Читать книгу «Sońka» онлайн полностью📖 — Ignacy Karpowicz — MyBook.




El príncipe, tras abandonar el interior climatizado de su Mercedes, seguramente aguardaba algo tan extraordinario como el maná —por ejemplo, la cobertura, aunque solo fuera una rayita, ¡por favor, Señor! ¡dámela, dámela!—, pero ni se inmutó cuando la vaca y Sońka se le acercaron hasta una distancia mínima, tanto que se hacía inevitable un intercambio de frases, aunque solo fuera «buenos días, cómo puedo ir a…», o bien «¿dónde se encuentra el lugar más cercano con cobertura?». El príncipe, tras aterrizar en un sitio que no era exactamente el que quería ni con la persona que quería, había entrado en una especie de embelesamiento por el paisaje. Le había asaltado un recuerdo doloroso. El paisaje era como cualquier otro paisaje, los prados, los árboles, todo tenía el aspecto que debía, a pesar de lo cual aquella naturaleza, con su río y su cielo, su carretera y sus cigüeñas, encerraba algún tipo de amenaza. El joven intentó descubrir si se trataba de una amenaza del pasado o si concernía al futuro. Al final hizo un gesto con la mano, pasó del tema e hizo bip con el mando para dejar cerrado el coche. Entonces se giró de repente y con tal brusquedad que casi asusta a la vaca, en general poco asustadiza, y miró a Sońka a la cara.

Y enmudeció. Los labios —el de arriba y también el de abajo, más vistoso— dibujaron una «o», porque el rostro de Sońka era un rostro de verdad, la vida ya no moldeaba rostros como ese, caras así no se veían. El rostro de Sońka había salido de un icono: moreno, sano, curtido, sin distinción y sin falsedad, pero al mismo tiempo fuerte, con las líneas de las arrugas más claras, y eso que tenía un huevo de arrugas que habrían vuelto loco a un cirujano plástico: alisar, estirar, cortar, había suficiente exceso de piel como para hacer al menos tres caras nuevas. Porque el rostro de Sońka era lo que se dice un rostro; se veía que había vivido lo suyo, se veía que había tenido sueños, pero sobre todo ese rostro servía para lo que Haspodź lo había creado: escuchar, mirar, comer, ser lavado, besar, oler, hipar, llorar, sonarse la nariz.

Igor Grycowski, con sus labios en «o», se quedó petrificado, y cual príncipe azul de cuento de hadas comprendió que ante él se encontraba el ser al que llevaba esperando toda su vida, y no nos referimos a la vaca, bella a su manera y que mecía de una forma muy tentadora sus largas pestañas. Tampoco nos referimos exactamente a Sońka, o al menos no a la Sońka que Sońka era a diario. Nos referimos a una Sońka nueva, ignota y olvidada, una Sońka excitante cuya presencia Igor Grycowski percibió y contempló cuando la mirada azul de la viejecita se detuvo en él, primero con cierto temor y desgana, pero enseguida se despejó como el cielo y palideció, se aclaró y resplandeció.

—Buen día —dijo la anciana—. Shto stalaso?8 —añadió, pues a fin de cuentas también a ella le ocurrían a veces cosas imprevistas, también a ella alguna vez la habían abandonado, lastimado, pateado; el mundo no cambia así, sin más, de repente, pero aunque cambiara así, sin más y de repente, seguro que no lo haría a mejor.

—Buenos días —contestó Igor, tratando de estar a la altura de las circunstancias y con la elegancia propia de un polaco de ciudad—. Se me ha estropeado el coche de repente y no puedo contactar con nadie por teléfono. —Tras lo cual añadió, algo turbado, sin razón aparente—. Alemán. Es de allí —Y, al mismo tiempo, señaló con la mano un punto entre el coche y el cielo.

El desamparo del joven, su sinceridad y su belleza —que, objetivamente, ni era para tanto ni tan evidente— cautivaron a Sońka de tal forma que, de manera espontánea, lo invitó a tomar leche fresca, señalando con la cayada primero las ubres de la vaca y después el tejado de la casa, y, de modo implícito, hacia algo que debía encontrarse entre ambos: una taza esmaltada con su correspondiente desconchón ennegrecido. El príncipe asintió:

—Encantado, gracias.

