Читать книгу «Lady Aurora» онлайн полностью📖 — Claudia Velasco — MyBook.


El condado de Grafton había sido creado el once de septiembre de 1675 por el rey Carlos II para su hijo ilegítimo, Henry FitzRoy, por lo tanto, era un título nobiliario relativamente nuevo, además, de oscura procedencia al ser ostentado por un hijo bastardo del rey. Pero su tía Francis solía presumir de alcurnia, de sangre y de propiedades, y lo reivindicaba todo organizando cacerías y semanas enteras de festejos para sus aristocráticos amigos, como esa misma semana, cuando el cumpleaños de su tío había motivado un despliegue tan grande de lujos y derroche que Aurora estaba deseando perderlos de vista.

–¡¿Qué haces?! –su prima Rose entró sin llamar y Aurora la miró, pero no dejó de doblar su ropa sobre la cama–. ¿Te marchas a alguna parte?

–Mañana me voy a Escocia a pasar una temporada con la familia de mi madre.

–¿En serio?, ¿puedo ir yo?

–No, cariño, tú estás de vacaciones aquí.

–Pero… ¿qué haré si te vas? –hizo un puchero y Aurora se le acercó y la abrazó por los hombros–. ¿Me quedaré todo el verano sola con mis hermanos?

–Tenéis muchas visitas, ni notarás mi ausencia.

–Pero…

–Seguro que lo pasaréis muy bien.

–De acuerdo, pero ahora tienes que venir con nosotros, los carruajes están llenándose…

–¿Qué carruajes?

–¿Lo has olvidado? No me lo puedo creer, si tú eras la más entusiasta con la visita de monsieur Petrescu.

–¿Monsieur Petrescu? –de repente se acordó de que ese famoso mago rumano, que triunfaba en París y Londres, había accedido en ir a animar la fiesta de cumpleaños de su tío, y respiró hondo poniéndose las manos en las caderas–. Vaya, es cierto.

–Ha organizado algo muy misterioso para nosotros en Stonehenge, no quiere dar detalles, todo es un secreto, pero dice que ocurrirá esta noche. Vamos, no quiero llegar de las últimas.

–Mira, la verdad es que no me apetece nada…

–Ni siquiera has cenado, me vas a abandonar todo el verano y ahora, ¿te niegas a acompañarme a ver la magia de monsieur Petrescu? No puedes hacerme eso, prima, no puedes o me harás llorar.

–Muy bien –miró a Mary, que seguía la charla con la boca abierta, y agarró su chal de seda–. Voy contigo. Mary, por favor, acaba tú sola con el equipaje, mete todo lo que traje de Londres, mis libros, mis acuarelas y todos mis enseres personales. No te dejes nada, ¿podrás hacerlo?

–Claro, milady.

–Muchísimas gracias. Adiós.

Agarró del brazo a Rose, que tenía diecisiete años, pero parecía una niña de doce, y salieron a la entrada principal de la casa donde varios carruajes estaban dispuestos para llevar a los invitados hasta Stonehenge. Un conjunto de piedras megalíticas que componían un círculo pétreo en plena planicie de Salisbury, a tan solo cuarenta minutos de Amesbury, y que parecía ser el escenario elegido por monsieur Petrescu para impresionarlos con un gran número de magia.

A pesar de la conversación con su tía, su frágil situación personal y el inestable futuro que se cernía sobre su cabeza, no pudo evitar emocionarse ante la aventura y se subió a uno de los últimos carruajes acordándose de sus padres, que habían sido unos apasionados de la arqueología y la historia, también de la astronomía y la astrología, y que muchas veces le habían hablado de Stonehenge. De hecho, ellos la habían llevado por primera vez a visitar el monumento abandonado cuando tenía seis años y le habían hablado de los solsticios de invierno y de verano que, según le habían explicado, eran celebrados allí desde tiempos inmemoriales.

