Читать книгу «El castillo encantado» онлайн полностью📖 — Эдит Несбит — MyBook.





–No hay muertos ni heridos –agregó Jimmy, tanteando en la oscuridad para encontrar la mano de su hermana–. Solo quiere decir que tengamos cuidado de no tropezar con piedras y cosas.

Justo entonces la tocó y ella gritó.

–Soy yo –dijo Jimmy–. Pensé que querrías que te diera la mano. Pero eres completamente una niña.

Entonces sus ojos empezaban a acostumbrarse a la oscuridad, y todos podían ver que estaban en una cueva de piedra que se extendía unos tres o cuatro metros y luego giraba bruscamente hacia la derecha.

–¡La victoria o la muerte! –gritó Gerald–. ¡Ahora, marchen!

Avanzó con cuidado, eligiendo dónde poner cada pie entre las piedras y el terreno movedizo de la cueva.

–¡Un barco, un barco! –gritó, en cuanto dobló la esquina.

–¡Es increíble! –Cathy suspiró mientras salía a la luz del sol.

–No veo ningún barco –dijo Jimmy, que la seguía.

El angosto pasadizo terminaba en un arco, adornado de helechos y enredaderas. Cruzaron bajo el arco y llegaron a un río angosto y profundo. En sus orillas, pedregosas y cubiertas de musgo, crecían más helechos y árboles. Sus ramas se arqueaban sobre el agua, la luz del sol las atravesaba en parches de brillo que se movían y convertían el lugar en un corredor techado de verde y dorado. El camino de piedras, en el que se habían amontonado pilas de hojas, bajaba vertiginosamente y terminaba en otro arco, bastante oscuro por dentro, sobre el que asomaban rocas y pasto y arbustos.

–Es como la parte de afuera de un túnel de tren –comentó James.

–Es la entrada al castillo encantado –dijo Cathy–. Toquemos las trompetas.

–¡Silencio! –ordenó Gerald y retomó su estilo libresco–: El valiente capitán desaprobó el tonto parloteo de sus subordinados…

–¡Eso me gusta! –dijo Jimmy, indignado.

–Me imaginé –respondió Gerald. Y siguió–: …de sus subordinados, y les pidió que avanzaran en silencio porque, después de todo, podía haber alguien en los alrededores y el otro arco podía ser una casa para almacenar hielo o algo peligroso.

–¿Qué? –preguntó Cathy, nerviosa.

–Osos, tal vez –dijo Gerald– brevemente y ordenó–: ¡Marcha rápida!

Y marcharon, arrastrando los pies sobre montañas de hojas húmedas, bajo las que el camino era firme y pedregoso. Al llegar al arco oscuro que habían visto antes, se detuvieron.

–Hay escalones para bajar –observó Jimmy.

–Es una casa para almacenar hielo –afirmó Gerald.

–No propongas nada –le advirtió Cathy.

Pero Gerald continuó:

–Nuestro héroe, al que nada desalentaba, para estimular las abatidas esperanzas de sus cobardes subalternos, dijo que por supuesto él seguiría adelante, y que ellos podían hacer lo que tuvieran ganas.

–Si me insultas, puedes seguir solo –se quejó Jimmy–. ¡Vamos!

–Es solo parte del juego, tonto –explicó Gerald, amablemente–. Puedes ser el capitán mañana, así que ahora deberías cerrar la boca y comenzar a pensar en los insultos que nos dirás cuando llegue tu turno.

Bajaron los escalones muy despacio y con mucho cuidado. Una roca se arqueaba sobre sus cabezas. Gerald encendió un fósforo cuando notó que el último escalón no tenía borde y que era, de hecho, el principio de un pasadizo que giraba hacia la izquierda.

–Este camino nos llevará nuevamente hacia la calle –dijo Jimmy.

–Más bien debajo de ella –lo corrigió Gerald–. Hemos bajado once escalones.

Siguieron adelante, detrás de su líder, que avanzaba muy lentamente porque temía, según explicó después, que hubiera otros escalones.

–¡No me gusta nada! –murmuró Jimmy.

El pasadizo estaba muy oscuro. Luego se iluminó con una tenue luz de sol que creció y creció, hasta que llegaron a otro arco. Detrás de él se veía un jardín tan hermoso que a todos se les cortó la respiración, y simplemente avanzaron en silencio, contemplándolo. Un corto paseo de cipreses que se iba ensanchando conducía hacia una terraza de mármol amplia y blanca y bañada por la luz del sol.

