Читать книгу «Salambó» онлайн полностью📖 — Gustave Flaubert — MyBook.

Los soldados habían perdido ya el miedo y volvían a beber. Los perfumes que les caían de la frente mojaban a grandes gotas sus túnicas hechas jirones, y de codos en las mesas, que les parecía oscilaban como navíos, paseaban alrededor sus ojos de borracho, para devorar con la vista lo que no estaba al alcance de su mano. Había quien, andando entre los platos sobre los manteles de púrpura, rompían a puntapiés los escabeles de marfil y las ampollas tirias de cristal. Mezclábanse las canciones al estertor de los esclavos agonizantes entre las copas rotas. Pedían más vino, comida, oro. Gritaban queriendo mujeres. Se deliraba en cien lenguas distintas. Algunos se creían en los baños, a causa del vapor que flotaba en torno de ellos, o bien, mirando al follaje, imaginaban estar de caza y corrían a sus camaradas como a bestias salvajes. El incendio se propagaba de un árbol a otro, y los altos macizos de verdura, de los que se escapaban largas espirales blancas, parecían volcanes que empezaran a humear. Redoblaba el clamoreo; los leones heridos rugían en la obscuridad.

De repente se iluminó la azotea más alta del palacio; abriose la puerta del centro y apareció en el umbral una mujer vestida de negro: la hija de Amílcar. Bajó la primera escalera que bordeaba oblicuamente el primer piso, luego el segundo y el tercero, y detúvose en la última terraza, en lo alto de la escalera de las galeras. Inmóvil y con la cabeza baja, contempló a los soldados.

Detrás de ella y a cada lado estaban dos largas filas de hombres pálidos, vestidos de blancas túnicas con franjas rojas que caían rectas sobre sus pies. No tenían barba, ni cabello, ni cejas. En sus manos, deslumbrantes de anillos, llevaban enormes liras, y todos cantaban con voz aguda un himno a la divinidad de Cartago. Eran los sacerdotes eunucos del templo de Tanit, a los que Salambó llamaba con frecuencia a su casa.

Al fin, la joven bajó la escalera de las galeras, siguiéndola los sacerdotes. Avanzó por la avenida de los cipreses y anduvo lentamente por entre las mesas de los capitanes, que se apartaban al verla pasar.

Su cabellera, empolvada de arena violeta y apilada en forma de torre, a la usanza de las vírgenes cananeas, le hacía parecer más alta de lo que era. Trenzas de perlas pegadas a sus sienes bajaban basta las comisuras de la boca, rosada como una granada entreabierta. Llevaba sobre el pecho un collar de piedras luminosas que imitaban, por sus variados colores, las escamas de una lamprea. Sus brazos, adornados con diamantes, salían desnudos de una túnica sin mangas, constelada de rojas flores, sobre un fondo negro. Anudada a los tobillos llevaba una cadeneta de oro para regular el paso, y su gran manto de púrpura sombría, cortado de un paño desconocido, arrastraba colgante, describiendo a cada paso como una amplia onda que la seguía.

A ratos, los sacerdotes pulsaban las liras de acordes casi ahogados, y en los intervalos se oía el pequeño ruido de la cadeneta de oro con el chasquido acompasado de las sandalias de papiro.

Nadie la conocía. Únicamente se sabía que vivía retirada en prácticas piadosas. Los soldados la habían visto de noche, en lo alto del palacio, arrodillada ante las estrellas, entre torbellinos de pebeteros encendidos. Era la luna la que la había vuelto tan pálida, y algo de los dioses la envolvía como un vapor sutil. Las pupilas parecían mirar a lo lejos, más allá de los espacios terrestres. Andaba con la cabeza inclinada, y en la derecha mano llevaba una pequeña lira de ébano.

La oyeron murmurar:

—«¡Muertos, muertos todos! Ya no vendréis más, obedientes a mi voz, como cuando sentada al borde del lago, os echaba en la boca pepitas de sandía. El misterio de Tanit rodaba en el fondo de vuestros ojos, más límpidos que manantiales. Y llamaba a los peces por sus nombres, que eran los de los meses —Siv, Siyan, Tamuz, Elul, Tischri, Schebar—. ¡Ah! ¡Piedad para mí, Diosa!»

