Читать книгу «El castillo encantado» онлайн полностью📖 — Эдит Несбит — MyBook.

–¡Cómo que porquería! –gritó la princesa–. ¡Son objetos mágicos! Cualquiera que se ponga este brazalete, solo podrá decir la verdad. Esta cadena te hace tan fuerte como diez hombres. Si usas esta espuela, tu caballo correrá mil seiscientos metros por minuto, y si estás caminando, sería lo mismo que llevar puestas botas de siete leguas.

–¿Y qué hace este prendedor? –preguntó Cathy, extendiendo su mano.

La princesa la tomó de la muñeca y respondió:

–No debes tocar. Si alguien que no sea yo los toca, la magia se va para siempre. Ese broche te concede cualquier deseo.

–¿Y este anillo? –señaló Jimmy.

–Ah, ese te vuelve invisible.

–¿Qué es esto? –quiso saber Gerald, mostrando una curiosa hebilla.

–Eso deshace el efecto de todos los otros hechizos.

–¿De verdad? –preguntó Jimmy–. ¿No estás bromeando?

–¿Qué quieres decir con bromeando? –repitió enojada–. ¡Pensé que ya les había revelado suficiente magia como para que le hables de ese modo a una princesa!

–Supongo que podrías mostrarnos cómo funcionan algunas de estas cosas –sugirió Gerald, visiblemente entusiasmado–. ¿No nos concederías un deseo a cada uno?

La princesa no respondió enseguida. Y los tres soñaron despiertos con deseos concedidos. Se trataba de espléndidos deseos, aunque absolutamente razonables, la clase de deseo que no suele aparecer en los cuentos de hadas, cuando de pronto alguien tiene la oportunidad de que se le concedan sus tres deseos.

–No –dijo la princesa de pronto–, no. No puedo dejarlos pedir deseos: solo me los concede a mí. Pero les mostraré cómo el anillo me vuelve invisible. Solo que deben cerrar los ojos mientras lo hago.

Cerraron sus ojos.

–Cuenten hasta cincuenta y después pueden mirar. Y luego deben cerrarlos de nuevo, contar hasta cincuenta y reapareceré.

Gerald contó en voz alta. A lo largo de la cuenta, escucharon un chirrido y un crujido.

–¡Cuarenta y siete, cuarenta y ocho, cuarenta y nueve, cincuenta! –gritó, y abrieron los ojos.

Estaban solos en el cuarto. Las joyas habían desaparecido junto con la princesa.

–Se fue por la puerta, por supuesto –dijo Jimmy.

Pero la puerta estaba cerrada con llave.

–Es magia –aseguró Cathy, agitada.

–Maskelyne y Devant hacen el mismo truco. Y yo quiero tomar el té –concluyó Jimmy.

–¡Tomar el té! –exclamó Gerald en un tono lleno de enojo. Y continuó en su estilo libresco–: La hermosa princesa reapareció ni bien nuestro héroe terminó de contar hasta cincuenta. Uno, dos, tres, cuatro…

Gerald y Kathleen habían cerrado sus ojos, pero Jimmy no lo había hecho. No quería hacer trampa, sino que simplemente se olvidó. Y mientras la cuenta llegaba a veinte, vio que debajo de la ventana, un panel se abría suavemente. “¡Ahí está! ¡Sabía que era un truco!” se dijo a sí mismo, e inmediatamente cerró sus ojos, como un niño honorable.

Al escuchar la palabra “cincuenta”, seis ojos se abrieron. El panel estaba cerrado pero no había ninguna princesa.

–No lo logró.

–Tal vez debas contar de nuevo, Gerald –propuso Cathy.

–Yo creo que hay un armario debajo de la ventana y ella está escondida ahí. Un panel secreto, ya saben… –dijo Jimmy.

–¡Tú espiaste! ¡Eso es trampa! –gritó la voz de la princesa tan cerca de su oído que casi lo hizo saltar.

