Franz Kafka
CUENTOS SELECTOS
Selección y prólogo de Diego Erlan
Traducción de Ariel Magnus
Para los lectores, hay pocas experiencias tan asombrosas e inolvidables como la primera lectura de Kafka. No importa lo que uno haya leído antes: cruzarse con una de sus novelas o cuentos, con un fragmento de sus diarios, es aprender a leer de un modo nuevo. La prosa precisa y de resonancias alegóricas; la capacidad para urdir tramas perfectas donde la lógica de la pesadilla convive con el grotesco; el modo de narrar la inapelable arbitrariedad del poder; el don único de volver verosímil lo que en principio parece imposible de alcanzar ese estatuto. Está antología preparada y prologada por Diego Erlan y traducida por Ariel Magnus es una muestra inmejorable de su talento impar. Reúne sus mejores cuentos, La condena, En la colonia penitenciaria y Un artista del hambre, entre otros; más ese relato único y capital que es La metamorfosis (que aquí se presenta con el título que Borges consideraba más apropiado: La transformación) y se cierra con la Carta al padre. Página a página, quizás como ningún autor del siglo XX, Franz Kafka funda una realidad: el mundo se piensa de otra forma, más sagaz y sospechosa, más paradójica, después de leerlo.
Kafka, Franz
Cuentos selectos / Franz Kafka. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Edhasa, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
Traducción de: Ariel Magnus.
ISBN 978-987-628-543-8
1. Narrativa Checa. 2. Literatura. I. Magnus, Ariel, trad. II. Título.
CDD 891.863
Diseño de cubierta: Eduardo Ruiz
Edición en formato digital: septiembre de 2021
© Franz Kafka, 1913, 1919, 1917, 1922, 1915, 1919, 1919, 1919, 1919, 1924, 1917, 1952
© de la traducción Ariel Magnus, 2018
© del prólogo Diego Erlan, 2018
© de la presente edición Edhasa, 2021
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ISBN 978-987-628-543-8
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Pocos días después de la noche del cometa, en mayo de 1910, Franz Kafka empezó siete veces y abandonó otras tantas un relato que suele considerarse autobiográfico. “Si me pongo a pensar, tengo que decir que, en muchos sentidos, mi educación me ha perjudicado mucho”, escribe Kafka una y otra vez, con variaciones, en uno de los cuadernos de hule negro que destina a su diario íntimo. Nunca conseguirá terminar ese texto, al que titulará “El pequeño habitante de las ruinas”. Tenía veintisiete años. Era el único hijo varón de una familia judía y acomodada de Praga. Era el empleado silencioso y responsable del Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo. Era el amigo despistado, sin noción del tiempo. Era una de las cincuenta personas llamadas Franz Kafka que, en el siglo XIX, vivieron al menos un tiempo en la ciudad bohemia. Aunque no fue uno más. En ese mosaico de textos en loop se advierte ya su capacidad verbal, su dominio de las formas literarias, su renuncia a cualquier folclore urbano y una característica que, a medida que pase el tiempo, lucirá su literatura: un doble movimiento, entre la ironía y la paradoja, cuyas tensiones conviven con una estremecedora lucidez intelectual, a menudo gélida, y una saturación de imágenes extravagantes.
En estos primeros borradores de autobiografía, Kafka apunta con vehemencia a sus padres, a ciertos parientes, a maestros, a escritores, a un inspector escolar, a una cocinera, a transeúntes que “caminaban lentamente”, incluso a “algunas chicas de las clases de baile”. “Hasta el momento, mis padres y sus secuaces quedaban cubiertos y ensombrecidos por mi reproche; ahora lo echan fácilmente a un lado y sonríen, porque he apartado las manos de ellos, me las he llevado a la frente y pienso: debiera haber sido el pequeño habitante de las ruinas, a la escucha del graznido de los grajos, bajo sus sombras que me sobrevuelan, enfriándome bajo la luna, aunque al principio hubiese sido algo débil bajo el peso de mis buenas cualidades, que necesariamente habrían crecido en mí con la fuerza de las malas hierbas; tostado por el sol, el cual, entre los escombros, me habría iluminado por todas partes en mi lecho de hiedra.” Quizá pensara en ese texto la noche del 17 de mayo, recordada en la historia como la noche en que el paso del cometa Halley generó pánico y suicidios en masa por considerarlo un anuncio del apocalipsis. En ese contexto, Kafka se obligaba a “salir de su interior” para oír el gemido de un gato perdido, tal vez hambriento. Nada más. Como si del extravío interior, más allá de la psicosis generalizada, sólo el llamado de un gato pudiera traerlo de vuelta al mundo.