Los soldados, sin comprender lo que ella decía, se apiñaban a su alrededor. Se asombraban de su tocado; pero ella paseaba sobre todos una larga mirada asustada, y luego, hundiendo la cabeza entre los hombros, separando los brazos, les preguntaba muchas veces:

—¿Qué habéis hecho? ¿Qué habéis hecho? ¿No teníais, para hartaros, pan, carnes, aceite, toda la flor de los graneros? ¡Yo había hecho traer bueyes de Hecatompila y enviado cazadores al desierto!

Subía el tono de su voz, sus mejillas se coloreaban, y añadió:

—¿Dónde estáis? ¿En una ciudad conquistada o en el palacio de un amo? ¡Y qué amo! ¡El sufeta Amílcar, padre mío, servidor de los Baales! Vuestras armas, rojas con la sangre de sus esclavos, son las que él ha apresado a Lutacio. ¿Sabéis de alguien en vuestras tierras que sepa dirigir mejor las batallas? Mirad. ¡Los peldaños de nuestro palacio están obstruidos por nuestros trofeos! ¡Seguid incendiándolo todo! Me llevaré conmigo el Genio de mi casa, mi serpiente negra, que duerme allá arriba, sobre hojas de loto. Silbaré y ella me seguirá; y, si embarco en mi galera, correrá sobre la estela de la nave, entre la espuma de las olas.

Palpitaban sus finas narices; aplastaba las uñas contra la pedrería de su pecho. Sus ojos languidecían, y añadió:

—¡Ah, pobre Cartago! ¡Lamentable ciudad! No tienes para defenderte los hombres fuertes de antes, que iban más allá de los mares a levantar templos en las playas. Todos los países trabajaban en torno tuyo, y las llanuras del mar, aradas por tus remos, balanceaban tus cosechas.

La joven empezó a cantar las aventuras de Melkart, dios de los Sidonios y padre de su familia.

Narraba la ascensión a las montañas de Ersifonia, el viaje a Tarteso y la guerra contra Masisabal para vengar a la reina de las serpientes.

—Él perseguía en el bosque al monstruo hembra, cuya cola ondulaba sobre las hojas muertas como un arroyo de plata; él llegó a una pradera en que las mujeres de grupa de dragón estaban alrededor de una gran hoguera, enhiestas en la punta de su cola. La luna de color de sangre resplandecía en un halo pálido, y sus lenguas de escarlata, hendidas como arpones de pescadores, se alargaban encorvándose hasta el borde de la llama.

Sin interrupción, Salambó fue contando cómo Melkart, después de haber vencido a Masisabal, puso en la proa de su nave la cabeza cortada de este:

—A cada oleada, la cabeza se hundía en las espumas; pero el sol la embalsamaba, haciéndola más dura que el oro; los ojos no cesaban de llorar y las lágrimas caían continuamente en el agua.

Cantaba Salambó todo esto en un antiguo idioma cananeo, que no entendían los bárbaros, los cuales se preguntaban qué es lo que ella diría con los gestos espantosos que subrayaban sus palabras. Subidos alrededor de ella, sobre las mesas, sobre los escabeles y en las ramas de los sicomoros, con la boca abierta y alargando el pescuezo, trataban de retener estas vagas historias que oscilaban ante su imaginación, a través de la obscuridad de las teogonías, como fantasmas en las nubes.

Únicamente los sacerdotes sin barba comprendían a Salambó. Temblaban sus manos rugosas, en tanto que pulsaban las liras, a las que de vez en cuando arrancaban un lúgubre acorde; más débiles que viejas mujeres, temblaban a un tiempo, de emoción mística y del miedo que les causaban los hombres. Los bárbaros no se cuidaban de ellos: solo atendían a la virgen cantora.