Dejó pasar a Mućka y a la paticoja Sońka, y pisó la colilla con la sandalia. Después, sumido en un estupor que iba en aumento, caminó arrastrando los pies hacia la casa.

La verja, torcida y cubierta de musgo, apenas se sostenía sobre las bisagras herrumbrosas, como si estuvieran en la casa de una hermana de Baba Yaga, la hermana de una amante de la fealdad, que apartaba lo más lejos de su vista todo lo bello y lo nuevo. Igor paseó la mirada por el modesto jardín, por las kastrule9 azules metidas en estacas; por cazuelas que dejaban ver agujeros en sus fondos, negros por el hollín y desgastados por el fuego; por un grupito de gallinas abigarradas que cloqueaban; por un gato pelado que dormía en el umbral; por los palos, las escobas, las horcas y los rastrillos. Al atravesar la verja, al entrar en los dominios de Sońka, Igor se había armado con una varita mágica para cambiar —primero en su mente, a modo de prueba— el destino de su anfitriona.

Entonces, agita su varita: el sol se apaga, cesan los murmullos entre los espectadores, el estreno va a empezar; la luz de un foco saca de la oscuridad a una silueta encorvada. Hace mucho, mucho tiempo…, comienza Sońka, y los espectadores reunidos se dejan llevar por su voz, miran fijamente su rostro; la historia de Sońka los lanza fuera de los límites del tiempo. Después, una ovación cerrada (Igor, discreto, de pie junto a la actriz ancianita, mira las puntas de sus propios zapatos con una modestia demasiado fotogénica), los aplausos duran más de quince minutos, las damas se desmayan, los caballeros no se avergüenzan de las lágrimas que surgen de sus ojos y corren por sus bien cuidadas mejillas. ¡Un éxito total!

Mućka se dirige tranquilamente hacia el establo, avanzando con una pezuña tras otra; Igor se sienta en un banco; Sońka tiene que cambiar la paja para la vaca, ordeñarla, colar la leche, echarla en un bidón, llevar rodando el bidón hasta la entrada de la casa, sobre el banco, donde la recogerán los lecheros; por eso mira con gratitud al educado joven, sentado con las orejas gachas como un conejo. No solo es guapo, también es pensador, piensa ella. Sońka está muy contenta, no comprende de dónde le viene ese alegrón repentino, pero es preciso decir que, desde hacía mucho, muchísimo tiempo, no había sentido tal felicidad.

Mientras Sońka, sin haber debutado aún sobre el escenario, representa el único papel que domina bien —realiza sus tareas en el establo, interpreta blancas sonatas de leche en el interior de un balde, se queja y se mete amistosamente con la res (Mućka, nastupisa, bladzina)10—, Igor medita sobre sí mismo, en concreto, acerca de sus vacíos, que todavía no ha logrado transformar con ayuda de su varita mágica en una familia feliz, unos valores de buena marca, un nivel moral de alta calidad ni en una certeza de que tras la muerte hay otra vida.

Porque, en primer lugar, Igor Grycowski sufre, y su sufrimiento es profundo como una caverna y extenso como un océano, pues a fin de cuentas posee un ego enorme. Si algún día quisiera suicidarse, se podría subir a su ego y saltar desde él. Y, en segundo lugar, porque no encuentra sentido a nada. Sufre de impotencia creativa y si no es eso, pues de lo otro, la inmanencia. No ve ningún sentido en el mundo, ningún objetivo en la vida, pese a emplear medios de ayuda, como drogas, pornografía, literatura filosófica.

De repente, un detalle, un recuerdo, un pequeño fragmento, un residuo: sonríe y saca del paquete otro cigarrillo.

Sońka, una vez acabadas sus faenas, se detuvo delante de la puerta, se quitó las botas de goma.

Pachakajcie11 —dijo antes de entrar en casa.

Un perro viejo y canoso se arrimó contra los pies de Igor, se restregó mimoso, apestaba; en su collar de cuero raído brillaban unas letras metálicas de estilo gótico.

Con cierta dificultad, con repugnancia hacia el perro y las pulgas, las bacterias y los gérmenes, y también hacia la vejez del animal, Igor descifró como pudo la palabra «Borbus».

—Borbus —dijo en voz baja, y el perro alzó los ojos, del color del ámbar, casi color miel, con recuerdos de un pasado lejano hundidos en la resina del iris.

