Читать книгу «David Copperfield» онлайн полностью📖 — Charles Dickens — MyBook.
image

Cuanto terminaron el trabajo, las dos muchachas, cuyos nombres no había oído, se cepillaron y arreglaron un poco y entraron en la tienda para ponerla en orden y esperar a la parroquia. Minnie continuó allí doblando lo hecho y colocándolo en dos cestas. Lo hacía arrodillada, murmurando entretanto una canción ligera. Joram, que sin duda era su enamorado, entró de puntillas y le robó un beso sin preocuparse de mi presencia. Después le dijo que su padre había ido a buscar el coche y que él iba a prepararse en un momento. Se fue; ella se guardó el dedal y las tijeras en el bolsillo, prendió cuidadosamente en su pecho una aguja enhebrada con hilo negro y se arregló con coquetería ante un espejito que había detrás de la puerta, en el que vi reflejarse su rostro satisfecho.

Yo lo observaba todo sentado en una esquina de la mesa, con la cabeza apoyada en mis manos, y mis pensamientos versaban sobre las cosas más dispares. El coche llegó pronto, y lo primero que colocaron en él fue las dos cestas; después me metieron a mí, y ellos tres me siguieron. Recuerdo que era una especie de carro como los que utilizan para llevar pianos. Estaba pintado de un color oscuro y lo arrastraba un caballo negro con la cola muy larga. Había sitio de sobra para todos nosotros.

Ahora me parece que nunca he experimentado un sentimiento más extraño en mi vida (quizá es que ya soy viejo) que el que sentía entonces observando lo contenta que estaba aquella gente después del trabajo que habían terminado. No estaba enfadado con ellos, pero me producían una especie de miedo, como si fueran seres de otra casta que no tuvieran nada en común conmigo. Estaban muy alegres. El anciano, sentado delante, conducía, y los dos jóvenes, cuando él les hablaba, se inclinaba cada uno por un lado de su alegre rostro prestándole mucha atención. También hubieran querido hablar conmigo; pero yo continuaba de espaldas en mi rincón; me molestaba su alegría y su amor, aunque no eran demasiado ruidosos, y casi me admiraba de que Dios no castigara su dureza de corazón.

Cuando se detuvieron para dar pienso al caballo, también comieron y bebieron alegremente ellos; yo no pude tocar nada de lo que me ofrecían, y cuando ya estuvimos cerca de mi casa me bajé apresuradamente del coche por detrás, para no llegar en semejante compañía ante aquellas ventanas que ahora me parecían ciegas como ojo,,, cerrados y antes luminosos.

¿Cómo podía haber dudado de que me volvieran las lágrimas al mirar la ventana del cuarto de mi madre, y a su lado aquella otra que en mejores tiempos había sido mía?

Antes de llegar a la puerta ya estaba en brazos de Peggotty. Su pena estalló al verme, pero se dominó. Hablaba en un susurro, y andaba suavemente, como si temiera molestar a los muertos. No se había acostado hacía mucho tiempo, y aún seguía en vela por las noches, pues mientras estuviera su niña querida en la casa decía que no era capaz de abandonarla.

Míster Murdstone ni siquiera se percató de mi llegada cuando entré en la habitación en la que estaba sentado al lado del fuego, llorando en silencio. Miss Murdstone, muy ocupada en su escritorio, que tenía cubierto de cartas y papeles, me tendió la punta de sus dedos, preguntándome en tono glacial si me habían tomado medida para el luto.

-Sí -le dije.

-Y tu ropa -dijo-, ¿la has traído?

-Sí, señora; lo he traído todo.

Este fue el único consuelo que su firmeza me administró. Estoy seguro de que sentía un verdadero placer en exhibir, en aquella ocasión, lo que ella llamaba su presencia de espíritu y su firmeza y su fuerza de voluntad y su sentido común y todo el diabólico catálogo de sus antipáticas cualidades. Estaba particularmente orgullosa de su disposición para los negocios, y ahora lo demostraba reduciéndolo todo a pluma y tinta, y sin dejarse conmover por nada. El resto del día, y desde la mañana a la noche de los que siguieron, estuvo en su pupitre sin dejar de escribir con una pluma dura, hablando en el mismo tono imperturbable a todo el mundo, y sin que un solo músculo de su cara se inmutara, una suavidad en su tono de voz apareciera, ni un átomo de su indumento se desarreglara.

Su hermano a veces cogía un libro; pero estoy convencido de que no lo leía. Lo abría y miraba las letras como si lo leyera; pero permanecía durante horas enteras sin volver una hoja; después lo dejaba y se paseaba de arriba abajo por la habitación. Yo permanecía sentado con las manos cruzadas, mirándole y contando sus pasos hora tras hora.

