Читать книгу «David Copperfield» онлайн полностью📖 — Charles Dickens — MyBook.
image

-No, Peggotty -contestó mama-; pero insinúas, que es lo que te decía precisamente ahora. Es tu lado malo. Insinúas. Hace un momento te he dicho que te comprendía, y ya lo ves. Cuando te refieres a las buenas intenciones de míster Murdstone, pretendiendo despreciarlas (pues dentro de tu corazón realmente no lo sientes), estás tan convencida como yo de lo buenas que son, en todo y para todo. Y si te parece que es algo severo con cierta persona (tú comprendes, y Davy también que no hablo de nadie presente), es únicamente porque está convencido de que es beneficioso para ella. Él, como es natural, quiere mucho a esa persona por cariño a mí y obra únicamente por su bien. Él es más capaz de juzgar que yo, pues demasiado sé que soy una criatura joven, débil y delicada, mientras que él es un hombre firme, serio y grave. Y, además, que se toma -dijo mi madre, con el rostro inundado de lágrimas afectuosas-, que se toma muchos trabajos por mí. Yo debo estarle muy agradecida y someterme a él aun en mis pensamientos; y cuando no lo hago, Peggotty, me lo reprocho, me condeno y hasta dudo de mi corazón, y no se ya que hacer.

Peggotty, con la barba apoyada en el pie de la media, miraba al fuego en silencio.

-Vamos, Peggotty -dijo mi madre cambiando de tono-, no nos enfademos, no lo podría soportar. Eres mi única amiga, ya lo sé; no tengo otra en el mundo. Y cuando te llamo criatura ridícula o insoportable, o cualquier otra cosa por el estilo, sólo quiero decirte que eres mi verdadera amiga, que siempre lo has sido, siempre, desde la noche en que míster Copperfield me trajo por primera vez a esta casa y tú saliste a la verja a recibirme.

Peggotty no tardó en responder y ratificar el tratado de amistad dándome su más fuerte abrazo. Pienso que ya entonces comprendía yo algo del verdadero sentido de aquella conversación; pero ahora estoy seguro de que esa excelente criatura la había provocado y sostenido únicamente para dar motivo a mi madre de consolarse contradiciéndola.

Si era ese su designio, fue eficaz, pues recuerdo que mi madre pareció más tranquila durante el resto de la velada, y Peggotty la miraba menos.

Después de tomar el té, cuando se reanimó el fuego y se encendió la luz, leí a Peggotty un capítulo del libro de los cocodrilos, en recuerdo de los antiguos tiempos. Peggotty sacó el libro del bolsillo; no sé si lo tendría allí desde que me marché. Después estuvimos hablando otra vez de Salem House, lo que me llevó a hablar también de Steerforth de nuevo, tema para mí inagotable. Éramos muy dichosos, y aquella noche, la última en su género y destinada a cerrar para siempre un capítulo de mi vida, nunca se borrará de mi memoria.

Eran casi las diez cuando oímos el ruido de las ruedas del coche. Todos nos levantamos precipitadamente, y mi madre nos dijo que, como era muy tarde y a míster y miss Murdstone les gustaba que los niños se acostasen temprano, lo mejor era que me fuese a la cama. La besé y subí con la luz a mi cuarto antes de que llegaran. Me parecía, en mi infantil imaginación, mientras subía al cuarto en que había estado prisionero, que traían consigo un soplo de aire helado, que se llevaba la felicidad y la intimidad de nuestro cariño lo mismo que una pluma.

A la mañana siguiente estaba muy preocupado con la idea de bajar a desayunar, pues desde el día de la ofensa mortal no había vuelto a ver a míster Murdstone. Sin embargo, no tenía más remedio que hacerlo, y después de bajar dos o tres veces y volverme a meter corriendo en mi alcoba, me decidí y entré en el comedor.

Míster Murdstone estaba de pie ante la chimenea y de espaldas a ella. Miss Murdstone estaba haciendo el té. Él me miró fijamente al entrar, como si no me conociera.

Después de un momento de confusión y dudas me acerqué a él diciendo:

-Le pido a usted perdón; estoy muy triste de lo que hice, y espero que me perdone.

-Me alegro de que te disculpes, Davy -me dijo.

La mano que me tendía era la del mordisco, y no pude por menos de lanzar una mirada a la marquita roja; pero no era tan roja como yo me puse al ver después la siniestra expresión de su mirada.

