Читать книгу «Drácula» онлайн полностью📖 — Брэма Стокер — MyBook.
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Apenas estaba amueblado con cosas raras, que parecían no haber sido usadas nunca; los muebles eran de un estilo algo parecido a los que había en los cuartos situados al sur, y estaban cubiertos de polvo. Busqué la llave, pero no estaba en la cerradura, y no la pude encontrar por ningún lado. Lo único que encontré fue un gran montón de oro en una esquina, oro de todas clases, en monedas romanas y británicas, austriacas y húngaras, griegas y turcas. Las monedas estaban cubiertas de una película de polvo, como si hubiesen yacido durante largo tiempo en el suelo. Ninguna de las que noté tenía menos de trescientos años. También había cadenas y adornos, algunos enjoyados, pero todos viejos y descoloridos.

En una esquina del cuarto había una pesada puerta. La empujé, pues, ya que no podía encontrar la llave del cuarto o la llave de la puerta de afuera, lo cual era el principal objetivo de mi búsqueda, tenía que hacer otras investigaciones, o todos mis esfuerzos serían vanos. La puerta que empujé estaba abierta, y me condujo a través de un pasadizo de piedra hacia una escalera de caracol, que bajaba muy empinada. Descendí, poniendo mucho cuidado en donde pisaba, pues las gradas estaban oscuras, siendo alumbradas solamente por las troneras de la pesada mampostería. En el fondo había un pasadizo oscuro, semejante a un túnel, a través del cual se percibía un mortal y enfermizo olor: el olor de la tierra recién volteada. A medida que avancé por el pasadizo, el olor se hizo más intenso y más cercano. Finalmente, abrí una pesada puerta que estaba entornada y me encontré en una vieja y arruinada capilla, que evidentemente había sido usada como cementerio. El techo estaba agrietado, y en los lugares había gradas que conducían a bóvedas, pero el suelo había sido recientemente excavado y la tierra había sido puesta en grandes cajas de madera, manifiestamente las que transportaran los eslovacos. No había nadie en los alrededores, y yo hice un minucioso registro de cada pulgada de terreno. Bajé incluso a las bóvedas, donde la tenue luz luchaba con las sombras, aunque al hacerlo mi alma se llenó del más terrible horror. Fui a dos de éstas, pero no vi nada sino fragmentos de viejos féretros y montones de polvo; sin embargo, en la tercera, hice un descubrimiento.

¡Allí, en una de las grandes cajas, de las cuales en total había cincuenta, sobre un montón de tierra recién excavada, yacía el conde! Estaba o muerto o dormido; no pude saberlo a ciencia cierta, pues sus ojos estaban abiertos y fijos, pero con la vidriosidad de la muerte, y sus mejillas tenían el calor de la vida a pesar de su palidez; además, sus labios estaban rojos como nunca. Pero no había ninguna señal de movimiento, ni pulso, ni respiración, ni el latido del corazón. Me incliné sobre él y traté de encontrar algún signo de vida, pero en vano. No podía haber yacido allí desde hacía mucho tiempo, pues el olor a tierra se habría disipado en pocas horas. Al lado de la caja estaba su tapa, atravesada por hoyos aquí y allá. Pensé que podía tener las llaves con él, pero cuando iba a registrarlo vi sus ojos muertos, y en ellos, a pesar de estar muertos, una mirada de tal odio, aunque inconsciente de mí o de mi presencia, que huí del lugar, y abandonando el cuarto del conde por la ventana me deslicé otra vez por la pared del castillo. Al llegar otra vez a mi cuarto me tiré jadeante sobre la cama y traté de pensar…

29 de junio. Hoy es la fecha de mi última carta, y el conde ha dado los pasos necesarios para probar que es auténtica, pues otra vez lo he visto abandonar el castillo por la misma ventana y con mi ropa. Al verlo deslizarse por la ventana, al igual que una lagartija, sentí deseos de tener un fusil o alguna arma letal para poder destruirlo; pero me temo que ninguna arma manejada solamente por la mano de un hombre pueda tener algún efecto sobre él. No me atreví a esperar por su regreso, pues temí ver a sus malvadas hermanas. Regresé a la biblioteca y leí hasta quedarme dormido.