Muy rara vez hablaba a su hermana, y a mí nunca. Era lo único que se movía (él y el reloj) en la absoluta inmovilidad de la casa.

En aquellos días, antes del funeral, vi muy poco a Peggotty, excepto cuando subía al otro piso, que me la encontraba en la habitación donde mamá y su nene reposaban, y por las noches, que venía a mi cuarto y se sentaba allí hasta que me dormía. Un día o dos antes del funeral (presumo que era un día o dos antes, pero creo que los días se confundían en mi memoria en aquella triste época, cuando nada marcaba el progreso del tiempo) me hizo entrar con ella en la habitación en que estaba mi madre, y ahora sólo recuerdo que bajo un lienzo blanco que cubría su lecho, de una blancura deslumbrante, como todo lo que le rodeaba, parecía estar allí tendido y personificado el solemne silencio que reinaba en la casa, y sé que cuando Peggotty quiso levantar suavemente aquel lienzo yo grité: «¡Oh, no, no!», deteniendo su mano.

Si el entierro hubiera sido ayer, no lo recordaría mejor. El aspecto solemne del salón cuando entré; lo brillante del fuego, el vino que brillaba en las jarras, la forma de los vasos, de los platos; el dulce perfume del bizcocho, el olor de la ropa de miss Murdstone y de nuestros trajes de luto.

Allí estaba míster Chillip y se acercó a hablarme.

-¿Cómo estás, Davy? -me dijo con bondad.

Yo no podía contestarle que muy bien y le alargué mi mano, que retuvo entre las suyas.

-¡Pobrecillo! -me dijo sonriendo dulcemente y con los ojos húmedos- Nuestros amiguitos crecen a nuestro alrededor; pronto no los reconoceremos. ¿Verdad, señora? -dijo dirigiéndose a miss Murdstone, que no le contestó.

-Y a lo que parece aprovechamos el tiempo, ¿no es así, señora? -insistió míster Chillip.

Miss Murdstone sólo le contestó con un frío saludo, y míster Chillip, desconcertado, se fue a un rincón, llevándome consigo y sin volver a desplegar los labios.

Observo esto porque lo observo todo; pero no me interesa lo más mínimo desde que he vuelto a casa. Ahora las campanas empiezan a sonar, y míster Omer, con otros empleados, empieza a prepararlo todo, todo, como cuando hacía mucho tiempo (Peggotty me lo había contado) se llevaron a mi padre a aquella misma tumba, después de prepararle en la misma habitación.

Somos pocos: nada más míster Murdstone, nuestro vecino Graypper, míster Chillip y yo. Cuando llegamos a la puerta los de la funeraria están ya con su carga en el jardín y van delante de nosotros por el sendero, debajo de los árboles. Pasan la verja y entran en el cementerio, donde tan a menudo he oído cantar a los pájaros en las mañanas de verano.

Rodeamos la tumba. El día me parece distinto de todos los demás días y la luz de otro color, de un color más triste, y hay allí un silencio solemne, que a mí me parece que lo hemos traído de casa con el féretro; y mientras estamos de pie, descubiertos, oigo la voz del clérigo, resonando remota en el aire libre, que dice claramente: «Yo soy la resurrección y la vida, dice el Señor». Oigo sollozos, y apartada entre los curiosos veo a la buena y fiel criada, la persona para mí más querida de todos los que quedan en la tierra y a la que en mi infantil corazón estoy seguro de que Dios dirá un día: « Has hecho bien»

Hay muchos rostros conocidos entre la gente aquella, rostros que recordaba de la iglesia cuando sicmpre miraba alrededor, rostros que habían sido los primeros en ver a mi madre cuando llegó a la aldea en todo el esplendor de su joven belleza. No me ocupo de ellos; sólo pienso en mi pena, y, sin embargo, veo y reconozco a todos; hasta allá en el fondo, muy lejos, veo a Minnie lanzando miradas a su enamorado, que está cerca de mí.

Todo ha terminado, y volvemos a casa, que se alza ante nosotros tan bonita como siempre, no ha cambiado; pero está tan unida en mi pensamiento con la idea de lo que ya no existe, que toda mi pena no es nada en comparación a lo que siento ahora. Míster Chillip me lleva, me habla y me hace beber un poco de agua, y cuando le pido permiso para retirarme se despide de mí con dulzura de mujer.

Todo esto, lo repito, es para mí como si hubiera sucedido ayer. Sucesos de fecha más reciente han huido de mi pensamiento, y he olvidado cosas que más tarde quizá reaparecerán; pero esto continúa inmóvil ante mí como una gran roca en el océano.

