Читать книгу «Electra» онлайн полностью📖 — Бенито Переса Гальдоса — MyBook.
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ESCENA VIII

Electra, Evarista, Don Urbano, Pantoja, Cuesta, José.

José (anunciando). La señora Superiora de San José28 de la Penitencia.

Pantoja. ¡Oh, mi buena Sor Bárbara de la Cruz…!

Evarista. Que pase aquí. (Se levanta.) No: al salón. Vamos.

Pantoja. ¡Qué feliz oportunidad! Así me evita el ir al convento.

Evarista. Hija, que estudies. (Señalándole la estancia próxima.)

Cuesta (despidiéndose). Yo me retiro. Volveré luego.

Evarista. Adiós.

Cuesta (aparte, por Electra). ¿La dejarán sola?

Pantoja (acudiendo a Electra). Cultive usted, Electra, con discernimiento ese arte sublime. Consagre usted todo su talento al gran Bach…29 para que se vaya asimilando el estilo religioso. (Vanse todos menos Electra.)

ESCENA IX

Electra; al poco rato Cuesta.

Electra (entonando una salmodia de Iglesia, recoge los dibujos y los ordena). Bach… para que me asimile… ¡qué gracia! el estilo religioso. (Canta.)

Cuesta (entra por el foro recatándose). ¡Sola…!

Electra (canta algunas notas litúrgicas. Ve avanzar a Cuesta). ¿Pero no se había marchado usted, Don Leonardo?

Cuesta (con timidez). Sí; pero he vuelto, hija mía. Tengo que hablar con usted.

Electra (un poquito asustada). ¡Conmigo!

Cuesta. El asunto es delicado, muy delicado… (Con fatiga y dificultad de respiración.) Perdone usted… padezco del corazón… no puedo estar en pie. (Electra le aproxima una silla. Se sienta.) Sí: tan delicado es el asunto que no sé por donde empezar.

Electra. Por Dios, ¿qué es?

Cuesta (animándose). Electra, yo conocí a su madre de usted.

Electra. ¡Ah! Mi madre fue muy desgraciada.

Cuesta. ¿Qué entiende usted por desgraciada?

Electra. Pues… que vivió entre personas malas que no le permitían ser tan buena como ella quería.

Cuesta. ¡Oh! Sin saberlo ha dicho usted una gran verdad… ¿Recuerda usted a su madre?… ¿Piensa usted en ella?

Electra. Mi madre es para mí un recuerdo vago, dulcísimo; una imagen que nunca me abandona… Viva la guardo en mi corazón, que no es todavía más que una gran memoria, y en esta gran memoria la están buscando siempre mis ojos ansiosos de verla. ¡Pobre madre mía! (Se lleva el pañuelo a los ojos. Cuesta suspira.) Dígame, Don Leonardo: cuando trataba usted a mi madre ¿era yo muy chiquitita?

Cuesta. Era usted una monada. Le hacíamos a usted cosquillas para verla reír; su risa me parecía el encanto, la alegría de la Naturaleza.

Electra. Vea usted por que he salido tan loca, tan traviesa y destornillada… Y alguna vez me cogería usted en brazos.

Cuesta. Muchísimas.

Electra (sonriendo sin acabar de secar sus lágrimas). ¿Y no le tiraba yo de los bigotes?

Cuesta. A veces con tanta fuerza, que me hacía usted daño.

Electra. Me pegaría usted en las manos.

Cuesta. ¡Vaya!

Electra. ¿Pues sabe usted que creo que todavía me duelen…?

Cuesta (impaciente por entrar en materia). Pero vamos al caso. Advierto a usted, Electra, que esto es reservadísimo. Queda entre los dos.

Electra. ¡Oh! me da usted miedo, Don Leonardo.

Cuesta. No es para asustarse. Vea usted en mí un amigo, el mejor de los amigos; vea en este acto el interés más puro, el sentimiento más elevado…

Electra (confusa). Sí, sí: no dudo… pero…

Cuesta. Vea usted por qué doy este paso… Aunque no soy muy viejo, no me siento con cuerda vital para mucho tiempo. Viudo hace veinte años, no tengo más familia que mi hija Pilar, ya casada, y ausente. Casi estoy solo en el mundo, con el pie en el estribo para marchar a otro… y mi soledad ¡ay! parece como que quiere echarme más pronto… (Con gran dificultad de expresión.) Pero antes de partir… (Pausa.) Electra, he pensado mucho en usted antes que la trajeran a Madrid, y al verla ¡Dios mío! he pensado, he sentido… qué sé yo… un dulce afecto, el más puro de los afectos, mezclado con alaridos de mi conciencia.

