Читать книгу «Pirómano» онлайн полностью📖 — Chloe Hooper — MyBook.

La Unidad Antiincendios había establecido una base en la comisaría de policía de Morwell. El edificio, gris y moderno, más grande de lo que cabría esperar a tenor de la población de la región, estaba junto a la calle principal. Al igual que desde prácticamente cualquier otro punto de la población carbonera, desde las ventanas se veían las chimeneas de Hazelwood. En otros tiempos, la campana de la central eléctrica sonaba a las 7.30 y a las 16.30, y al oírla los hombres iban o volvían del trabajo. La mayoría de aquellos puestos de trabajo ya habían desaparecido. En el mejor de los casos, la central se encontraba ahora en una situación de crisis trepidante, y tras el incendio estaba rodeada por un paisaje extraterrestre. Cuando en aquellos baños impecables tiraban de la cadena, caía agua negra. Acostumbrados a enfrentarse a delitos de violencia familiar y abusos, los agentes de la policía local se encontraban ahora con personas que habían perdido sus casas y con los familiares de los desaparecidos, que aún no habían asimilado el golpe.

Una norma básica de la policía es que si sigues una cadena de pistas y no llegas a ninguna respuesta, vuelves al inicio. Cuatro días después del inicio del incendio, el miércoles 11 de febrero, con la esperanza de que se le hubiera pasado por alto algún indicio, el agente Adam Henry decidió visitar de nuevo la zona donde se había originado. El día antes se había subido a un helicóptero de la policía y había sobrevolado el valle para observar el recorrido del fuego. Ver que el suelo se le acercaba le provocaba una especie de vértigo, ya que apenas veinticuatro horas antes, el lunes, acompañado por el equipo forense, había estado visitando los lugares donde había muerto la gente. Había visto de cerca lo que había provocado el fuego. Ahora quería echar otro vistazo a la plantación.

Paul Bertoncello iba con él, y en el Land Cruiser sin marcas, pasando por una serie de turbinas de gas, plantas de manipulación de carbón, cables eléctricos y chimeneas, retrocedieron el camino hacia Churchill. Al acercarse a la población encontraron un cartel que indicaba el camino a la Universidad de Monash; había unas cuantas tiendas y un supermercado. No había mucho que ver; solo las casas, todas uniformes, tiznadas de gris por la ceniza y el humo.

En la plantación se encontraron con Ross Pridgeon, el investigador del Departamento de Sostenibilidad y Medio Ambiente. Henry les llevó más allá de la cinta policial, por entre los eucaliptos calcinados. La peste a humo llegaba a todas partes. Los hombres avanzaron por entre aquel paisaje negro, observando las dos zonas de ignición señalizadas. Las banderitas brillantes punteaban el hollín a modo de guirnalda festiva. En casi setenta y dos horas, era la primera vez que Bertoncello salía de la comisaría de Morwell, aparte de para dormir. El domingo anterior, mientras Henry se había dirigido directamente a aquella zona en coche, Bertoncello había recibido la orden de poner a punto la oficina para la Operación Winston en la sala de incidencias de la comisaría. Resultaba difícil no sentirse sobrecogido ante la dimensión de la devastación. Muy pronto aquel día acabaría siendo conocido como «Sábado Negro»: en el estado de Victoria habían ardido cuatrocientos incendios diferentes, produciendo el equivalente a 80.000 kilovatios de calor, o quinientas bombas atómicas.5 Enseguida Bertoncello fue aprendiendo todos los acrónimos relacionados con la gestión de emergencias. Contactando con el Centro de Control de Incidencias conoció al Equipo de Gestión de Emergencias y a otros doce departamentos con otras tantas iniciales, e intentó ir descubriendo quién hacía qué, para que la Unidad Antiincendios pudiera centrarse solo en la investigación criminal.

Ahora caminaba por entre los árboles calcinados, observando el suelo quemado, intentando pensar, solo pensar. Había un único camino de llegada y uno de salida. La primera línea de investigación, la más obvia, era localizar testigos, ir llamando a todas las puertas de la zona. Los que vivían cerca quizá tuvieran información sobre personas o coches desconocidos que hubieran podido ver el sábado. O quizá la primera dotación de bomberos hubiera visto algo. Ya estaba pensando en el próximo movimiento.

Bertoncello era un hombre alto y delgado de treinta y pocos años, absolutamente calvo, lo que acentuaba sus rasgos faciales y le daba —con razón— un aspecto de tipo cerebral. En su tiempo libre resolvía rompecabezas, sudokus y otros juegos de lógica. A veces se quedaba mirando fijamente durante dos o tres días uno de aquellos acertijos —algún problema tan inexplicable como aquel terreno calcinado— y no escribía nada; luego, en un momento dado, se le iluminaba la bombilla y encajaba las piezas. Todo cobraba sentido. No obstante, en este caso no podía ver en toda su magnitud los daños sufridos por las colinas circundantes: la topografía le limitaba la visión de toda aquella destrucción.