Sabía que Peggotty vendría a buscarme. La quietud del momento (el día debía de ser domingo, pero lo he olvidado) nos era favorable. Se sentó a mi lado, encima de mi cama, y cogiendo mi mano, que de vez en cuando llevaba a sus labios y a veces acariciaba con las suyas como hubiera podido hacer para consolar a mi hermanito, me contó a su manera todo lo que tenía que contarme concerniente a los últimos sucesos.

-Desde hacía mucho tiempo no estaba nunca bien —dijo Peggotty-; su espíritu estaba atormentado y no era feliz. Cuando nació su niño pensé que eso le curaría; pero, por el contrario, estaba cada vez más triste. Antes del nacimiento de su hijo le gustaba quedarse sola y llorar; pero después se acostumbró a cantarle, y lo hacía con una voz tan dulce, que más de una vez, al escucharla. pensaba que era como una voz en el aire que subía hacia el cielo. Cada vez se volvía más tímida y más asustadiza, y al final una palabra dura era como un golpe para ella; pero conmigo siempre fue la misma. ¡Nunca cambió con su loca Peggotty la dulce niña!

Aquí Peggotty se detuvo y acarició dulcemente mi mano durante un momento.

-La última vez que la he visto como en sus buenos tiempos fue la tarde de tu llegada, hijo mío. El día de tu partida me dijo: «Nunca volveré a ver a mi niño querido; algo me lo asegura, y es la verdad, lo sé». Hacía lo posible por sostenerse, y en muchas ocasiones, cuando le reprochaban su aturdimiento y su carácter ligero, hacía como que lo creía; pero ya hacía tiempo que aquello había pasado. Nunca le había dicho a su marido lo que me había dicho a mí; le asustaba hablar de ello; por fin, una noche, una semana antes, le dijo: «Querido, creo que me muero». « Ahora tengo el espíritu en reposo, Peggotty -me dijo al acostarla aquella noche-. El pobre hombre se irá haciendo a la idea durante varios días y después se le pasará pronto. Estoy tan cansada; si es sueño, siéntate a mi lado mientras duermo, no me dejes. ¡Que Dios bendiga a mis dos niños y proteja y conserve a mi niño sin padre! » Después ya no la abandoné un momento -siguió Peggotty-. Ella hablaba a menudo con ellos dos, porque los quería: no podía vivir sin amar a los que la rodeaban; pero cuando la dejaban sola siempre se volvía hacia mí, como si sólo encontrara reposo donde Peggotty estaba, y nunca se dormía de otro modo. La última noche, por la tarde, me besó y me dijo: « Si mi nene muriera también, Peggotty, te ruego que le pongas en mis brazos y nos entierren juntos». Y es lo que se ha hecho, porque el pobre angelito sólo vivió un día más que ella. « Que mi querido Davy nos acompañe al lugar de reposo —dijo-, y dile que su madre, en el lecho de muerte, lo ha bendecido y no una vez, mil veces.»

Otro silencio siguió -a esto, y de nuevo Peggotty acarició dulcemente mi mano.

-Estaba ya muy adelantada la noche -prosiguiócuando pidió de beber, y después me dirigió una sonrisa tan dulce, ¡estaba tan hermosa!… Amanecía, y el sol se levantaba cuando me dijo lo cariñoso y bueno que mister Copperfield había sido siempre para ella, y tu paciente que era, y cómo le decía, cuando dudaba de sí misma, que un corazón amante valía más que la sabiduría y que él era el hombre más feliz a su lado… « Peggotty, querida mía -dijo después-, acércate más (estaba muy débil), pasa tu brazo por mi cuello y vuélveme hacia ti; tu rostro parece que se aleja y quiero verlo cerca.» Hice lo que pedía, y, ¡oh Davy!, se cumplía lo que yo había dicho una vez. Apoyó su dulce cabecita en el brazo de esta necia Peggotty. Y murió como un niño que se duerme.

Así terminó el relato de Peggotty. Desde el momento en que supe la muerte de mi madre, la idea de lo que había sido últimamente desapareció por completo para mí, y desde aquel instante la recuerdo como la madre joven de mis primeros años, la que enrollaba sus bucles en los dedos y bailaba conmigo por la noche en la sala. Lo que Peggotty me contaba, en lugar de recordarme el último período, confirmaba en mi espíritu la primera imagen; podrá ser extraño, pero es la verdad. En un instante había vuelto a mis ojos su tranquila juventud, borrando todo el resto.

La madre que descansaba en la tumba era la madre de mis primeros años, y la criaturita que tenía en sus brazos era yo como estaba en mi infancia, sólo que ahora me estrechaba ya en ellos para siempre.

1
...
...
31