Pero nadie la miraba como un joven capitán númida, que estaba en la mesa de los jefes, entre los soldados de su nación. Su cintura estaba tan erizada de dardos que ahuecaban su amplio manto, anudado a las sienes por un lazo de cuero, y que flotante sobre sus hombros ensombrecía su rostro, del que no se veían más que las llamas de sus dos ojos fijos. Se encontraba por casualidad en el festín. Por orden de su padre vivía con los Barcas, según la costumbre de los reyes, que enviaban sus hijos a las grandes familias, a fin de preparar futuras alianzas; pero hacía seis meses que Narr-Habas vivía allí, y aún no conocía a Salambó. Sentado sobre los talones y con la barba tocando las astas de sus jabalinas, la contemplaba, inflamadas las ventanas de la nariz, como leopardo agazapado en los bambúes.

Al otro lado de las mesas hallábase un libio de colosal estatura y de cabellos cortos y rizados. Vestía únicamente un sayo militar, cuyos adornos metálicos rasgaban la púrpura del escabel. Entre el vello de su pecho brillaba un collar con una luna de plata. Manchaban su rostro salpicaduras de sangre; apoyado en el codo izquierdo y con la bocaza abierta, sonreía a la cantora.

Dejando Salambó el ritmo sagrado, empleó simultáneamente todos los idiomas de los bárbaros, a fin de enternecerlos con aquella delicadeza de mujer. Hablaba en griego a los griegos; luego se dirigía a los ligures, a los campanios, a los negros, y todos, al escucharla, hallaban en su voz la dulcedumbre de sus patrias. Impulsada por los recuerdos de Cartago, cantaba ahora las antiguas batallas contra Roma; y ellos aplaudían. Se entusiasmaba al resplandor de las desnudas espadas; gritaba con los brazos abiertos. Calló su lira y enmudeció, y apretándose el corazón con las dos manos, quedó por algunos momentos con las pupilas cerradas, saboreando la agitación de todos aquellos hombres.

El libio Matho estaba junto a ella. Involuntariamente, la joven se acercó a él, e impulsada por el conocimiento de su orgullo, le echó en una copa de oro un gran chorro de vino, para reconciliarse con el ejército.

—¡Bebe! —dijo Salambó.

Tomó él la copa, y ya la acercaba a los labios cuando un galo, el mismo que Giscón hirió, le golpeó la espalda, se acercó a él con aire jovial, bromeando en la lengua de su país. Espendio, que allí estaba, se ofreció a traducir las palabras.

—Habla —le dijo Matho.

—¡Los dioses te protegen! Llegarás a rico. ¿Cuándo es la boda?

—¿Qué bodas?

—Las tuyas; porque entre nosotros —explicó el galo—, cuando una mujer da de beber a un soldado, es que le brinda con el tálamo.

No había acabado de decir esto, cuando Narr-Habas dio un salto, y sacando un dardo de la cintura y apoyándose con el pie derecho en el borde de la mesa, lo lanzó contra Matho.

Silbó el dardo entre las copas y, atravesando el brazo del libio, lo clavó en el mantel con tal fuerza, que la empuñadura temblaba en el aire.

Matho se la arrancó aprisa; pero no tenía armas: estaba desnudo. Al fin, levantando con ambos brazos la cargada mesa, se la tiró a Narr-Habas en medio de la turba que se precipitaba a separarlos. Hasta tal punto se apretaban númidas y soldados, que no podían desenvainar las espadas. Matho avanzaba abriéndose paso con la cabeza. Cuando se irguió, Narr-Habas había desaparecido. Le buscó con los ojos, y entonces vio que Salambó también se había ido.

Volvió entonces su mirada al palacio; vio en lo alto que la puerta roja de la cruz negra se cerraba, y se precipitó hacia ella.

Viéronle todos correr entre las proas de las galeras; aparecer luego a lo largo de las tres escaleras, hasta la puerta roja, que empujó de un empellón. Jadeante, se apoyó en la pared para no caer.

