Gustave Flaubert
Publicado por Good Press, 2022
EAN 4064066063559
EL FESTÍN
La escena es en Megara, arrabal de Cartago, y en los jardines de Amílcar.
Los soldados que este había capitaneado en Sicilia celebraban con un gran banquete el aniversario de la batalla de Eryx. Ausente el jefe, los numerosos soldados comían y bebían a sus anchas.
Los capitanes, calzados con coturnos de bronce, se habían situado en el camino del centro, bajo un velo de púrpura con franjas de oro que se extendía desde la pared de las cuadras hasta la primera azotea del palacio. La soldadesca se desparramaba bajo los árboles, desde los que se veían una porción de edificios de techo plano, lagares, graneros, almacenes, panaderías y arsenales; un patio para los elefantes, fosos para las bestias feroces y una prisión para los esclavos.
Las cocinas hallábanse rodeadas de higueras; un bosque de sicomoros se extendía hasta unos manchones verdes, en los que las granadas resplandecían entre los copos blancos de los algodoneros. Viñas cargadas de racimos trepaban hasta el ramaje de los pinos; un campo de rosas florecía bajo los plátanos; en el césped, de trecho en trecho, se balanceaban las azucenas; una arena negra, mezclada con polvo de coral, cubría los senderos, y en medio, la avenida de los cipreses formaba de un extremo a otro como una doble columnata de obeliscos verdes.
El palacio, hecho de mármol númida, con vetas amarillas, elevaba en el fondo, sobre anchos basamentos, sus cuatro pisos con azoteas. Con su gran escalinata recta, de madera de ébano, adornada en los ángulos de cada peldaño con la proa de una galera vencida; con sus rojas puertas cuarteladas por una cruz negra; sus verjas de bronce, que a ras de tierra le defendían de los escorpiones, y su enrejado de varillas doradas, que cerraban las aberturas en lo alto, se ofrecía a los soldados, con su feroz opulencia, tan solemne e impenetrable como el rostro de Amílcar.
El Consejo había señalado la casa de Amílcar para este festín; los convalecientes que moraban en el templo de Eschmún se habían puesto en marcha al despuntar la aurora, ayudándose con sus muletas. A cada instante llegaban otros comensales, afluyendo de todos los caminos, como torrentes que se precipitan en un lago. Veíase correr entre los árboles a los esclavos de las cocinas, azorados y medio desnudos; las gacelas, balando, huían de los prados; el sol declinaba, y el perfume de los limoneros hacía más pesadas aún las emanaciones de aquella multitud sudorosa.
Hallábanse representadas allí todas las naciones: ligures, lusitanos, baleares, negros y prófugos de Roma. Junto al pesado dialecto dórico, resonaban las sílabas celtas, sonantes como los látigos de los carros de guerra, y las terminaciones jónicas chocaban con las consonantes del desierto, parecidas a gritos de chacales. Se reconocía al griego por su talla menuda, al egipcio por sus altos hombros, al cántabro por sus gruesas pantorrillas. Los carios balanceaban orgullosos las plumas de su casco; los arqueros de Capadocia se habían pintado en el cuerpo, con el zumo de hierbas, anchas flores, y algunos lidios, vestidos con traje femenino, comían con zapatillas y luciendo en las orejas grandes pendientes. Otros, que para más gala se habían pintado de bermellón, parecían estatuas de coral.
Extendíanse a lo largo de los corredores; comían agrupados junto a las mesas o bien echados sobre el vientre, cogían los pedazos de carne, y se hartaban, apoyados en los codos, con la magnífica postura de los leones cuando desgarran su presa. Los últimos en llegar, de pie junto a los árboles, veían las mesas bajas que casi desaparecían bajo los tapices de escarlata, y aguardaban su turno.
No bastando las cocinas de Amílcar, el Consejo había enviado esclavos, vajilla y lechos; en medio del jardín lucían, como en un campo de batalla cuando se queman los muertos, grandes hogueras en que se asaban bueyes. Los panes, polvoreados de anís, alternaban con grandes quesos, más pesados que discos; las cráteras de vino y los cántaros de agua hallábanse colocados en canastillas filigranadas de oro y llenas de flores. La alegría de comer y de beber sin tasa dilataba todos los ojos, y aquí y acullá empezaban las canciones.
