Yo tenía ya espontáneamente una imaginación romántica y soñadora, y se me acentuaba cada día más con aquellas historias contadas en la oscuridad, por lo que dudo de que aquella práctica me haya resultado beneficiosa; pero el verme mimado por todos, como un juguete, en el dormitorio, y el darme cuenta de la importancia y el atractivo que tenía entre los otros niños (a pesar de ser yo el más pequeño) me estimulaba mucho. En una escuela regida con la crueldad de aquella, por grande que sea el mérito del que la preside no hay cuidado de que se aprenda mucho. Nosotros, en general, éramos los colegiales más ignorantes que pueden existir; estábamos demasiado atormentados y preocupados para poder estudiar, pues nada se consigue hacer en una vida de perpetua intranquilidad y tristeza. Sin embargo, a mí, mi pequeña vanidad, estimulada por Steerforth, me hacía trabajar, y aunque no me salvaba de castigos, evitó, mientras estuve allí, que me hundiera en la pereza general y me hizo asimilar de aquí y de allá algunas briznas de conocimientos.
En esto me ayudaba mucho míster Mell. Me tenía cariño, lo recuerdo con agradecimiento. Observaba con pena cómo Steerforth le trataba con un desprecio sistemático, y no perdía ninguna ocasión de herirle ni de inducir a los demás a hacerlo. Esto me preocupó durante mucho tiempo, porque yo ya le había contado (no hubiera podido dejarle sin participar de un secreto, como de ninguna otra posesión material) lo de las dos ancianas del hospicio que mister Mell había visitado, y temía que Steerforth se aprovechara de ello para hacerle sufrir.
¡Qué poco podíamos imaginar míster Mell y yo, cuando estuve desayunando y durmiendo, escuchando su flauta, las consecuencias que traería la visita al hospicio de mi insignificante personilla! Tuvo las más inesperadas y graves consecuencias.
Sucedió que un día míster Creakle no salió de sus habitaciones por estar indispuesto; esto, naturalmente, nos puso tan contentos, que armamos la mayor algarabía. La enorme satisfacción que experimentábamos nos hacía muy difíciles de manejar, y aunque Tungay apareció dos o tres veces con su pierna de palo y tomó nota con su voz estentórea de los más revoltosos, no causó la menor impresión en los niños. Estaban tan seguros de que hicieran lo que hicieran al día siguiente los castigaban, que preferían divertirse y aprovechar el día.
Era sábado y, por consiguiente, medio día de fiesta; pero el tiempo no estaba para ir de paseo, y para que el ruido en el patio no molestara a míster Creakle, se nos ordenó continuar en clase por la tarde haciendo unos deberes más ligeros, que había preparados para estas ocasiones. Era el día de la semana en que míster Sharp salía siempre a rizar su peluca. Por lo tanto, fue míster Mell, a quien siempre tocaban las cosas más difíciles, quien tuvo que quedarse a pelear con todos aquel día.
Si pudiera asociarse la imagen de un toro, de un oso o de algo semejante a la de míster Mell, yo la compararía con alguno de aquellos animales acosados por un millar de perros, aquella tarde, cuando el ruido era más fuerte. Lo recuerdo apoyando la cabeza en sus delgadas manos, sentado en su pupitre, inclinado sobre un libro y esforzándose en proseguir su cansada labor a través de aquel ruido que habría vuelto loco hasta al presidente de la Cámara de los Comunes. Había chicos que se habían levantado de sus sitios y jugaban a la gallina ciega en un rincón; los había que se reían, que cantaban, que hablaban, que bailaban, que rugían; los había que patinaban; otros saltaban formando corro alrededor del maestro y gesticulaban, le hacían burla por detrás y hasta delante de sus ojos, parodiando su pobreza, sus botas, su traje, hasta a su madre; se burlaban de todo, hasta de lo que más hubieran debido respetar.
-¡Silencio! -gritó de pronto míster Mell, levantándose y dando un golpe en el pupitre con el libro- ¿Qué significa esto? No es posible tolerarlo. ¡Es para volverse loco! ¿Por qué se portan así conmigo, señores?
El libro con que había dado en el pupitre era el mío, y como yo estaba de pie a su lado, siguiendo su mirada vi a los chicos pararse sorprendidos de pronto, quizá algo asustados y también un poco arrepentidos.
El pupitre de Steerforth era el mejor de la clase y estaba al final de la habitación, en el lado opuesto al del maestro. En aquel momento estaba Steerforth recostado en la pared, con las manos en los bolsillos, y cada vez que míster Mell le miraba adelantaba los labios como para silbar.
