Era una romanza oriental en la que salían a relucir puñales, flores y estrellas. El hombre andrajoso cantaba con una voz penetrante; los resoplidos de la máquina interrumpían la melodía y rompían el compás; él punteaba con más fuerza, las cuerdas vibraban y sus sones metálicos parecían exhalar sollozos y quejumbres como de un altivo y destrozado amor. Los bosques ribereños, del uno y del otro lado, se inclinaban sobre el agua; soplaba una fresca brisa; la señora Arnoux hundía sus ojos en la lejanía, y al cesar la música parpadeó repetidas veces, como si saliera de un sueño.
El arpista se aproximó a ellos humildemente. Mientras Arnoux buscaba dinero en sus bolsillos, Frédéric alargó hacia la gorra su mano cerrada y, abriéndola pudorosamente, depositó en ella un luis de oro.
Y no era, ciertamente, la vanidad lo que lo empujaba a dar semejante limosna delante de ella, sino un pensamiento, en el que la asociaba, bendita, con un cordial y casi religioso arranque.
Arnoux, mostrándole el camino, lo invitó cordialmente a almorzar con ellos; pero Frédéric respondió que acababa de hacerlo, siendo que se moría de hambre; en realidad, ya no le quedaba ni un céntimo en los bolsillos.
Después pensó que, como cualquier otro, tenía derecho a permanecer en el comedor.
En torno de las redondas mesas comían algunos burgueses, y un camarero iba y venía; los señores Arnoux se hallaban en un extremo, a la derecha; Frédéric, cogiendo un periódico que encontró allí, se sentó en el largo diván de terciopelo.
Los Arnoux debían tomar la diligencia de Chalons en Montereau; su viaje a Suiza duraría un mes. La señora Arnoux censuraba a su marido por lo consentida que tenía a la niña. Alguna gracia debió de haberle dicho al oído, porque ella sonrió; luego, el señor Arnoux se volvió y corrió la cortina de la ventana que estaba a sus espaldas.
El techo, bajo y completamente blanco, despedía un fuerte resplandor. Frédéric, de frente, distinguía la sombra de sus pestañas: ella humedecía los labios en una copa, al tiempo que deshacía entre sus dedos un trozo de pan. El medallón de lapislázuli, sujeto a su muñeca por una cadena de oro, chocaba de vez en cuando con su plato. No obstante, los que estaban allí no parecían darse cuenta.
A veces se veía deslizarse por el tragaluz el flanco de un bote que se acercaba al barco para tomar o dejar pasajeros. Los que se hallaban en torno de las mesas, inclinándose hacia los tragaluces, decían los nombres de los lugares ribereños.
Arnoux se quejaba de la cocina, y al recibir la cuenta protestó muchísimo, y consiguió que la rebajaran. Luego condujo al joven hasta la proa para beber grogs; pero Frédéric se volvió pronto a la toldilla, en la que otra vez estaba la señora Arnoux, leyendo un librito de cubierta gris. A ratos, las comisuras de su boca se distendían y un relámpago de placer iluminaba su frente. Frédéric sintió celos de quien escribió esas cosas que tanto parecían agradarle. Y mientras más la contemplaba, más y más abismos sentía abrirse entre ella y él, pensando que dentro de muy poco tendría que abandonarla irrevocablemente, sin ni siquiera haber cambiado una palabra con ella, ni dejarle un mínimo recuerdo.
Una llanura se extendía a la derecha; a la izquierda, un herbazal, que iba a morir suavemente en una colina en la que se percibían viñedos, nogales, un molino, entre el verdor, y más allá, algunos senderos zigzagueando por la blanca roca que rozaba los confines celestes. ¡Qué dicha sería subir juntos y rodear con el brazo su cintura, mientras su falda arrastraría las amarillentas hojas, y escuchar su voz bajo la luminosa caricia de sus ojos! El buque podía detenerse y ellos descender, y sin embargo esto tan sencillo no era más fácil que cambiar el curso del Sol.
Un poco más lejos se veía un castillo de puntiagudo tejado y cuadradas torrecillas. Un parterre de flores se extendía ante la fachada, y las avenidas se hundían bajo los altos tilos, semejantes a ennegrecidas bóvedas. Frédéric la imaginó paseando entre los árboles. En ese momento aparecieron en la escalinata una joven y un doncel, entre los macetones de naranjos. Luego todo desapareció.