Se les sirvió primero aves con salsa verde, en platos de roja arcilla, decorados con dibujos negros; luego, todas las especies de moluscos que crían las costas púnicas; sopas de harina, de habas y de cebada y caracoles con comino, en platos de ámbar amarillo.
En seguida se cubrieron las mesas con carnes: antílopes con sus cuernos, pavos reales con sus plumas, carneros enteros cocidos con vino dulce, piernas de camello y de búfalo, erizos en salsa de azafrán, cigarras fritas y lirones confitados. En gamellas de madera de Tamrapani flotaban, entre azafrán, grandes pedazos de grasa. Todo cargado de salmuera, trufas y asafétida. Pirámides de frutas se desmoronaban sobre pasteles de miel, sin que los cocineros hubieran olvidado servir algunos de los perritos ventrudos y de lana rosada, que se engordaban con caldo de aceitunas, manjares cartagineses de que abominaban otros pueblos. La sorpresa de los nuevos manjares excitaba la avidez de los estómagos. Los galos de largos cabellos recogidos encima de la cabeza, se disputaban las sandías y los limones, que comían con la corteza. Negros que nunca habían visto langosta de mar, se laceraban el rostro con sus rojas antenas. Griegos afeitados, más blancos que el mármol, tiraban detrás de sí las sobras de su plato, en tanto que pastores de Brucio, vestidos con piel de lobo devoraban silenciosamente su ración, sin apartar de ella los ojos.
Iba anocheciendo. Fue quitado el velario que sombreaba la avenida de los cipreses y encendidas las antorchas.
Los vacilantes resplandores del petróleo, que ardía en vasos de pórfido, asustaron a los monos encaramados en los cedros y consagrados a la luna. Sus gritos alegraban a los soldados.
Llamas oblongas temblaban al reflejarse en las corazas de bronce y arrancaban un haz de chispas en los platos, incrustados de piedras preciosas.
Las cráteras, de bordes de espejos convexos, multiplicaban la imagen agrandada de las cosas: los soldados se apretujaban en torno, mirándose embobados y haciéndose muecas para reírse. Por encima de las mesas se arrojaban los escabeles de marfil y las espátulas de oro. Trasegaban los vinos griegos contenidos en odres, los de Campania encerrados en ánforas, los de los cántabros, que se transportan en toneles, y los vinos de azufaifo, de cinamomo y de loto. A causa del líquido vertido el piso estaba resbaladizo. El humo de las viandas subía hasta el follaje, mezclado al vapor de los alientos. Oíase a un mismo tiempo el crujido de las mandíbulas, el ruido de las palabras, de las canciones, de las copas, el estrépito de los vasos campanios rotos en mil pedazos o bien el limpio sonido de las fuentes de plata.
A medida que aumentaba su embriaguez, los soldados se acordaban mejor de la injusticia de Cartago. La República, agotada por la guerra, había dejado que se acumularan en la ciudad todas las bandas de mercenarios. Giscón, su general, había tenido la prudencia de irlos licenciando poco a poco para facilitar el pago de los sueldos; el Consejo confiaba en que acabarían por transigir con alguna rebaja; pero se veía ya en la imposibilidad de pagarles.
Esta deuda se enlazaba en la opinión pública con los tres mil doscientos talentos exigidos por Lutacio, y como Roma, los mercenarios eran un enemigo para Cartago. Así lo entendían ellos, y por esto estallaba su indignación en amenazas y revueltas. Acabaron por solicitar permiso para reunirse a fin de celebrar una de sus victorias, y el partido de la paz cedió, vengándose así de Amílcar, el propulsor de la guerra. Esta había terminado, contra todos sus esfuerzos, si bien temiendo por Cartago había entregado a Giscón el mando de los mercenarios. Designar su palacio para recibirlos era atraer sobre él algo del odio que los bárbaros despertaban. Además, el gasto era exorbitante, y Amílcar lo sufragaría casi todo.
