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243 Ulises se puso á cortar troncos y no tardó en dar fin á su trabajo. Derribó veinte, que desbastó con el bronce, pulió con habilidad y enderezó por medio de un nivel. Calipso, la divina entre las diosas, trájole unos barrenos con los cuales taladró el héroe todas las piezas que unió luego, sujetándolas con clavos y clavijas. Cuan ancho es el redondeado fondo de un buen navío de carga, que hábil artífice construyera, tan grande hizo Ulises la balsa. Labró después la cubierta, adaptándola á espesas vigas y dándole remate con un piso de largos tablones; puso en el centro un mástil con su correspondiente entena, y fabricó un timón para regir la balsa. Á ésta la protegió por todas partes con mimbres entretejidos, que fuesen reparo de las olas, y la lastró con abundante madera. Mientras tanto Calipso, la divina entre las diosas, trájole lienzo para las velas; y Ulises las construyó con gran habilidad. Y, atando en la balsa cuerdas, maromas y bolinas, echóla por medio de unos parales al mar divino.

262 Al cuarto día ya todo estaba terminado, y al quinto despidióle de la isla la divina Calipso, después de lavarlo y de vestirle perfumadas vestiduras. Entrególe la diosa un pellejo de negro vino, otro grande de agua, un saco de provisiones y muchos manjares gratos al ánimo; y mandóle favorable y plácido viento. Gozoso desplegó las velas el divinal Ulises y, sentándose, comenzó á regir hábilmente la balsa con el timón, sin que el sueño cayese en sus párpados, mientras contemplaba las Pléyades, el Bootes, que se pone muy tarde, y la Osa, llamada el Carro por sobrenombre, la cual gira siempre en el mismo lugar, acecha á Orión y es la única que no se baña en el Océano; pues habíale ordenado Calipso, la divina entre las diosas, que tuviera la Osa á la mano izquierda durante la travesía. Diez y siete días navegó, atravesando el mar, y al décimo octavo pudo ver los umbrosos montes del país de los feacios en la parte más cercana, apareciéndosele como un escudo en medio del sombrío ponto.

282 El poderoso Neptuno, que sacude la tierra, regresaba entonces de Etiopía y vió á Ulises de lejos, desde los montes Solimos, pues se le apareció navegando por el ponto. Encendióse en ira la deidad y, sacudiendo la cabeza, habló entre sí de semejante modo:

286 «¡Ah! Sin duda cambiaron los dioses sus propósitos con respecto á Ulises, mientras yo me hallaba entre los etíopes. Ya está junto á la tierra de los feacios donde es fatal que se libre del cúmulo de desgracias que le han alcanzado. Creo, no obstante, que aún habrá de sufrir no pocos males.»

291 Dijo; y, echando mano al tridente, congregó las nubes y turbó el mar; suscitó grandes torbellinos de toda clase de vientos; cubrió de nubes la tierra y el ponto, y la noche cayó del cielo. Soplaron á la vez el Euro, el Noto, el impetuoso Céfiro y el Bóreas que, nacido en el éter, levanta grandes olas. Entonces desfallecieron las rodillas y el corazón de Ulises; y el héroe, gimiendo, á su magnánimo espíritu así le hablaba:

299 «¡Ay de mí, desdichado! ¿Qué es lo que, por fin, me va á suceder? Temo que resulten verídicas las predicciones de la diosa, la cual me aseguraba que había de pasar grandes trabajos en el ponto antes de volver á la patria tierra, pues ahora todo se está cumpliendo. ¡Con qué nubes ha cerrado Júpiter el anchuroso cielo! Y ha conturbado el mar; y arrecian los torbellinos de toda clase de vientos. Ahora me espera, á buen seguro, una terrible muerte. ¡Oh, una y mil veces dichosos los dánaos que perecieron en la vasta Troya, luchando para complacer á los Atridas! ¡Así hubiese muerto también, cumpliéndose mi destino, el día en que multitud de teucros me arrojaban broncíneas lanzas junto al cadáver del Pelida! Allí obtuviera honras fúnebres y los aqueos ensalzaran mi gloria; pero dispone el hado que yo sucumba con deplorable muerte.»