La pequeñuela jugaba cerca de él; Frédéric trató de besarla, pero la niña se ocultó detrás de la nana, y su madre la regañó por no haber sido amable con el señor que había salvado su chal. ¿Sería aquello un pretexto para iniciar una conversación?
"¿Irá a hablarme por fin?" se preguntaba.
El tiempo apremiaba. ¿Cómo hacerse invitar a la casa de los Arnoux? No se le ocurrió nada mejor que invitarlo a observar el cuadro del otoño, diciendo:
—¡Dentro de nada vendrá el invierno, la estación de los bailes y los banquetes!
Pero el señor Arnoux estaba completamente concentrado en los equipajes. Entonces vieron la costa de Surville; los dos puentes se aproximaban; bordearon una cordelería, y luego apareció una fila de achatadas casas; en la parte de abajo se veían marmitas de brea y trozos de madera, y los chiquillos corrían y jugaban en la arena, dando saltos. Frédéric, al reconocer a un hombre con camisa, le gritó:
–¡Aprisa!
Estaban por llegar. Frédéric buscó a Arnoux entre los pasajeros y cuando, a duras penas, logró dar con él, Arnoux dedicó al joven un apretón de manos y estas palabras:
—Tanto gusto, mi querido señor.
Una vez en el muelle, Frédéric volvió la vista atrás. La vio, de pie junto al timón. Le envió una mirada en la que intentaba poner toda su alma; pero ella permaneció inmóvil, como si nada hubiera ocurrido.
Luego, él, sin contestar los saludos de su criado, le dijo:
—¿Por qué no trajiste el coche hasta aquí?
El buen hombre se disculpó.
—Qué torpe! ¡Dame dinero!
Y se dirigió a una fonda para comer.
Un cuarto de hora después sintió la comezón de entrar, como al acaso, en el patio de las diligencias; quizá podría verla aún. "¿Y para qué?, se dijo.
Partió en el coche. Uno de los dos caballos que tiraban de éste no era de su madre; ella se lo había pedido prestado al señor Chambrion, el recaudador, para engancharlo con el suyo. Isidore había salido la víspera y descansado en Bray hasta el anochecer, durmiendo en Montereau; de modo que probablemente a eso se debiera la agilidad de las bestias, que trotaban alegremente, descansadas.
Los segados campos se extendían hasta perderse de vista. Dos hileras de árboles bordeaban el camino; los montones de grava se sucedían, y, poco a poco, Villeneuve-Saint-Georges, Ablon, Châtillon, Corbeil, su viaje todo, en una palabra, se le vino a la memoria, surgiendo claramente, al punto que podía distinguir en aquel momento detalles nuevos y más íntimas particularidades; por debajo del último volante de su vestido veía el pie de ella, calzado con menuda bota de seda color castaño; el toldo de cotí formaba un amplio dosel alrededor de su cabeza, con unas borlas rojas que se estremecían incesantemente al soplo de la brisa.
Se parecía a las protagonistas de los libros románticos. Él hubiera preferido no quitar ni añadir nada a ese personaje. De pronto, parecía que el universo se ensanchaba ante él; ella era como el punto luminoso en el que convergían todas las cosas, y, mecido por el vaivén del coche, los párpados a medio cerrar y la mirada perdida en las nubes, se entregaba a una infinita y placentera ensoñación.
En Bray ni siquiera aguardó a que los caballos tomaran el pienso, se fue, completamente solo, carretera adelante. Recordando que Arnoux la había llamado "Marie", gritó este nombre a voz en cuello. Su voz se perdió en el aire.
Al poniente, una ancha franja púrpura inflamaba el cielo. Las grandes ruedas del molino, que emergían en medio de los rastrojos, proyectaban gigantescas sombras. A lo lejos se oyó ladrar a un perro en una granja. Frédéric se estremeció, presa de una inexplicable inquietud.
Una vez alcanzado por Isidore, subió al pescante para guiar. Su agotamiento se había desvanecido; estaba decidido a entrar, como fuera, a la casa de los Arnoux y a intimar con ellos. Su casa debía de ser agradable, pensaba, y además Arnoux le simpatizaba; luego, ¿quién sabe? En tal punto, la sangre le encendió el rostro y le zumbaron las sienes. Hizo tronar el látigo, sacudió las bridas y era tal la carrera de los caballos, que el anciano cochero repetía:
—¡Despacio! ¡Más despacio, que los va a reventar!