Mientras el helicóptero sobrevolaba aquel trozo de terreno, Adam Henry se había sentado junto al fotógrafo forense. Sobrevolando las zonas de origen de los incendios, Henry vio dos profundas zonas en V donde habían nacido los fuegos, y la ceniza alejándose hasta el horizonte. Unas formas extrañamente sensuales se desplegaban bajo sus pies cuando volaban bajo sobre barrancos, hendiduras y salientes, dejando a la vista casas arrasadas, animales salvajes y de granja, las carcasas de los tractores y demás equipo de granja, vallas quemadas y ganado libre por las carreteras cubiertas de escombros, comiéndose los últimos vestigios de verde.

El agente le indicó al fotógrafo cada rectángulo de tierra quemada que había que documentar. Viendo las escenas de muerte que había investigado veinticuatro horas antes, era un ejercicio de omnipresencia, pero sin ningún poder divino para intervenir.

Desde el aire, algunas casas parecían como si les hubieran pelado su capa más externa. En una, el tejado había desaparecido, dejando un patrón de huellas de ceniza. Los espacios en los que la familia había dormido, comido o donde se había lavado estaban delineados en blanco y negro. Vistas desde arriba, las habitaciones eran como las cavidades de un corazón. Había que hacer un gran esfuerzo mental para presenciar todo aquel horror y no preguntarse una y otra vez, casi como un reflejo: ¿Por qué? ¿Quién?

Pese a todo lo que pudiera decir la ciencia, Adam Henry sabía que la piromanía era un delito del que la Unidad Antiincendios —como cualquiera— sabía muy poco. A mediados del siglo xix, se consideraba que era «una propensión morbosa al incendiarismo, en la que la mente, por lo demás sana, siente un impulso intangible para cometer este delito que hoy en día es reconocido por el público en general como una clara forma de locura».6

A lo largo de los setenta y cinco años de historia de la Biblia de la salud mental, el famoso Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, la clasificación de la piromanía ha ido adquiriendo o perdiendo reconocimiento, y entrando y saliendo de las páginas de las diferentes ediciones. En la actualidad, de la multitud de personas que provocan incendios de manera deliberada, solo unos cuantos sienten «fascinación, curiosidad y atracción por el fuego», acompañadas de «placer y alivio al prender fuego». Hoy en día se cree que esta conducta tiene más que ver con la sección del Manual... sobre disrupción en el control de los impulsos y trastornos de conducta. La tendencia de un individuo hacia lo antisocial y la tremenda falta de control. A lo largo de los años, diversas entidades han intentado establecer criterios para clasificar a los pirómanos. Pero la mayoría de los estudios internacionales se centran en el acto de incendiar a propósito casas, coches y edificios más que en los incendios forestales, una forma de incendio provocado que pese a no ser exclusiva de Australia, parece ser una especialidad en el país. De los incendios forestales declarados en este país, el 37 % se clasifican como sospechosos, y el 13 % como provocados (frente al 35 % de incendios accidentales, el 5% de incendios debidos a causas naturales y otro 5% debido a reigniciones o incendios satélites. El resto quedan englobados en la categoría «otras causas»).7

Adam Henry conocía las hipótesis básicas del FBI y de otros sistemas de clasificación, y era consciente de que algunas eran más complicadas que otras. Un modelo reconocido usaba esta ecuación para explicar la conducta: incendiarismo = g1 + g2 + e, donde [e = c + cf + d1 + d2 +d3 + f1 + f2 + f3 + rex+ rin].8

Lo que solía dar esta suma era que con mayor frecuencia los incendiarios eran varones; que la mayoría estaban sin empleo o tenían una historia laboral complicada; que en muchos casos procedían de entornos sociales marginales, algunos con historias familiares de patologías, adicciones o abuso físico; y muchos presentaban una baja capacidad de interacción social o interpersonal. Era un perfil plausible, pero no muy diferente del de muchos delincuentes no pirómanos. En otras palabras, prácticamente inútil.

La Unidad Antiincendios era consciente de que en los territorios de frontera entre el entorno urbano y rural había más incendios provocados: lugares en los que el alto desempleo juvenil, los casos de abuso infantil, abandono y dependencia intergeneracional y el escaso transporte público coincidían con los límites del monte, de los eucaliptos. Y eso describía bastante bien gran parte de las poblaciones del valle de Latrobe.

Si vives en Morwell, tienes el triple de posibilidades de convertirte en un parado de larga duración con respecto a la media del estado (el 22 % de los niños viven en familias de desempleados). El índice de niños en residencias de acogida es el más alto del estado de Victoria, igual que el índice de delitos cometidos en presencia de niños. La probabilidad de ser víctima de violencia doméstica es 2,6 veces mayor, y el índice de abusos a menores es el triple de la media. Todas ellas, estadísticas que ocultan tanto como lo que revelan.9

Tres días después del viaje en helicóptero de Henry, la policía local arrestó a un hombre que encontraron sucio, con el pelo desgreñado, acusado de 83 delitos de incesto. Las pruebas de ADN demostraron que había tenido cuatro hijos con su propia hija.