–No hice trampa.

–¿Dónde diablos, qué diablos…? –dijeron los tres a la vez, porque todavía no había princesa a la vista.

–Princesa querida, vuelve a la visibilidad –rogó Cathy–. ¿Quieres que cerremos los ojos y contemos de nuevo?

–¡No sean tontos! –volvió a gritar la voz de la princesa, y sonó muy enojada.

–No somos tontos –respondió Jimmy, y su voz también sonó enojada–. ¿Por qué no vuelves y terminamos con esto? Si sabes que solo estás escondida.

–Basta –dijo Cathy, suavemente–. Ella es invisible.

–Yo también sería invisible si me metiera dentro del armario –insistió Jimmy.

–Oh, sí –dijo el tono burlón de la princesa–, se creen muy inteligentes, me imagino. Pero no me importa. Vamos a hacer de cuenta que no pueden verme, si eso es lo que quieren.

–Bueno, pero de verdad no te vemos. No tiene sentido que te enojes. Si te estás escondiendo, como dice Jimmy, será mejor que salgas. Si realmente te volviste invisible, es mejor que te vuelvas visible de nuevo –aclaró Gerald.

–¿Quieren decir que realmente no me ven? –preguntó una voz bastante cambiada, pero así y todo, aún la de la princesa.

–¿No ves que no? –preguntó a su vez Jimmy, bastante irrazonablemente.

El sol en la ventana quemaba. En el cuarto de ocho lados hacía mucho calor y todos comenzaban a enojarse.

–¿No pueden verme?

En la voz de la princesa invisible había un sollozo.

–No, te digo que no –rezongó Jimmy–, y yo quiero tomar el té y…

Lo que estaba diciendo fue cortado en seco, como uno cortaría una barrita de lacre. Y luego, en el dorado atardecer, algo realmente horrible ocurrió: de repente Jimmy se movió hacia atrás, luego hacia adelante, abrió los ojos desorbitados y también la boca. Se agitó hacia adelante y hacia atrás, rápido y de golpe, y luego se detuvo.

–¡Ay, está sufriendo un ataque! ¡Jimmy, querido Jimmy! –gritó Cathy, corriendo hacia él–. ¿Qué te pasa, hermanito, qué te pasa?

–No es un ataque –refunfuñó Jimmy, enojado–. Ella me sacudió.

–Sí, y lo haré de nuevo si sigue diciendo que no puede verme –dijo la voz de la princesa.

–Entonces mejor sacúdeme a mí –la desafió Gerald, enojado–. Yo soy de tu tamaño.

E inmediatamente lo hizo. Pero no por mucho tiempo. En cuanto Gerald sintió que lo tomaban por los hombros, levantó sus manos y agarró esas otras manos por las muñecas. Y allí estaba, sosteniendo muñecas que no podía ver. Era una sensación horrible. Una patada invisible lo hizo estremecer, pero sostuvo las manos con firmeza.

–¡Cathy –gritó–, ven y sostén sus piernas! ¡Me está pateando!

–¿Dónde? –preguntó Cathy, ansiosa por ayudar–. No veo ningunas piernas.

–¡Yo estoy sosteniendo sus manos! Es invisible, no se puede negar. Toma esta mano y podrás tocar abajo sus piernas.

Kathleen lo hizo. Me gustaría que entendieran qué incómodo y terrorífico es sentir, a plena luz del día, brazos y manos que no puedes ver.

–No dejaré que me agarren las piernas –dijo la princesa invisible, forcejeando violentamente.

–¿Por qué te enojas tanto? –preguntó Gerald, muy calmado–. Dijiste que te harías invisible y así estás.

–No, no estoy así.

–Sí lo estás, de verdad. Mírate al espejo.

–No soy invisible. No puedo serlo.

–Mírate en el espejo –repitió Gerald, conservando la calma.

–Entonces, suéltame –dijo ella.