Solo pensar en ellos le produjo un enorme consuelo y decidió que eso era un buen augurio. Estaba segura de que tanto su madre como su padre habrían apoyado su decisión de no casarse a la primera de cambio, con el primer candidato señalado por su tía Frances, con la que, por cierto, ellos nunca habían congeniado, y sabía que habrían estado de acuerdo con su decisión de viajar a Escocia inmediatamente para librarse de las presiones y para pasar una temporada con la familia Abercrombie, la familia de su madre, que no eran ni tan aristocráticos, ni tan ricos como los FitzRoy, pero que al menos no la obligarían a nada, ni la acusarían de estar seduciendo a sus primos, ni le sacarían en cara a diario todo lo que estaban haciendo por ella.

–Vaya, palomita, qué guapa –su primo Alister se agarró a la puerta del carruaje en marcha y se asomó para mirarla de arriba abajo–. Te estaba esperando en el salón y si alguien no me avisa de que te habías apuntado a la idiotez de ese mago, aún seguiría aguardando junto a la chimenea.

–Déjala en paz, Alister –ladró Rose y él la hizo callar.

–¡No te metas, estúpida mocosa de…!

–Ya está bien, no le hables así.

–¡Deténgase, Chester, que voy a entrar! –ordenó Alister al cochero. Esperó a que se detuviera, abrió la portezuela y se desplomó frente a ellas–. Mejor nos vamos de vuelta a casa.

–No, por favor, queremos ver a monsieur… –balbuceó Rose y Aurora la agarró de la mano.

–¿Monsieur? ¿Un puñetero franchute? De eso nada, nos volvemos a casa ahora mismo.

–No es francés, es rumano.

–Peor me lo pones. ¡Chester! –gritó, pero Aurora se inclinó y le rozó la muñeca, él la miró y le sonrió con los ojos brillantes.

–Solo queremos ver un truco de magia, Alister, luego nos volvemos a casa. Por favor, ¿eh?

–Tus deseos son órdenes, palomita.

Él le guiñó un ojo y Aurora tragó saliva mirando por la ventanilla.

La pura verdad, no podía negarlo, era que sus dos primos, Henry y Alister, apenas la dejaban en paz. Ambos se disputaban su atención y desde que habían dejado Eton para iniciar estudios superiores en Oxford y Cambridge respectivamente, se creían los dueños del mundo, unos hombres hechos y derechos, y más de una vez se habían llevado un buen bofetón por sus insinuaciones o por sus actos, porque Henry había intentado incluso besarla.

No eran más que un par de críos de veinte años envalentonados y acostumbrados a hacer lo que les viniera en gana, no eran peligrosos y sabía manejarlos pero tenía que reconocer que cada día se le hacía más difícil lidiar con ellos, sobre todo en vacaciones, y sería otro alivio poner tierra de por medio y perderlos de vista para su tranquilidad, y especialmente para la tranquilidad de su insoportable madre, que tenía una mente sucia y perversa. Una capaz de imaginar coqueteos y seducciones donde solo había juegos y chanzas adolescentes.

–Lady FitzRoy, llevo horas esperando –Charles Villiers le abrió la portezuela y la ayudó a bajar del carruaje ignorando a Rose, que saltó al césped mirando con la boca abierta las gigantescas piedras de Stonehenge–. Ni siquiera has cenado conmigo, qué descortés.

–El que faltaba –bufó Alister dándole con el hombro al pasar por su lado, Charles sonrió y lo ignoró sin perder de vista a Aurora.

–He tenido una charla bastante poco amistosa con mi tía, ya te contaré. ¿Tenemos un buen sitio para ver el espectáculo?

–¿Poco amistosa?, ¿qué ha ocurrido? –le ofreció el brazo y caminaron juntos hacia el círculo de piedras donde monsieur Petrescu, rodeado de antorchas encendidas, estaba ultimando los detalles de su misterioso truco de magia.

–Quiere que elija hoy mismo a mi futuro marido, tiene dos candidatos óptimos y…

–¡¿Qué?! –Charles se detuvo y le clavó los ojos azules–. Yo aún no he hecho mi propuesta formal.

–Charly…

–No puede ser, ¿te habrás negado?