Orgullosos de haberse impuesto a la República, creían los mercenarios que al fin iban a volver a sus hogares con el precio de su sangre en la capucha de su manto; pero sus fatigas, vistas a través de su embriaguez, les parecían prodigiosas y míseramente recompensadas. Se enseñaban unos a otros sus heridas; se contaban sus combates, sus viajes y las cazas de su país. Imitaban los gritos y hasta los saltos de las fieras. Recordaron después a los inmundos reclutadores, y hundían la cabeza en las ánforas, dándose a beber sin tregua, como dromedarios sedientos. Un lusitano, de talla gigante, que llevaba un hombre colgado de cada brazo, recorría las mesas, echando fuego por las narices. Los lacedemonios, que no se habían quitado las corazas, saltaban pesadamente. Algunos avanzaban como mujeres, haciendo gestos obscenos; otros se desnudaban por completo para pelear al modo de los gladiadores, y un grupo de griegos bailaba alrededor de un vaso en el que estaban pintadas unas ninfas, al son de un escudo de cobre que golpeaba un negro con un hueso de buey.
Súbitamente, oyeron un canto quejumbroso, un canto sonoro y apacible, que subía y bajaba en los aires, como aleteo de un pájaro herido.
Era la voz de los esclavos en las ergástulas. Los soldados se levantaron de un salto, para libertarlos, y desaparecieron, para volver trayendo en medio de gritos una veintena de hombres de cara pálida. Cubría su cabeza afeitada un bonetillo cónico, de fieltro negro; calzaban todos sandalias de madera y hacían un ruido de hierro viejo, como las carretas en marcha.
Llegaron a la avenida de los cipreses, donde se perdieron entre la multitud que les interrogaba. Uno de ellos se había quedado de pie, apartado de los demás. A través de los desgarrones de su túnica, se veían sus espaldas surcadas por largas heridas. En actitud pensativa miraba en torno suyo con desconfianza, y bajaba algo los párpados, deslumbrado por las antorchas; pero advirtiendo que ninguno de los soldados le molestaba, dio un profundo suspiro; balbuceó, se sorbió las lágrimas que bañaban su rostro; luego, tomando por las asas un cántaro lleno, lo levantó en el aire con sus brazos cargados de cadenas, y mirando al cielo, sosteniendo siempre la vasija, exclamó:
—¡Salud, ante todo, a ti, Baal-Eschmún, libertador, llamado Esculapio por la gente de mi nación! ¡Y a vosotros, genios de las fuentes, de la luz y de los bosques! ¡Y a vosotros, dioses ocultos bajo las montañas y en las cavernas de la tierra! ¡Y a vosotros, hombres fuertes, de relucientes armaduras, que me habéis libertado!
Y dejando caer la vasija contó su historia. Le llamaban Espendio. Los cartagineses le habían hecho prisionero en la batalla de los Egineses. Como hablaba griego, ligur y púnico, pudo una vez más dar las gracias a todos los mercenarios; les besaba las manos, y acabó felicitándoles por el banquete, aunque muy asombrado de no ver en él las copas de la Legión sagrada. Estas copas, que llevaban una vid de esmeralda en cada una de sus seis facetas de oro, pertenecían exclusivamente a una milicia formada de jóvenes patricios, escogidos entre los de más estatura. Constituían las copas un privilegio, casi un honor sacerdotal, y por eso mismo, los mercenarios las codiciaban entre todos los tesoros de la República. Detestaban a la Legión por las copas, y se había dado el caso de arriesgar la vida por el inconcebible placer de beber en ellas.
Así, pues, mandaron traer esas copas, que estaban depositadas en poder de los Sisitas, compañías de comerciantes que comían reunidos. Volvieron los esclavos sin ellas, porque a tal hora dormían todos los Sisitas.
—¡Que los despierten! —gritaron los mercenarios.
Después del segundo recado, supieron que los Sisitas se hallaban encerrados en su templo.
—¡Que lo abran! —replicaron.
Y cuando los esclavos, temblando, confesaron que las copas estaban en poder del general Giscón, gritaron:
—¡Que las entregue!
Pronto apareció Giscón en el fondo del jardín, con una escolta de la Legión sagrada. Su amplio manto negro, sujeto a la cabeza por una mitra de oro constelada de piedras preciosas, y que colgaba cubriendo el caballo hasta los cascos, se confundía de lejos con las sombras de la noche. No se veía más que su barba blanca, el brillo de su tocado y su triple collar de anchas placas azules que le golpeaban el pecho.
Al verle los soldados, saludáronle con una gran aclamación, gritando todos:
—¡Las copas! ¡Las copas!