-¡Silencio, míster Steerforth! -dijo míster Mell.
-Cállese usted primero! -replicó Steerforth, poniéndose muy rojo- ¿Con quién cree usted que está hablando?
-¡Siéntese usted! -replicó míster Mell.
-¡Siéntese usted si quiere! —dijo Steerforth-, y métase donde le llamen.
Hubo cuchicheos y hasta algunos aplausos; pero míster Mell estaba tan pálido, que el silencio se restableció inmediatamente, y un chico que se había puesto detrás de él a imitar a su madre cambió de parecer a hizo como que había ido a preguntarle algo.
-Si piensa usted, Steerforth -continuó míster Mell que no sé la influencia que tiene aquí sobre algunos espíritus (sin darse cuenta, supongo, puso la mano sobre mi cabeza) o que no le he observado hace pocos minutos provocando a los pequeños para que me insultasen de todas las maneras imaginables, se equivoca.
-No me tomo la molestia de pensar en usted -dijo Steerforth fríamente-; por lo tanto, no puedo equivocarme.
-Y cuando abusa usted de su situación de favorito aquí para insultar a un caballero…
-¿A quién? ¿Dónde está? -dijo Steerforth.
En esto alguien gritó:
-¡Qué vergüenza, Steerforth; eso está muy mal!
Era Traddles, a quien míster Mell ordenó inmediatamente silencio.
-Cuando insulta usted así a alguien que es desgraciado y que nunca le ha hecho el menor daño; a quien tendría usted muchas razones para respetar ya que tiene usted edad suficiente, tanto como inteligencia, para comprender -dijo mister Mell con los labios cada vez más temblorosos-; cuando hace usted eso, mister Steerforth, comete usted una cobardía y una bajeza. Puede usted sentarse o continuar de pie, como guste. Copperfield, continúe.
-Pequeño Copperfield —dijo Steerforth, avanzando hacia el centro de la habitación-, espérate un momento. Tengo que decirle, míster Mell, de una vez para siempre, que cuando se torna usted la libertad de llamarme cobarde o miserable o algo semejante, es usted un mendigo desvergonzado. Usted sabe que siempre es un mendigo; pero cuando hace eso es un mendigo desvergonzado.
No sé si Steerforth iba a pegar a míster Mell, o si mister Mell iba a pegar a Steerforth, ni cuáles eran sus respectivas intenciones; pero de pronto vi que una rigidez mortal caía sobre la clase entera, como si se hubieran vuelto todos de piedra, y encontré a míster Creakle en medio de nosotros, con Tungay a su lado. Miss y mistress Creakle se asomaban a la puerta con caras asustadas.
Míster Mell, con los codos encima del pupitre y el rostro entre las manos, continuaba en silencio.
-Mister Mell -dijo míster Creakle, sacudiéndole un brazo, y su cuchicheo era ahora tan claro que Tungay no juzgó necesario repetir sus palabras-. ¿Espero que no se habrá usted olvidado?
-No, señor, no -contestó míster Mell levantando su rostro, sacudiendo la cabeza y restregándose las manos con mucha agitación-; no, señor, no; me he acordado… , no, mister Creakle; no me he olvidado… Yo… he recordado… . yo… desearía que usted me recordase a mí un poco más, mister Creakle… Sería más generoso, más justo, y me evitaría ciertas alusiones.
Mister Creakle, mirando duramente a mister Mell, apoyó su mano en el hombro de Tungay, subió al estrado y se sentó en su mesa. Después de mirar mucho tiempo a mister Mell desde su trono, mientras él seguía sacudiendo la cabeza y restregándose las manos, en el mismo estado de agitación, mister Creakle se volvió hacia Steerforth y dijo:
-Steerforth, puesto que mister Mell no se digna explicarse, ¿quiere usted decirme qué sucede?
Steerforth eludió durante unos minutos la pregunta, mirando con desprecio y cólera a su contrario. Recuerdo que en aquel intervalo no pude por menos de pensar en lo noble y lo hermoso del aspecto de Steerforth comparado con mister Mell.
-¡Bien! Veamos qué ha querido decir al hablar de favoritos -dijo por fin Steerforth.
-¿Favoritos? -repitió mister Creakle con las venas de la frente a punto de estallar- ¿Quién se ha atrevido a hablar de favoritos?
-Él -dijo Steerforth.
-¿Y qué entiende usted por eso, caballero? Haga el favor -pregunto mister Creakle volviéndose furioso hacia el profesor.
