Читать книгу «Liette» онлайн полностью📖 — Arthur Dourliac — MyBook.
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—¡Bah! Cálmese usted, hija mía, y espere para contarme eso a que estemos libres de oídos indiscretos. La carretera no es realmente el lugar más a propósito para las confidencias.

Echó pie a tierra, se puso en un brazo las riendas del caballo y, sin ofrecer el otro brazo a su compañera, se metió en las espesuras que rodean al parque y dio unos cien pasos en silencio seguido por la joven temblorosa y agitada y que, con el corazón oprimido por aquel tono de burla, trataba en vano de contener dos gruesas lágrimas que rodaban bajo sus anteojos azules.

Era una cálida mañana de verano. La sombra de los árboles de ramas extendidas como una inmensa cortina tamizaba los rayos del sol, la atmósfera tibia y húmeda tenía una dulzura penetrante, hundíanse los pies blandamente en el espeso musgo que algodonaba el suelo, y solamente los pajarillos ponían sus notas melancólicas y tiernas en el silencio de los bosques.

Llegaron a un claro lleno de verdor y acribillado por las flechas de oro del ardiente astro. Un majestuoso círculo de hayas gigantescas, que formaba una especie de barrera, los protegía contra toda sorpresa.

Raúl se detuvo junto a un banco de musgo y dijo:

—Estamos en lugar seguro. Siéntate, querida mía y cuéntame tus infortunios, que estoy pronto a vengar como galante caballero. ¿Mi hermana te ha hecho rabiar? ¿Mi madre te ha puesto mala cara o mi tío demasiado buena?

—La señora de Candore ha despedido a la institutriz de su hija, Raúl; acaso acogerá a la mujer de su hijo.

—¡Oh!

Hubiera sido difícil adivinar el sentido exacto de esta exclamación; irritación, pesar, despecho, descontento contra los demás y contra sí mismo, había un poco de todo esto.

En cambio, ni sombra de enternecimiento ni de piedad había en su mirada seca.

Púsose a mascullar nerviosamente el cigarro y a azotar con el látigo las florecillas, cuyas tiernas hojas se desparramaban por el suelo desgarradas y marchitas.

Juana, mientras tanto, lloraba bajito y profería hondos sollozos que agitaban sus hombros. Habíase arrancado los horribles anteojos y arrojándolos a sus pies en un gesto de cólera, y sus hermosos ojos, claros y transparentes como el agua del mar, aparecían anegados en lágrimas y fijos en el joven con una desesperada angustia.

¡El callarse hubiera sido demasiado cruel!

El joven, pues, le dijo tomándola afectuosamente las manos y atrayéndola hacia su pecho hasta sentir latir su corazón:

—Vaya, vaya, querida hija mía, ¿quieres secar esas lágrimas y responderme cuerda y razonablemente? ¿No estoy aquí yo, tu protector, tu marido? Cuéntamelo todo en detalle.

—¿Qué quieres que te diga, Raúl? Tu madre me ha echado.

—¡Echarte! La palabra es fuerte y seguramente impropia... Cuando conozcas mejor las finuras de la lengua francesa...

—Echarme o despedirme, todo es lo mismo—dijo Juana con sorda vehemencia.

—Pero, en suma, ¿qué ha pasado entre mi madre y tú?

—La señora de Candore me ha dicho sencillamente que por motivos personales, estaba precisada a privarse de mis servicios.

—¡Diablo!—exclamó Raúl mordiéndose el bigote.

—¿Qué va a ser de nosotros?

Aquel nosotros pareció molestar un poco al conde, que dijo reprimiendo un movimiento de impaciencia.

—No hay que exagerar. Es un incidente lamentable, pero que no debe alarmarnos gran cosa. Bien sabes que te amo y que no te abandonaré. Tengo que volver muy pronto a Inglaterra, y sólo se trata de una separación momentánea.

—¡Separarnos!—murmuró Juana muy pálida.

—Es preciso; no puedo interceder por ti con mi madre sin confirmar sus sospechas... Si es que no tiene más que sospechas. Por otra parte, no puedes estar eternamente al lado de Blanca como institutriz.