Gerald la soltó e inmediatamente le pareció imposible que había estado sosteniendo manos invisibles.

–Solo están fingiendo que no me ven ¿no? –aseguró la princesa, nerviosa–. Vamos, digan la verdad. Ya se rieron de mí. Ya no es gracioso. No me gusta este chiste.

–Te doy nuestra sagrada palabra de honor que todavía eres invisible –dijo Gerald.

Se hizo un silencio hasta que la princesa volvió a hablar:

–Vamos. Les mostraré el camino, así pueden irse. Me cansé de jugar con ustedes.

Siguieron su voz hasta la puerta y a través de ella y a lo largo del pasadizo, hasta el pasillo. Nadie dijo una palabra. Todos se sentían muy incómodos.

–Vámonos de acá –murmuró Jimmy cuando se acercaban al final del pasillo.

Pero la voz de la princesa dijo:

–Salgan por este lado. Es más rápido. Creo que son perfectamente odiosos. Me arrepiento de haber jugado con ustedes. Mi madre siempre me decía que no jugara con niños extraños.

Una puerta se abrió de golpe, aunque no se vio que ninguna mano la tocara.

–¡Salgan de una vez!

Era una pequeña habitación, con largos y angostos espejos entre largas y angostas ventanas.

–Adiós –dijo Gerald y agregó, extendiendo su mano–: Gracias por todo, nos hemos divertido muchísimo. Despidámonos como amigos.

Una mano invisible se acercó suavemente a la suya, que se cerró sobre ella como una tenaza.

–Ahora te juro que tendrás que mirarte al espejo y reconocer que no somos mentirosos.

Gerald llevó a la princesa invisible hasta uno de los espejos y la sostuvo frente a él.

–Bien, solo mírate.

Hubo un silencio y luego sonó un grito desesperado en la habitación.

–¡Ay, ay, ay! Soy invisible. ¿Qué voy a hacer?

–Quítate el anillo –dijo Cathy, en un brote de sensatez.

Otro silencio.

–¡No puedo! –exclamó la princesa–. No me sale. Pero no puede ser por el anillo, los anillos no te hacen invisible.

–Tú dijiste que este sí, y lo hizo.

–Pero no puede ser –insistió la princesa–. Solo estaba jugando a la magia. Solo me escondí en el armario secreto. Era un juego. Ay, ¿qué voy a hacer?

–¿Un juego? –murmuró Gerald–. Pero puedes hacer magia: las joyas eran invisibles y tú las volviste visibles.

–Es solo un resorte secreto que hace que los paneles se deslicen hacia arriba. Ay, ¿qué se supone que debo hacer?

Kathleen caminó hacia la voz y, a tientas, puso sus brazos alrededor de una cintura vestida con seda rosa que no podía ver. Unos brazos invisibles la abrazaron, una mejilla tibia e invisible se apoyó en la de ella, y cálidas e invisibles lágrimas rodaron húmedas entre las dos caras.

–No llores –dijo Cathy–. Voy a ir a contarles al rey y a la reina.

–¿A quiénes?

–A sus excelencias, tu padre y tu madre.

–¡Ay, ya no te burles de mí! –rogó la pobre princesa–. Tú sabes que eso solo era un juego también, como…

–Como el del pan y el queso –dijo Jimmy triunfante–. ¡Lo sabía!

–Pero tu vestido, y estabas dormida en un laberinto, y…

–Me disfracé solo para jugar, porque todos se fueron a la feria, y puse el ovillo para que pareciera más real. Primero estaba jugando a que era una dama de la corte, pero después los escuché hablando en el laberinto y pensé: “¡Qué divertido!”. Y ahora soy invisible y nunca volveré a mi estado normal, ¡nunca! ¡Sé que nunca lo haré! Es lo que merezco por mentirosa, pero de verdad nunca pensé que lo creerían, no por tanto tiempo, es decir…

–Pero si no eres la princesa, entonces ¿quién eres? –preguntó Cathy, todavía abrazando un cuerpo que no se veía.