313 Mientras esto decía, vino una grande ola que desde lo alto cayó horrendamente sobre Ulises é hizo que la balsa zozobrara. Fué arrojado el héroe lejos de la balsa, sus manos dejaron el timón, llegó un horrible torbellino de mezclados vientos que rompió el mástil por la mitad, y la vela y la entena cayeron en el ponto á gran distancia. Mucho tiempo permaneció Ulises sumergido, que no pudo salir á flote inmediatamente por el gran ímpetu de las olas y porque le apesgaban los vestidos que le había entregado la divinal Calipso. Emergió, por fin, despidiendo de la boca el agua amarga que asimismo le corría de la cabeza en sonoros chorros. Mas, aunque fatigado, no se olvidó de la balsa; sino que, moviéndose con vigor por entre las olas, la asió y sentóse en medio para evitar la muerte. El gran oleaje llevaba la balsa de acá para allá, según la corriente. Del mismo modo que el otoñal Bóreas arrastra por la llanura unos vilanos, que entre sí se entretejen espesos; así los vientos conducían la balsa por el piélago, de acá para allá: unas veces el Noto la arrojaba al Bóreas, para que se la llevase, y en otras ocasiones el Euro la cedía al Céfiro á fin de que éste la persiguiera.

333 Pero vióle Ino Leucotea, hija de Cadmo, la de pies hermosos, que antes había sido mortal dotada de voz y entonces, residiendo en lo hondo del mar, disfrutaba de honores divinos. Y como se apiadara de Ulises, al contemplarle errabundo y abrumado por la fatiga, transfiguróse en mergo, salió volando del abismo del mar y, posándose en la balsa construída con muchas ataduras, díjole estas palabras:

339 «¡Desdichado! ¿Por qué Neptuno, que sacude la tierra, se airó tan fieramente contigo y te está suscitando numerosos males? No logrará anonadarte por mucho que lo anhele. Haz lo que voy á decir, pues me figuro que no te falta prudencia: quítate esos vestidos, deja la balsa para que los vientos se la lleven y, nadando con las manos, procura llegar á la tierra de los feacios, donde el hado ha dispuesto que te salves. Toma, extiende este velo inmortal debajo de tu pecho y no temas padecer, ni morir tampoco. Y así que toques con tus manos la tierra firme, quítatelo y arrójalo en el vinoso ponto, volviéndote á otro lado.»

351 Dichas estas palabras, la diosa le entregó el velo y, transfigurada en mergo, tornó á sumergirse en el undoso ponto y las negruzcas olas la cubrieron. Mas el paciente divinal Ulises estaba indeciso y, gimiendo, habló de esta guisa á su corazón magnánimo:

356 «¡Ay de mí! No sea que alguno de los inmortales me tienda un lazo, cuando me da la orden de que desampare la balsa. No obedeceré todavía, que con mis ojos veo que está muy lejana la tierra donde, según afirman, he de hallar refugio; antes procederé de esta suerte por ser, á mi juicio, lo mejor: mientras los maderos estén sujetados por las clavijas, seguiré aquí y sufriré los males que haya de padecer, y luego que las olas deshagan la balsa me pondré á nadar; pues no se me ocurre nada más provechoso.»