Ese año, Kafka tuvo un quiebre personal, un cambio psíquico que algunos interpretan como una crisis pero a la vez como una maduración. Se trató de una pérdida de coherencia interna, una fragmentación del pensamiento y de la percepción que volvía a su propio cuerpo “algo ajeno”. Por entonces se quejaba de constantes molestias de salud y dolencias espirituales difíciles de explicar, o que explicaba de manera que a los demás –entre ellos su amigo Max Brod– les resultaba incomprensible. “Todo lo que poseo se vuelve contra mí, todo lo que está en mi contra deja de ser de mi propiedad”, escribía Kafka a Brod en marzo. “Si por ejemplo –no es más que un ejemplo– me duele el estómago, ya no es más mi estómago, sino algo que no se diferencia sustancialmente de un individuo extraño que se divierte dándome una paliza.” Sólo una imaginación extravagante como la de Kafka puede concebir el propio cuerpo escindido de la persona. Acompañado por Brod, Kafka dedicaba sus tardes a leer en voz alta (y en un francés precario) La tentación de San Antonio, de Gustav Flaubert, que para algunos es “un sueño liberado” pero, para otros, un monumento de sabiduría. Nadie sabe exactamente de qué manera esta obra influyó en Kafka pero sabemos, con certeza, la profunda incidencia que tuvo en él La educación sentimental: “En cualquier momento y en cualquier lugar en que lo haya abierto me ha infundido sobresalto y miedo, se ha hecho dueño de mí, siempre me he sentido hijo espiritual de este escritor, si bien un mísero y torpe hijo”, le confesó en una carta a Felice Bauer. La influencia resulta evidente en una descripción que hace Flaubert de la vida en una calle de la ciudad, donde pueden verse mujeres y carros y caballos con el vértigo de los estribos, que Kafka retoma para el inicio de “Preparativos de boda en el campo” y su descripción del tráfico de la gran ciudad, un día de lluvia, desde la perspectiva de su protagonista, Eduard Raban. Pocas páginas después, ese mismo texto contendrá el germen para La transformación: el momento en que Raban se imagina con la forma de un gran escarabajo.
Será luego de la lectura sistemática de La tentación de San Antonio cuando se inicie, para Kafka, la fase creativa más importante de su vida, que tendrá su punto más alto entre los años 1912 y 1914. Por el diario, justamente, puede datarse la fecha precisa de escritura de “La condena”. La noche del 22 de septiembre de 1912, Kafka se encerró en su habitación. Sin dormir, agotado y con las piernas entumecidas por haber permanecido sentado tanto tiempo, amaneció con la certeza de que esa era la única manera de escribir. “Sólo así, con esa cohesión, sólo con esa apertura total de cuerpo y alma.” Poco tiempo después, entre mediados de noviembre y principios de diciembre de 1912, casi como en un trance, Kafka escribe lo que será su obra maestra: el relato “Die Verwandlung”, conocido popularmente como “La metamorfosis” pero cuya traducción, como sugería Borges, sería más precisa como “La transformación”. Los grandes cuentos tienen un comienzo demoledor como este: “Al despertar una mañana tras unos sueños intranquilos, Gregor Samsa se encontró en su cama transformado en un bicho monstruoso”. A partir de esa línea estalla todo. En la historia de la literatura se acumulan interpretaciones sobre el relato como si fueran formularios en una oficina pública. Más allá de ese detalle, hay algo en verdad sorprendente en este texto y no es tanto que alguien se despierte, una mañana entre semana, convertido en un espantoso insecto que tiene forma de escarabajo, sino otra cosa: la mayor distorsión se produce cuando la familia, al fin, se acostumbra al hijo devenido en monstruo. Como si a lo más atroz del mundo, con el tiempo, uno terminara acostumbrándose.
La originalidad de Kafka reside en que sus textos describen detalles ambientales mínimos, gestos que pasarían inadvertidos a cualquier otra persona. La mayoría de los relatos están compuestos con términos del lenguaje del derecho y de la ciencia, con estructuras de informes, procedimientos y memorias, dándole a sus narraciones una especie de precisión irónica, sin intrusiones de los sentimientos personales del autor. “Informe para la academia”, “Un artista del hambre” o “Investigaciones de un perro”, son ejemplos de esta construcción y, a la vez, ejemplos de la línea donde Kafka reflexiona, a su modo, sobre la literatura, el arte y la mala educación de la sociedad burguesa. Esa precisión irónica, que es una forma de la distancia, convierte la tragedia del mundo en una comedia de enredos. Eso es, también, El proceso, una de las novelas más desopilantes y angustiantes de todos los tiempos. Aunque se encuentre inacabada podemos decir que logra su perfección en esa singularidad y además contiene, en su interior, una de las piezas más perfectas de Kafka: “Ante la ley”. Escrita en el invierno de 1914, esa leyenda, que luego se incluye al final de El proceso
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