Los chicos, pestañeando, apoyaron sus brazos sobre la baranda ancha y plana, y observaron. Justo debajo de ellos había un lago con cisnes y una isla y sauces llorones. Más allá, había lomitas verdes salpicadas por bosquecitos. Y entre los árboles, relucían las blancas extremidades de varias estatuas. Hacia la izquierda, contra una pequeña montaña, había una terraza redonda con columnas, y hacia la derecha, una cascada que caía entre piedras cubiertas de musgo y que, finalmente, chapoteaba en el lago. Unos escalones conducían desde la terraza hasta el agua, y otros hacia los verdes jardines que la rodeaban. A cierta distancia, a lo largo de las cuestas cubiertas de gramilla, pastaban algunos ciervos. Y más lejos, donde las arboledas se hacían más tupidas y se transformaban en algo muy parecido a un bosque, había enormes estatuas talladas en piedra grisácea que no se comparaban con nada que los niños hubieran visto antes.

–Ese chico de la escuela… –dijo Gerald.

–Es un castillo encantado –agregó Cathy.

–Yo no veo ningún castillo –la contradijo Jimmy.

–¿Cómo llamas a eso, entonces? –Gerald señalaba hacia unas torres y torrecitas que, más allá de unos árboles de lima, se clavaban en el azul del cielo.

–No parece que hubiera nadie por aquí –observó Cathy–. Y sin embargo, todo se ve tan prolijo. Creo que hay algo mágico.

–Cortadoras de césped mágicas –sugirió Jimmy.

–Si estuviéramos en un libro, seguro que habría un castillo encantado.

–Es un castillo encantado –murmuró Gerald.

–Pero si no existen –dijo Jimmy, seguro.

–¿Cómo sabes? ¿Crees que en el mundo solo existe lo que tú has visto? –respondió Gerald, y su tono burlón era aplastante.

–Creo que la magia se acabó cuando la gente empezó a usar motores y diarios y teléfonos y telégrafo inalámbrico –insistió Jimmy.

–Si lo piensas, lo inalámbrico tiene bastante de magia –dijo Gerald.

–¡Ah, estás hablando de esas cosas! –Jimmy estaba muy molesto con su hermano.

–Tal vez la magia se acabó porque la gente ya no creía en ella –arriesgó Cathy.

–Bueno, no arruinemos el espectáculo solo por viejas sospechas –dijo Gerald con decisión–. Voy a hacer el mayor esfuerzo posible por creer en la magia. Este es un jardín encantado, y aquel es un castillo encantado, y estoy decidido a ir a explorarlo.

El valiente caballero lideró la marcha y permitió a sus ignorantes escuderos elegir si querían seguirlo o no, según fuera su real voluntad. Se deslizó tomado de la baranda y con largas zancadas descendió hacia el jardín. Y mientras avanzaba, sus botas taconeaban llenas de determinación. Los otros lo siguieron.

Solo en los cuentos de hadas se han visto jardines semejantes. Caminaron muy cerca de los ciervos, que apenas levantaron sus hermosas cabezas y no se asustaron para nada. Y después de un largo trecho de césped, pasaron bajo el bosquecito de árboles de lima. Hasta que llegaron a un jardín de rosas que, rodeado de un cerco de espesos y cuidadosamente podados pinos, se veía rojo y verde y rosado y blanco al sol, como el pañuelo multicolor de un gigante, perfumado con diferentes esencias.


–Sé que nos encontraremos con un jardinero en un minuto, y nos preguntará qué hacemos aquí. ¿Qué vas a decirle? –preguntó Cathy, mientras sumergía la nariz en una rosa.

–Le diré que nos perdimos, lo que se parece bastante a la verdad –le respondió su hermano mayor.

Pero no se encontraron ni con un jardinero ni con nadie, y la sensación de magia se fue volviendo más y más intensa, hasta que el sonido de sus propios pasos en ese enorme y silencioso lugar comenzó a asustarlos. Detrás del jardín de rosas había una especie de pared de pinos, con un arco podado en ella: era la entrada a un laberinto como el que hay en el Palacio de Hampton Court.

–Recuerden lo que voy a decirles –les advirtió Gerald–. En el centro de este laberinto encontraremos el hechizo secreto. Desenvainad vuestras espadas, mis alegres camaradas, y esperad el grito de guerra en el más profundo silencio.

Así lo hicieron. Hacía mucho calor en el laberinto, entre sus angostos pasadizos de pino, y el camino hacia el centro estaba bien disimulado. Una y otra vez se encontraron en el arco de la entrada que daba al jardín de rosas, y se alegraron de haber llevado, los tres, pañuelos grandes y limpios. Fue cuando llegaron por cuarta vez a ese mismo lugar, que Jimmy de pronto gritó:

–¡Desearía que…! –y se interrumpió de repente y luego agregó en un tono bastante diferente–: ¡Ay! ¿Dónde está nuestro almuerzo?