Fui despertado por el conde, quien me miró tan torvamente como puede mirar un hombre, al tiempo que me dijo:

—Mañana, mi amigo, debemos partir. Usted regresará a su bella Inglaterra, yo a un trabajo que puede tener un fin tal que nunca nos encontremos otra vez. Su carta a casa ha sido despachada; mañana no estaré aquí, pero todo estará listo para su viaje. En la mañana vienen los gitanos, que tienen algunos trabajos propios de ellos, y también vienen los eslovacos. Cuando se hayan marchado, mi carruaje vendrá a traerlo y lo llevará hasta el desfiladero de Borgo, para encontrarse ahí con la diligencia que va de Bucovina a Bistritz. Pero tengo la esperanza de que nos volveremos a ver en el castillo de Drácula.

Yo sospeché de sus palabras, y determiné probar su sinceridad. ¡Sinceridad! Parece una profanación de la palabra en conexión con un monstruo como éste, de manera que le hablé sin rodeos:

—¿Por qué no puedo irme hoy por la noche?

—Porque, querido señor, mi cochero y los caballos han salido en una misión.

—Pero yo caminaría de buen gusto. Lo que deseo es salir de aquí cuanto antes.

Él sonrió, con una sonrisa tan suave, delicada y diabólica, que inmediatamente supe que había algún truco detrás de su amabilidad; dijo:

—¿Y su equipaje?

—No me importa. Puedo enviar a recogerlo después.

El conde se puso de pie y dijo, con una dulce cortesía que me hizo frotar los ojos, pues parecía real:

—Ustedes los ingleses tienen un dicho que es querido a mi corazón, pues su espíritu es el mismo que regula a nuestros boyars: “Dad la bienvenida al que llega; apresurad al huésped que parte.” Venga conmigo, mi querido y joven amigo. Ni una hora más estará usted en mi casa contra sus deseos, aunque me entristece que se vaya, y que tan repentinamente lo desee. Venga.

Con majestuosa seriedad, él, con la lámpara, me precedió por las escaleras y a lo largo del corredor. Repentinamente se detuvo.

—¡Escuche!

El aullido de los lobos nos llegó desde cerca. Fue casi como si los aullidos brotaran al alzar él su mano, semejante a como surge la música de una gran orquesta al levantarse la batuta del conductor. Después de un momento de pausa, él continuó, en su manera majestuosa, hacia la puerta. Corrió los enormes cerrojos, destrabó las pesadas cadenas y comenzó a abrirla.

Ante mi increíble asombro, vi que estaba sin llave. Sospechosamente, miré por todos los lados a mi alrededor, pero no pude descubrir llave de ninguna clase.

A medida que comenzó a abrirse la puerta, los aullidos de los lobos aumentaron en intensidad y cólera: a través de la abertura de la puerta se pudieron ver sus rojas quijadas con agudos dientes y las garras de las pesadas patas cuando saltaban. Me di cuenta de que era inútil luchar en aquellos momentos contra el conde. No se podía hacer nada teniendo él bajo su mando a semejantes aliados. Sin embargo, la puerta continuó abriéndose lentamente, y ahora sólo era el cuerpo del conde el que cerraba el paso.

Repentinamente me llegó la idea de que a lo mejor aquel era el momento y los medios de mi condena; iba a ser entregado a los lobos, y a mi propia instigación. Había una maldad diabólica en la idea, suficientemente grande para el conde, y como última oportunidad, grité:

—¡Cierre la puerta! ¡Esperaré hasta mañana!

Me cubrí el rostro con mis manos para ocultar las lágrimas de amarga decepción.

Con un movimiento de su poderoso brazo, el conde cerró la puerta de golpe, y los grandes cerrojos sonaron y produjeron ecos a través del corredor, al tiempo que caían de regreso en sus puestos. Regresamos a la biblioteca en silencio, y después de uno o dos minutos yo me fui a mi cuarto. Lo último que vi del conde Drácula fue su terrible mirada, con una luz roja de triunfo en los ojos y con una sonrisa de la que Judas, en el infierno, podría sentirse orgulloso.