Un hombre le había seguido, y en medio de la obscuridad, porque las luces del festín, que daban vueltas, estaban tapadas por el ángulo del palacio. Matho reconoció a Espendio.

—¡Vete! —le dijo.

El esclavo, sin responder, desgarró con los dientes su túnica; arrodillándose luego ante Matho, le tomó el brazo delicadamente, palpándoselo para dar con la herida.

A la luz de un rayo de luna que rompió entre las nubes, Espendio vio en medio del brazo una enorme herida. La cubrió con un ancho vendaje; pero el otro, irritado, decía:

—¡Déjame! ¡Déjame!

—¡Oh, no! —dijo el esclavo—. ¡Tú me has librado de la ergástula: te pertenezco! ¡Eres mi amo! ¡Manda!

Matho, rozando las paredes, dio la vuelta a la terraza, aguzando el oído a cada paso, y hundiendo la mirada por entre las cañas doradas, registraba las silenciosas habitaciones. Por fin, se detuvo, desesperado.

—Óyeme —le dijo el esclavo—, no me desprecies por mi debilidad; he vivido en este palacio y puedo, como una víbora, introducirme por las paredes. Ven; hay en la Cámara de los Antepasados un lingote de oro debajo de cada losa; un camino subterráneo conduce a sus tumbas.

—¡Bah! ¿Qué me importa? —repuso Matho.

Espendio se calló.

Estaban en la azotea. Una sombra enorme se extendía ante ellos; los manchones de la sombra parecían enormes olas de un negro mar petrificado.

En este instante se advirtió una franja luminosa por el lado del Oriente. A la izquierda y muy en lo hondo, los canales de Megara empezaban a rayar con sus blancas sinuosidades la verdura de los jardines. Los techos cónicos de los templos heptágonos, las escaleras, las terrazas, los baluartes, íbanse perfilando en la claridad del alba; y en torno de la península cartaginesa oscilaba un cinturón de blanca espuma, en tanto que el mar, color de esmeralda, parecía como cuajado con el frescor de la mañana. A medida que el rosado cielo iba ensanchándose, se agigantaban las altas casas inclinadas en las vertientes del terreno, y se apiñaban como rebaño de cabras negras que bajaran de la montaña. Las calles desiertas parecían alargarse; las palmeras, que se destacaban saliendo aquí y acullá sobre las paredes, estaban quietas; las cisternas, repletas de agua, simulaban escudos de plata perdidos en los patios; empezaba a palidecer el faro del promontorio Hermeo. En lo alto de la Acrópolis, en el bosque de cipreses, los caballos de Eschmún, al surgir la luz, ponían los cascos sobre el parapeto de mármol y relinchaban del lado del sol.

Surgió el astro, y Espendio, alzando los brazos, dio un grito.

Todo se agitaba en un espacio rojizo, porque como si el Dios se desgarrara, lanzaba a rayos sobre Cartago la lluvia de oro de sus venas. Brillaban los espolones de las galeras, el techo de Kamón parecía irradiado de llamas, y se veían luces en el fondo de los templos, cuyas puertas empezaban a abrirse. Grandes carretas llegadas de la campiña rechinaban en las losas de las calles; los dromedarios, cargados de bagajes, bajaban las rampas. Los cambistas ponían en las encrucijadas las muestras de sus tiendas. Volaban las cigüeñas y palpitaban las blancas velas. Oíase en el bosque de Tanit el tamboril de las cortesanas sagradas, y en la punta de Mapales empezaban a humear los hornos en que se cocían los ataúdes de arcilla.

Espendio se asomó a la terraza; rechinábanle los dientes, y repitió:

—¡Ah, sí..., sí, amo! Comprendo por qué desdeñas ahora el saqueo de la casa.

Pareció que Matho volvía en sí al eco de estas palabras; pero no que las entendiera. Espendio continuó:

—¡Ah, cuántas riquezas! ¡Los hombres que las guardan ni hierro tienen para defenderlas!