-¿Cómo está usted? —dije a miss Murdstone.

-¡Ah, Dios mío! -suspiró ella, alargándome las pinzas del azúcar en lugar de sus dedos-. ¿Cuánto duran las vacaciones?

-Un mes, señora.

-¿A contar desde cuándo?

-Desde hoy mismo, señora.

-¡Ah! —exclamó miss Murdstone-, entonces ya es un día menos.

Marcó en un calendario el tiempo que duraban, y cada mañana tachaba un día exactamente de la misma manera.

Lo hacía con tristeza hasta que llegaron a diez; desde entonces, el ver dos cifras le hizo recobrar la esperanza, y al final estaba casi alegre.

Desde el primer momento tuve la desgracia de ponerla (a ella, que no estaba, por lo general, sujeta a esas debilidades) en un estado de violenta consternación. La cosa fue que entré en la habitación en que estaba con mi madre y el niño. El niño solamente tenía unas semanas. Mi madre tenía el niño en sus rodillas, y yo le cogí con cariño en mis brazos. De pronto miss Murdstone lanzó tal grito de espanto, que estuve a punto de dejarlo caer al suelo.

-Jane, ¿qué tienes? —exclamó mi madre.

-¡Dios mío, Clara! ¿Pero no lo ves? -exclamó miss Murdstone.

-¿Qué es lo que ves, querida? -dijo mi madre-. ¿Dónde?

-¡Que lo ha cogido! ¡Que David tiene al niño!

Estaba lívida de horror; pero se reanimó para precipitarse sobre mí y arrancarme al niño de los brazos. Después se puso mala, tan mala que tuvo que tomar una copa de brandy de Jerez. Desde aquel momento me fue solemnemente prohibido por ella el tocar a mi hermano bajo ningún pretexto; y mi pobre madre, que yo me daba cuenta no era de su opinión, confirmó dulcemente la orden diciendo:

-Sin duda tienes razón, Jane.

En otra ocasión, estando los tres juntos, también el pobre nene, que me era tan querido a causa de mi mamá, fue la inocente causa de la cólera de miss Murdstone. Mi madre había estado mirando los ojos de su niño teniéndole en sus brazos, y después me llamó.

-Ven, Davy -y me miró a los ojos.

Vi que miss Murdstone dejaba la cuenta que engarzaba.

-Realmente -dijo mi madre con dulzura-, son exactamente iguales. Deben de ser los míos; creo que son del color de los míos, porque son exactamente iguales.

-¿De quién estás hablando, Clara? -preguntó miss Murdstone.

-Jane -balbució mi madre un poco avergonzada de la dureza del tono con que le preguntaba-. Encuentro que los ojos del nene y los de Davy son absolutamente iguales.

-¡Clara! -dijo miss Murdstone levantándose con cólera-. ¡Algunas veces parece que estás loca!

-¡Mi querida Jane! -reprochó mi madre.

-Verdaderamente loca —dijo miss Murdstone-. Si no, ¿cómo se te iba a ocurrir el comparar al niño de mi hermano con tu hijo? No se parecen en nada. Son completamente distintos, diferentes en todo, y espero que así seguirá siendo siempre. Me voy de aquí. No quiero seguir oyéndote hacer semejantes comparaciones.

Y diciendo esto, salió majestuosamente, dando un portazo.

En una palabra, a miss Murdstone no le caía en gracia, mejor dicho, no le caía a nadie, ni aun a mí mismo, pues los que me querían no podían demostrármelo, y los que no me querían me lo demostraban tan claramente, que me hacían tener la dolorosa conciencia de que era siempre torpe, antipático y necio.

Me daba cuenta de que ellos sentían el mismo malestar que me hacían sentir. Si entraba en la habitación donde estaban hablando y mi madre parecía contenta, un velo de tristeza cubría su rostro en cuanto me veía. Si míster Murdstone estaba de buen humor, se le cambiaba. Si miss Murdstone estaba en el suyo, malo de costumbre, se le acrecentaba.

Yo me daba bastante cuenta de que mi madre era siempre la víctima y de que no se atrevía ni a hablarme con cariño, por miedo a que ellos se ofendieran y después le riñesen. Constantemente le preocupaba el miedo a ofenderlos o de que yo los ofendiera, y en cuanto me movía sus miradas interrogaban con temor. En vista de ello, resolví separarme de su camino en todo lo posible. ¡Y cuántas horas de invierno he oído sonar la campana de la iglesia, sentado en mi triste habitación, envuelto en mi batín de casa, inclinado sobre un libro!