Y entonces, todos recordaron que la canasta con la vianda había quedado a la entrada de la cueva. En vano pensaron en las rodajas de cordero, los seis tomates, el pan con manteca, el papel que envolvía un poco de sal, los pastelitos de manzana, y la botella con refresco de jengibre.

–Volvamos ahora mismo, busquemos nuestras cosas y almorcemos –dijo Jimmy.

–Intentemos una vez más con el laberinto. Odio darme por vencido –propuso Gerald.

–¡Tengo mucha hambre! –protestó Jimmy.

–¿Por qué no lo dijiste antes? –preguntó Gerald, amargamente.

–Antes no tenía.

–Entonces no puedes tener ahora. No puedes morirte de hambre de un momento a otro.

–¿Qué es eso…?

Eso era un reflejo rojo al pie de unos pinos, una línea muy fina, que no habrían notado a menos que fijaran la vista, enojados, en las raíces de los árboles. Era un hilo de algodón.

Gerald lo levantó. Uno de los extremos estaba atado a un dedal con agujeros, y el otro…

–¡Falta la otra punta! –exclamó, triunfalmente–. Es un ovillo, eso es lo que es. ¿Ahora qué importa la comida? Siempre presentí que algo mágico sucedería algún día, y sucedió.

–Supongo que el jardinero lo puso ahí –dijo Jimmy.

–¿Y lo ató al dedal de plata de una princesa? ¡Miren! Hay una corona en el dedal.

La había.

–Vamos –continuó Gerald en un tono bajo y urgente–. Si son aventureros, sean aventureros. Además, supongo que alguien ya pasó por la calle hace horas y se embolsó el cordero.

Avanzó mientras enroscaba el hilo rojo alrededor de su dedo. Sí, era un ovillo que los dirigió justo hasta el centro del laberinto. Y en el exacto centro del laberinto, se encontraron con la maravilla.

Siguiendo el ovillo rojo, subieron dos escalones hasta un espacio circular cubierto de césped. En el medio había un reloj de sol y, todo alrededor, contra el cerco de pinos, un asiento de mármol bajo y ancho. El hilo rojo corría a lo largo del césped, pasaba por el reloj de sol y terminaba en una manito con preciosos anillos en todos los dedos. La mano estaba unida, naturalmente, a un brazo que llevaba muchas pulseras resplandecientes con piedras rojas, azules y verdes. El brazo lucía una manga de seda bordada en rosa y oro, algo desteñida aquí y allá, pero aun así, extremadamente imponente. Y la manga era parte de un vestido que llevaba puesto la mujer que dormía al sol, sobre el asiento de piedra. El vestido rosa dorado cubría en parte una enagua bordada de color verde claro. Había encaje amarillo, del color de la crema caliente, y le envolvía la cara un velo muy fino y blanco con lentejuelas en forma de estrellas.

–Es la princesa encantada –dijo Gerald, ahora verdaderamente impactado–. Se los dije.

–Es la Bella Durmiente –agregó Cathy–. ¡Claro que es ella! Miren qué antigua es su ropa, como las damas de María Antonieta en las figuras del libro de Historia. Debe haber dormido cien años. Ay, Gerald, tú eres el mayor, tú debes ser el príncipe y nunca lo supimos.

–No es una princesa realmente –dijo Jimmy.

Pero los otros se rieron de él, en parte porque bastaba con que dijera cosas así para arruinar cualquier juego, y en parte porque no estaban tan seguros de que esa mujer inmóvil como la luz del sol no fuera realmente una princesa. Cada etapa de la aventura: la cueva, los maravillosos jardines, el laberinto, el ovillo, había hecho más fuerte la sensación de magia, y ahora Kathleen y Gerald estaban casi completamente hechizados.

–Súbele el velo, Jerry –murmuró Cathy–. Si no es hermosa, sabremos que no puede ser una princesa.

–Levántaselo tú –respondió Gerald.

–Supongo que está prohibido tocar las estatuas –dijo Jimmy.

–No es de cera, tonto –lo retó su hermano.

–No –agregó su hermana–. La cera no aguantaría este sol. Y, además, se nota que respira. Seguro que es la princesa.

Y de inmediato levantó muy cuidadosamente la punta del velo y lo echó hacia atrás. La cara de la princesa se veía pequeña y blanca entre largos mechones de pelo negro. La nariz era recta y sus cejas estaban hermosamente delineadas. Tenía algunas pecas en las mejillas y en la nariz.

–No me sorprende –murmuró Cathy–, ¡después de dormir todos estos años bajo este sol!

Su boca no era un pimpollo de rosa. Pero de todas maneras Kathleen suspiró:

–¡Es hermosa!

–No está cubierta de polvo. –Entendieron que fue lo que Gerald respondió.

–Vamos, Jerry, tú eres el mayor –dijo Cathy, firmemente.

–Claro que lo soy –afirmó él, inquieto.

