—Georg —dijo el padre y ensanchó su boca desdentada—, ¡escúchame! Has venido a verme por este asunto para discutirlo conmigo. Eso te honra, sin duda. Pero no significa nada, es peor que nada, si no me dices ahora la verdad. No quiero remover cuestiones que aquí están fuera de sitio. Desde la muerte de nuestra querida madre han ocurrido ciertas cosas nada bonitas. Tal vez llegue el tiempo también para ellas y tal vez llegue antes de lo que pensamos. En el negocio se me escapan algunos asuntos, quizá no me oculten nada –no quiero suponer que me ocultan algo–, sino que ya no tengo la fuerza suficiente, mi memoria flaquea, no conservo el panorama de tantos asuntos. Esto se debe en primer término a un proceso natural, y segundo a que la muerte de nuestra madrecita me ha golpeado mucho más que a ti. Pero ya que nos detenemos en la cuestión de esta carta, te pido, Georg, que no me engañes. Es una pequeñez, no es digna de gastar saliva en ella, así que no me engañes. ¿Realmente tienes ese amigo en San Petersburgo?
Georg se puso de pie, desconcertado.
—Dejemos a un lado a mis amigos. Mil amigos no me reemplazan a mi padre. ¿Sabes lo que creo? Que no te cuidas lo suficiente. Pero la edad exige sus derechos. Eres imprescindible para mí en el negocio, lo sabes perfectamente, pero si el negocio va a poner en riesgo tu salud, lo cierro mañana mismo para siempre. Esto no va. Tenemos que establecer otro tipo de vida para ti. Pero desde la raíz. Estás sentado aquí a oscuras, y en la sala de estar tendrías una hermosa luz. Picoteas del desayuno en lugar de nutrirte correctamente. Estás sentado con las ventanas cerradas cuando el aire te haría tan bien. ¡No, padre mío! Voy a buscar al médico y vamos a seguir sus prescripciones. Cambiaremos de piezas, te mudarás al cuarto del frente y yo vendré aquí. No será ningún cambio para ti, todo se mudará contigo. Pero para eso hay tiempo, ahora recuéstate un poco más en la cama, precisas sin falta descansar. Ven, te ayudaré a desvestirte, verás que puedo. ¿O quieres ir ya mismo al cuarto del frente y acostarte por el momento en mi cama? La verdad es que sería algo muy sensato.
Georg estaba parado muy cerca del padre, que había dejado caer sobre el pecho su cabeza de hirsutos cabellos blancos.
—Georg —dijo el padre bajito, sin moverse.
Georg se arrodilló de inmediato junto al padre y en su cara cansada vio las pupilas enormes dirigiéndose a él desde las comisuras de los ojos.
—No tienes ningún amigo en San Petersburgo. Siempre has sido un bromista y tampoco te has privado de serlo frente a mí. ¡Cómo vas a tener un amigo justo allí! Es algo que no puedo creer.
—Piénsalo una vez más, padre —dijo Georg, levantó al padre del sillón y, como se quedó parado ahí muy débil, le quitó el salto de cama—, pronto van a ser tres años de cuando mi amigo nos vino a visitar. Me acuerdo de que no te cayó especialmente bien. Al menos dos veces te negué su presencia, a pesar de que estaba conmigo en la pieza. Podía entender muy bien tu rechazo, mi amigo tiene sus peculiaridades. Pero luego pudiste conversar con él de la mejor manera. Me puso tan orgulloso que lo escucharas, asintiendo y haciéndole preguntas. Si reflexionas tienes que acordarte. Nos contó historias increíbles de la Revolución rusa. Como por ejemplo la vez que durante un viaje de negocios a Kiev vio en medio de un tumulto a un clérigo en un balcón que se talló con una botella una amplia cruz de sangre en la palma de la mano, la levantó y le gritó a la multitud. Tú mismo volviste a contar esa historia en esta o la otra oportunidad.
Mientras tanto, Georg había logrado volver a sentar al padre y sacarle con cuidado los pantalones de punto que llevaba puestos encima de los calzoncillos de lino, así como también las medias. Al ver que las ropas no estaban especialmente limpias se hizo reproches por tenerlo descuidado. Seguro que era también su deber controlar que se cambiara de ropa. Aún no había hablado expresamente con su prometida sobre cómo querían organizar el futuro del padre, pues habían asumido de manera tácita que se quedaría solo en el antiguo departamento. Pero ahora decidió de pronto con toda determinación llevárselo a su futuro hogar. Casi parecía, si se lo miraba con atención, que los cuidados que allí se le fueran a dispensar podrían llegar demasiado tarde.