365 Tales cosas revolvía en su mente y en su corazón, cuando Neptuno, que sacude la tierra, alzó una oleada tremenda, difícil de resistir, alta como un techo, y llevóla contra el héroe. De la suerte que impetuoso viento revuelve un montón de pajas secas, dispersándolas por este y por el otro lado; de la misma manera desbarató la ola los grandes leños de la balsa. Pero Ulises asió uno de los tablones y se puso á caballo en él; desnudóse los vestidos que la divinal Calipso le entregara, extendió prestamente el velo debajo de su pecho y se dejó caer en el agua boca abajo, con los brazos abiertos, deseoso de nadar. Vióle el poderoso dios que sacude la tierra y, moviendo la cabeza, habló entre sí de semejante modo:

377 «Ahora, que has padecido tantos males, vaga por el ponto hasta que llegues á juntarte con esos hombres, alumnos de Júpiter. Se me figura que ni aun así te parecerán pocas tus desgracias.»

380 Dicho esto, picó con el látigo á los corceles y se fué á Egas, donde posee ínclita morada.

382 Entonces Minerva, hija de Júpiter, ordenó otra cosa. Cerró el camino á los vientos, y les mandó que se sosegaran y durmieran; y, haciendo soplar el rápido Bóreas, quebró las olas hasta que Ulises, de jovial linaje, librándose de la muerte y de las Parcas, llegase á los feacios, amantes de manejar los remos.

388 Dos días con sus noches anduvo errante el héroe sobre las densas olas, y su corazón presagióle la muerte en repetidos casos. Mas, tan luego como la Aurora, de hermosas trenzas, dió principio al tercer día, cesó el vendaval, reinó sosegada calma y Ulises pudo ver, desde lo alto de una ingente ola y aguzando mucho la vista, que la tierra se hallaba cerca. Cuan grata se les presenta á los hijos la vida de un padre que estaba postrado por la enfermedad y padecía graves dolores, consumiéndose desde largo tiempo á causa de la persecución de infesto numen, si los dioses le libran felizmente del mal; tan agradable apareció para Ulises la tierra y el bosque. Nadaba, pues, esforzándose por asentar el pie en tierra firme; mas, así que estuvo tan cercano á la orilla que hasta ella hubiesen llegado sus gritos, oyó el estrépito con que en las peñas se rompía el mar. Bramaban las inmensas olas, azotando horrendamente la árida costa, y todo estaba cubierto de salada espuma; pues allí no había puertos, donde las naves se acogiesen, ni siquiera ensenadas, sino orillas abruptas, rocas y escollos. Entonces desfallecieron las rodillas y el corazón de Ulises; y el héroe, gimiendo, á su magnánimo espíritu así le hablaba:

408 «¡Ay de mí! Después que Júpiter me concedió que viese inesperada tierra, y acabé de surcar este abismo, ningún paraje descubro por donde consiga salir del albo mar. Por defuera hay agudos peñascos á cuyo alrededor braman las olas impetuosamente, y la roca se levanta lisa; y aquí es el mar tan hondo que no puedo afirmar los pies para librarme del mal. No sea que, cuando me disponga á salir, ingente ola me arrebate y dé conmigo en el pétreo peñasco; y resulte inútil mi intento. Mas, si voy nadando, en busca de una playa ó de un puerto de mar, temo que nuevamente me arrebate la tempestad y me lleve al ponto, abundante en peces, haciéndome proferir hondos suspiros; ó que una deidad incite contra mí algún monstruo marino, como los que cría en gran abundancia la ilustre Anfitrite; pues sé que el ínclito dios que bate la tierra está enojado conmigo.»


Vaga por el ponto, le dijo Neptuno, hasta que llegues á juntarte con esos hombres alumnos de Júpiter

(Canto V, versos 377 y 378.)