Por la noche algunas veces iba a sentarme a la cocina con Peggotty. Allí estaba en mi casa, sin miedos y riendo; ¡allí podía ser yo mismo! Pero ninguno de estos dos recursos fue aprobado por los hermanos Murdstone. Al sombrío carácter que dominaba allí le molestaba todo, y al parecer todavía creían que era yo necesario para la educación de mi pobre madre y, por lo tanto, no quisieron consentir mi ausencia.

-David -me dijo un día míster Murdstone después de la comida, cuando yo me marchaba como de costumbre-, me apena el observar que seas tan huraño.

-Huraño como un oso -dijo miss Murdstone.

Yo me detuve y bajé la cabeza.

-Y has de saber, David, que esa es una de las peores condiciones que puede tener nadie.

-Y este chico la tiene de lo más acentuado que he visto nunca -observó su hermana-; es terco y voluntarioso. Supongo, querida Clara, que tú también lo habrás observado.

-Perdóname, Jane -dijo mi madre-; pero ¿estás segura (y me dispensarás lo que voy a decirte), estás segura de que entiendes a Davy?

-Me avergonzaría de mí misma, Clara -repuso mi Murdstone-, si no comprendiera a este niño, o a cualquier otro. No presumo de profundidad; pero creo que tengo sentido común.

-Sin duda, mi querida Jane; tu inteligencia es grande.

-¡Oh no, querida! Te ruego que no digas eso, Clara- dijo miss Murdstone con cólera.

-Pero si estoy segura de ello -repuso mi madre-; todo el mundo lo sabe, y yo misma me aprovecho de ella a todas horas; así que nadie puede estar más convencida, y cuando estás delante sólo hablo con terror, te lo aseguro, mi querida Jane.

-Bien; supongamos que yo no entiendo al chico, Clara -repuso miss Murdstone, arreglándose las cadenas que adornaban sus puños-. De acuerdo, si te parece, en que no lo comprendo. Es demasiado profundo para mí; pero quizá la inteligencia penetrante de mi hermano haya sido capaz de formarse alguna idea del carácter del niño, y creo que estaba hablando de ello cuando nosotras, muy descortésmente, le hemos interrumpido.

-Creo, Clara -dijo mister Murdstone en voz baja grave-, que en este asunto puede haber jueces mejor y más desapasionados que tú.

-Edward -replicó mi madre tímidamente-, tú en todas las cuestiones juzgas mejor que yo, y tu hermana también; solamente decía…

-Solamente decías algo inútil a irrefexivo -repuso él-. Trata de no volver a hacerlo, querida Clara, y de dominate mejor.

Los labios de mi madre se movieron como si contestaran «Sí, mi querido Edward»; pero no llegaron a pronunciar palabra.

-Me apena, David, el observar -repitió mister Murdstone, volviéndose hacia mí- que seas tan huraño. Yo no puedo consentir que un carácter así se desarrolle delante de mis ojos sin hacer un esfuerzo para corregirlo. Trata, por lo tanto, de cambiar, si no quieres que tratemos nosotros de cambiarte.

-Dispénseme usted, mister Murdstone; pero le aseguro que ni por un momento he tenido la intención de ser, desde mi llegada, como usted dice.

-No te refugies en la mentira -me contestó tan irritado, que vi a mi madre extender involuntariamente su mano como interponiéndose-. Tu mal humor te ha hecho retirarte a tu habitación, y allí te has pasado horas enteras, cuando debías haber estado aquí. Ya sabes de una vez para siempre, te lo ordeno, que tienes que estar aquí. Además, exijo que seas obediente en todo. Ya me conoces, David; cuando quiero una cosa, esa cosa ha de hacerse.

Miss Murdstone lanzó un suspiro de satisfacción.

-Y además exijo respeto y prontitud en obedecerme, y lo mismo respecto a mi hermana y respecto a tu madre. No quiero que un chiquillo huya de nuestro lado como si hubiera peste. Siéntate.

Me hablaba como a un perro, y yo le obedecía como un perro.

-Además, otra cosa -prosiguió-. He observado que te atraen las compañías vulgares. No quiero que te juntes con los sirvientes. La cocina no mejorará en nada tus defectos. De la mujer que te sostiene allí no digo nada; hasta tú, Clara -dijo dirigiéndose a mi madre en voz más baja-,tienes una debilidad por ella, formada por antiguas costumbres e ideas que todavía no has abandonado.