—No, pero puedo estar como hermana y como tu mujer. ¿No estamos casados?

—Sin duda, sin duda, pero estaría muy mal elegido el momento para semejante confesión.

—Sin embargo, Raúl, no podemos tardar más. Mi dignidad y la tuya no sería lo único que sufriría... Hay que hablar a tu madre, es preciso...

Sorprendido por aquella vehemencia que contrastaba con su apariencia débil y delicada, Raúl la interrogó con la mirada.

Confusa y ruborizada, Juana se acercó más estrechamente a su marido y pronunció muy bajito unas palabras.

Raúl soltó una exclamación que nada tenía de satisfecha, y con las cejas fruncidas y la expresión dura y descontenta, separó casi rudamente a la pobre mujer.

—¡No nos faltaba más que esto!—masculló el joven entre dientes.

Prodújose un penoso silencio.

Por fin, haciendo un esfuerzo para disimular su violenta contrariedad bajo el barniz mundano, dijo Raúl con sonrisa forzada:

—Es una gran noticia, que acaso sea buena... No me atrevo a declararlo, pues va a crearnos serias complicaciones. ¡En fin! no importa; ese pequeño personaje no dejará por eso de ser bienvenido...

—¡Oh! Raúl...

—Solamente, querida, la necesidad de tu partida se impone más que nunca. Tu presencia haría más difícil la confesión de nuestro casamiento y aumentaría el enfado de mi madre.

—¿Lo crees así?

—Estoy seguro. Lo mejor es por lo tanto aprovechar las circunstancias que nos evitan el trabajo de buscar un pretexto. En cuanto expire mi licencia iré a reunirme contigo a Londres, y desde allí anunciaremos a mi madre nuestro matrimonio y el nacimiento de nuestro hijo. La segunda noticia hará pasar la primera y nos ahorraremos una escena penosa.

—Sin embargo... si la señora de Candore se negase...

—Nada es posible contra los hechos consumados. ¿No eres mi mujer?

—El otro día oí al notario señor Hardoin afirmar que un matrimonio hecho en el extranjero en esas condiciones, es nulo...

—¡Hardoin! bonito oráculo... Fuera de la venta de carneros o del precio de un arrendamiento, no sabe una palabra de nada...

—Pero...

—Vamos a ver, amiga mía, ¿tienes más confianza en Hardoin que en mí?

Juana rodeó con sus brazos el cuello de su marido en un impulso desesperado, y exclamó:

—No, Raúl, quiero creer, creo en ti... Si no creyera me moriría o me volvería loca.

Alarmado por su exaltación, el joven trató de calmarla con frases cariñosas y palabras tiernas, acaso sinceras, pues era ante todo el hombre del momento y la pobre criatura hubiera conmovido a un corazón de piedra.

—Tranquilízate, mi querida Juana. Es una prueba momentánea, una separación muy corta seguida de una eterna unión y de una dicha sin nubes. Por mi parte me resigno fácilmente a separarme ahora de ti, pensando que también se separa otro...

—¿Tengo realmente la felicidad de que estés celoso?

—¡Lo confieso con rubor! Me hace daño el ver sin cesar a mi tío pisándote los talones.

—Te engañas, Raúl; te juro que el señor Neris no me ha mostrado jamás más que una benevolencia paternal.

—¡Hum!... En fin, habrá perdido el tiempo, y por mucho que digan, mal de muchos...

Raúl había eludido hábilmente la cuestión, y la pobre niña, engañada con aquellos fingidos celos, no pensó más que en justificarse, olvidando sus propias ofensas y sus secretas aprensiones.

La semana siguiente dejó Juana el castillo de Candore, triste pero resignada, llevándose con la débil prenda de su amor el recuerdo del pasado y la promesa consoladora del porvenir.

Cuando el tren pasó por la linde del parque se agitó un pañuelo en una portezuela, pero Raúl, en pie en su ventana, con un cigarro en la boca, no respondió siquiera a aquel tímido adiós y una vez que el último vagón hubo desaparecido en una nube de humo, lanzó un suspiro de satisfacción y dijo:

—¡Al fin!...