424 Mientras tales pensamientos revolvía en su mente y en su corazón, una oleada lo llevó á la áspera ribera. Allí se habría desgarrado la piel y roto los huesos, si Minerva, la deidad de los brillantes ojos, no le hubiese sugerido en el ánimo lo que llevó á efecto: lanzóse á la roca, la asió con ambas manos y, gimiendo, permaneció adherido á la misma hasta que la enorme ola hubo pasado. De esta suerte la evitó; mas, al refluir, dióle tal acometida, que lo echó en el ponto y bien adentro. Así como el pulpo, cuando lo sacan de su escondrijo, lleva pegadas á los tentáculos muchas pedrezuelas; así, la piel de las fornidas manos de Ulises se desgarró y quedó en las rocas, mientras le cubría inmensa ola. Y allí acabara el infeliz Ulises, contra lo dispuesto por el hado, si Minerva, la deidad de los brillantes ojos, no le inspirara prudencia. Salió á flote y, apartándose de las olas que se rompen con estrépito en la ribera, nadó á lo largo de la orilla, mirando á la tierra, por si hallaba alguna playa ó un puerto de mar. Mas, como llegase, nadando, á la boca de un río de hermosa corriente, el lugar parecióle óptimo por carecer de rocas y formar un reparo contra el viento. Y conociendo que era un río que desembocaba, suplicóle así en su corazón:

445 «¡Óyeme, oh soberano, quienquiera que seas! Vengo á ti, tan deseado, huyendo del ponto y de las amenazas de Neptuno. Es digno de respeto aun para los inmortales dioses el hombre que se presenta errabundo, como llego ahora á tu corriente y á tus rodillas después de pasar muchos trabajos. ¡Oh rey, apiádate de mí, ya que me glorío de ser tu suplicante!»

451 Tales fueron sus palabras. En seguida suspendió el río su corriente, apaciguó las olas, hizo reinar la calma delante de sí y salvó á Ulises en la desembocadura. El héroe dobló entonces las rodillas y los fuertes brazos, pues su corazón estaba fatigado de luchar con el ponto. Tenía Ulises todo el cuerpo hinchado, de su boca y de su nariz manaba en abundancia el agua del mar; y, falto de aliento y de voz, quedóse tendido y sin fuerzas porque el terrible cansancio le abrumaba. Cuando ya respiró y volvió en su acuerdo, desató el velo de la diosa y arrojólo en el río, que corría hacia el mar: llevóse el velo una ola grande en la dirección de la corriente y pronto Ino lo tuvo en sus manos. Ulises se apartó del río, echóse al pie de unos juncos, besó la fértil tierra y, gimiendo, á su magnánimo espíritu así le hablaba:

465 «¡Ay de mí! ¿Qué no padezco? ¿Qué es lo que al fin me va á suceder? Si paso la molesta noche junto al río, quizás la dañosa helada y el fresco rocío me acaben; pues estoy tan débil que apenas puedo respirar, y una brisa glacial viene del río antes de rayar el alba. Y si subo al collado y me duermo entre los espesos arbustos de la selva umbría, como me dejen el frío y el cansancio y me venga dulce sueño, temo ser presa y pasto de las fieras.»

474 Después de meditarlo, se le ofreció como mejor el último partido. Fuése, pues, á la selva que halló cerca del agua, en un altozano, y metióse debajo de dos arbustos que habían nacido en un mismo lugar y eran un acebuche y un olivo. Ni el húmedo soplo de los vientos pasaba á través de ambos, ni el resplandeciente sol los hería con sus rayos, ni la lluvia los penetraba del todo: tan espesos y entrelazados habían crecido. Debajo de ellos se introdujo Ulises y al instante aparejóse con sus manos ancha cama, pues había tal abundancia de hojas secas que bastaran para abrigar á dos ó tres hombres en lo más fuerte del invierno por riguroso que fuese. Mucho holgó de verlas el paciente divinal Ulises, que se acostó en medio y se cubrió con multitud de las mismas. Así como el que vive en remoto campo y no tiene vecinos, esconde un tizón en la negra ceniza para conservar el fuego y no tener que ir á encenderlo á otra parte; de esta suerte se cubrió Ulises con la hojarasca. Y Minerva infundióle en los ojos dulce sueño y le cerró los párpados para que cuanto antes se librara del penoso cansancio.


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