–Sí, pero se ha enfadado muchísimo y el resultado es que me voy a Escocia con mi familia materna, no quiere… –obvió los detalles de la discusión y Charles Villiers se sacó el sombrero y se atusó el pelo–. Es mejor así, sabes que nunca me ha tolerado demasiado, pero últimamente todo va a peor y…

–Muy bien, es perfecto. Tú te vas a Escocia, yo convenzo a mi padre para que ultime de una vez por todas los detalles del compromiso matrimonial, hago mi propuesta y nos casamos el día de tu cumpleaños.

–Charles…

–De aquí a octubre lo tendremos todo resuelto, no te preocupes, Dawn. ¿La petición de mano tendré que hacerla ahora a tu tío Gerard Abercrombie o seguirá siendo lord FitzRoy tu tutor legal?

–Supongo que mi tío Hugh seguirá siendo mi tutor legal, pero… –miró hacia el círculo de piedra y vio que todo estaba a punto de empezar–. Acerquémonos a ver esto, ¿quieres? No me apetece seguir hablando de este tema.

–De acuerdo, pero dime una cosa –buscó sus ojos y ella asintió–. ¿Te casarás conmigo?

–Charly, por Dios…

–Aurora Alexandra Elizabeth Clara FitzRoy, ¿te casarás conmigo?

–Vamos… –se agarró de su brazo y lo hizo caminar hasta las banquetas de madera instaladas por el personal de los duques para sus distinguidos invitados.

–¡Hoy jugaremos con el tiempo, con el espacio, con la vieja magia, con la nueva ciencia, hoy, ladies and gentlemen, os enseñaré mi poder! –gritó monsieur Petrescu por encima de los murmullos y todo el mundo guardó silencio.

Aurora buscó con los ojos a su prima Rose, que estaba sentada a la diestra de las hermanas Etherington, y le sonrió, desvió la vista y se encontró a su tío y a sus primos de pie, observando la escena con incredulidad y un poco de burla, movió la cabeza y se topó de pronto con la mirada iracunda de su tía Frances, que le hizo un gesto para que se apartara de Charles Villiers, pero ella la ignoró y prestó atención al mago.

–Desde tiempos inmemoriales, desde los primeros hombres, este círculo ha estado cargado de magia, de poder, de alquimia, y hoy haremos desaparecer a mi ayudante delante de vuestros propios ojos…

–Dawn –Charles le cogió la mano disimuladamente y se inclinó para hablarle al oído–. ¿Cuándo te marchas a Elderslie?

–Mañana.

–¿Tan pronto? ¿Por qué?

–Si no quiero decidirme por un marido, tengo que irme en seguida. Es una buena opción.

–La mejor opción es hablar con tu tío ahora mismo –hizo amago de ponerse de pie, pero Aurora lo detuvo y le señaló el escenario donde una de las ayudantes del mago acababa de entrar en una caja de madera que estaban sellando con un montón de cadenas y candados–. No puedo permitir…

–Déjalo, ¿quieres? Cuando esté en Escocia…

–Puedo viajar contigo mañana.

–No, de eso nada.

–No pienso dejarte sola, no pienso pasar el verano separado de ti, ya bastante he hecho recorriendo Italia durante dos meses. ¿Quieres matarme? Todos parecéis estar en mi contra.

–Nadie está en tu contra, Charly, no seas niño.

–¿Que no sea niño? –la miró furioso y ella bufó.

–Deberías hablar con tu padre, Charles.

–¿Qué?

Oyó como la gente aplaudía muy asombrada al ver la caja, tras unos minutos de sortilegios y ceremonial, vacía, sin la ayudante por ninguna parte, y miró hacia allí intentando ignorar a su amigo, pero él insistió tanto que no le quedó más remedio que prestarle atención.

–¿Qué pasa? Háblame, Dawn. Háblame, por favor.

–Mi tía me ha dicho que piensan anunciar tu compromiso con Rose antes de que acabe el verano.

–Eso es una vil mentira.

–Repito, deberías hablar con tu padre.

–¿No habrás dado crédito a semejante embuste?

–Solo te estoy contando lo que me dijo.

–¿Qué más te dijo?

–Que tu familia jamás aceptaría un compromiso con alguien como yo.

–Eso es absurdo.