En los cuentos, los animales no son simplemente animales, son criaturas algo inferiores a las personas, pero a la vez mucho más transparentes que estas en los actos que realizan. El perro se tumbó patas arriba e Igor advirtió que Borbus era una perra.

Soy Borbus, la decimosegunda perra con ese nombre en línea directa desde Borbus Primero, apodado el Ario, así llamado por ser un enorme pastor alemán que salvó tres veces la vida a mi ama. Una vez espantó a unos lobos que se acercaron por la noche hasta las ventanas, otra vez descubrió con su olfato un foso lleno de patatas y, por último, desvió la atención de unos soldados y las balas destinadas a Sońka mataron a Borbus Primero, mi padre. Ahora, yo, Borbus Doce, apodada la Última, cuido a mi ama, Sońka la Blanca. No he tenido cachorros y mi linaje se extingue, al igual que se extingue el linaje de Sońka, ella tampoco tiene ya cachorros, nos extinguiremos al mismo tiempo, lo digo yo, Borbus Doce y Última. Y los ángeles descenderán e inclinarán sus cabezas radiantes ante mi ama, y yo ascenderé junto a ella a las arenas de la nada y aullaré en honor del Padre ausente. Aleluya. ¡Guau, guau!

Igor sintió un mareo. No había almorzado y para desayunar solo había tomado un suplemento dietético en forma de dos rayas de cocaína, que sin duda eran bajas en calorías y cuya pureza no iba muy allá. Sus párpados ocultaron los ojos de la perra, que ya no eran color ámbar sino amarillo intenso, como un huevo revuelto recién hecho, como las caléndulas o los pendones de las procesiones ortodoxas. Estoy en un cuento, pensó, un cuento sobre la vida. En otros términos, la vida resulta insoportable. ¿Me salvarán? Al menos me podrían volver a escribir como es debido.

Antes de ser salvado y después ejecutado —porque es el único final posible—, la brasa del cigarrillo le quemó los dedos, el perro se puso de pie, meneó el rabo con tristeza y se fue tranquilamente a su caseta. Sońka apareció en la puerta.

Jadzi na malako, jadzi12 —dijo.

Igor se levantó del banco. En el umbral se quitó las sandalias de ante, tan fuera de lugar, tan suaves al tacto, más caras que una pensión anual. Se dio cuenta de que hacía muchos años que no tenía amistades a las que visitar descalzo, todos ganaban demasiado dinero. Pisó con pies desnudos un zaguán oscuro, frío, que olía a leche fermentada, a tocino y a cebolla, a heno, a chucrut y a humo, a sudor, a jabonadura y a cereales. Tras el siguiente umbral, la cocina: un aparador pintado de azul cielo, una mesa rústica con un hule de flores desgastado, dos sillas, una estufa-cocina de azulejos con lezhayka,13 un taburete con un balde de agua, un suelo de madera cubierto con pintura marrón al aceite; en la esquina derecha, un icono; en las paredes encaladas dos pequeños tapices con frases escritas en polaco, una lengua medio extranjera para Sońka, por la cual en realidad sentía indiferencia: «Si el agua es fresca, el vigor aumenta» y «Cuando es la dueña quien cocina, los platos saben de maravilla».

—¿No tiene aquí cañerías ni sistema de desagüe? —preguntó Igor.

—Pa shto?14 —contestó ella—. ¿Para que se me pudra la casa por el fregadero de la cocina? ¿Para dormir bajo el mismo techo que mi propia mierda?

Cuando Igor atravesó el umbral de la cocina, Sońka miró al inesperado huésped y comprendió, en una revelación cerúlea y llamativa como el rojo de un camachuelo, que había buscado a aquel hombre durante muchos años, desde hacía tiempo, desde el final de la guerra que resultó ser el final de la vida de Sońka. La guerra la había destruido, pero no la había derrotado. Sońka comprendió que no miraba a un príncipe, sino al ángel de la muerte; comprendió que podría contarle su historia, exponer sus actos para que fueran examinados. Comprendió que con sus últimas palabras se apagaría en su interior una lucecita débil y temblorosa: y conversaron largo y tendido hasta que se hizo de noche y después no vivieron muchos, muchos años ni fueron felices al final, más allá de la memoria. Sońka comprendió por qué se había alegrado tanto: un ángel había atravesado su puerta, un ángel auténtico y no uno mendigado en la iglesia; la mismísima raíz etimológica de «ángel», el mensajero, el malak, el anuncio de la muerte.

