En la costa oeste, el suministro de agua de Perth había alcanzado un mínimo histórico, lo que provocó que la ciudad construyera plantas desalinizadoras. Nuestros científicos y el nuevo gobierno de Rudd nos dijeron que estas condiciones podrían volverse permanentes y que debíamos actuar, pero decidimos ignorarlos y elegir una sucesión de primeros ministros negacionistas. Sin embargo, para mediados de la década de 2020 habíamos recuperado la cordura y decidimos enfrentar los hechos y tomar al toro por los cuernos, como verdaderos australianos de pura cepa.
¿Cómo funcionaron las plantas de desalinización para Australia?
De hecho, uno de nuestros primeros pasos a principios de siglo había sido la construcción de plantas de desalinización en Adelaide, Perth y Sídney. No se suponía que las plantas produjeran toda el agua que cada ciudad necesitaría, pero sí la suficiente para marcar la diferencia. La planta de Perth, por ejemplo, cuando funcionaba a plena capacidad, abastecía alrededor de 17 por ciento de las necesidades de agua de la ciudad a principios de siglo. Pero a medida que los habitantes de Perth preservaban el agua, la fracción suministrada por la desalinización aumentó. En 2000, el consumo de agua per cápita en Perth era de alrededor de 130 galones [492 litros] por día. El solo hecho de restringir a dos días a la semana el uso de aspersores para regar céspedes y jardines redujo el consumo a 110 galones [416 litros] por día. A finales de los años veinte, Perth prohibió el uso de aspersores y cerró sus campos de golf. Claro, se quejaron los golfistas, pero para entonces hacía aún más calor y estaba más seco, así que sus alaridos de aflicción deben haber desatado muchas risas, eso es seguro. Pasamos a la reutilización total de las aguas grises, el drenaje de las duchas y del lavado de la ropa, lo cual representaba aproximadamente un 30 por ciento del consumo doméstico. Perth prohibió crear nuevos jardines y comenzó un programa de “efectivo por césped” para pagar a los propietarios existentes para que quitaran el pasto y lo reemplazaran por un xerojardín, cactus, piedras o lo que quisieran, siempre y cuando se viera bien y no necesitara agua. Se prohibieron las regaderas y se subsidió a los propietarios de las viviendas para que pudieran reacondicionarlas. Elevamos el precio del agua municipal hasta el punto en que dolía y adoptamos un sistema de precios escalonados de manera que la tarifa fuera mayor cuanto más agua se usara. A principios de siglo, los agricultores pagaban por el agua menos de una décima parte que los usuarios municipales. La mayoría de las ciudades descubrieron que no podrían salirse con la suya subiendo el precio a los regantes hasta que hubieran eliminado por completo el agua para céspedes y jardines. Una vez que eso sucedió, el precio para los agricultores comenzó a subir drásticamente y la cantidad que ellos usaban disminuyó. Por supuesto, debíamos mantener parte de la producción agrícola, por lo que ajustábamos el precio del agua de riego continuamente a fin de no llevar a los agricultores a la quiebra.
Perth estaba preparada para colocar válvulas de cierre automático en las líneas de agua residenciales, pero nunca llegó a eso. Para 2030, el consumo de agua per cápita había caído a 50 galones [189 litros] por día, lo que significaba que la planta de desalinización podía suministrar casi la mitad del consumo total de agua de Perth. Las plantas desalinizadoras necesitan mucha energía, pero la de Perth la obtenía de un parque eólico. Entonces, a diferencia de la mayoría de las otras plantas de desalinización, su operación no costaba mucho y tampoco aumentaba las emisiones de gases de efecto invernadero. Sin embargo, en última instancia, tanto en Australia como en los otros lugares, la desalinización podía ayudar, pero no resolver el problema.
Intentamos también reducir nuestras emisiones de CO2. En los primeros años del siglo, no teníamos ningún requisito de millaje para los automóviles. Para 2030, habíamos introducido un requisito de 80 millas por galón. Aun cuando la industria automovilística se había quejado de que no sería capaz de producir automóviles con una eficiencia de combustible tan alta con un beneficio, terminó por hacerlos, y la gente acudió en masa a comprarlos. Hoy, por supuesto, los pocos autos que circulan por la carretera son eléctricos y funcionan con paneles solares. Para encontrar un automóvil que funcione con gasolina, tendrá que acudir a un museo, si es que encuentra alguno abierto. Pero lo más insidioso del calentamiento global fue que un país por sí solo podía hacer poco. Era necesario que todos los países actuaran juntos, pero no sucedió así. En la década de 2020, a medida que nos volvíamos más duros e intentábamos todo aquello en lo que podíamos pensar para reducir las emisiones, los japoneses, asustados por el accidente nuclear de Fukushima, ¡construyeron veintidós plantas nuevas de carbón!
Nos dimos cuenta muy pronto de que si la población de Australia crecía, las nuevas personas simplemente consumirían más de todo, cuando en realidad tendríamos menos de todo, a excepción del calor. Entonces, un aumento de, digamos, 10 por ciento en la población habría significado una disminución de 10 por ciento en nuestro nivel de vida. Para evitarlo, restringimos la inmigración a neozelandeses, estudiantes, migrantes calificados y trabajadores temporales. Si una persona no pertenecía a alguno de esos grupos, no podía ingresar a Australia salvo para una breve visita. Reforzamos nuestro departamento de inmigración para hacer cumplir esas reglas.