Cuando estuve en mi cuarto y me encontraba a punto de acostarme, creí escuchar unos murmullos al otro lado de mi puerta. Me acerqué a ella en silencio y escuché. A menos que mis oídos me engañaran, oí la voz del conde:

—¡Atrás, atrás, a vuestro lugar! Todavía no ha llegado vuestra hora. ¡Esperad! ¡Tened paciencia! Esta noche es la mía. Mañana por la noche es la vuestra.

Hubo un ligero y dulce murmullo de risas, y en un exceso de furia abrí la puerta de golpe y vi allí afuera a aquellas tres terribles mujeres lamiéndose los labios. Al aparecer yo, todas se unieron en una horrible carcajada y salieron corriendo.

Regresé a mi cuarto y caí de rodillas. ¿Está entonces tan cerca el final? ¡Mañana! ¡Mañana! Señor, ¡ayudadme, y a aquellos que me aman!

30 de junio, por la mañana. Estas pueden ser las últimas palabras que jamás escriba en este diario. Dormí hasta poco antes del amanecer, y al despertar caí de rodillas, pues estoy determinado a que si viene la muerte me encuentre preparado.

Finalmente sentí aquel sutil cambio del aire y supe que la mañana había llegado.

Luego escuché el bien venido canto del gallo y sentí que estaba a salvo. Con alegre corazón abrí la puerta y corrí escaleras abajo, hacia el corredor. Había visto que la puerta estaba cerrada sin llave, y ahora estaba ante mí la libertad. Con manos que temblaban de ansiedad, destrabé las cadenas y corrí los pasados cerrojos.

Pero la puerta no se movió. La desesperación se apoderó de mí. Tiré repetidamente de la puerta y la empujé hasta que, a pesar de ser muy pesada, se sacudió en sus goznes. Pude ver que tenía pasado el pestillo. Le habían echado llave después de que yo dejé al conde.

Entonces se apoderó de mi un deseo salvaje de obtener la llave a cualquier precio, y ahí mismo determiné escalar la pared y llegar otra vez al cuarto del conde.

Podía matarme, pero la muerte parecía ahora el menor de todos los males. Sin perder tiempo, corrí hasta la ventana del este y me deslicé por la pared, como antes, al cuarto del conde. Estaba vacío, pero eso era lo que yo esperaba. No pude ver la llave por ningún lado, pero el montón de oro permanecía en su puesto. Pasé por la puerta en la esquina y descendí por la escalinata circular y a lo largo del oscuro pasadizo hasta la vieja capilla. Ya sabía yo muy bien donde encontrar al monstruo que buscaba.

La gran caja estaba en el mismo lugar, recostada contra la pared, pero la tapa había sido puesta, con los clavos listos en su lugar para ser metidos aunque todavía no se había hecho esto. Yo sabía que tenía que llegar al cuerpo para buscar la llave, de tal manera que levanté la tapa y la recliné contra la pared; y entonces vi algo que llenó mi alma de terror. Ahí yacía el conde, pero mirándose tan joven como si hubiese sido rejuvenecido pues su pelo blanco y sus bigotes habían cambiado a un gris oscuro; las mejillas estaban más llenas, y la blanca piel parecía un rojo rubí debajo de ellas; la boca estaba más roja que nunca; sobre sus labios había gotas de sangre fresca que caían en hilillos desde las esquinas de su boca y corrían sobre su barbilla y su cuello. Hasta sus ojos, profundos y centellantes, parecían estar hundidos en medio de la carne hinchada, pues los párpados y las bolsas debajo de ellos estaban abotagados. Parecía como si la horrorosa criatura simplemente estuviese saciada con sangre.

Yacía como una horripilante sanguijuela, exhausta por el hartazgo. Temblé al inclinarme para tocarlo, y cada sentido en mí se rebeló al contacto; pero tenía que hurgar en sus bolsillos, o estaba perdido. La noche siguiente podía ver mi propio cuerpo servir de banquete de una manera similar para aquellas horrorosas tres. Caí sobre el cuerpo, pero no pude encontrar señales de la llave. Entonces me detuve y miré al conde.