-Me refería, mister Creakle -respondió en voz muy baja-, quería decir que ninguno de los alumnos tenía derecho a abusar de su situación de favorito degradándome.
-¿Degradándole? -repitió mister Creakle-. ¡Dios mío! Pero bueno, mister no sé cuántos (y aquí mister Creakle cruzó los brazos, con bastón y todo, sobre el pecho, y frunció tanto las cejas, que sus ojillos eran casi invisibles), ¿quiere usted decirme si al hablar de favoritos me demuestra el respeto que me debe? Que me debe -repitió mister Creakle adelantando la cabeza y retirándola enseguida-, a mí, que soy el director de este establecimiento, del que usted no es más que un empleado.
-En efecto, hice mal en decirlo; estoy dispuesto a reconocerlo —contestó míster Mell-; y no lo habría hecho si no me hubieran empujado a ello.
Aquí Steerforth intervino.
-Me ha llamado cobarde y miserable, y entonces yo le he dicho que él era un mendigo. Si no hubiera estado encolerizado no le habría llamado mendigo; pero lo he hecho, y estoy dispuesto a soportar las consecuencias de ello.
Quizá sin darme cuenta de si aquello podría tener o no consecuencias para Steerforth, me sentí orgulloso de aquellas nobles palabras, y en todos los niños produjo la misma impresión, pues hubo un murmullo; pero nadie pronunció una palabra.
-Me sorprende, Steerforth, aunque su ingenuidad le hace honor, ¡le hace honor, es evidente! Repito que me sorprende, Steerforth, que usted haya podido calificar así a un profesor empleado y pagado en Salem House.
Steerforth soltó una carcajada.
-Eso no es contestar a mi observación, caballero -dijo míster Creakle-; espero más de usted, Steerforth.
Si míster Mell me había parecido vulgar al lado de Steerforth, sería imposible decir lo que me parecía míster Creakle.
—Que lo niegue —dijo Steerforth.
-¿Que niegue que es un mendigo, Steerforth? -exclamó míster Creakle-. ¿Acaso va pidiendo por las calles?
-Si él no es un mendigo, lo es su pariente más cercana —dijo Steerforth-. Por lo tanto, es lo mismo.
Me lanzó una mirada, y la mano de míster Mell me acarició cariñosamente el hombro. Le miré con rubor en mi rostro y remordimiento en el corazón; pero los ojos de míster Mell estaban fijos en Steerforth. Continuaba acariciándome con dulzura en el hombro; pero le miraba a él.
-Puesto que espera usted de mí, míster Creakle, que me justifique -dijo Steerforth- y que diga a lo que me refiero, lo que tengo que decir es que su madre vive de caridad en un asilo.
Míster Mell seguía mirándole y seguía acariciándome con dulzura en el hombro. Me pareció que se decía a sí mismo en un murmullo: «Sí; es lo que me temía».
Míster Creakle se volvió hacia el profesor con cara severa y una amabilidad forzada:
-Ahora, míster Mell, ya ha oído usted lo que dice este caballero. ¿Quiere tener la bondad, haga el favor, de rectificar ante la escuela entera?
-Tiene razón, señor; no hay que rectificar -contestó míster Mell en medio de un profundo silencio-; lo que ha dicho es verdad.
-Entonces tenga la bondad de declarar públicamente, se lo ruego -contestó míster Creakle, poniendo la cabeza de lado y paseando la mirada sobre todos nosotros-, si he sabido yo nunca semejante cosa antes de este momento.
-Directamente, creo que no -contestó míster Mell.
-¡Cómo! ¿No lo sabe usted? ¿Qué quiere decir eso?
-Supongo que nunca se ha figurado usted que mi posición era ni siquiera un poquito desahogada -dijo el profesor-, puesto que sabe usted cuál ha sido siempre mi situación aquí.
-Al oírle hablar de ese modo, temo -contestó míster Creakle con las venas más hinchadas que nunca- que ha estado usted aquí en una situación falsa y ha tomado esto por una escuela de caridad o algo semejante. Míster Mell, debemos separarnos cuanto antes.
-No habrá mejor momento que ahora mismo —dijo míster Mell levantándose.
-¡Caballero! -exclamó míster Creakle.
-Me despido de usted, míster Creakle, y de todos ustedes -pronunció míster Mell mirándonos a todos y acariciándome de nuevo el hombro-. James Steerforth, lo mejor que puedo desearle es que algún día se avergüence de lo que ha hecho hoy. Por el momento, prefiero que no sea mi amigo ni de nadie por quien yo me interese.
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