–Te aprecio muchísimo, Charly, nos conocemos desde niños, eres mi mejor amigo, solo deseo lo mejor para ti y creo que lo mejor para ti ahora es ir a Londres y aclarar tu situación con tus padres, comprobar si ya han firmado alguna propuesta de matrimonio en tu nombre, y después de eso hablaremos. No me moveré de Elderslie, te lo prometo.

–No puede ser, tú tienes que venir conmigo a Londres, hablaremos los dos…

–No, esto es algo que tienes que averiguar tú solo.

–Ladies and Gentlemen! –gritó otra vez Petrescu y Aurora soltó la mano de Charles, se apartó un poco de él y miró al frente–. Habéis sido testigos no de un simple truco de magia, sino de un proceso alquímico de viaje en el tiempo. ¿Alguien se atreve a probarlo en su propia carne?

–¿Viaje en el tiempo? –preguntó un caballero y el mago le hizo una reverencia–. Su ayudante está ahí mismo, detrás de usted…

–Claro, milord, ella ha ido y ha vuelto en unos segundos, el viaje en el tiempo no cuenta las horas y los minutos como nosotros, solo son instantes.

–Una patraña… –soltó alguien por ahí y todo el mundo se echó a reír, Aurora se sintió muy incómoda por el pobre monsieur Petrescu, que solo estaba haciendo su trabajo y se puso de pie.

–¿Milady? –preguntó él con su acento eslavo.

–¿Es inocuo? Quiero decir, ¿es inocuo viajar por el espacio tiempo?

–Espacio tiempo, un término muy exacto, milady, veo que está familiarizada con el concepto.

–He leído algunos libros y mis padres… –de repente se fijó en que todo el mundo la estaba mirando con atención y se sonrojó–. Mi padre era explorador y arqueólogo, un hombre de ciencia que, sin embargo, creía en la posibilidad del viaje en el tiempo.

–Su padre era un hombre sabio, lady…

–FitzRoy, Aurora FitzRoy.

–Encantado, milady, es un placer hablar con una mente abierta como la suya –se escucharon cuchicheos y risas ahogadas, pero Aurora no se sentó–. Y he de decirle que sí, efectivamente, el viaje en el tiempo es inocuo, yo mismo lo he probado muchísimas veces.

–¿Y adónde ha ido? –preguntó con sorna su primo Henry y todos le celebraron la gracia.

–Me temo que ese no es un tema para tratar en público, milord, aunque he escrito varios libros al respecto que usted puede leer cuando guste.

–En Oxford no creo que los encuentre.

–Tal vez se equivoque, milord. En fin… –dio una palmadita y miró a todo el público con una gran sonrisa–. ¿Alguien dispuesto a vivir un viaje por el espacio tiempo? ¿Nadie?

–Yo –dijo Aurora muy convencida y se encaminó hacia el círculo decidida, aunque Charles la intentó sujetar por la falda del vestido–. Será un honor, monsieur Petrescu.

–Una joven valiente, milady –le besó la mano muy educadamente y sus ayudantes abrieron la caja de madera forrada de terciopelo–. ¿Está preparada?

–Absolutamente.

–Adelante…

Le hizo un gesto con la mano para que subiera los cuatro escalones que la separaban de la caja y ella asintió, pero primero alzó la mirada y recorrió al público con atención. A saber, su tío y sus primos siguiendo la escena con una sonrisa, su prima Rose lloriqueando agarrada a la mano de su amiga Theresa Etherington, Charles de pie y con cara de preocupación, su tía Frances bufando de vergüenza e indignación. Era todo un espectáculo observarlos desde allí y miró las imponentes piedras de Stonehenge recortadas contra la oscuridad antes de entrar en la caja y recostarse con cuidado sobre un agradable y blandito fondo de seda.

–Cierre los ojos, respire hondo y déjese llevar, milady. Buen viaje –susurró monsieur Petrescu antes de bajar la cubierta de la caja.

Ella obedeció y cerró los ojos oyendo como las consabidas cadenas y los candados empezaban a cercarla con mucho escándalo. Era parte del espectáculo, pensó, decidida a disfrutar la experiencia, se cruzó de brazos y se durmió.

[1] Dawn es la versión inglesa del nombre latino de Aurora.

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