Sońka señaló una silla, el príncipe se sentó sin decir palabra y ella, feliz, sirvió leche en una taza esmaltada, puso sobre la mesa unas tortitas de harina preparadas esa misma mañana y sacó del aparador su mayor tesoro, reservado para los invitados más importantes, como el bachiushka15 o el propio Dios: una caja de metal con bombones.

La había comprado tres años antes, tenía forma de corazón con un hermoso rótulo dorado: «E. Wedel». Había pasado medio año, más o menos, observando aquella caja en la tienda, tan maravillosa, tan cara e inalcanzable. La miraba y se imaginaba que algún día ese corazón rojo acabaría ocupando un lugar en su casa, sobre su aparador, encima del mantelito de ganchillo, junto a los dientes. La deseaba y a menudo soñaba con ella por las noches, mientras la saliva le resbalaba sobre la almohada. Hasta que un día pidió los bombones. La tendera, la hija de Irka, de Mieleszki, se quedó con la boca abierta:

Vy, Sońka zdureli16 —le dijo.

—Quizá me haya vuelto idiota —contestó Sońka—, pero ya tengo unos añitos, hago lo que quiero, los médicos me dieron los papeles de la pensión. ¿No te da vergüenza?

Sońka quitó el plástico que cubría el corazón para poder abrir ambos: primero aquel rojo con el rótulo dorado y bombones dentro, y después ese otro reseco como una nuez y mudo como un cisne, situado entre las costillas y sin la firma de sus creadores. Sońka no recordaba a su madre en absoluto. Se murió en el posparto, en una época en que el cuerpo de las mujeres no descansaba: al igual que la tierra de cultivo, debía ser fértil, y engendrar cada año. El óvulo divino producía un nuevo ser viviente que venía al mundo y, por lo general, se dejaba llevar al cielo un poco después, siempre y cuando la bautizara el pope y Dios la aceptara —con ellos nunca se sabe, tan voraz el uno como el otro—. Antes de la guerra no tenían allí coches y ahora, aunque los hay, se les tiene que echar gasolina, que cuesta lo suyo. Antes de la guerra, Isus Chrystus era más barato y más accesible, pues el medio de transporte del bachiushka comía hierba, y la hierba crecía gratis.

Igor trazó con el pie un círculo sobre la esterilla multicolor de ganchillo y le dio un trago a la leche, que no se parecía más que en el color a la de los cartones, porque tenía un sabor extraño, un sabor y un olor a un animal de sangre caliente, no a estériles procesos productivos. Cogió un bombón con algo verdusco por encima, seguramente un pistacho, pensó.

Patom razpalu u piechy —dijo Sońka y se sentó frente a su invitado.

—En polaco se dice «después enciendo el fuego en la cocina» —la corrigió Igor con un genuino lenguaje de ciudad.

Porque Igor ocultaba a toda costa su verdadera infancia, la coloreaba, se avergonzaba de ella de manera consecuente, la había olvidado escrupulosamente, la había repudiado y enterrado. Una infancia que había pasado con sus abuelos en un pueblo cercano. Se llamaba, y aún seguía llamándose, Wysranka —«el cagadero»—, porque allí donde vivieron sus bisabuelos y sus abuelos se acababa el mundo, y ni siquiera el mundo, porque en otros fines del mundo había palmeras, montañas de hielo, desiertos de arena; por contra, aquel fragmento de la región de Podlasie —otro mundo aparte— había encontrado su punto final justo allí: en la línea de los abetos y en la última casa, construida antes de la época del general Sławoj —ministro del Interior en el período de entreguerras—, que elevó el nivel higiénico del país mediante un decreto sobre las obligaciones de todos los culos. Y es que el general Sławoj consideraba que en la renacida Polonia también el culo tenía sus derechos personales e intransferibles: les correspondía el derecho a cagar tranquilamente en una caseta de madera separada de la casa, bautizada como sławojka en honor del general. En cambio, antes del decreto la gente se iba entre los árboles de las lindes del pueblo, justo en Wysranka, siguiendo fielmente la máxima de que el culo tira a la sombra, igual que la cabra tira al monte. ¡Y cuidado con lo que pasa entre las piernas!