Lo llevó en brazos hasta la cama. Durante el par de pasos lo invadió una sensación horrible al notar que el padre jugaba con la cadena del reloj que colgaba sobre su pecho. No podía acostarlo enseguida en la cama, de lo firme que se aferraba a esta cadena del reloj.
No bien se acomodó en la cama, todo pareció estar bien. Se metió entre las sábanas por su cuenta y luego tiró de la frazada hasta bastante más allá de los hombros. Miró a Georg sin descortesía.
—¿Verdad que ya te acuerdas de él? —preguntó Georg, asintiendo como para darle ánimo.
—¿Estoy ahora bien tapado? —dijo el padre, como si no pudiera mirar si los pies estaban lo suficientemente cubiertos.
—Te gusta entonces estar en la cama —dijo Georg, acomodándole mejor la frazada.
—¿Estoy bien tapado? —preguntó el padre otra vez y pareció prestarle especial atención a la respuesta.
—Quédate tranquilo, estás bien tapado.
—¡No! —gritó el padre, haciendo que la respuesta se estrellara contra la pregunta, arrojó la frazada con tal fuerza que por un momento se desplegó por completo en el aire y se paró sobre la cama, con sólo una mano apoyada ligeramente en el cielorraso—. Querías cubrirme, ya lo sé, pequeño retoño mío, pero aún no estoy cubierto. Y aunque sean mis últimas fuerzas, son suficientes para ti, demasiadas para ti. Claro que conozco a tu amigo. Sería un hijo de mi agrado. Por eso es que lo has estado engañando todos estos años. ¿Por qué si no? ¿Crees que no he llorado por él? Es por eso que te encierras en tu oficina, nadie debe molestar, el jefe está ocupado: sólo para que tú puedas escribir tus falsas cartitas a Rusia. Pero por suerte el padre no necesita que nadie le enseñe a adivinarle las intenciones al hijo. Como ahora creíste que lo habías avasallado, tan avasallado que podías sentarte encima de él con tu trasero y él no se movería, ¡ahí fue que mi señor hijo se decidió a casarse!
Georg alzó la mirada hacia la figura fantasmal de su padre. El amigo de San Petersburgo, que el padre de pronto conocía tan bien, se apoderó de él como nunca. Lo vio perdido en la extensa Rusia. Lo vio en la puerta de la tienda vacía y saqueada. Parado a duras penas entre las ruinas de las estanterías, las mercaderías destrozadas, los soportes de las lámparas de gas caídos. ¡¿Por qué había tenido que irse tan lejos?!
—¡Pero mírame! —exclamó el padre, y Georg caminó, casi abstraído, hacia la cama, para entenderlo todo, aunque se quedó paralizado a medio camino.
—Porque ella se levantó la falda —empezó a decir el padre con voz meliflua—, porque se levantó así la falda, la cretina asquerosa —y a fin de representarlo se levantó el camisón tan alto que quedó a la vista la cicatriz que tenía en el muslo de sus años en la guerra—. Te le fuiste encima porque se levantó la falda así y así y así. Para poder satisfacerte en ella sin molestias has profanado el recuerdo de nuestra madre, has traicionado al amigo y metido a tu padre en la cama, de modo que no pueda moverse. Pero ¿puede moverse o no?
Se quedó parado sin agarrarse de ningún lado y levantando las piernas. Irradiaba perspicacia.
Georg se había retirado a un rincón, lo más lejos posible del padre. Hacía un largo rato que había tomado la firme decisión de observar todo con la mayor de las precisiones, para no poder ser sorprendido por medio de rodeos, desde atrás, desde arriba. Ahora recordó otra vez esa decisión olvidada hacía mucho y la olvidó, como se atraviesa un hilo corto por el ojo de una aguja.
—¡Pero el amigo no ha sido traicionado! —exclamó el padre, moviendo el dedo índice de un lado al otro a modo de refuerzo—. Yo soy su representante en este lugar.
—¡Comediante! —Georg no pudo contenerse de gritar, reconoció enseguida el perjuicio y se mordió, demasiado tarde (los ojos petrificados), la lengua, hasta doblarse de dolor.