–Bueno, entonces tienes que despertar a la princesa.

–No es una princesa –repitió Jimmy, con las manos en los bolsillos de sus pantalones–. Solo es una niña disfrazada.

–Pero lleva puesto un vestido largo.

–Sí, pero mira qué cortas son sus piernas dentro del vestido. Si se parara, no sería más alta que Jerry.

–Vamos, Jerry, no seas tonto. Tienes que hacerlo –le pidió Cathy.

–¿Hacer qué? –preguntó Gerald, pateando su bota izquierda con la derecha.

–¿Cómo qué? Besarla para que se despierte, por supuesto.

–¡No voy a hacerlo! –fue la decidida respuesta del niño.

–Bueno, alguien tiene que hacerlo.

–Seguramente me atacaría apenas se despertara –señaló Gerald, nervioso.

–No tengo ningún problema en hacerlo, pero no creo que sirva para nada que yo la bese –dijo Cathy.

La niña probó y, claro, no funcionó. La princesa seguía sumergida en un profundo sueño.


–Entonces, tienes que hacerlo tú, Jimmy. Sé que lo harás. Salta rápido hacia atrás antes de que pueda golpearte.

–No lo golpeará porque es un niño pequeño –dijo Gerald.

–¡Más pequeño serás tú! –gritó Jimmy–. No me importa besarla. No soy un cobarde, como “otras personas”. Pero si lo hago, seré el intrépido líder durante el resto del día.

–¡No, espera! –gritó ahora Gerald–. Tal vez yo debería…

Pero mientras tanto, Jimmy ya había dado un sonoro beso en la mejilla pálida de la princesa, y ahora los tres estaban inmóviles, sin respirar, esperando el resultado.

Y el resultado fue que la princesa abrió sus grandes ojos oscuros, estiró los brazos, bostezó un poquito, cubriendo su boca con su manito, y dijo sin dar ningún lugar a confusión:

–¿Entonces ya pasaron los cien años? ¡Cómo han crecido los cercos de pino! ¿Cuál de ustedes es mi príncipe, el que me despertó de este sueño profundo de tantos largos años?

–Soy yo –respondió Jimmy sin temor, ya que no parecía que ella fuera a cachetear a nadie.

–¡Mi noble defensor! –exclamó la princesa, y extendió su mano.

Jimmy la estrechó con fuerza y preguntó:

–¿No eres realmente una princesa, verdad?

–Claro que lo soy. ¿Qué otra cosa podría ser? ¡Miren mi corona!

Se quitó el velo con lentejuelas, y mostró debajo de él una corona que ni el propio Jimmy pudo negar que era de diamantes.

–Pero… –dijo Jimmy.

–Bueno –lo interrumpió ella, abriendo muy grande sus ojos–, ustedes debían saber que yo estaba aquí, o nunca habrían venido. ¿Cómo lograron pasar a través de los dragones?

Gerald ignoró la pregunta y le preguntó a su vez:

–Digo yo, ¿realmente crees en la magia y en todo eso?

–Debo creer más que nadie. Mira, aquí es donde me pinché con el huso –y mostró una pequeña cicatriz en su muñeca.

–¿Entonces este es realmente un castillo encantado?

–Claro que lo es. ¡Qué tontos son! –dijo la princesa y se levantó. Su vestido de seda rosa se amontonó en olas brillantes alrededor de sus pies.

–Les dije que el vestido sería muy largo –recordó Jimmy.

–Era del largo correcto cuando me fui a dormir –dijo la princesa–. Se debe haber estirado en estos cien años.

–No creo que seas una princesa –insistió Jimmy–. Al menos…

–Si no quieres creerlo, no te preocupes. No importa lo que creas, sino lo que yo soy. Volvamos al castillo –les dijo a los otros dos hermanos, exclusivamente–, y les mostraré mis hermosas joyas y otras cosas. ¿Les gustaría?

–Sí, pero… –dudó Gerald.

–¿Pero qué?

El tono de la princesa era de impaciencia.

–Pero estamos muertos de hambre.

–¡Oh, yo también!

–No hemos comido nada desde el desayuno.

–Y ya son las tres –dijo la princesa, mirando el reloj de sol–. Bueno, no han probado bocado por unas cuantas horas, pero ¡piensen en mí! No he comido nada en cien años. Vamos al castillo.

–Los ratones se deben haber comido todo –advirtió Jimmy con tristeza. Ahora se daba cuenta de que era verdaderamente una princesa.

–¡Claro que no! –exclamó ella, alegremente–. Se olvidan de que todo está encantado aquí. El tiempo simplemente se detuvo por cien años. Acompáñenme. Alguno de ustedes deberá ayudarme con la cola de mi vestido o no podré moverme, porque se ha vuelto espantosamente larga.


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