Había una sonrisa burlona en su rostro hinchado que pareció volverme loco. Aquél era el ser al que yo estaba ayudando a trasladarse a Londres, donde, quizá, en los siglos venideros podría saciar su sed de sangre entre sus prolíficos millones, y crear un nuevo y siempre más amplio círculo de semidemonios para que se cebaran entre los indefensos. El mero hecho de pensar aquello me volvía loco. Sentí un terrible deseo de salvar al mundo de semejante monstruo. No tenía a mano ninguna arma letal, pero tomé la pala que los hombres habían estado usando para llenar las cajas y, levantándola a lo alto, golpeé con el filo la odiosa cara. Pero al hacerlo así, la cabeza se volvió y los ojos recayeron sobre mí con todo su brillo de horrendo basilisco. Su mirada pareció paralizarme y la pala se volteó en mi mano esquivando la cara, haciendo apenas una profunda incisión sobre la frente. La pala se cayó de mis manos sobre la caja, y al tirar yo de ella, el reborde de la hoja se trabó en la orilla de la tapa, que cayó otra vez sobre el cajón escondiendo la horrorosa imagen de mi vista. El último vistazo que tuve fue del rostro hinchado, manchado de sangre y fijo, con una mueca de malicia que hubiese sido muy digna en el más profundo de los infiernos.

Pensé y pensé cuál sería mi próximo movimiento, pero parecía que mi cerebro estaba en llamas, y esperé con una desesperación que sentía crecer por momentos.

Mientras esperaba escuché a lo lejos un canto gitano entonado por voces alegres que se acercaban, y a través del canto el sonido de las pesadas ruedas y los restallantes látigos; los gitanos y los eslovacos de quienes el conde había hablado, llegaban. Echando una última mirada a la caja que contenía el vil cuerpo, salí corriendo de aquel lugar y llegué hasta el cuarto del conde, determinado a salir de improviso en el instante en que la puerta se abriera. Con oídos atentos, escuché, y oí abajo el chirrido de la llave en la gran cerradura y el sonido de la pesada puerta que se abría. Debe haber habido otros medios de entrada, o alguien tenía una llave para una de las puertas cerradas. Entonces llegó hasta mí el sonido de muchos pies que caminaban, muriéndose en algún pasaje que enviaba un eco retumbante. Quise dirigirme nuevamente corriendo hacia la bóveda, donde tal vez podría encontrar la nueva entrada; pero en ese momento un violento golpe de viento pareció penetrar en el cuarto, y la puerta que conducía a la escalera de caracol se cerró de un golpe tan fuerte que levantó el polvo de los dinteles. Cuando corrí a abrir la puerta, encontré que estaba herméticamente cerrada. De nuevo era prisionero, y la red de mi destino parecía irse cerrando cada vez más.

Mientras escribo esto, en el pasadizo debajo de mí se escucha el sonido de muchos pies pisando y el ruido de pesos bruscamente depositados, indudablemente las cajas con su cargamento de tierra. También se oye el sonido de un martillo; es la caja del conde, que están cerrando. Ahora puedo escuchar nuevamente los pesados pies avanzando a lo largo del corredor, con muchos otros pies inútiles siguiéndolos detrás.

Se cierra la puerta, las cadenas chocan entre sí al ser colocadas; se oye el chirrido de la llave en la cerradura; puedo incluso oír cuando la llave se retira; entonces se abre otra puerta y se cierra; oigo los crujidos de la cerradura y de los cerrojos.

¡Oíd! En el patio y a lo largo del rocoso sendero van las pesadas ruedas, el chasquido de los látigos y los coros de los gitanos a medida que desaparecen en la distancia. Estoy solo en el castillo con esas horribles mujeres.

¡Puf! Mina es una mujer, y no tiene nada en común con ellas. Estas son diablesas del averno.

No permaneceré aquí solo con ellas; trataré de escalar la pared del castillo más lejos de lo que lo he intentado hasta ahora. Me llevaré algún oro conmigo, pues podría necesitarlo más tarde. Tal vez encuentre alguna manera de salir de este horrendo lugar.

Y entonces, ¡rápido a casa! ¡Rápido al más veloz y más cercano de los trenes! ¡Lejos de este maldito lugar, de esta maldita tierra donde el demonio y sus hijos todavía caminan con pies terrenales!.

Por lo menos la bondad de Dios es mejor que la de estos monstruos, y el precipicio es empinado y alto. A sus pies, un hombre puede dormir como un hombre. ¡Adiós, todo! ¡Adiós, Mina!

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