Giscón empezó por declarar que las merecían, atendiendo a su valor. Con esto la turba aulló de alegría y aplaudió.
Nadie mejor que él podía decirlo, porque los había capitaneado y había venido con la última cohorte en la última galera.
—¡Es verdad! ¡Es verdad! —respondían todos.
—Sin embargo —siguió diciendo Giscón—, la República ha respetado vuestras divisiones por pueblos, vuestras costumbres, vuestros cultos; sois libres en Cartago. En cuanto a los vasos de la Legión sagrada, son de propiedad particular.
De pronto, al lado de Espendio, un galo se lanzó, por encima de las mesas y fue derecho a Giscón, al que amenazó esgrimiendo dos espadas.
El general, sin dejar de hablar, le dio en la cabeza con su bastón de marfil, y el bárbaro cayó. Los galos aullaban y transmitían su furor a los demás legionarios. Giscón se encogió de hombros; mas palideció. Pensó que su valor personal sería inútil contra aquellos salvajes exasperados. Valdría más dejar su venganza para más tarde, valiéndose de algún ardid; hizo, pues, una señal a sus soldados y fuese lentamente. Al llegar a la puerta se volvió a los mercenarios, gritándoles que se arrepentirían.
Siguió el festín. Pero Giscón podía volver, y cercando el arrabal, que lindaba con las últimas fortificaciones, aplastarlos contra las paredes. Entonces se sintieron solos, a pesar de ser muchedumbre; la gran ciudad que dormía a sus pies, en la sombra, les dio miedo, de pronto, con sus graderías, sus altas casas negras y sus dioses, más feroces aún que su pueblo. A lo lejos brillaban algunos fanales en el puerto y las luces del templo de Kamón. Se acordaron de Amílcar. ¿Dónde estaba? ¿Por qué les abandonaba, hecha la paz? Sus disensiones con el Consejo serían sin duda un pretexto para perderlos. Su odio cayó entero sobre él y le maldecían, exasperándose unos a otros con su cólera. En este momento se formó un grupo bajo los plátanos. Era para ver a un negro que se retorcía golpeando el suelo con sus miembros, inmóviles las pupilas, torcido el cuello y espumeantes los labios. Alguien gritó que estaba envenenado, y todos creyeron estarlo también. Cayeron sobre los esclavos. Se levantó un clamoreo espantoso, y un vértigo de destrucción se apoderó del ejército ebrio. Daban golpes al acaso, destrozaban, mataban; algunos tiraban las antorchas en la enramada; otros, inclinándose en la balaustrada de los leones los mataban; a flechazos; los más atrevidos corrieron a los elefantes, queriendo abatirles la trompa y comer el marfil.
Sin embargo, los honderos baleares, que para saquear más cómodamente, habían doblado el ángulo del palacio, se vieron detenidos por una alta barrera hecha con cañas de las Indias. Cortaron con sus puñales las correas del cerrojo y se encontraron debajo de la fachada que miraba a Cartago, en otro jardín lleno de plantíos artísticamente recortados. Continuadas líneas de blancas flores describían en la tierra azulada largas parábolas, como regueros de estrellas. Los obscuros matorrales exhalaban olores cálidos y suaves. Había troncos de árboles bañados de cinabrio, que parecían columnas sangrantes. En el centro, doce pedestales de cobre sostenían grandes bolas de vidrio; rojizas luces fulguraban en aquellos globos huecos, como enormes pupilas palpitantes. Los soldados se alumbraron con antorchas, tambaleándose en los declives del terreno, profundamente labrado.
Divisaron de pronto un pequeño lago, dividido en muchos estanques por paredes de piedras azules. El agua era tan limpia, tan clara, que las llamas de las antorchas penetraban hasta el fondo, formado por guijas blancas y polvos de oro. Empezó a hervir el agua, y grandes peces de brillantes escamas subieron a la superficie.
Riéndose mucho, los soldados los cogieron por las agallas y los llevaron a las mesas.
Eran los peces de la familia Barca. Todos descendían de esos rapes primordiales que habían puesto el místico huevo en el que se ocultaba la Diosa. La idea de cometer un sacrilegio avivó la glotonería de los mercenarios; pusieron vasos de cobre sobre el fuego y se divirtieron en ver cómo los hermosos peces se debatían en el agua hirviente.
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