se ha dignado leer la traducción castellana y apuntar algunas correcciones.
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