-¡La más incomprensible de las aberraciones!-exclamó miss Jane.

-Solamente digo -resumió él, dirigiéndose a mí de nuevo- que desapruebo tu afición a la compañía de Peggotty y que debes desistir de ella. Ahora, David, creo que me has comprendido y que sabes las consecuencias si no me obedeces al pie de la letra.

Lo sabía, ¡vaya si lo sabía!, mejor quizá de lo que él pensaba, sobre todo en lo que se refería a mi madre, y le obedecí al pie de la letra. No volví a quedarme solo en mi habitación, ni a buscar consuelo en Peggotty; permanecía sentado tristemente con ellos un día tras otro, deseando que llegara la noche para irme a la cama.

¡Qué cruel tortura era para mí estar allí sentado en la misma actitud horas y horas, sin atreverme a mover un brazo ni una pierna, para que miss Murdstone no pudiera quejarse, como lo hacía con cualquier pretexto, de mi movilidad, y tampoco me atrevía a levantar la vista, por temor de encontrarme con alguna mirada de desagrado o escudriñadora que buscase en mis ojos nuevas causas de queja! ¡Qué intolerable aburrimiento era el estar sentado escuchando el tictac del reloj y viendo cómo miss Murdstone engarzaba sus cuentas de metal, pensando en si llegaría a casarse, y en ese caso la suerte de su desdichado marido; dedicado a contar las molduras de la chimenea o a pasear la vista por el techo o por los dibujos del papel de la pared!

¡Qué paseos he dado con la imaginación, solo en medio del frío, por caminos de barro, llevando sobre mis hombros el gabinete entero, con miss Murdstone y todo, monstruosa carga que me obligaban a llevar, horrible pesadilla de la que me era imposible despertar, peso terrible que aplastaba mi inteligencia y me embrutecía!

¡Qué de comidas en un silencio embarazoso, siempre sintiendo que allí había un cubierto de sobra, que era el mío; un apetito de más, que era el mío; un plato y una silla de más, que eran los míos, y una persona que estorbaba, y que era yo!

¡Qué veladas, cuando traían luces y me obligaban a que hiciera algo! Yo no me atrevía a coger algún libro divertido, y meditaba sobre algún indigesto tratado de aritmética, en el que las tablas de pesos y medidas se transformaban en canciones como Rule Britannia o Away Malancholy, y las lecciones se negaban a dejarse estudiar, y todo pasaba a través de mi desdichada cabeza, entrándome por un oído y saliéndome por otro.

¡Qué de bostezos he dejado escapar a pesar de todo mi cuidado! ¡Qué estremecimientos para arrojar el sueño que se apoderaba de mí! Si por casualidad se me ocurría decir algo, nadie me contestaba. Era un cero a la izquierda, al que nadie hace caso, y que, sin embargo, estorba a todo el mundo. Y con qué descanso oía a miss Murdstone enviarme a la cama cuando daban las nueve.

Así pasaron mis vacaciones hasta que llegó la mañana de mi marcha y miss Murdstone me dijo: «Hoy es el último día», y me dio la taza de té de despedida.

No me entristecía el marcharme. Había caído en un estado de embrutecimiento del que sólo salía pensando en Steerforth, a pesar de que detrás de él veía a mister Creakle. De nuevo Barkis apareció en la verja, y de nuevo miss Murdstone dijo con voz severa: «¡Clara!», cuando mi madre se inclinaba a besarme.

La besé y también a mi hermanito. Y al besarlos sí que sentí tristeza; pero no por marcharme; el abismo abierto entre nosotros continuaba y la separación era diaria. Y lo que todavía vive en mi espíritu como si fuera ayer no es el abrazo que me dio, a pesar de lo ferviente que era, sino lo que siguió al abrazo aquel.

Estaba ya en el carro, cuando le oí llamarme. Miré y estaba sola en medio del camino, levantando a su niño en los brazos para que yo le viera. Hacía frío, pero era un frío helado, y ni un solo cabello ni un pliegue de su ropa se movía, mientras que me miraba intensamente, levantando en sus brazos al pequeño para que yo le viera.

¡Y así la perdí! Así la vi después en mis largos ensueños de colegial, silenciosa y presente al lado de mi lecho, mirándome con la misma intensidad de entonces, levantando a su nene para que yo le viera.

1
...
...
31