Un estreno es siempre penoso.

Preguntádselo al pintor que expone su primer lienzo, al poeta que publica sus primeros versos, al abogado que defiende su primera causa, al actor que desempeña su primer papel.

Y ante esos, al menos, la esperanza del triunfo abre un horizonte radiante y la fe en el porvenir hace olvidar las angustias del presente. Pero en la medianía, en la vulgaridad de la vida corriente, cuánto más angustioso y más penoso es ese momento de interrogación sin la más pequeña aureola de consoladoras quimeras...

En el colegio, el brutal despertar del «Nuevo» caído del nido familiar, en el cuartel la primera llamada del «quinto» arrancado a su aldea, la primera clase de la pasanta en su pupitre, el primer día de la criada en su fogón, del aprendiz en su taller, del dependiente en su tienda, del meritorio en su oficina, ¡qué calvario! Es imposible decir las mil flechas invisibles, los choques dolorosos, las heridas ocultas y resumidas en esta sola palabra:

¡Un estreno!

Mientras que la señora de Raynal, muy atareada, subía de la cueva al desván, visitaba el jardinillo y la casa, tan modestos el uno como la otra, empujando los muebles, revolviendo los armarios, vaciando los baúles, registrando los paquetes, lamentándose por la pérdida presumida de algún chisme heteróclito, más sentido cuanto menos valía; mientras aturdía a la zafia criada que abría unos ojos y unas orejas tamaños ante aquel desembalaje de objetos desconocidos y de nombres raros, como samowar, checchia, etcétera. Mientras ella gemía por la estrechez de la casa, por la orientación defectuosa de las habitaciones, todas al Norte, y la fealdad de los papeles chillones, Julieta estaba en su oficina oyendo en silencio las explicaciones de la empleada saliente, la señorita Beaudoin, solterona impenitente que se había puesto amablemente a su disposición, pero que no limitaba desgraciadamente sus buenos oficios a lo referente a los «Correos y Telégrafos» y añadía un curso variado de economía doméstica, de conveniencias mundanas y de moral de las familias, mas un compendio histórico y biográfico de Candore y sus habitantes, sin olvidar la presentación obligatoria de todos los que asomaban la nariz por la ventanilla, y Dios sabe qué desfile era aquél...

Nunca había reinado en el pueblo semejante fiebre epistolar, a juzgar por el número de contribuyentes que iban a pedir sellos y tarjetas postales.

—Sabe usted, hija mía, la vida es aquí muy barata—decía con volubilidad la buena solterona;—la manteca a una peseta la libra... ¿Las hojas de sellos? Aquí, en este cajón... Se hace una visita a las personas notables, el alcalde, el cura, el notario... ¿Los libros de libranzas? Aquí, en este cajón de la derecha... No le servirán a usted de mucho, como no sea el notario; los campesinos no confían casi sus escudos al Correo; de vez en cuando unas pesetillas al muchacho que está en el ejército... Tendrá usted su silla en la iglesia; es más barato y está mejor visto... El cura es un buen hombre... Los del país no son devotos, pero tampoco contrarios; no la miran a una mal porque vaya a misa... La vecindad con el notario y con los gendarmes tiene algún inconveniente para una joven, pero no olvidando lo que una debe a su sexo, los demás no tienen tampoco ganas de olvidarlo... Candore es más importante que el pueblo cabeza de partido, y tenemos un hospital, donación del difunto conde, un verdadero pródigo, que devoraba el dote de su mujer, pero buen sujeto... El hijo es más orgulloso, que se parece a su madre en lo tieso, aunque la buena señora no se llame más que Neris... Su padre era tratante en lanas, y su hermano podría bien hacerle bajar los humos, pues son sus escudos los que danzan en el castillo... Buena persona también el señor Héctor, pero le aconsejo a usted que le tenga a distancia, pues es muy comprometedor para las jóvenes... ¡Hablo por experiencia!... (La experiencia debía de remontar muy lejos).