La zona que había sobrevolado Henry estaba llena de lo que parecían haber sido casas de campo con relativa tranquilidad. Así era la vida allí: un remanso de paz donde vivía gente feliz a poca distancia de personas atormentadas. El helicóptero giró, y los árboles se convirtieron en diagonales calcinadas, y a cada viraje las montañas iban mostrando los daños sufridos para su inspección.

Henry se había criado en el campo. Conocía el cosquilleo que se siente cuando se está a solas en el monte. Sin testigos que puedan dar cuenta de lo bueno o lo malo que hagas: la soledad te da licencia. En un camino de montaña solitario, ¿qué puede impedir que alguien tire una cerilla encendida al suelo, o que se asome por la ventanilla del coche con un encendedor de barbacoa? Henry observó la extensión negra bajo sus pies y pensó que el pirómano podía haber sido cualquiera.

Desde el aire, en las proximidades de los puntos de origen de los incendios, el agente había observado algo raro en el patrón que reflejaba la tierra quemada. Aunque al principio el fuego se había extendido desde la plantación de eucaliptos hacia el sureste, en el helicóptero se había dado cuenta de que también había zonas calcinadas al norte de los puntos de ignición, más allá de aquellos pinos de California intactos, y se había preguntado si podía haber un tercer incendio provocado, si después de prender los dos primeros, el pirómano había seguido adelante.

Ahora él, Bertoncello y Pridgeon iban a poner a prueba la teoría. Recorrieron una pista de acceso que atravesaba la plantación de pinos y aparcaron cerca del lecho seco de un arroyo. Desde allí caminaron hacia la zona que Henry había observado. Los árboles aún humeaban, tanto los caídos como los que seguían de pie. El sotobosque, compuesto de maleza, hierbas altas y zarzas, estaba teñido de negro o desprovisto de su color natural; las hojas estaban acartonadas y se rompían al tacto. Los hombres volvieron a buscar señales de la cabeza del incendio para ver si conseguían determinar el camino que había seguido el pirómano.

Pridgeon escribió en su cuaderno: «No puede haber demasiados puntos de ignición, ya que el comportamiento del fuego sería extremo. Es decir, habría que salir con rapidez de la zona». El sábado había sido un día de alerta tan elevada que tal vez el pirómano sabía que los trabajadores de la plantación estarían haciendo rondas de vigilancia, y que el Servicio Nacional Antiincendios acudiría muy pronto. En el límite del bosque de eucaliptos flotaría el intenso olor del aceite de los árboles. Si en ese ambiente explosivo lo que se olía era gasolina, uno habría echado a correr. Quizá eso fuera parte de la emoción, pero tratándose de un fuego tan peligroso, de haber encendido múltiples focos, el maníaco corría el riesgo de quedar atrapado.

Allí de pie, rodeado de pinos quemados, Bertoncello había observado una granja en lo alto de una colina, hacia el este. La casa parecía intacta, como si hubiera aterrizado en un planeta negro.

Mientras Henry y Pridgeon seguían buscando señales de un fuego de costado o de uno frontal, él decidió hacer una visita a los dueños de la casa. Quería preguntarles si habían estado en casa el sábado hacia la una y media de la tarde y si la zona sospechosa se había incendiado entonces, o si el fuego había llegado al cambiar de rumbo, con el cambio de viento de las seis.

Mientras ascendía por la escarpada ladera, percibió un olor diferente. No a madera quemada; algo acre. El olor de material de construcción quemado. Lo había olido con anterioridad, en sus primeros años como policía, cuando tenía que acudir a incendios domésticos, y muchas veces más en los seis meses que llevaba en la Unidad Antiincendios.

La semana anterior, Bertoncello había estado trabajando en Morwell, asistiendo al Grupo Ignis en la investigación del reciente incendio de Delburn, una serie de ocho incendios provocados, tres de los cuales se habían unido y habían ardido sin control. Aquello se había convertido en un incendio enorme: hasta el sábado, el peor del estado en muchos años. Habían ofrecido 100.000 dólares australianos de recompensa —una gran cantidad para la zona— por cualquier información que propiciara una detención. Los agentes del Grupo Ignis habían encontrado un sospechoso en las proximidades de seis de los fuegos de Delburn. Sabían que ese hombre no era el responsable del incendio de Churchill porque ese sábado había estado vigilado. Eso suponía un sospechoso menos, pero en la comisaría de Morwell el teléfono no había parado de sonar, con llamadas de los lugareños dando indicios sobre otros posibles candidatos.