Frédéric, calmándose poco a poco, acabó por escuchar al criado.
El señorito era esperado con notable impaciencia. La señorita Louise había llorado porque quería venir en el coche.
—¿Quién es la señorita Louise? —preguntó Frédéric.
—La hija del señor Roque.
—¡Ah, claro!, no me acordaba —repuso, con aire indiferente.
Entre tanto, los caballos avanzaban a trompicones y no podían más.
Estaban a punto de dar las nueve en Saint-Laurent, cuando Frédéric llegó a la Plaza de Armas, ante la casa materna: una casa espaciosa, con un jardín que daba al campo, haciendo parecer aún más importante a la señora Moreau, la persona más respetada de aquellos lugares. Procedía de una noble y antigua estirpe, extinguida ya. Su marido —un plebeyo con quien sus padres la casaron— había muerto, de una estocada, durante su embarazo, dejándole una considerable fortuna. Recibía visitas tres veces por semana y de vez en vez daba un banquete; no obstante, en su casa todo era pesado y medido de antemano, y siempre aguardaba con impaciencia el cobro de sus rentas. Tal estrechez, que ocultaba como si se tratase de un vicio, ensombrecía su carácter. Su virtud, sin embargo, se ejercitaba de continuo, sin amargura ni alarde. Sus pequeñas limosnas parecían grandes obras de caridad. Se le consultaba sobre la elección de criados, la educación de los jóvenes, el arte de hacer dulces, y, en las visitas pastorales, monseñor se hospedaba en su casa.
La señora Moreau alimentaba una gran ambición respecto a su hijo, de aquí que no fuera de su agrado, debido a una especie de anticipada prudencia, oír censuras contra el Gobierno. En un principio, el muchacho necesitaría protección; pero más adelante, y merced a sus cualidades, bien podría llegar a consejero de Estado, embajador o ministro. Sus triunfos en el colegio de Sens —donde había obtenido el premio de honor— justificaban su orgullo.
Cuando entró en el salón todos se levantaron alborotadamente y lo abrazaron, formando un amplio círculo con sillas y butacas, un amplio corro en torno de la chimenea. Inmediatamente, el señor Gamblin preguntó su opinión sobre el caso de la señora Lafarge, acusada de envenenar a su marido. Ese proceso y el furor que desató en aquella época dio lugar a una fuerte discusión, que la señora Moreau contuvo, muy a pesar, sin embargo, del señor Gamblin, quien la consideraba muy útil para el joven, como futuro jurista que era; aquél, disgustado con tal medida, abandonó el salón.
¡No era de sorprender semejante actitud en un amigo del tío Roque! A propósito del tío, se dijo que el señor Dambreuse acababa de adquirir la propiedad de la Fortelle. Pero el recaudador se había llevado aparte a Frédéric para saber lo que pensaba de la última obra de Guizot. Todos deseaban informarse de sus asuntos, y la señora Benoit supo aprovecharse hábilmente de ello para preguntar por su tío. ¿Cómo le iba a aquel bendito pariente? Hacía tiempo que no sabía de él; ¿no tenía en América un primo lejano?
Al anunciar la cocinera que la sopa del señor estaba servida, todos se retiraron discretamente. Luego, y una vez solos, la madre le dijo en voz baja:
—¿Tienes algo que decir?
El anciano le había recibido muy cordialmente; pero sin descubrir sus intenciones.
La señora Moreau suspiró.
"¿Dónde estará ella ahora?" pensaba el joven.
La diligencia avanzaba, dando tumbos, y ella, envuelta en el chal, apoyaba, adormecida, su hermosa cabeza en el respaldo del asiento.
Subían a sus dormitorios, cuando un mozo de El Cisne de la Cruz le entregó una esquela.
—¿Qué sucede? preguntó ella.
—Deslauriers, que me necesita —respondió.
—¡Ah!, tu camarada –repuso la señora Moreau con sarcástica sonrisa—. ¡En verdad ha elegido bien la hora!
Frédéric vacilaba; pero pudo más la amistad, y cogió su sombrero.
—Al menos, no estés mucho tiempo —le dijo su madre.
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