Aunque la tasa de fecundidad necesaria para una población estable es de aproximadamente 2.1 hijos por mujer, a principios de siglo la tasa de Australia era de sólo 1.76. Eso significó que no tuvimos que implementar controles de población como lo hicieron muchos otros países. Sin embargo, sólo para estar seguros, establecimos un programa educativo masivo que mostraba lo que sucedería si la población de Australia aumentaba tanto en los siguientes cincuenta años como lo había hecho en los cincuenta previos, y pedimos a cada familia que hiciera su parte. A pesar de la objeción de la Iglesia católica, proporcionamos todas las formas de anticoncepción sin costo alguno. Hicimos que los abortos fueran seguros, fáciles de conseguir y gratuitos, sin preguntas. El resultado fue que la población de Australia disminuyó de veintidós millones en 2010 a dieciocho millones en 2050. Esa reducción tuvo el mismo efecto per cápita que si hubiéramos aumentado los recursos en alrededor de 20 por ciento.
Pocos países se adaptaron al calentamiento global tan bien como Australia y estamos orgullosos de eso. Conocíamos la sequía como pocos y usamos ese conocimiento a nuestro favor. Pero teníamos otra ventaja: nuestro aislamiento. Como el mundo ha aprendido por las malas, los países que mejor se adaptaron al calentamiento global se convirtieron por lo común en mecas para los refugiados climáticos. Si Australia hubiera tenido vecinos al otro lado de una frontera, como la suya con México, o incluso al otro lado de un mar fácilmente navegable, como el estrecho de Gibraltar, sin duda los refugiados climáticos también nos habrían invadido. Pero no tenían forma de llegar aquí, excepto en barco. Algunos lo intentaron en botes improvisados desde Filipinas e Indonesia, pero nuestra guardia costera los detectaba pronto.
Por otro lado, nuestro aislamiento y el colapso de los viajes internacionales destruyeron nuestros ingresos turísticos. La Gran Barrera de Coral solía generar casi siete mil millones de dólares anuales, pero ¿quién querría venir a ver su esqueleto? ¿Quién querría observar a Uluru en medio de la nada? Cualquiera que quiera ver la desolación, tal vez ni siquiera necesite salir de casa.
Aun así, en conjunto, creo que nuestro aislamiento ayudó. Es extraño pensar que la ubicación de Australia en las antípodas, que fue la razón por la que los británicos enviaron a nuestros antepasados prisioneros a esta isla en primer lugar, resultó ser nuestra salvación.
¿Qué le depara el futuro a Australia?
Nadie puede saberlo, ¿verdad? Nuestro aislamiento ciertamente ha dejado nuestro destino en nuestras manos. Dado que el comercio internacional y el transporte marítimo se han interrumpido, lo que sea que necesitemos lo debemos cultivar o fabricar nosotros mismos. Me duele decir esto, pero un país tan seco y sin forma de importar productos no puede alimentar a tanta gente como la que ahora vive en Australia. Nuestros agrónomos estiman que si se abandona la mayor parte del oeste y el interior, y se concentra a la gente en áreas que todavía tienen suficiente lluvia y no son insoportablemente calurosas, Australia podría sostener una población de alrededor de diez millones. Suponiendo, por supuesto, que el calentamiento global no empeore de manera constante. Entonces cualquier cosa puede pasar aquí y en todas partes.
Doctora Emerson, si hace décadas la gente hubiera podido prever el futuro y comprender lo que le sucedió a Australia, ¿cuál cree que hubiera sido la lección?
Esa pregunta me hace pensar en mi abuelo. Cuando era joven, le encantaba leer ciencia ficción de los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. En particular, un género llamado ficción postapocalíptica, en el que los autores imaginaban el mundo después de una guerra nuclear global. Cuando era adolescente, encontré muchos de esos libros en su biblioteca y los leí. Algunos tenían un inmenso poder: recuerdo La tierra permanece, Cántico por Leibowitz y, en especial, La hora final, del famoso autor Nevil Shute. Estos libros hicieron que los lectores entendieran el verdadero peligro de una guerra nuclear y, sin duda, ayudaron a prevenirla. Ninguno tuvo más impacto que La hora final. Se ubicaba después de una guerra nuclear en el hemisferio norte, pero antes de que las consecuencias mortales llegaran a Australia. Sin embargo, se estaban acercando y todos lo sabían, lo que daba una poderosa sensación de muerte inminente a los australianos y a la tripulación de un submarino estadunidense que se encontraba estacionado en Australia.
La hora final le mostró a la gente de todo el mundo que ningún rincón de la Tierra, por distante y aislado que se encuentre, puede escapar a los efectos de la guerra nuclear global. Lo mismo ocurre hoy en día con un desastre global que nadie en la época de Shute habría podido imaginar. Australia está tan bien posicionada como cualquier otro país para evitar lo peor del calentamiento global. Sin embargo, aunque tal vez tome algo más de tiempo, sus efectos llegarán; ya no hay duda de que eso sucederá, lo único que no sabemos es cuándo. Para la gente del mundo, no hay ningún refugio a salvo del calentamiento global. La atmósfera, que Shute imaginó llevando las mortíferas precipitaciones atómicas y que ahora lleva un exceso de CO2, llega a todas partes. Ésa habría sido la lección para la generación de nuestros abuelos: si dejas que el calentamiento global ocurra, ningún país podrá escapar.
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