Y señalándole con la diestra algunos plebeyos que bordeaban el muelle por la arena, para buscar lentejuelas de oro:

—Mira —añadió—, la República es como esos miserables: encorvada al borde de los mares, hunde en todas las playas sus ávidos brazos, y el ruido de las olas llena de tal modo su oído que no percibe tras ella la pisada de un amo.

Llevó a Matho al otro extremo de la terraza, y mostrándole el jardín, en el que resplandecían las espadas de los soldados, colgadas de los árboles:

—Aquí hay hombres fuertes, exasperados por el odio. ¡Nada les liga a Cartago: ni sus familias, ni sus juramentos, ni sus dioses!

Matho seguía apoyado en la pared; acercándose Espendio, siguió diciéndole en voz baja:

—¿Me entiendes, soldado? Los dos nos pasearemos cubiertos de púrpura, como sátrapas. Nos lavarán con perfumes; yo tendré esclavos, a mi vez. ¿No estás cansado de dormir en el duro suelo, de beber vinagre de los campos y oír siempre la trompeta? Que ya descansarás, ¿no es verdad? Será cuando te arranquen la coraza para arrojar tu cadáver a los buitres; o quizás cuando, apoyándote en un bastón, ciego, cojo y débil, vayas de puerta en puerta contando las hazañas de tu juventud a los niños y a las vendedoras de salmuera. Acuérdate de las injusticias de tus jefes, de los campamentos en la nieve, de las carreras al sol, de las tiranías de la disciplina y de la eterna amenaza de la cruz. Después de tantas miserias, te han dado un collar de honor, así como se cuelga del pecho de los asnos una collera de cascabeles para aturdirlos en su marcha y que no sientan la fatiga. ¡Un hombre como tú, más valiente que Pirro! ¡Ah, si tú quisieras! ¡Ah, qué feliz serías en las grandes salas frescas, al son de las liras, acostado sobre flores, con bufones y con mujeres! ¡No me digas que la empresa es imposible! ¿Acaso los mercenarios no han poseído Regio y otras plazas fuertes de Italia? ¿Quién te lo impide? Amílcar está ausente; el pueblo odia a los ricos; Giscón no puede hacer nada con los cobardes que le rodean. ¡En cambio, tú eres valiente; todos te obedecerán! ¡Mándalos! ¡Cartago es nuestro!: ¡lancémonos!

—No —dijo Matho—; la maldición de Moloch pesa sobre mí. La he sentido en sus ojos, y acabo de ver en un templo un carnero negro que reculaba.

Y añadió, mirando en torno suyo:

—¿Dónde está ella?

Comprendió Espendio la inmensa inquietud que le obsesionaba, y no se atrevió a hablarle más.

Detrás de ellos, los árboles seguían humeando; de sus ennegrecidas ramas caían de tiempo en tiempo esqueletos de monos medio quemados, en medio de los platos. Ebrios los soldados, roncaban con la boca abierta al lado de los cadáveres, y los que no dormían, bajaban la cabeza, deslumbrados por el día. El suelo desaparecía bajo charcos rojos. Los elefantes balanceaban entre las estacas de un parque las sangrientas trompas. En los graneros abiertos se veían sacos de harina esparcidos, y bajo la puerta, una línea espesa de carretas amontonadas por los bárbaros. Los pavos reales subidos en los cedros hacían la rueda y empezaban a gritar.

Sin embargo, la inmovilidad de Matho extrañaba a Espendio. Estaba más pálido que antes; fijas las pupilas, parecía seguir algo en el horizonte, apoyando los codos en el pretil de la azotea. Se asomó Espendio, y acabó por descubrir lo que él contemplaba. Un punto de oro brillaba a lo lejos, entre el polvo, en el camino de Útica; era el cubo de un carro de dos mulas. Un esclavo, a la cabeza del timón, las llevaba de las riendas. En el carro iban dos mujeres sentadas. Las crines de los animales formaban bucles entre las orejas, a la usanza persa, bajo una red de perlas azules.

Las conoció Espendio y contuvo un grito.

Por detrás del carro flotaba al viento un gran toldo.

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