Liette escuchaba con paciencia esta charla, solamente interrumpida por alguna breve pregunta o por la voz gangosa de alguna comadre que metía el hocico por la ventanilla como si fuera a arrancársele.

—Buenos días, señorita Beaudoin... Dispénseme usted si la molesto, pero necesito un sello de dos sueldos.

¡Qué suma de curiosidad en ese sacrificio de diez céntimos arrancados a la rapacidad campesina!

Liette, sin parecer echarlo de ver, hacía silenciosamente su oficio, mientras la exempleada le susurraba al oído:

—La tendera de la esquina, una mujer muy lista.

Y otras veces:

—La mujer del carretero, una verdadera chismosa.

—La granjera del Quejigal, una ricacha, pero más mala que un dolor...

La huérfana sentía pesar sobre ella todas aquellas miradas inquisitoriales que investigaban su sencillo traje, inventariaban su pobre mueblaje y observaban sus menores gestos con la astuta malevolencia de los rurales para con «los de la ciudad».

Y los pasantes del notario, desde el «principal» hinchado de importancia, hasta los escribientillos maliciosos y granujas, la miraban descaradamente.

¿Y la charla desconfiada de los paletos, a cuyos dedos ganchudos costaba tanto trabajo soltar las libranzas y contaban y recontaban las monedas de plata alineadas delante de ellos?

¿Y las conversaciones de las criadas que respondían a las jeremiadas de la viuda del otro lado de la valla?

Todo esto producía a la joven empleada una sensación de malestar y de repugnancia.

Ella, cuya aurora se había levantado bajo el radiante sol de África, al toque de las cornetas y entre el brillo de los uniformes; que había crecido en una atmósfera de gloria y heroísmo, oyendo el relato de luchas caballerescas y de combates fabulosos, como Sidi-Brahim y Mazagran, ¡qué obscuro, mezquino y vulgar le parecía el presente!

A pesar de su ánimo, experimentaba una especie de cansancio y de abatimiento.

Después del gran gasto de energía de los últimos años, la fuerza nerviosa que la había sostenido hasta entonces la abandonaba al llegar al puerto.

La inagotable verbosidad de la exempleada, las quejas lamentables de su madre, el repique continuo de la campanilla incesantemente agitada, las caras desagradables, hipócritas o malhumoradas, que se sucedían sin interrupción en la ventanilla, esos mil pequeños detalles irritantes por su vulgaridad misma, enervaban su alma, tan fuertemente templada sin embargo, y bajo la calma aparente de sus maneras y la sonrisa forzada de su cara, gruñía una sorda rebelión, una angustia conmovedora como la llamada del desgraciado que se ahoga.

De repente se abrió la puerta de la oficina, empujada por una fuerte mano.

Y apareció en el umbral, haciendo el saludo militar, el cartero del pueblo, un veterano de bigote gris y cuya blusa azul estaba estrellada por la cruz de honor.

—El tío Marcial, un soldadote nada cómodo—murmuró la antigua empleada.

Pero Liette no la oyó.

Como un rápido relámpago que desgarra la noche sombría, como un rayo de sol que hubiese disipado la niebla que se amontonaba en torno de su mente, aquella repentina aparición, que evocaba la gloria del pasado, dio valor a la hija del soldado para la lucha, para el trabajo y para el deber.

Y cuando el buen hombre vació delante de ella su saco de telegramas, le echó una mirada de agradecimiento y le dijo:

—¡Gracias!

En seguida se puso valientemente a la tarea.

Fiel a las tradiciones de las nobles castellanas, cuyos usos y costumbres hubiera hecho revivir de buena gana, la de Candore recibía todos los domingos al cura y al notario, comensales obligados del castillo.

El primero, a quien ella trataba con toda la deferencia respetuosa debida a los más simples curas en las casas de los más orgullosos representantes de la aristocracia, era un hombre gordo, borroso y linfático, sin vigor físico ni moral, cuidadoso ante todo de su reposo, que trataba de vivir bien entre el antiguo y el nuevo señor, es decir, entre el castellano y el alcalde de Candore, y que a fuerza de repetir «Bienaventurados los mansos», no veía otra cosa en el Evangelio.