Electra (aturdida). ¡La conciencia! ¡Qué cosa tan grave debe ser! La mía es como un niño que está todavía en la cuna.

Cuesta (con tristeza). La mía es vieja, memoriosa. Me repite, me señala sin cesar los errores graves de mi vida.

Electra. ¡Usted… errores graves, usted tan bueno!

Cuesta. Sí, sí: bueno, bueno… y pecador… En fin, dejemos los errores y vamos a sus consecuencias. Yo no quiero, no, que usted viva desamparada. Usted no posee bienes de fortuna. Es dudoso que la protección de Urbano y Evarista sea constante. ¿Cómo he de consentir yo que se encuentre usted pobre y desvalida el día30 de mañana?

Electra (con penosa lucha entre su conocimiento y su inocencia). No sé si lo entiendo… no sé si debo entenderlo.

Cuesta. Lo más delicado será que lo entienda sin decírmelo, y que acepte mi protección sin darme las gracias. Juntos van el deber mío y el derecho de usted. Gracias a mí, Electra, no se verá roto el hilo que une a cada criatura con las criaturas que fueron, y con las que aún viven… Y si hoy me determino a plantear esta cuestión, es porque… porque hace tiempo que me asedia el temor de las muertes repentinas. Mi padre y mi hermano murieron como heridos del rayo. La lesión cardiaca, destructora de la familia, ya la tengo aquí (Señalando al corazón): es un triste reloj que me cuenta las horas, los días… No puedo aplazar esto. No me sorprenda la muerte dejando a esta preciosa existencia sin amparo. No puedo, no debo esperar… Concluyo, hija mía, manifestando a usted que tenga por asegurado un bienestar modesto…

Electra. ¡Un bienestar modesto… yo…!

Cuesta. Lo suficiente para vivir con independencia decorosa…

Electra (confusa). ¿Y yo… qué méritos tengo para…? Perdone usted… No acabo de convencerme… de…

Cuesta. Ya vendrá, ya vendrá el convencimiento…

Electra. ¿Y por qué no habla usted de ese asunto a mis tíos…?

Cuesta (preocupado). Porque… A su tiempo se les dirá. Por de pronto, sólo usted debe saber mi resolución.

Electra. Pero…

Cuesta (con emoción, levantándose). Y ahora, Electra, ¿querrá usted a este pobre enfermo, que tiene los días contados?

Electra. Sí… ¡Es tan fácil para mí querer! Pero no hable usted de morirse, Don Leonardo.

Cuesta. Me consuela mucho saber que usted me llorará.

Electra. No me haga usted llorar desde ahora…

Cuesta (apresurando su partida para vencer su emoción). Adiós, hija mía.

Electra. Adiós… (Reteniéndole.) ¿Y qué nombre debo darle?

Cuesta. El de amigo no más. Adiós. (Arrancándose a partir. Sale por el foro. Electra le sigue con la mirada hasta que desaparece.)

ESCENA X

Electra, El Marqués.

Electra(meditabunda). Dios mío, ¿qué debo pensar? Sus medias palabras dicen más que si fuesen enteras. ¡Madre del alma! (El Marqués, que entra por el jardín, avanza despacio.) ¡Ah!… Señor Marqués.

Marqués. ¿Se asusta usted?

Electra. Nada de eso: me sorprendo no más. Si viene usted a oírme tocar, ha perdido el viaje. Hoy no estudio.

Marqués. Me alegro. Así podremos hablar… Apenas presentado a usted, entro de lleno en la admiración de sus gracias, y conocida una parte de su carácter, deseo conocer algo más… Usted extrañará quizás esta curiosidad mía y la creerá impertinente.

Electra. ¡Oh! No, señor. También yo soy curiosilla, señor Marqués, y me permito preguntarle: ¿es usted amigo de Máximo?

Marqués. Le quiero y admiro grandemente… Cosa rara, ¿verdad?

Electra. A mí me parece muy natural.