–Soy… Mi tía vive aquí –dijo la princesa invisible–. Va a llegar a casa en cualquier momento. ¿Qué voy a hacer?

–Tal vez ella conozca algún hechizo…

–¡Ay, tonterías! –juzgó la voz con severidad–. Ella no cree en los hechizos. Se enojaría tanto. ¡No me atrevo a dejar que me vea en este estado! –añadió con desesperación–. ¡Y encima todos ustedes aquí! Se enfurecería terriblemente.

El hermoso castillo mágico en el que los niños habían creído ahora parecía derrumbarse sobre ellos. Todo lo que quedaba de él era la invisibilidad de la princesa. Pero eso, deben admitirlo, era bastante.

–Solo lo dije y se hizo realidad –gimió la voz–. Ojalá nunca hubiera jugado a la magia. Ojalá nunca hubiera jugado a nada.

–No digas eso –intervino Gerald, comprensivamente–. Salgamos al jardín, caminemos hasta el lago, donde esté más fresco, y reunámonos en solemne asamblea. Te gustaría eso, ¿no?

–¡Ah! –exclamó de repente Cathy–. ¡La hebilla! ¡Eso deshace la magia!

–En realidad, no –murmuró la voz que parecía hablar sin tener labios–. Solo lo inventé.

–También “solo inventaste” lo del anillo –le recordó Gerald–, así que de todos modos, intentémoslo.

–Ustedes no, yo lo haré –dijo la voz–. Ustedes vayan a la terraza, cerca del lago. Yo volveré sola a la habitación de las joyas. Mi tía podría verlos.

–A ti no te verá –aclaró Jimmy.

–Deja de recordárselo –lo retó Gerald–. ¿Dónde queda esa terraza?

–Es por allá, bajando esos escalones, por el camino zigzagueante que atraviesa los arbustos. Ya van a verla. Es de mármol blanco, y en el centro tiene una estatua.

Los tres chicos caminaron hasta la terraza de mármol blanco muy cercana a la ladera de la pequeña montaña. Alrededor tenía arcos, excepto detrás de la estatua, en el lado que daba a la montaña. El ambiente era fresco y apacible.

No habían pasado cinco minutos ahí, cuando escucharon los sonoros pasos de alguien corriendo sobre la grava. Una sombra, muy negra y nítida, se reflejaba sobre el piso de mármol blanco.

–Tu sombra no es invisible, a pesar de todo –dijo Jimmy.

–¡Al diablo con mi sombra! –respondió la voz de la princesa–. ¡Dejamos la llave puesta del lado de adentro, y la puerta se cerró con el viento, y es una cerradura automática!

Hubo una pausa. Luego Gerald dijo, en un tono de lo más serio:

–Siéntate, princesa, y analicemos este asunto hasta el fondo.

–No me extrañaría si nos despertáramos y descubriéramos que solo estábamos soñando –comentó Jimmy.

–No tendremos esa suerte –se lamentó la voz.

–Bueno, antes que nada, ¿cuál es tu nombre? Y si no eres una princesa, ¿quién eres?

–Soy…, soy… –respondió una voz entrecortada por los sollozos–, soy la sobrina del ama de llaves que trabaja en el castillo, y mi nombre es Mabel Prowse.

–Es exactamente lo que pensé –aseguró Jimmy, y en sus palabras no había ni una pizca de verdad, porque ¿cómo habría podido saber?

Los otros permanecieron callados. Fue un momento de mucha ansiedad y lleno de ideas confusas.

–Bueno, como sea –dijo Gerald–, tú eres de aquí.

–Sí –afirmó la voz que venía desde el piso, como si su dueña se hubiera rendido a la locura de la desesperación–. Ay, sí, yo soy de aquí, pero ¿qué sentido tiene ser de ningún lado si eres invisible?


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