Por el contrario, el segundo, al que la condesa llamaba siempre «mi querido tabelión» con cierto aire de protección, olvidando que el abuelo Neris había sido jardinero en casa del abuelo Hardoin, era, a pesar de sus patillas grises, un cincuentón tan verde de espíritu como de cuerpo y cuyas respuestas, de una bondad maliciosa, hacían a veces rechinar los dientes como una manzana agria. Rara vez, y por mil razones, estaban los dos de acuerdo, y la diversión favorita de Raúl era hacerlos regañar sobre un asunto cualquiera y ver la cara asustada del cura ante las réplicas agridulces del notario.

Aquella noche, mientras tomaban café en el terrado adornado de naranjos y adelfas y Blanca descifraba en el piano un nocturno de Chopin, estaban discutiendo la cuestión de una nueva institutriz y la de Candore se quejaba vivamente de la dificultad de hallar una reemplazante para miss Dodson.

—Observo, señora condesa, que pasa con esa como con las otras—hizo observar tranquilamente el notario tomando un polvo de rapé;—siempre las echa usted de menos cuando se han marchado, y tiene usted razón.

—Permítame usted no ser absolutamente de su opinión—dijo tímidamente el cura;—esa joven, seguramente apreciable, tenía un defecto capital para una familia católica: su herejía.

—¡Bah! no era por Blanca por quien era de temer su influencia—murmuró el notario con expresión de duda echando una mirada al tío y al sobrino que estaban fumando apoyados en la balaustrada.

—¿A quién se lo cuenta usted, mi querido tabelión? Eso es lo que hace ser mi elección tan delicada. La fealdad es generalmente desagradable y limitada; la vejez maníaca y enfermiza; en cuanto a la juventud... soportable, el ensayo no me ha salido muy bien.

—Tú ves el mal en todas partes, Hermancia—dijo Neris sin volverse.

—Lo veo donde está, y, desgraciadamente, tú no me dejas equivocarme.

—¿Acaso esa señorita ha dado lugar a la maledicencia?—preguntó el cura alarmado.

—Nada de eso, señor cura; su alejamiento es una simple medida de prudencia en su propio interés.

El señor Neris se encogió de hombros con impaciencia. Raúl siguió fumando con una flema enteramente británica.

—En una palabra, está usted sin institutriz y le hace falta una.

—No veo la necesidad—interrumpió Blanca que, después de dar precipitadamente el último acorde, había abandonado el instrumento de su suplicio y venía a tomar parte en la conversación.

—Desgraciadamente, tú no tienes voz en el capítulo, hermanita.

—Ni tú tampoco. Testigo miss Dodson, a la que no podías sufrir.

—Lo confieso.

—¿Y usted, señorita?

—Yo estaba bien dispuesta para con ella; pero parecía un poco envidiosa... sin duda porque yo no tenía anteojos.

La joven se echó a reír agitando los rizos que revoloteaban en torno de su frente.

—¿No siente usted, entonces, que se haya marchado?

—Realmente, sí. Se sabe lo que se deja, pero no lo que se toma; y ya que mi querida mamá no me juzga capaz de gobernarme yo sola...

—A los dieciséis años es un poco pronto, querida.

—¡Bah! la edad no importa nada. Estoy segura de que haría menos disparates que Raúl, ¿verdad, señor Hardoin?

—Me recuso, señorita, aunque tengo gran confianza en su alta sabiduría.

—Si es para usted un cuidado tan grande, señora condesa, ¿por qué no pone usted a la señorita Blanca en el Sagrado Corazón de Noyon?—propuso el cura.

—¿Por qué no en la escuela? Eso no es amable, señor cura... ¿Quién iba entonces a azucararle a usted el café?

—Crea usted, querida señorita...

—Por otra parte, yo me opondría formalmente,—declaró Neris con calor;—esta niña no se ha separado nunca de nosotros y no es ahora, cuando su educación está casi acabada...

—¡Bravo, tío! En primer lugar, no podrías pasarte sin mí.

—¡Querida niña!