Marqués. Es usted muy niña, y quizás no pueda hacerse cargo de las causas de mi amistad con el Mágico prodigioso31 A ver si me entiende.

Electra. Explíquemelo bien.

Marqués. La sociedad que frecuento, el círculo de mi propia familia y los hábitos de mi casa, producen en mí un efecto asfixiante. Casi sin darme cuenta de ello, por puro instinto de conservación me lanzo a veces en busca del aire respirable. Mis ojos se van tras de la ciencia, tras de la Naturaleza… y Máximo es eso.

Electra. El aire respirable, la vida, la… ¿Pues sabe usted, Marqués, que me parece que lo voy entendiendo?

Marqués. No es tonta la niña, no. También ha de saber usted que siento por ese hombre un interés inmenso.

Electra. Le quiere usted, le admira por sus grandes cualidades…

Marqués. Y le compadezco por su desgracia.

Electra (sorprendida). ¿Desgraciado Máximo?

Marqués. ¿Qué mayor desgracia que la soledad en que vive? Su viudez prematura le ha sumergido en los estudios más hondos, y temo por su salud.

Electra. Sus hijos le consuelan, le acompañan. Hoy les ha visto usted. ¡Qué lindas criaturas! El mayor, que ahora cumple cinco años, es un prodigio de inteligencia. En el pequeñito, de dos años, veo yo toda la gracia del mundo. Yo les adoro; sueño con ellos, y me gustaría mucho ser su niñera.

Marqués. El pobre Máximo, aferrado a sus estudios, no puede atenderlos como debiera.

Electra. Claro: eso digo yo.

Marqués. Es de toda evidencia: Máximo necesita una mujer. Pero… aquí entran mis dificultades y mis dudas. Por más que miro y busco, no encuentro, no encuentro la mujer digna de compartir su vida con la del grande hombre.

Electra. No la encuentra usted. Es que no la hay, no la hay. Como que para Máximo debe buscarse una mujer de mucho juicio.

Marqués. Eso es: de mucho juicio.

Electra. Todo lo contrario de mí, que no tengo ninguno, ninguno, ninguno.

Marqués. No diría yo tanto.

Electra. Otra cosa: cuando usted me oye decirle tonterías y llamarle bruto, viejo, sabio tonto, no vaya a creer que lo digo en serio. Todo eso es broma, señor Marqués.

Marqués. Sí, sí: ya lo he comprendido.

Electra. Bromas impertinentes quizás, porque Máximo es muy serio… ¿Cree usted, señor mío, que debo yo volverme muy grave?

Marqués. ¡Oh! no. Cada criatura es como Dios ha querido formarla. No hay que violentarse, señorita. No necesitamos ser graves para ser buenos.

Electra. Pues mire usted, Marqués, yo que no sé nada, había pensado eso mismo. (Aparece Pantoja por el foro.)

Pantoja (aparte en la puerta). Este libertino incorregible… este veterano del vicio se atreve a poner su mirada venenosa en esta flor. (Avanza lentamente.)

Marqués (aparte). ¡Vaya! Se nos ha interpuesto la pantalla obscura, y ya no podemos seguir hablando.

Electra. El señor Marqués ha venido a oírme tocar; pero estoy muy torpe. Lo dejamos para otro día.

Marqués. Ya sabe usted que el gran Beethoven32 es mi pasión. Me habían dicho que Electra le interpreta bien, y esperaba oírle la Sonata Patética,33 la Clair de Lune34 pero nos hemos entretenido charlando, y pues ya no es ocasión…

Pantoja (con desabrimiento). Sí: ha pasado la hora de estudio.

Marqués (recobrando su papel social). Otro día será. Amigo mío, Virginia y yo tendremos mucho gusto en que usted nos honre con sus consejos para cuanto se refiere al Beaterio de Las Esclavas.35

Pantoja. Sí, sí: esta tarde iré a ver a Virginia y hablaremos.

Marqués. En el Beaterio la tiene usted toda la tarde. Y pues estoy de más aquí… (En ademán de retirarse.)

Electra. No. Usted no estorba, señor Marqués.

Marqués. Me voy con la música… al taller de Máximo.

Pantoja. Sí, sí: allí se distraerá usted mucho.

Marqués. Hasta luego, mi reverendo amigo.

Pantoja. Dios le guarde. (Vase el Marqués hacia el jardín.)

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