—¡Sí, claro que he hecho una comedia! ¡Comedia! ¡Buena palabra! ¿Qué otro consuelo le quedaba al viejo padre enviudado? Dilo (y por el instante en que dure la respuesta sé aún mi hijo vivo): ¿qué otra cosa me quedaba, en mi cuarto trasero, perseguido por empleados desleales, viejo hasta la médula? ¡Y mi hijo que iba jolgorioso por el mundo, cerrando negocios que yo había allanado, saltando de contento y huyendo de su padre con la cara circunspecta de un hombre de honor! ¿Crees que yo no te hubiera querido, yo, de quien has salido?
“Ahora se va a inclinar hacia adelante —pensó Georg—, ¡si cayera y se hiciera trizas!” Esta última palabra atravesó silbando su cabeza.
El padre se inclinó hacia adelante, pero no cayó. Puesto que Georg no se acercó como había esperado, volvió a erguirse.
—¡Quédate donde estás, no te necesito! Tú crees que aún tienes las fuerzas para venir hasta aquí y sólo te refrenas porque así lo quieres. ¡Cuidado con no equivocarte! Yo sigo siendo el más fuerte. ¡Si estuviera solo tal vez habría tenido que recular, pero ahora la madre me ha dado su fuerza, me he aliado con tu amigo de manera maravillosa, a tu clientela la tengo aquí en el bolsillo!
“¡Hasta en el camisón tiene bolsillos!”, se dijo Georg, y creyó que con esa observación podía dejarlo en ridículo frente a todo el mundo.
Sólo lo pensó un instante, porque continuamente se olvidaba de todo.
—¡Cuélgate del brazo de tu prometida y ven con ella hacia mí! ¡Yo te la barro de al lado, no sabes cómo!
Georg hizo muecas de no creerle. El padre sólo asentía en dirección a la esquina de Georg, reafirmando la verdad de lo que decía.
—Cómo me entretuviste hoy al venir y preguntarme si debías escribirle a tu amigo sobre el compromiso. ¡Si lo sabe todo, tontito, lo sabe todo! Era yo el que le escribía, porque te olvidaste de quitarme las cosas para escribir. Por eso es que hace años que no viene, sabe todo cien veces mejor que tú, a tus cartas las estruja con la mano izquierda sin leerlas mientras en la derecha se pone delante las mías para leerlas.
Bamboleaba el brazo con entusiasmo sobre su cabeza.
—¡Sabe todo mil veces mejor! —gritó.
—¡Diez mil veces! —dijo Georg, para reírse del padre, pero ya en su boca las palabras adquirieron un tono de seriedad mortal.
—Hace años espero que me vengas con esta pregunta. ¿Crees que hay alguna otra cosa que me preocupe? ¿Crees que leo los periódicos? ¡Ahí tienes!
Y le arrojó a Georg una hoja de periódico, que de alguna manera había llegado hasta la cama. Un viejo periódico con un nombre ya completamente desconocido para Georg.
—¡Cuánto que has vacilado antes de madurar! Madre tuvo que morirse, no pudo vivir ese día de júbilo, el amigo se va a pique en Rusia, ya hace tres años estaba amarillo como para tirarlo a la basura, y yo, ya ves cuál es mi situación. ¡Para eso tienes los ojos!
—¡Así que me estuviste espiando! —exclamó Georg.
El padre dijo compasivo y como al pasar:
—Probablemente querías decir eso antes. Ahora ya está por completo fuera de sitio. —Y agregó más fuerte—: Ahora sabes entonces qué hay además de ti, hasta ahora sólo sabías sobre ti. En el fondo eras un niño inocente, ¡pero mucho más en el fondo eras una persona diabólica! Por eso, sábelo: ¡te condeno ahora a morir ahogado!
Georg se sintió expulsado de la habitación, el golpe a sus espaldas con el que su padre se desplomó sobre la cama sólo lo alcanzó a pescar con los oídos. En la escalera, por cuyos escalones voló como sobre una superficie inclinada, sorprendió a su criada, que estaba a punto de subir para limpiar el departamento después de la noche.
—¡Jesús! —exclamó ella y se tapó la cara con el delantal, pero él ya se había ido.
Cruzó de un salto el portón, sintiéndose arrastrado hacia el agua al otro lado de la calle. Ya se aferraba a la baranda, como un hambriento a la comida. Se balanceó por encima, como el excelente gimnasta que había sido en sus años de juventud, para orgullo de sus padres. Aún seguía sosteniéndose con manos cada vez más débiles, atisbó entre las barras de la baranda un ómnibus que taparía con facilidad el ruido de su caída, y exclamó bajito: “Queridos padres, yo, sin embargo, siempre los he querido”. Y se dejó caer.
En ese instante cruzaba por el puente un tráfico realmente infinito.
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